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La falta de educación y de fe.

La contemplación de relajadas costumbres, ó el mal ejemplo constante.

La pereza y la malicie.
La perversión de los deberes paternales y filiales.
Las malas lecturas.
Los espectáculos corruptores.
Y por fin, el lujo extremado y general.

Todas ellas pueden sintetizarse, en nuestro juicio, en la primera de todas; en la falta de educación.

Veámoslo.

Tratábase en una Asamblea de la antigua Grecia de reprimir las costumbres licenciosas y remediar con eficacia los profundos males que aquejaban á la república. La discusión sobre tan grave asunto era solemne y empeñada.

Algunos Senadores atribuían los públicos desórdenes á la corrupción, venalidad y falta de valor civico de los Magis. trados, que lejos de castigar a los criminales, los alentaban con la blandura y parcialidad de sus fallos.

Otros eran de sentir que el malestar que se experimentaba, tenía su origen en la constitución irregular de los poderes del Estado, en las formas politicas. Aquéllos opinaban que todo procedia de la disciplina y mala organización de las legiones; y éstos, en fin, lo achacaban á lo exorbitante de los impuestos, a la mala administración y á la tiranía con que á los habitantes oprimieran los Magistrados ó Gobernadores de las provincias,

Al manifestar tan diversas opiniones, cada orador proponía los medios que conceptuaba más á propósito para atajar el mal, con relación á la causa que en su juicio le producía.

Ya se habian pronunciado brillantes discursos é iba casi agotada la materia, y el ardor de los legisladores aún no daba señales de extinguirse.

En esto un anciano y venerable Senador, que había permanecido atento y silencioso, levantándose de su silla, y dando algunos pasos adelante, con grave y magestuoso con

tinente, sacó de su ancha manga unas manzanas podridas, y arrojándolas en medio de la Asamblea, exclamó con potente voz y conmoción profunda:

«Perdéis lastimosamente el tiempo. Os cansáis en vano, ilustres patricios. Tan temerario es vuestro empeño, tan ardua vuestra empresa, como si intentárais acertar con los medios de volver sanas esas manzanas podridas. Meditadlo. Uno sólo existe: sembrar sus pepitas.»

«Pues bien, venerables Senadores, si queréis regenerar las costumbres, si queréis restablecer el orden y asegurar la dicha y prosperidad de la república, no hallaréis otro medio más eficaz que el de atender con esmero a la educación de los niños y contribuir con sabias leyes á formar y dirigir con perfección las nuevas generaciones,

Es indudable. Desde los tiempos más remotos hasta los nuestros, en todos los pueblos y naciones, en los imperios como en las monarquías, en todas las sociedades antiguas y modernas, por atrasadas é incultas que hayan sido, se ha proclamado la necesidad de la primera instrucción, en mayor ó menor escala, como base y fundamento del público sosiego, del bienestar general.

Reconociendo ya la importancia de la buena educación, Filipo, Rey de Macedonia, escribió a su amigo Aristóteles, luego que nació Alejandro, que no daba menos gracias á los Dioses por el hijo nacido, cuanto por ser en tiempo en que pudiese tener tal Maestro.

Los Reyes de Persia daban a sus hijos preceptores, que en los primeros siete años se ocuparan en organizar bien sus cuerpos y en los otros siete años los fortaleciesen con ejerci. cios gimnásticos, y con los de equitación y esgrima. Después les ponían al lado cuatro insignes varones, cuatro excelentes Maestros. El uno muy sabio, que les enseñaba las artes. El segundo muy moderado y prudente, que corrigiese sus afectos y apetitos. El tercero muy justo, que les instruyese en la administración de la justicia. Y el cuarto muy valeroso y práctico en las artes de la guerra, que les ilustrase en ellas y les

quitase las aprensiones del miedo con los estímulos de la gloria.

Así lo escribe un antiguo publicista.

Otro asegura que con la buena educación es el hombre una criatura celestial y divina, y sin ella el más feroz de todos los animales.

Educación, según Schwarz, es la ciencia de formar al hombre para hacerle adquirir la mayor perfección que puede alcanzar en su naturaleza y cualidades. Educar, exclama Heppel, es despertar al hombre del sueño de la razón, es frotar con nieve lo que está helado, refrescar lo que está ardiendo.

La enseñanza, afirma D. Diego Fajardo Saavedra, mejora á los buenos y hace buenos á los malos. Por eso fué tan gran gobernador el Emperador Trajano, porque á su buen natural se le arrimó la industria y dirección de su Maestro. No fuera apellidado Cruel el Rey D. Pedro, si le hubiera sabido educar D. Juan Alonso de Alburquerque, su ayo.

