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Esta importantísima circunstancia que constituye por si sola una gran dicha para nuestro país, sirve también de base y fundamento para el desarrollo de las cuestiones que abraza este artículo y el siguiente.

Desembarazado ya el camino, corråmosle franca y resueltamente.

¿Deberá ser obligatoria la primera enseñanza?

Es indudable, porque en la primera enseñanza están compredidas la educación y la instrucción, si bien con la diferencia de que siendo la primera de estas dos un fin, y la segunda sólo un medio, debe tener aquélla una preferencia es. pecial sobre ésta.

Además, como la principal de las asignaturas que comprende la primera enseñanza es la Religión, base y fundamento de la instrucción, podemos considerar como sinónimas para nuestro objeto la primera enseñanza y la educación, correspondiendo á una como á otra las definiciones y favorables juicios que arriba dejamos consignados.

Cierto es que, a pesar de la modestia y sencillez que afectan las palabras con que está formulada la cuestión propuesta, entraña inmensa gravedad y abraza otras múltiples cuestiones, así políticas como religiosas y sociales, que tanto han ocupado á los Congresos y Asambleas, á hombres de Estado y escritores eminentes.

Lástima no fuera otra inteligencia superior a la nuestra la encargada de penetrar en campo tan extenso y variado como el abierto á tan interesante materia, en el cual se agitan el interés político, el social y el religioso. ciendo bases para la formación de la Instrucción Pública, puesto á discusión en 1878, en el cual se proponía la enseñanza obligatoria en la base 10.a decía: además, que la doctrina católica será parte esencial de la enseñanza y educación de las escuelas de primeras letras. Tomaron par. te en la discusión del citado proyecto, los más notables oradores, pertenecientes á todos los partidos políticos, manifestándose conformes en su mayoría con aquella proposición. Y en la discusión habida últimamente en el Senado con motivo de la reciente reforma en la segunda enseñanza decretada por el Sr. Groizard, éste, contestando al señor Obispo de Córdoba, manifestó deseos de llegar á una fórmula de arreglo con los Prelados, modificando aquella reforma, en el sentido de introducir en la segunda enseñanza la asignatura de Religión y Moral.

Problema tan complejo, como lo es el relativo á la enseñanza obligatoria, bien merece toda nuestra observación y estudio para su difícil resolución. Mas en éste, como en otros muchos problemas, no se trata de alcanzar un bien absoluto, ó que no dañie particulares intereses, sino de dispensar beneficios positivos á la sociedad en general.

Instituciones que se rechazan y tienen diverso origen, escuelas filosóficas extremas, ó que se fundan al menos en muy distintos principios, se oponen desde luego a la enseñanza obligatoria, presentando consideraciones y argumentos de profundo estudio y seria meditación, habiendo sostenido viva y empeñada lucha en el terreno de las ideas, dentro y fuera de España, siempre que los Gobiernos han puesto sobre el tapate el planteamiento de la enseñanza obligatoria. Gran embarazo sentimos al vernos en el caso de hacernos cargo de una de ellas, porque se trata nada menos que de Principes y Pastores de la Iglesia Católica á que por dicha nuestra pertenecemos, y como hijos sumisos, no quisiéramos faltar al respeto que debemos á tan sabios Prelados, ni menos propasarnos á refutar sus doctrinas.

Sabido es que en España, antes y después de la dominación musulmana, lo mismo que en las demás naciones de Europa, la educación é instrucción de la juventud fué obra exclusiva de la Iglesia.

Encargada ésta de cumplir aquel precepto divino de id y enseñad a todo el mundo, nadie mejor que ella podia dispensar tan grande beneficio á la humanidad que, abandonada por entonces en las tinieblas del paganismo, pudo encontrar en la Iglesia esa intervención sobrenatural de Dios para atraer hacia sí los hombres, llenando los corazones con el divino amor. La misma Sagrada Escritura, donde vemos que el Divino Maestro tomó sobre sí la educación del género humano, y la poderosa influencia que su doctrina ha ejercido en todo tiempo sobre el hombre y la sociedad, nos representan en la Iglesia el modelo primordial y más perfecto de toda acción de educar.

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Que cumplió tan sublime misión con especial solicitud durante tantos siglos, ocioso sería demostrarlo. Y pues no entra en nuestro ánimo trazar aquí su historia, ni siquiera hacer una breve reseña de las innumerables fundaciones con las cuales contribuyó al incremento y difusión de la enseñanza, bueno será dejar sentado que todas ellas fueron establecidas y dirigidas por el clero, debiendo España en los tiempos más gloriosos de la historia de su cultura intelectual la creación de esos Institutos en cuyo seno se ha venido, y aún se viene hoy formando la flor de la juventud, á dos de sus más ilustres hijos, San Ignacio de Loyola y San Juan de Calasanz.

Ahora bien; secularizada hoy la enseñanza, emancipada ya de la tutela de la Iglesia, ¿puede y debe el Estado continuar dirigiéndola y gobernándola, y en caso afirmativo aspirar al planteamiento definitivo de la enseñanza general obligatoria sin lastimar los fueros de toda conciencia católica y cercenar los derechos paternos?

