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dogma cardinal, en derredor del cual gira todo el fuero, y »comulgaron; esa vez siquiera, en un mismo credo; y se sin»tieron alentados por un espíritu común, y firmaron en la pri»mera página del Código Aragonés ese pacto de concordia »entre dos ideales que se encuentran viniendo por opuesto » camino; que no menores milagros realiza la libertad cuando »tiene por base la justicia. Y como la libertad civil había si. »do el lazo de unión entre tradicionalistas y liberales, la li»bertad civil podia ser asimismo el centro de confluencia de »la legislación Aragonesa con las demás legislaciones penin»sulares, y el criterio común que a todas las conciliara en un »Código nacional único; por esto, los aragoneses, dispuestos »á transigir en todo, ponen un límite, uno solo, á su sumisión: »la libertad; porque abrigan la convicción de que al decir li»bertad dicen justicia, y la justicia no puede transigir, porque es eterna y no depende de la voluntad del hombre (1).

Añadid, sumad á todos estos síntomas los juegos florales de Cataluña, de Valencia y de Galicia, hermosos torneos de la inteligencia en los cuales domina la nota de amor y entusiasmo por la pequeña patria; unid á todo esto el cultivo, extra-oficial, pero tal vez por esto muy importante, hasta el punto de ser necesarios intérpretes en los Tribunales de Justicia, por desconocer muchos catalanes y gallegos, valencianos y vascones la hermosa lengua castellana; agregad aún á estos sintomas el régimen económico especial bajo el que viven Navarra y las Provincias Vascas, y el juridico de las diversas regiones; añadid todavía manifestaciones tan hermosas del espíritu culto y trabajador del pueblo catalán, como fué la Exposición de 1888; sumad á esto los mensajes dirigidos al Poder central, no sólo por los catalanes, sino por los habitantes del riñón de Castilla; y, por último, tened presentes las diferencias de costumbres, de trajes, de lengua, de cantos, de vida toda, que hacen de nuestra España el país

(1) Costa.-La libertad civil y el Congreso de Jurisconsultos Aragoneses.- Madrid. 1883.

más hermoso é interesante del mundo, y decid si todo esto no es bastante para afirmar la existencia del regionalismo en España; decid si todo esto carece de importancia; decid si todo esto es producto de cerebros enfermos; decid si todo esto son manifestaciones atávicas; decid si todo esto son ensueños de imaginaciones exaltadas, y decid, por último, quiénes son acreedores al dictado de malos patriotas: si los que quieren conservar todo ese legado de gloriosas tradiciones, que forman la vida de un pueblo; si los que quieren conservar, dentro de la unidad, esa encantadora variedad que da lugar á la más hermosa armonía, ó los que queriendo, no sólo la unidad, sino la uniformidad, llegan a destruir aquello que forma parte integrante de la vida de un pueblo, aquello que es un hecho y como tal tiene vida, y vida propia, no prestada, y al destruir todo eso rompen la tradición de los pueblos, desarticulando los eslabones que forman la cadena del pasado, del presente y del porvenir.

III

No há mucho tiempo que, en bien solemne ocasión, decía nuestro ilustre Presidente al señalar las semejanzas y desemejanzas que se observan entre romanos y germanos en cuanto a la formación del Estado (1). «Unos y otros llevan á >cabo la unión de los pueblos; pero los primeros sometiéndolos »al centro ya constituído; los segundos creando el círculo su»perior mediante la asociación; aquellos afirmando ante todo >su poder y supremacía, y concediendo por gracia, y en la » medida de su conveniencia, derechos y libertades; éstos > constituyendo, desde el principio, el Estado sobre una base »de igualdad, reconociendo el derecho de los que la forman, »y considerando el todo, no como suma de elementos mante

(1) Azcárate.-Discurso inaugural leído en el Ateneo el 10 de Noviembre de 1891.

»nidos en una justa posición por la fuerza, sino como un ver»dadero organismo en el cual todas las partes tienen igual »dignidad, igual valer, igual derecho. Del sistema romano » resultó una ciudad, un Municipio, que unció á su carro å pue. »blos y á reyes; del sistema germano han nacido las nacio» nes modernas»,

Nada más cierto que este paralelo entre romanos y germanos, y en nuestra nación tenemos una prueba bien notoria, pues que si bajo la dominación romana España no pasó de ser una provincia del Imperio, en cambio desde la formación de la monarquia visigótica observamos bien marcada la tendencia á constituir una nacionalidad que aparece ya formada en los últimos tiempos de los visigodos, rompiéndose con la invasión agarena y apareciendo de nuevo diversas nacionalidades que, si un tiempo vivieron unidas, fué debido sin duda á la política de los visigodos.

