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prodigio de su sexo, Juan de Avila, Fr. Luis de Granada, Juan de los Angeles, San Juan de la Cruz, Malón de Chaide, Fr. Luis de León y el P. Rivadeneira; historiadores tan eruditos como Florián de Ocampo, Ambrosio de Morales, Zurita, Garibay, Sandoval, Hurtado de Mendoza, Mármol y Carvajal, Juan Ginés de Sepúlveda, el.P. Mariana, el P. Sigüenza, el P. Yepes, y los historiadores y cronistas de Indias Cortés, Fr. Bartolomé de las Casas, Oviedo, López de Gomara, Bernal Díaz del Castillo, Antonio de Herrera y Garcilaso de la Vega, cultivadores de la critica histórica tan ilustrados como Vergara, Fox Morcillo, Costa, Fr. Jerónimo de San José y D. Juan Bautista Pérez; poetas tan inspirados como Garcilaso de la Vega, Hurtado de Mendoza, Francisco de la Torre, Fr. Luis de León, el divino Herrera, los Argensolas, Ercilla, Céspedes, Góngora y Rioja; novelistas tan insignes y cuyas obras fuesen tan leidas en extraños países como Montemayor, Gil Polo, Pérez de Hita, Hurtado de Mendoza, Mateo Alemán, Vicente Espinel, y so. bre todos el principe de los ingenios españoles Miguel de Cervantes Saavedra, que nos dejó como incomparable monumento de las letras patrias la obra más original, más filosófica y inás perfecta del ingenio humano; jurisconsultos tan eminentes como Palacios Rubios, Gregorio López, Azpilcueta, Gouvea, los Covarrubias, Antonio Agustin, Salgado, Solorzano Pereira, Sepúlveda, Costa, González Téllez y Pedro de Valencia, sin contar á Victoria, Soto, Molina, Vázquez, Menchaca, Suárez y Baltasar de Ayala, insignes precursores de Grocio y de Puffendorff en sentar las bases del Derecho internacional o de gentes (1); médicos tan renombrados como Laguna, Vallés, Servet, López de Villalobos, Pereira, Sánchez, Collado, Valverde y Monardes; naturalistas tan sabios como Alon

(1) Así lo indica Brucker respecto á Francisco de Victoria, afirmán. dolo de los restantes Mackintosch en la Revista de Edimburgo, y Weathon en la Historia del Derecho natural; y más recientemente A. de Giorgi, profesor de la Universidad de Parma, en su libro Della vita e delle di Alberico Gentili (1876), dice de Francisco de Victoria «que se le debe saludar como verdadero padre de la ciencia del Derecho internacional.

so de Herrera, Esteve, Monardes, Jaraba, Pérez, Zamorano, Fragoso, Tovar, Acosta, Gomara, Francisco Hernández, Micó, Pérez de Vargas, Sahagún, Alonso Barba y Jerónimo de Ayanz; físicos y quimicos tan expertos como Vallés, Pereira; Ciruelo, Acosta Oviedo, Guillén, Corcuera, Cortés, Pérez de Oliva, Escribano, Cascales, Garay y Alonso Barba; matemá ticos tan conocidos en las Universidades extranjeras como Ci. ruelo, Lax, Francés, Siliceo, los dos Torrellas, los dos Pérez Oliva, Monzó, Mollón, Pérez de Moya, Alfonso de Molina, Pedro Núñez y el insigne Esquivel, que ideó y llevó a cabo la triangulación geodésica para el levantamiento del mapa de España; arquitectos tan famosos como Juan Bautista de Toledo, Herrera, Villacastin, Castañeda, Bustamante, Egas, Luis y Gaspar de Vega, Villalpando, Arfe, Sagredo y Toribio González; escultores cuyas obras pudieran competir con las de Montañés, Berruguete, Becerra, Rodriguez, Gregorio Hernández, Delgado, Salazar y Guillén; astrónomos y cosmografos que aventajasen á Zacuto, Córdoba, Santa Cruz, Céspedes, Muñoz, Rojas Sarmiento, Zamorano, López de Velasco, Sarmiento y Ginés de Sepúlveda; navegantes tan intrépi. dos y afortunados como Enciso, Falero, Medina, Cortés, Urdaneta, Escalante, Gamboa, Núñez, Céspedes, Hernando Colón y Pedro de Siria; descubridores tan esforzados y de tan perseverante carácter como Ponce de León, Grijalba, Juan de la Cosa, Balboa, Pinzón, Orellana, Magallanes, Elcano, Maldonado, Díaz de Solis, López de Villalobos, Loaysa y Mendaña; capitanes tan ilustres como Garcia de Paredes, el Gran Capitán, Dávalos, Leyva, Vargas, Cortés, Pizarro, el Conde de Fuentes, D. Juan de Austria, el Duque de Alba, Téllez Girón, Cristóbal Lechuga, D. Alvaro de Bazán y Diego de Alava; músicos tan celebrados en Italia como Cristóbal Morales, Ortelles, Soto, Juan de Tapia, Francisco Salinas, Pareja y Espinel; y por último, pintores como Juan de Jua. nes, Morales, Pantoja, Navarrete el mudo y Herrera el viejo, insignes maestros del Españoleto, del gran Velázquez, y precursores de Zurbarán. Cano, Jordán y Murillo, que elevaron