Si apelamos á testimonios de mayor autoridad, encontraremos que Jesucristo, según dice San Agustin, se interesaba en la educación de los niños, manifestando una predilección especial hacia ellos. Después de indicar las interesantes escenas á que daban motivo las madres cuando le presentaban sus hijos para que les bendijera, reproduce lo que hizo y dijo á sus Apótoles en una de estas ocasiones, según nos refiere San Marcos en los versículos catorce y dieciséis del Capitulo diez.

San Jerónimo no se desdeñaba en ser el catequista de los niños, empleando en esta humilde ocupación el resto de sus días que tan útilmente había consagrado al servicio de la Iglesia, «Enviadme vuestros hijos, decía el Santo á una ilustre viuda, yo balbucearé con ellos: tendré menos gloria delante de los hombres, pero seré más glorioso á los ojos de Dios».

San Gregorio el Magno sobrepujó en esto al celo de San Jerónimo; y Roma, la capital del mundo y el centro de la re

ligión, vió con asombro que aquel gran pontifice, ya muy achacoso, dedicaba el tiempo que podía á la instrucción de la juventud. Después de haber dado un manjar sólido á los fuertes, no se desdeñaba en dar otro más dulce y sabroso á los niños.

La juventud, dice San Basilio, es como una cera suave y blanda que recibe fácilmente cualquiera forma que en ella se imprime, y cede sin resistencia.

La educación de los niños, aseguraba un antiguo filósofo, es el fundamento del Estado. Máxima excelente repetida muchas veces por San Luis Rey de Francia, el cual, no obstante ser el jefe del Estado, se imponía la obligación de instruir todos los días á los principes sus hijos, dedicando todas las noches al cumplimiento de su deber.

«Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Estas admirables palabras, dice Bossuet, nos revelan que Dios, al criar al hombre, no se propuso otro modelo que á sí mismo, y que quiso hacer brillar magníficamente en la criatura humana los rasgos de su perfección y de su gloria. Dios es la vida, la inteligencia, el amor sin límites. Dios es la verdad, la belleza, la bondad suprema. Pues bien: Dios ha querido que estas perfecciones constitutivas de su propia esencia fuesen el fondo mismo del sér en ese débil niño. Dios ha querido que las potencias más elevadas de su divina naturaleza se reflejasen en las facultades nacientes de un ser tan humilde. Vive, pues, el niño, piensa, ama, como piensa, ama y vive Dios mismo. ¡Lo verdadero, lo bello y el bien deben sér objeto esen. cial y único de la enseñanza intelectual y moral de su edu. cación! En la perfecta conformidad de las grandes facultades humanas con lo verdadero, lo bello y el bien, con la verdad, la belleza y la bondad supremas, se encontrará el principio de la armonía, el reposo, la plenitud y el poder de estas facultades. ¡No es otra cosa la obra de la educación!

La educación forma nuestra inteligencia enseñándonos á creer, forma nuestro corazón enseñándonos á amar y forma nuestra voluntad enseñándonos á obedecer.

La religión católica es manantial, savia, aroma y vida de la educación humana. Al niño educado en ella, la fe le da raices, el amor desarrallo: la obediencia le dota de robustez, el respeto de grandeza, la castidad de hermosura.

El verdadero progreso de la edad futura estriba en la educación católica, como que en ella se funda el bienestar de los pueblos, la dignidad del hombre y la grandeza de las sociedades. Asi se expresaba un eminente orador y publicista de la vecina república.

Es tan grande la importancia de la educación religiosa, es tal su influjo en la sociedad que, según la frase de otro célebre escritor, causa la vida ó la muerte de los citados, según se atiende ó se descuida.

La religión desarrolla, multiplica y robustece cuanto constituye el orden, la prosperidad y la gloria de las naciones.

Es para los niños y para toda su vida el guía más seguro, el freno más poderoso y la causa más eficaz y constante de su felicidad.

Mas ¿para qué fatigarnos en amontonar citas de elevadas inteligencias y de autoridades irrecusables antiguas y mo. dernas acerca de este punto, cuando los Gobiernos de nuestro país y en general los de las naciones más cultas del mun. do han opinado y opiuan de la misma manera? ¿Para qué empeñarnos en demostrar lo que está en el ánimo de todos?

Los que se ocupan en estos importantes asuntos saben muy bien que las disposiciones que acerca de la primera enseñanza han dictado desde hace mucho tiempo los hombres políticos de distintas y aun opuestas ideas que han ejercido el poder en España, están basadas en estos mismos principios. Las leyes, los decretos y reglamentos que han regido, y los que aún se hallan vigentes, están llenos de pasajes en que se expresan ideas en un todo conformes con las de los sabios y grandes escritores á cuya autoridad hemos apelado (1).

(1) En el dictamen de la Comisión sobre el proyecto de Ley estable

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