No hemos de ir a buscar los fundamentos del Regionalismo en los tiempos prehistóricos de España, puesto que necesariamente habíamos de encontrarlo en las tribus que pobla. ban nuestro territorio, y que no habían pasado de este estado inferior, no constituyendo, por tanto, grandes agrupaciones en las cuales pudiéramos encontrar los gérmenes de una nacionalidad, sino tan solo una de las fases de la evolución social, que desde la familia va formando circulos más extensos, sin que podamos decir existieran sociedades superiores á la tribu con cierta unidad a las costumbres. Los estudios del P. Fita (1) acerca de los primeros pobladores de España, que, fundado en la analogía de las lenguas euskara y georgiana, los hace derivar de una rama del tronco aria; los estudios de Rodriguez de Berlanga (2), que suponiendo arias á los iberos, considera como turánicos á los vascones; los es

(1) El Gerundense y la España primitiva.-Discursos de recepción en la Academia de la Historia, 1879.

(2) Rodriguez de Berlanga.- Los bronces de Bonanza, Lascuta y Aljustrel.--Málaga, 1881.

tudios de Costa (1), que señalan como la primera página de nuestra historia el Imperio Atlántico, formado por gente ibero-libia, de cuya lengua quedan el vascuence en el Pirineo Occidental y el bereber en el Septentrión del Africa; todos estos trabajos, encaminados á formar nuestra historia primi. tiva, no creo puedan servir de base para los que, no encontrando otro fundamento para el Regionalismo, pretenden que las diferencias de raza se hayan perpetuado en toda su pureza à través del tiempo, y tomando por base los resultados de investigaciones históricas que no han llegado á recibir plena confirmación, se creen descendientes, ya de los celtas, ya de los arias, ya de los iberos, etc., etc., llegando cada región á recabar para si el honor de haber sido la primera y más importante de las tribus aborígenes.

Después de las diversas arribadas de fenicios, griegos y cartagineses que, unos más y otros menos, ocuparon nuestra Peninsula, ésta quedó sujeta, después de cruentas guerras, á los romanos, que hicieron de ella una provincia. Ya en esta época se presentan perfectamente caracterizadas-según algunos regionalistas - diversas regiones de la Peninsula: la Lusitania, Bética, Tarraconense, Galiciana, Tingitana, etcétera, son divisiones que se han conservado a través de la historia, según dicen, y aún encontramos hoy en Galicia, Portugal, Andalucía, etc., la correspondencia de las primitivas regiones romanas. ¿Pero esta división fué obra del espíritu de las diversas regiones que Roma tuvo en cuenta, ó fué una división administrativa que sólo razones geográficas pudieran justificar? ¿Es que la diferencia de religión, de derecho, de costumbres, de vida toda, era tal que pudiera dar lugar al reconocimiento de esas regiones como organismos con vida propia?

Roma llenó en nuestra Peninsula un papel importantísimo, pues si bien es cierto quo no llegó á formar de España una

(1) Costa.-Islas líbicas-Ciranis.-Cerne.--Heoperia.-Madrid, 1888. (Ensayo de un plan de Historia del Derecho Español en la antigüedad. Revista de L. y J., 1887-1889.)

nación, en cambio preparó la formación de la nacionalidad española, dándonos su lengua, sus leyes, sus costumbres y

la organización municipal. Roma llegó á hacer de España lo que no habían conseguido ni sus primitivos pobladores, ni después las diversas colonias de fenicios, griegos y cartagi. neses; esto es; llegó á unificar nuestra uación en cuanto fué sometida á Roma, por las armas primero, por la civilización después; siendo digno de notarse que, si bien Roma conquistó á España por las armas, llegando a hacer de ella una de las provincias más hermosas de la Ciudad Eterna, no impuso á los vencidos ni su derecho, ni sus costumbres, ni su religión: respetando en lo posible. la autonomia jurídica, la cual era mayor o menor según la condición de los pueblos aliados, sometidos, vencidos, etc., y de aquí las Colonias, Municipios, Ciudades libres, Confederadas, estipendiarias, etc., política que luego siguieron los godos y los árabes, haciendo así que la dominación dejara sentirse menos y fiando al tiempo lo que él sólo podía realizar. Esta política expansiva y toleran. te hizo más fácil la completa dominación de los romanos, los cuales, con sus admirables instituciones jurídicas, hacían posible que su cultura, que su civilización, a la vez que abierta á cuanto bueno encontraba fuera de Roma, pudiera difundirse de la manera que lo hizo, llegando á representar, como dice Ihering (1), el triunfo de la universalidad sobre el princi. pio de las nacionalidades: «Tres veces ha dictado leyes al mun»do, tres veces ha servido de vínculo de unión entre los pue»blos, por la unidad del Estado primero, cuando el pueblo ro»mano estaba todavía en la plenitud de su poder; por la uni»dad de la Iglesia á seguida, después de la caída del Imperio; » y finalmente por la unidad del derecho, cuando fué por todos » aceptado el Derecho romano. Este resultado lo alcanzaron la » coacción externa y la fuerza la primera vez; la fuerza inte»lectual prevaleció en las otras épocas.» Cierto es, como dice el ilustre romanista, que la coacción externa y la violencia

(1) L'Esprit du Droit Romain. — Tomo 1.°, cap. 1.o

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