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ra el origen de la enseñanza obligatoria, la que nosotros admitimos y defendemos no habían de recusarla los defensores más ardientes de los derechos é inmunidades de la Iglesia Católica.

Sin que entre en nuestro ánimo, como dijimos arriba, refutar doctrinas tan dignas de respeto como la expuesta por Prelados tan merecedores de toda veneración por su talento y singulares virtudes, permitasenos, no obstante, recordar que tan insignes pastores no negaron al Estado la facultad de crear escuelas; por el contrario, reconocieron en él la obligación de establecerlas allí donde no las hubiera; porque debiendo atender al bien temporal de los súbditos, nada más conveniente y adecuado para este intento que proporcionar los medios que promuevan y faciliten la instrucción, y además, porque á la sociedad le interesa mucho que cada uno de sus miembros desempeñe bien su destino, para lo cual es preciso se prepare con los estudios y ejercicios necesarios, á juicio del mismo Estado, á quien está encomendado el bien social.

Tiene la educación é instrucción primaria dos relaciones, dos puntos de vista en que es preciso fijarse: el niño considerado aisladamente y considerado como miembro de la sociedad en que vive. En el primer caso es un sér débil, que necesita protección más que todos los demás séres: tiene una inteligencia que iluminar y un corazón que dirigir. En el se. gundo es la representación de una generación entera, es el medio que ha de comunicar la historia, las tradiciones, las grandezas, las costumbres de una generación que se va a otra que viene: es la sociedad de mañana. Bajo el primer punto de vista, la instrucción es una gran obra de caridad; bajo el segundo, es la mayor empresa del patriotismo. Y si es cierto que como obra de caridad necesita la bienhechora influencia de la Iglesia Católica, que ama á los niños con entrañas de madre, la única que explica en su moral santa la noción verdadera del progreso y de la civilización, forzoso es confesar que como obra de patriotismo ha de recibir también la acción

eficaz, protectora y tutelar del Estado. Luego esa unión intima de la Iglesia y del Estado realizada para el inmenso beneficio de la educación popular deberá ser la base, la verdadera base de la primera educación.

Ahora bien; si el pensamiento y la tendencia de la Iglesia Católica fueron siempre proporcionar al Estado súbditos puros y rectos mediante la enseñanza de las verdades religiosas; si la religión nos manda reconocer en el Estado una ordenación divina, ya sea aristocrática, ya democrática su constitución, obedecer á las autoridades legitimamente constituídas, sacrificar por la patria todo lo temporal, siempre que lo reclame el honor de ella ó el bien común, no para los fines de un partido ó de una idea, sino para servir a Dios y esperar la recompensa en el cielo, ¿qué inconveniente hay para que el Estado, cuya misión es la de conservar la unidad de espíritu nacional, como fundamento para la vida pública, en perfecto consorcio y buena armonia con la Iglesia, aspire á educar, y en efecto eduque á las futuras generaciones en aquellas virtudes, cooperando ambas de consuno al cumplimiento del precepto divino id y enseñad á todo el mundo?

Si entendiéramos que el Estado, al considerarse soberano, y por consiguiente con derecho a educar, en el sentido de que á él solo le corresponde dirigir la enseñanza, sin que se mez. cle en ella ninguna otra sociedad, corporación, clase ó instituto, como sostuvo Gil de Zárate, o defendiéramos la doctrina hoy muy en voga, «que allí donde reside la soberanía reside el derecho de educar»; «que trasladada la soberanía de la Iglesia á la sociedad civil, corresponde enseñar a la sociedad civil, donde existen ahora todos los elementos de saber, progreso y civilización»; si sentáramos este principio, decimos, como norma suprema de la educación en provecho del Estado, entonces, ni guardariamos la reverencia debida á los niRos, ni respetaríamos los derechos paternos, ni los fueros de la conciencia católica, ni mucho menos las leyes de Dios y su Iglesia.

Cuando los gobiernos, obedeciendo á ciertas preocupacio

nes, se han desviado de las enseñanzas de la Iglesia o la han negado aquella intervención que en la obra de caridad de la Instrucción primaria le corresponde por ley humana y divina, un enemigo común de la Iglesia y del Estado ha dejado sentir su perniciosa influencia en las escuelas, haciendo estragos en las inteligencias, perturbando las familias y la sociedad. Ese enemigo es el racionalismo, que dice á los maestros: «Vosotros sois los redentores modernos del género humano, sois los mártires de la civilización»; mientras que por otra parte repite al oído de los niños: «no debéis creer, no debéis obedecer, entended que todas las religiones son buenas, y que todos los reyes son tiranos...»

Pero por fortuna hay un pedagogismo que se funda en otra serie más elevada de verdades. Este nos enseña que el hombre es un sér imperfecto por naturaleza; que el niño es, por consiguiente, un sér más débil y más imperfecto que el hombre; criatura decaída, herida en sus facultades por la culpa original, necesita rehabilitación; los sentimientos torcidos hay que enderezarlos, los sentimientos malignos hay que ennoblecerlos, las inteligencias opacas hay que alumbrarlas, las facultades indómitas hay que refrenarlas.

