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das las deficiencias de esta Memoria, así como mi falta de condiciones.

I

Cuál fuera el tema objeto de este trabajo, fué una de las dificultades con que tropecé; pues si bien es cierto que en nuestra historia se ofrecen infinidad de problemas, multitud de cuestiones de una importancia de primer orden, no era cosa fácil decidirse, pues que habían de tenerse en cuenta no sólo la mayor o menor importancia del tema, sí que también la indole de los trabajos de la Sección. De una parte había que tener presente que el tema tenía necesariamente que ofrecer gran interés; de otra parte, que tuviera alguna actualidad, y, por último, por más que sea el aspecto más importante, que ofreciera ancho campo á la discusión, para que de esta manera cada cual aportara nuevos datos y nos ilustrara con sus conocimientos.

De todos cuantos problemas podían ofrecer interés à la Sección, había dos de una importancia extraordinaria, de un interés actual grandísimo, y que, por el relieve con que se ofrecen á nuestra vista, tienen el privilegio de traer muy di. vididas las opiniones, excitadas las pasiones y hasta enconados los ánimos de tal manera, que renuevan las eternas discusiones, las inacabables polémicas de las escuelas filosófica é histórica. Uno de estos problemas era la historia de nuestros Municipios, materia de una importancia capital en nuestro país, y que ofrece ancho campo a la investigación; tanto en la época romana como en la visigótica y que en la Edad Media, es uno de los aspectos más interesantes de nuestra evolución histórica. El tema era, en verdad, seductor; pero no podía olvidar el discurso magistral, como todos los suyos, que nuestro ilustre Presidente leyó al inaugurar los trabajos del curso del 91 al 92, y esto hizo que no me atreviera á tratar cuestión superior å mis escasas fuerzas, ni acometer empresa que tan brillantemente había sido llevada á cabo.

Otro de los problemas que, desde luego, se presentaba con todos los encantos de la actualidad y de un interés extraordinario, era el Regionalismo; asunto que llena todas las páginas de nuestra historia, tanto en la Edad Media como en la Moderna, y que en los tiempos presentes ofrece cada día nue. vas fases, llenas todas ellas de encanto y de frescura, pues, al fin y al cabo, despiertan en nosotros el recuerdo de la pequeña patria, y vivifican el cariño que todos hacia ella sentimos.

Las mismas dificultades que este tema ofrece han influido poderosamente en mi ánimo para aceptarlo, teniendo en cuenta que, lo que no quepa en los reducidos límites de una Me. moria, cabe perfectamente en la discusión, que siempre ofrece más dilatados horizontes; y que si en esta Memoria sólo se presentan algunos de los aspectos del Regionalismo, luego en los debates cada cual, según sus aficiones, podrá presentar nuevas cuestiones, ya en su aspecto literario, ya político, ya jurídico, etc., quedando para mí la satisfacción de someter á vuestro estudio punto tan discutido.

La importancia del estudio del Regionalismo, no estriba, á mi modo de ver, en examinar cómo y en qué condiciones se ha producido en la Historia; es decir, investigar si ha existido o no, pues esto no hay ni puede haber nadie, por-enemigo que sea del Regionalismo, que pueda negar la existencia de Aragón, Navarra, Cataluña, Castilla, etc., como reinos independientes que han tenido su vida propia y su organización política, en mayor o menor grado, distinta unos de otros. Creo que el estudio más interesante es ver qué valor tiene el Regionalismo como producto de nuestra historia; esto es, examinar qué valor puede y debe concedérsele, dados nuestros antecedentes históricos, dada la vida de cada una de las regiones, y en vista de todo esto concluir señalando cuál sea el estado de la evolución histórica de España, y lo que es preciso no sólo conservar, sino también favorecer para que la evolución siga verificándose, sin que los principios de sistema filosóficos más o menos abstractos, de doctrinarismos

más o menos justificados, vengan con sus panaceas á añadir nuevos males á los muchos que nos abruman, queriendo formar en nosotros una nueva naturaleza, sin tener en cuenta que los organismos sociales no resisten los cambios bruscos que se producen por una Constitución aprioristica, por una ley; sino que sólo soportan aquellos que son resultado de una evolución más o menos lenta, siendo los principales factores de esta evolución los antecedentes de su vida, que cuanto más larga y accidentada sea, más y más ha de haber impreso en su organismo huellas profundas, llegando a formar un temperamento tan caracteristico, que sólo la muerte podria destruir.

Esta es la obra para la que pido vuestro concurso, del cual puede esperarse mucho; y la mayor satisfacción que experimentaré, el mejor galardón que podréis dispensar, no á mi trabajo, que éste no es digno de galardón, sino á mis buenos deseos, será ver que al lado del sentimiento de amor noble y elevado que la integridad de la patria hace latir en todos los corazones, vive el santo amor de la pequeña patria, y que todos, al discutir el valor histórico del Regionalismo, contribuis á ilustrar la opinión de todos aquellos que, bien por resultado de sus investigaciones, bien porque hemos vivido las instituciones santas y seculares de una región, sentimos hacia ellas veneración y respeto tan profundo, que sin ellas no podemos concebir la vida.

