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vistas, diarios, semanales y mensuales, de los que se repartieron 199.168.371 númenos o ejemplares, cifra asombrosa, superior a la de algunos pueblos europeos de poca menor población, si bien debe tenerse presente que la del Japón pasa de 40 millones de habitantes, extendidos por un territorio menor, próximamente, una cuarta parte que el de España, ó lo que es lo mismo, con una densidad tres veces mayor.

Con las nuevas sustituciones políticas ha adoptado tam. bién el gobierno del Japón una nueva organización del ejército sobre la base opuesta al feudalismo, o sea el servicio obligatorio de todos los varones desde la edad de veinte años hasta la de cuarenta, es decir, durante otros veinte, distribuidos del siguiente modo: tres en el ejército activo, cuatro en el de reserva, cinco en el territorial y el resto con los mozos de los diecisiete a los veinte años en una especie de milicia o landsturm, llamada á las armas en casos extraordinarios.

El ejército activo en tiempo de paz no excede de 71.000 hombres de todas las armas con unos 9.000 caballos, 314 piezas de campo y 156 de montaña. El ejército de reserva se calcula en 100.000 hombres y en igual número la segunda reserva ó landwhr, componiendo dichas fuerzas un total de 300.000 soldados, sin contar la milicia territorial que probablemente se elevará al tercio de dicha cifra, número reducido si le comparamos con los contingentes de Francia, Austria y Alemania, que respectivamente cuentan, poco más o menos, con la población del imperio japonés, y muy inferior al ejército de Italia que tiene población más reducida, pero superior al territorial de Inglaterra y al de los Estados Uni. dos, países, especialmente el primero, que parecen modelos predilectos de imitación en aquel imperio del extremo Oriente. Digno de recordarse por todos los pueblos civilizados que todavía no han logrado en materia de defensa nacional evi. tar la necesidad de acudir a la industria extranjera, es que en el Japón todas las armas de fuego, material y municiones, se fabrican en el país y en los grandes arsenales de Tokio y Osaka. El fusil de la infanteria, con el que tantos prodigios de valor ha efectuado ésta en la presente guerra contra China, fué inventado hace pocos años en el Japón, por un oficial indigena, llamado Murata.

Más difícil de organizar la marina militar que el ejército de tierra, por exigir bastante más tiempo y mucho más dinero, el Japón dispone todavía de pocos barcos de guerra, construidos casi todos en países extranjeros. La escuadra japonesa se componia, al empezar la guerra, de cinco grandes cru. ceros, uno de ellos de madera, nueve de segunda clase y veintidós de tercera, á que debe agregarse una flotilla de un torpedero de primera clase y cuarenta de segunda. El Japón mantiene en brillante estado dos distritos navales, á cuyo frente se halla respectivamente un vice-ministro, subordinados al ministro de Marina en Tokio, un importante almirantazgo en Yokohama, un astillero en Yokosuka y una escuela naval en la primera de las mencionadas poblaciones.

Pocos pueblos pueden estar tan satisfechos de su marina como los japoneses. El buen estado de sus buques, la pericia de sus jefes, el valor de sus tripulaciones, la habilidad táctica con que han sabido batir las escuadras chinas en diferentes encuentros, el arte desplegado para mantener libres las comunicaciones entre su patria y Corea, teatro hasta hace poco de las operaciones militares, y el celo con que han secundado la campaña del ejército, explorando las costas enemigas y bloqueando algunas veces puertos de tanta importancia como Port Arthur, prueban mejor que todos los elogios, que la marina japonesa es digna de su misión y está llamada á glorioso porvenir.