la pintura á tal punto de belleza y perfección, que aun hoy nos envidian todas las naciones (1).

Tarea gratisima, señores, es la de renovar siempre en todas ocasiones, y de repetir una y mil veces, y más en actos tan solemnes como son los de las recepciones de nuestras Academias, la gloriosa memoria de tan ilustres españoles, que con sus luces y vasta ilustración contribuyeron de poderosa manera á levantar el nivel intelectual de España en todos los ramos del saber, no excediéndonos en aquella edad dorada de nuestro poderío y de nuestra cultura ninguna otra nación del mundo: poderío y cultura a la que deben ir siempre unidos los nombres gloriosísimos de los Reyes Católicos (2), que crean y dotan espléndidamente Universidades y Colegios, y la Casa de Contratación de Sevilla, estableci. miento científico de la más alta importancia y único en Europa en aquel tiempo; del Cardenal Jiménez de Cisneros,

insigne fundador de la Universidad Complutense, que congrega á los varones más versados en las lenguas sabias é imprime en Alcalá la primera Biblia Poliglota, obra maravillosa y

(1) A la eminencia y soberanía de estos ingenios, más que al poder de las armas y á la habilidad de las negociaciones diplomáticas, debió España su preponderancia y avasalladora influencia, no habiendo nación ninguna que no desee haber engendrado ingenios tan famosos y que no se considere honrada con estampar de nuevo ediciones magnificas de los libros de aquellos sabios egregios. (Nota D). El siglo que producía ingenios de una grandeza intelectual tan extraordinaria, habia de ser grande intelectualmente. El, además, no era el guiado y conducido por sus reyes, políticos, guerreros, conquistadores y varones insignes; sino que el era quien guiaba y arrastraba á éstos por la senda gloriosísima que se franqueaba á los espíritus.-P. Mir en su Discurso de recepción en la Academia Española.

(2) Reunidos los Estados de Castilla y Aragón, los Reyes Católicos llaman para la educación de sus hijos á los más distinguidos maestros, así españoles como extranjeros, logrando que la nobleza, que antes se dedicaba exclusivamente a las armas, a pesar del ejemplo dado por gunos ilustres varones, como los marqueses de Villena у

Santillana, obedeciese entonces al impulso comunicado por la Reina, acudiendo á las aulas de las Universidades y hasta enseñando en ellas. Así lo hicieron D. Gutierre de Toledo, hijo del Duque de Alba, D. Pedro Fernández de Velasco, que fue después Condestable de Castilla, y D. Alfonso Manrique, hijo del Conde de Paredes, á quienes se vió con público aplauso regentar zátedras en Alcalá y Salamanca. Hasta las mujeres, estimuladas por el ejemplo de la Reina, quisieron distinguirse en letras y ciencias. Sin hablar de la célebre doña Beatriz Galindo, llamada la

al

monumento de gloria para los que la protegieron y realizaron; del Emperador Carlos V, que, casi dueño de ambos mun. dos, dedicaba los momentos de descanso que le dejaban los cuidados del gobierno á oir las lecciones de Astronomía del ilustre Santa Cruz; y por último, de Felipe II, figura majestuosa y severa, de gran talento y sagacidad profunda, y el más decidido y constante protector de las ciencias, de las le tras y de las artes patrias.