II

Si en todas las épocas de nuestra historia tiene importancia de primer orden el Regionalismo, en la época que atravesamos parece que existe un recrudecimiento de las tendencias regionalistas, y parece que sólo se confla la salvación de nuestra patria, según algunos, en la adopción de dichas tendencias; al paso que, según otros, todas nuestras desdichas provienen del espiritu regionalista, fuerista, de exclu

sivismo, de interés local, pues de todos estos modos lo califican.

El fenómeno es de un interés grandísimo, y más dadas las modernas tendencias hacia las grandes nacionalidades, y hacia una gran federación que comprenda toda la humanidad. Y en verdad es digno de tenerse en cuenta que, en el siglo que van desapareciendo las pequeñas nacionalidades, los pe. queños territorios, para convertirse en vastos Estados, bien por medio de confederaciones y cruentas guerras, como sucede en el Imperio Germánico, nacido á impulsos de un cesarismo prepotente y sostenido por una razón de fuerza, ó ya por medio de conquistas, como sucede en el moderno reino de Italia y con el Imperio de Austria; es digno de notarse, decimos, que frente a estos hechos de nuestros días, que parecen demostrar que sólo en las grandes unidades pueden realizarse cumplidamente todos los fines sociales, se sustenten con tal entusiasmo las ideas regionalistas, y se pretenda que las naciones, formadas por la agrupación de pequeñas nacionalidades, reconozcan el error en que han vivido, siendo estas aspiraciones tan diversas que, en nuestra patria, desde el Regionalismo jurídico del pueblo aragonés, lleno de un sentido práctico admirable, dentro, en absoluto, de la reali. dad, hasta el Regionalismo descentrado, fuera de la práctica, de algunos regionalistas gallegos y catalanes, pudiéramos señalar una gama de variados matices, de tonalidades diversas dentro de esas dos fases que sirven de marco al Regionalismo de nuestros días. Y esto, sin hablar del régimen federal, pues los regionalistas, aun los más extraviados, ponen un singular empeño en que no se les confunda con los federales, cuando, á mi modo de ver, algunos, en puridad, no son otra cosa.

Que el fenómeno existe, es innegable; uno y otro día observamos los síntomas de este movimiento regionalista, ya en trabajos de doctos académicos que, al impugnar con exceso el Regionalismo, dan lugar á polémicas enconadas; otras veces los síntomas se observan en obras de escritores tan ilus

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tres como Costa, Ripollés, Romani, Almirall, Mañé y Flaquer, Sagarminaga, Murguía, etc., y en publicaciones tan notables como la España Regional; otras veces los síntomas son meetings más o menos legales, más o menos pacíficos, como los que la prensa refiere todos los dias, producto unas veces de una reforma administrativa, económica otras, que, en apariencia, no hace más que lastimar intereses locales, dando lugar con esto á que pueda decirse que el movimiento no obe. dece más que á un egoísmo mal entendido, siendo así que no se tiene en cuenta que con este motivo se despiertan todas aquellas ideas, más o menos dormidas, de amor y entusiasmo á la pequeña patria, todos aquellos recuerdos de grandezas y esplendores, todos aquellos ensueños de independencia, que tal vez una dependencia demasiado estrecha hace surgir en la mente de los súbditos. Otras veces estos sintomas del movimiento regionalista se dejan ver en acontecimientos tan importantes como el Congreso de Jurisconsultos Aragoneses, celebrado en Zaragoza en el año de 1880, con motivo del cual dice con su mágica palabra é incomparable talento D. Joaquin Costa:

«¡Qué hermoso espectáculo ofrecía el Congreso Aragonés »en el momento critico de votarse la libertad civil! Ni una so»la voz hubo que disonara del general concierto; izquierdas »y derechas cerraron los ojos para no dejarse seducir por el »dañado ejemplo de tantas y tantas legislaciones peninsula»res y extranjeras que han quitado fuerza y autoridad á la »familia, en su afán de dar cabida en todo á los Poderes pú»blicos, y de sujetar a todos los individuos y familias de una »nación al lecho del Procusto de una uniformidad absurda é »imposible. Aunábanse alli á maravilla las tradiciones civi»les aragonesas con los ideales jurídicos de los opuestos ban. »dos representados en el Congreso. Los tradicionalistas, por »ser un legado de la tradición y medio de apretar los relaja»dos lazos de la familia; los espiritus reformistas, hijos de » nuestro siglo, por ser un principio liberal consagrado por el > derecho moderno, proclamaron con igual entusiasmo este

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