Los últimos sucesos de la guerra han puesto una vez más de manifiesto el hecho constante en la historia y la verdad bien sabida de que un pueblo pequeño y bien organizado puede triunfar de otro más grande si lo está peor. Los sacrificios de veinte años hechos por el gobierno y por el pueblo japonés en aras del porvenir, no han sido estériles como vemos, ni bajo el punto de vista político que ha reemplazado el viejo despotismo militar por una monarquia constitucional a la mo

derna, ni bajo el aspecto de la cultura que se propaga con rapidez por todas las clases sociales, ni bajo el económico que ha abierto por el sistema de los tratados el comercio del Imperio a todos los pueblos del mundo, excepto, digámoslo con pesar, á los buques españoles, de los que ni uno solo que sepamos figura en las estadísticas japonesas del año 91, último hasta el presente publicado.

Comprendemos las victorias del Japón sobre China, porque son en definitiva victorias del progreso sobre la inercia, de la disciplina sobre la desorganización, de la inteligencia sobre la rutina y del valor sobre la cobardia. No sabe. mos si á la larga venceria el Celeste imperio al Japón, si por ventura cometiera éste la falta de trasladar la guerra más allá de las costas orientales del territorio enemigo. Pero la superioridad de los japoneses no es discutible ni bajo el aspecto político, ni bajo el militar. Unos cuantos millones de pesos inteligentemente gastados, menos de cuarenta mil soldados bien dirigidos por el general Yamagata han bastado á la conquista de Corea, á la ocupación de Port Arthur, al pånico de Pekin y á la humillación del gobierno chino, obligado á buscar en Europa y los Estados Unidos de América mediadores de paz con el vencedor, que accede á ella con la condición de pedirla directamente el hijo del Cielo por conducto de solemne embajada y con una fuerte contribución de guerra.

La intervención del presidente Cleveland pedida por China ha sido bien acogida por el gobierno japonés, menos celoso de esta intervención que de la de Inglaterra, Rusia y Francia, de acuerdo, según se dice, en obrar de concierto para recabar del Celeste imperio compensaciones y garantías de sus intereses en aquellas apartadas regiones del Asia. Cuál pudiera ser su alcance, no es fácil adivinarlo, si bien es dable presumirlo por la posición que dichas grandes potencias ocupan en el extremo Oriente, y por las ambiciones que la demostrada debilidad del monstruoso imperio chino ha debido despertar en las mismas, ambiciones puestas como freno á

las exigencias del Japón, visto, puesto que sería insigne torpeza dejarle sacar todos los frutos de su victoria, acaso no menos peligrosa para Europa en lo futuro, que lo es hoy para la China.

Dejemos, por tanto, hablar á los hechos, únicos que pueden pronunciar la palabra decisiva.

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BIBLIOGRAFÍA (1)

La vida inquieta, por D. Manuel Reina.-Madrid, 1894.

Un tomo.

Es el Sr. Reina un verdadero poeta lírico, un poeta de corazón, y si bien por algún tiempo ha tenido colgada su lira, ahora se nos ha presentado otra vez con un libro que es como dice un reputado crítico, un dorado canastillo de flores ocultas, una lluvia de estrellas, un haz de rayos de luz, un mosaico de vistosos matices, un puñado de luciente pedreria arrojado con elegante descuido sobre un estuche de cristal y raso.

El Sr. Reina publicó sus primeros versos en La Epoca y La Ilustración Española y Americana, y ellos le trazaron un ca. mino de flores y aplausos que ha recorrido sin vacilación, siendo frutos sazonados de su numen poético «Andantes y Allegros, y sus «Cromos y Acuarelas,» libros de poesías muy estimados y que merecieron una gran aceptación.

También mereció aplausos este genial poeta andaluz, por su monólogo en verso «El dedal de plata», que se estrenó en el teatro Español en Mayo de 1883, y que fué elogiado por la prensa madrileña.

La personalidad literaria del Sr. Reina, no puede confundirse con la de otro alguno. Tiene estilo propio, y lo mismo cuando se muestra en sus brillantes creaciones con su estilo elegante y original, que cuando imita delicadamente á Heine,

(1) De toda obra que se nos remitan dos ejemplares, haremos un juicio crítico en esta Sección de la REVISTA.

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