En la exposición que el Cardenal Arzobispo de Toledo, por sí y en nombre de todos los Obispos sufragáneos dirigió al Congreso en 13 de Mayo de 1878, con motivo de las bases presentadas por el Ministro de Fomento para formar una ley de Instrucción pública, en los párrafos antepenúltimo y penúltimo manifestaba que uno de los defectos muy grave de dicho proyecto era el de que se obligase á los niños á asistir á las escuelas oficiales. «Que la Iglesia tenía un derecho indisputable para velar sobre la instrucción y educación de sus hijos, como lo son los que reciben el Santo Bautismo, vigilancia que no puede ejercer en las escuelas seculares, cuyos maestros, formados exclusivamente por el Estado, no pueden inspirarle confianza. Que los padres de familia son los encargados por Dios y por la misma Iglesia de educar a sus hijos, mediante la enseñanza y el ejemplo y los demás medios y auxilios que la Providencia ha puesto en sus manos para este fin sagrado.»

«Cuando los padres no pueden por mismos cumplir esta especie de misión, obligados están á encomendarla á quien haga sus

veces, pero que esta obligación es de orden moral; y por fin, que la enseñanza obligatoria es una creación del Estado mo. derno y pagano que aspira al dominio universal de las cosas humanas y divinas en las sociedades donde ya no impera nuestro Señor Jesucristo».

El sabio Arzobispo de Valencia (hoy de Toledo, Cardenal Monescillo) con igual motivo se expresaba en los propios términos y añadía este noble período: «Insistid en la enseñanza oficial obligatoria, y veréis regulado lo impracticable y penadas las necesidades de condición y de estado. Los padres de familia que hacen vida errante ó precaria en el campo paciendo ganados ó procurándose el sustento en montes o despoblados han menester del auxilio de sus tiernos hijos para cui. dar de la choza o de pequeñas manadas del rebaño; necesitan de la leña que los niños recogen y... Pues bien, haced obligatoria la enseñanza y habréis hecho necesaria la trasgresión, y siendo así, ¿la penariais? ¿Multarias á padres misera. bles que son auxiliados por hijos que no pueden ir á la escuela?

«Es atentatorio á la sociedad doméstica y á la autoridad paterna el preceptuar obligatoria la primera enseñanza, decia el venerable Arzobispo de Tarragona, porque la sociedad doméstica, fundada por Dios, tiene su jefe, su autoridad divina, que es el padre, y sobre él pesa el importantísimo y sagrado deber de educar á sus hijos.» «Promuevan, fomenten, estimulen, premien, vigilen y recomienden eficazmente los Gobiernos toda clase de enseñanza, pero no la hagan jamás obligatoria, añadía el Prelado de Granada,»

En lo que se refiere a las enseñanzas de la Iglesia por tan eminentes Prelados consignadas, bajamos profundamente la cabeza en señal de acatamiento y respeto. Además estamos conformes con ellas, porque si defendemos la enseñanza obligatoria es porque nos consta que las leyes y disposiciones hoy vigentes y que reglan la primera enseñanza exigen y determinan que ésta sea de todo punto religiosa, que la Doctrina Cristiana ocupe el primer lugar entre todas las asignatu

ras de la Escuela, y que la misión del maestro es, antes que instruir al niño, la de atender a su educación iluminando su inteligencia con las doctrinas de la Iglesia Católica, formando su corazón y su carácter, y sembrando en el primero el germen de todas las virtudes cristianas.

Explicada así satisfactoriamente en nuestro sentir una de las principales causas ó fundamentos de las opiniones expuestas por tan dignos Prelados, sólo queda reducida la cuestión á la duda de que se cumpla lo mandado, á la desconfianza de los Prelados en el personal de maestros láicos, á la intervención del clero en la enseñanza.

En cuanto al primer punto, debemos manifestar que hablamos en la hipótesis de que sean una verdad las citadas disposiciones del Gobierno, y en cuanto al segundo, que las Escuelas Normales donde hoy se forman los Maestros, son cabalmente los únicos centros de enseñanza en que se conservan los profesores eclesiásticos de Religión y Moral, y que por consiguiente, reciben una instrucción regular y adecuada en esta asignatura. En su virtud, debe merecer completa confianza en este punto la inmensa mayoría de los Profesores de Instrucción primaria. Se hallan, por tanto, en el caso que expresaba el Emmo. Cardenal Moreno en un elocuente periodo de su referida exposición al Congreso, que dice así:

«Al maestro, en efecto, que se consagra á la educación ó instrucción de la infancia y de la juventud, tiene cierto carácter sagrado y cierta misión recibida de la misma sociedad espiritual instituida por el mismo Dios para conducir á los hombres por los caminos de la salvación.»

Con respecto al segundo punto de la intervención del clero en la enseñanza, nada tenemos que decir, sino que estamos conformes con que sea la necesaria á los altos fines de la Iglesia y hayan pactado ó pacten con su Jefe visible los poderes Supremos del Estado.

He aquí como en lo esencial y doctrinario creemos que no nos apartamos ni un punto de los deseos de nuestros legitimos maestros y pastores, estando seguros de que, sea el que quie

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