Las investigaciones á que se han dedicado en esta actividad vertiginosa de nuestros dias, aisladamente, hombres estudiosos ó corporaciones sabias, hermanas vuestras, han lle gado á demostrar, como acaba de decir el Dr. Ullesperger (1), precisamente después de haber puesto en claro un punto honroso para España, que es preciso rehacer la historia de la ciencia. Y, en efecto ninguna nación la tiene estudiada ni escrita, y España menos que ninguna otra: todo lo que se ha dado á luz sobre esta materia, las obras clásicas de este género, son en su mayoría panegiricos de la nación de su autor, ó un conjunto de ideas vulgares, de preocupaciones y de errores, cuando no de fábulas, que la crítica, encargada siempre

latina, que enseñó este idioma á su soberana, merecen ser citadas las hijas del Conde de Tendilla, Doña Lucía de Medrano y Doña Francisca de Nebrija: estas dos leyeron públicamente, la primera en Salamanca sobre los clásicos latinos, y la segunda en Alcalá sobre retórica y poética, produciéndose entonces en Castilla, según escribe Jovio, un sacu. dimiento tan notable en las costumbres privadas de la nobleza, que no era tenido por noble el que mostraba aversión á las letras y á los estu. dios; y de este modo era común que los magnates más calificados compartiesen el ejercicio de las armas con el cultivo de las letras, en que lograron hacerse insignes los Condes de Miranda y de Salinas, el Duque de Alba, D Fadrique de Toledo, y muy particularmente el Marqués de Dénia, D. Bernardino de Rojas, quien, cual otro Catón, empezó casi se. xagenario á estudiar el latín, como el romano y el griego.

(i) Habiendo negado el Dr. Falt que España fue la primera nación que aplicó la Medicina á la curación de la locura y creó el primer manicomio científico del mundo en el siglo xv, asegurando, fundado en un texto dado á luz por el orientalista Šteinchneider, que antes le había habido en Bagdad, el doctor Ullesperger, profundo historiador de los métodos alienistas, le ha contestado victoriosamente en varios trabajos publicados en Baviera, especialmente en su Historia de la Psicologia y de la Psiquiatria (Curación de las enfermedades mentales) en España. Würzburg, 1871.

de desmoronar los edificios creados por la fantasia, va relegando al olvido.

Y ya que no exista esta historia completa de la ciencia, que podria ser la gran obra del siglo xix, tratándose de la historia de la nuestra, debo haceros notar con profundit penil, que al mismo tiempo que no pocos de nuestros escritores en libros ó folletos ó en articulos de periódicos, poco meditados, niegan á España sus glorias científicas, los escritores extran. jeros más ilustres, aquellos que han consumido su vida en investigaciones históricas, y hablan sobre los documentos y los testimonios auténticos, probando lo que dicen y diciendo sólo lo que saben con certidumbre, y saben mucho; los que han recorrido el mundo para estudiar, como Humboldt; los que han escrito desde el fondo de las más ricas bibliotecas, como Denina; los que han buscado los monumentos históricos, como Vossio, Arago, Robertson, Brewter, Maignet, D'Avezac, La Roquette y otros muchos, son precisamente los que han hecho por nuestro nombre más que nosotros mismos (1).

La historia de la ciencia, para que sea útil, debe compren der el examen de todos aquellos inventos, realizados ó no, que hayan tenido por objeto el progreso: no debe reducirse,

(1) En la primera época de la Edad Media, dice Mr. Poinset, no nos ofrece ningún otro país la ilustración que empezó á germinar en los concilios de Toledo bajo la monarquía visigoda... sólo España al mis. mo tiempo que era barrera á la invasión sarracena, nos daba luces en el derecho, y dos siglos después en las ciencias exactas. Allí fué Europa á estudiar, y desde Gómez de Ávila hasta Pedro de Medina la savia científica circuló sólo por el suelo hispano... los españoles conservaron entonces las artes y las ciencias propagándolas después por las dos terceras partes del mundo conocido.

Bruker hace depender toda la ilustración europea de los doctos españoles que se dedicaban con ahinco á las ciencias, como una excepción en esta parte del mundo, conviniendo todos con Haller en que sólo en nuestra Península habían existido estudios sólidos y severos. James Mackintosh hace encarecidos elogios de Suárez, Domingo de Soto, Fran. cisco de Victoria y de otros muchos publicistas del siglo xvi. Montagne traduce y aplaude el ingenio de Sabunde. Lessing vierte al alemán, en un trabajo muy notable, la obra de Huarte. Hamilton llama á Vives filósofo tan profundo como olvidado, y cita y aplaude opiniones suyas sobre la Lógica. Leibniez es de opinión de que los libros de nuestros escolásticos contienen mucho oro; y los doctores de la Universidad de Jena, no obstante ser luteranos, tenían á Suárez, Molina, Vázquez, Valencia y Sánchez por escritores dignísimos de eterno renombre.

Medina y Cortés fueron los maestros de Europa en el Arte de nave

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