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mejor que uno solo constituyen la fuerza, porque el pensamiento individual es inseguro, porque no se borra en un dia la tradición secular de las agrupaciones de gobierno, y porque á ellos se deben todas las conquistas religiosas, políticas y sociales, alcanzadas en el trascurso del tiempo. Fuera de los partidos quedan las disidencias, los grupos, las facciones, los menos para el bien: los suficientes, los sobrados, los excesivos para el mal. Dedicados a la filosofía política, à la literatura amena, ó å la medicina social, serían inofensivos, dedicados a la conspiración, una rémora si les faltaban medios, un conflicto si los tenían, una desdicha si se impusieran. Este fué el origen de la demagogia ateniense, y de todos los pronunciamientos españoles.

Cuando tantos se reunen que logran hacer una revolución, la necesidad de los partidos surge en el mismo día del triunfo. Hay que ser todos unos para destruir. Para edificar, hay que esparcirse, hay que distinguirse, hay que establecer la sustitución y el régimen. No se levanta un monumento ni se hace una casa, por los mismos constructores, sin que se sucedan las horas del trabajo y del reposo. Y obra como las de gobernar, de carácter permanente, necesita por lo mismo fuerzas que cambien y gestores que alternativamente se sucedan. Para realizar el bien del pais, cada uno debe aportar su convicción, cada partido su programa, cada cual una parte, y entre todos, el todo.

Se ha dicho contra la existencia de los partidos políticos que el hábito de discurrir en una misma dirección crea obstinados, intransigentes, sectarios.

Es verdad; pero el hábito de discurrir por todos los caminos creará siempre preocupados, yacilantes y escépticos.

Los partidos se organizan para un empeño conocido, para un fin determinado, para un periodo de años, menos frecuentemente que para la vida de un hombre. Responden a las circunstancias de una época, de un tiempo no muy largo; á la satisfacción de necesidades frecuentemente pasajeras, al cumplimiento de fines que se suceden y trascienden. Por eso mismo y siendo eternas las dos fuerzas políticas de la acción y la nación, de las afirmaciones progresivas y de las afirmaciones históricas, de la reforma y de la conservación de lo existente, sucede que el partido conservador de una época moderna es más liberal que el partido progresista de cuarenta años antes, y más conservador en los procedimientos puede ser el partido democrático que resiste cuatro lustros la oposición sometido á la legalidad, que aquella falange moderada que cada treinta ó cuarenta meses provocaba una conspiración simo triunfaba en alguna intriga.

Son mejores ahora los partidos políticos, y lo serán en el porvenir que nunca lo fueron.

La mayor cultura del pais, aunque lentamente se extienda, impone mayores deberes y respetos mayores á la ley, á la moral y á las buenas costumbres públicas.

Y cuando el problema político se resuelve en una consti. tución de todos; y las relaciones de los poderes están decla. radas y garantidas; y no se lucha para deslindar los derechos sino para definir bien los deberes; y á las contiendas de las ideas suceden las contiendas de los intereses; todavía el espíritu público se aviva y se despierta; aún la opinión pública atiende más vigilante y celosa; y parece entonces que son, y lo serán sin duda, más graves las indiferencias del gobierno, más obligados su celo y su previsión, más estrechas también sus responsabilidades, y más decisiva la influencia de la opinión del país, por lo mismo que habla más claro y me. jor se conoce.

Dice Rosmini que los partidos estorban la justicia y la moralidad. Tan injusto es decir ésto, como pregonar, y no falta quien lo hace, que la política no es el derecho, ni la religión, ni la abstinencia, ni el sacrificio. Si nada de esto fue. ra, tendría razón Rosmini para declarar la moral y la justicia aparte de la política. Pero diariamente sucede lo contrario.

Donde está el partido, donde está el gobierno que lo representa, donde están los más, donde están algunos siquiera,

hay más legalidad, más justicia, más moral, más razón que donde está uno solo.

Lo que es capaz de hacer un señor de provincia, un jefe de la banda local, un capitán de cuadrillas electorales, un cacique, para decirlo gráficamente, no es capaz de hacerlo ningún gobierno, ningún partido.

Sueltos los correligionarios harian horrores. Si el interés de partido más noble que el interés de cada partidario no los contuviera, si la disciplina no lo regulase, si el jefe no se impusiera; en una palabra, si los partidos se disolviesen, la justicia y la moral política que huyeron de Grecia, escaparian del mundo entero.

Precisamente la existencia de varios partidos borra ó atenúa la natural desconfianza de que, si no cada delegado, cada representante, cada subalterno del poder central, sea por lo menos irresponsable el gobierno de cada partido; porque con dos organizados el uno será siempre fiscal del otro, con tres siempre los dos serían fiscales del uno, y no hay que hablar de más partidos, porque si uno solo no basta, tres serian una dificultad, y cuatro constituirían el desorden y la perturbación constante. Dejarían realmente de ser partidos, para ser facciones.

Si es posible que algún día lleguemos á la civilización completa, ó á menos que eso, á una educación pública y privada social y política, si no selecta recomendable, si ésto es posible, si ésto fuera un hecho, aquel día podriamos conside. rar innecesarios todos los partidos políticos del país dichoso que alcanzase tanto.

Sobrarian entonces; porque los derechos se ejercerían sin estímulos, los deberes se cumplirian sin coacciones, los preceptos de la ley se aplicarían sin protesta, y la paz reinaria en el mundo.

Pero quién sabe si para conseguir tanta ventura en el mundo habría que hacerlo de otra manera diferente. O nos espera tanta satisfacción en otra parte.

II

LOS PARTIDARIOS

El que pertenece a un partido, pertenece porque quiere.

El recinto de una agrupación política tiene todas las puertas abiertas y todas las ventanas cerradas; entra el que lo desea y no se puede echar a nadie.

Y si no se entra desnudo de ropa de patio, por que tan sin vestido, ni por las afueras consiente andar la policía, se puede entrar desnudo de todo lo demás que hace ó debiera hacer, si no la misma falta, otra muy grande; sin nada específico, sólo queriendo aunque sea sin pensar y aunque sea sin sentir, y sin sentir mejor ordinariamente; sin examen, sin informe, sin pedir permiso, sin hablar al portero.

Una vez dentro queda el partidario sometido al jefe y á la disciplina del partido. Claro está que el programa lo acepta con el mero hecho del ingreso.

Las penas con que se castigan las faltas políticas son naturalmente penas políticas también; es decir, penas temporales, porque ya tengo dicho que no hay partido político que dure cien años.

Y no hay otro delito imperdonable que la indisciplina en el seno de las agrupaciones políticas. Los demás se disimulan cuando se puedo, se atenúan ó se excusan cuando hay que confesarlos, y en último término se perdonan. Estas injusticias a favor de las propias, vienen engendradas por las injusticias en que también frecuentemente se inspiran contra ellos los adversarios.

Los gobiernos serían más severos con sus partidarios si no lo fueran tanto sus enemigos. También podrá argüirse con la especie contraria diciendo; que si no fueran tan generosos con los suyos, los gobiernos que los eligen y los sostienen no serían sus adversarios tan duros con ellos.

TOYO OXLIX

11

Pero siempre resultará como fenómeno repetido caso evidente, que hay más serenidad arriba que abajo y que mueve más fácilmente la pasión al solicitante del poder que al satisfecho de su posesión.

Las penas políticas son pocas; se reducen á la excomunión que no alcanza nunca los efectos de la expulsión del partido, si no se expulsa voluntariamente el excomulgado á la cesantía violenta y en pleno gobierno del partido, á la permanente espectación de destino, y á la privación de mirar tranquilamente al jefe político ó al dios del partido cara a cara.

Y aunque no muchas, cuasi todas ellas son aflictivas.

Ya he dicho que la voluntad determina el ingreso en los partidos. Si nada convence al sujeto como la doctrina monárquica ó la doctrina republicana, podrá no ser amigo de los monárquicos que no le quieran o de los republicanos que no lo estimen, pero será republicano ó monárquico mientras él quiera serlo.

La disciplina política no es la obediencia ciega irracional absoluta; es la obediencia nacida del convencimiento, pero de un convencimiento honrado y leal.

Si además el convencimiento es culto, mejor que mejor. Por si acaso no pudiera ser frecuente esta última calidad, no la quiero considerar necesaria.

No todos pueden discutir á todos, y cierta sumisión al tàlento se impondrá siempre.

Decía un distinguido periodista conservador en cierto dia: «¡No todos tienen derecho de discutir á Cánovas!» Hablaba del derecho moral que nace en las manifestaciones de una inteligencia despierta. Y realmente no todos poseen ese derecho. Pero bien sabido está que cualquiera se atreva á cualquiera.

Mi criterio-se dice—vale tanto como el criterio de mi contrario. Y éste es un error crasísimo.

¿El criterio igual? El criterio formado por el concurso de las facultades de la razón y el saber de los libros; ó por los impulsos de la generosidad, la abnegación y el desinterés; ó

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