Este prodigio, que alcanza a las inteligencias y á los corazones, no se ha de hacer sino en virtud del amor, de la ca. ridad cristiana sostenida y ayudada con las leyes del Estado. Y no de otra manera se perpetúa el poder, el prestigio y el esplendor de los pueblos que por la decisiva influencia de esa caridad inteligente, madre del pedagogismo católico, dando curso y dirección al raudal de vida que todo sér racional siente palpitar dentro de si. Pues mientras el pedagogismo racionalista, dice un autor, llama á sus alumnos con el estrépito de periódicos y libros en que se grita «emancipación y autonomia», la caridad llama a los niños pobres y huérfanos desvalidos con la campana de la escuela católica, que confunde sus sonidos con el de la iglesia vecina, como se confunden dos ideas que juntas vienen del cielo y al cielo vuelven unidas.

Sobre esta base, como decíamos antes, sobre la base de los principios católicos, es como podemos defender la ense. ñanza general obligatoria, sin los cuales «la inteligencia quedaria prostituida formando monstruosa alianza con el vicio y el crimen. Los intereses de la civilización, la existencia misma de la sociedad exigen que se grabe por todas partes en caracteres indelebles la importante verdad de que allí donde hay instrucción sin religión, allí hay desarrollo de inteligencia sin moralidad, allí hay semillero de vicios y de crímenes y alli hay, por consiguiente, un enemigo capital de la verdadera civilización» (1).

Cúmplenos ahora hablar ligeramente sobre la oposición que también hacen á la enseñanza obligatoria los afiliados á las escuelas políticas más avanzadas ó radicales.

Consideran antiliberal, opresor y hasta tiránico el obligar á los padres á que envien sus hijos a la escuela. Dicen que semejante disposición es depresiva de su dignidad y atenta. toria á la autoridad paterna. Aseguran que se le priva al padre de su completa libertad y de su omnimodo y perfecto derecho para disponer de su hijo como tenga por conveniente. Que nadie debe penetrar en su hogar ni inmiscuirse en los asuntos privativos é interiores de su familia, ni menos para castigarle si no hace uso de las ventajas que pueden ofrecerle las escuelas del Estado.

No advierten los que así opinan, no consideran que enfrente de los derechos del padre se encuentran muchas veces los del hijo, que no pocos de aquéllos olvidan, y que sobre los derechos de los unos y de los otros y más altos que todos están los de la sociedad. Que los padres tienen una obligación indeclinable y sagrada de educar a sus hijos y enseñarles las verdades y doctrinas religiosas; pero como es cierto y seguro, por desgracia, que no pocos omiten el cumplimiento de tan justos deberes, el Estado, por medio de los maestros, debe

(1) Balmes.-La Civilización.

cumplir tan grave misión con las medidas que estime para ello conducentes.

Partidarios acérrimos del progreso sin límites, por otra parte, los que abrigan estos sentimientos, no advierten que sin inteligencia no hay civilización; sin que brille en la frente del hombre ese destello divino, sin que ciña sus sienes esa bella aureola, esa esplendente diadema que le distingue como á rey de la creación, no es concebible la perfección de la sociedad; falta el manantial del bien, falta el título más hermoso, el más noble blasón, el orgullo del humano linaje. Tan deslumbrador es su brillo, tan fascinadora su influencia, que allí donde le vemos allí aclamamos la civilización (1).

Muchas son en verdad las razones que alegan ó suelen alegar también los padres de familia para demostrar la absoluta imposibilidad en que se encuentran, particularmente los pobres, de mandar sus hijos a las escuelas. Todo lo exageran hasta lo infinito, porque no hay mayor acicate ni estimulo para el ingenio que el interés particular. Sin embargo,

(1) Balmes.-La Civilización. «De ningún modo, añade el mismo, podemos abogar por la ignorancia; no la juzgamos ni saludable á la moralidad ni conducente al bienestar; y la extraña paradoja de Rousseau en la Academia de Dijon en contra de la ilustración con respecto á la moral, nos parece muy digna de ser la primera del misantropo que en su delirio buscaba la virtud y la dicha en medio de las hordas salvajes. ¿Por qué había de ser contrario a la moralidad el desarrollo de la inteligencia? La claridad del entendimiento ¿no ha de contribuir á que se vea la virtud inás hermosa y el vicio más negro? Una sensibilidad más fina, cual suele acompañar á un espíritu cultivado, ¿ha de ser contraria á la virtud, que se halla en tanta armonía con los sentimientos más delicados del corazón? Los hombres más grandes ¿fueron acaso grandes criminales? La santidad infinita ¿no es la misma inteligencia infinita? Penetrad en el caos de esos siglos en que, por un conjunto de causas aciagas y de trastornos espantosos, la ignorancia había tendido sobre Europa su negro velo, y á cada paso tropezaréis con el asqueroso vicio revolcándose á sus anchas en medio de las tinieblas. Pero renace el saber, y las costumbres se suavizan y se mejoran; todo cambia, todo se regulariza y se perfecciona; el escándalo y el crimen huyen pavorosos al asomo de la antorcha que esparce por doquiera sus claros resplandores, como al rayar la aurora azorado el criminal busca su guarida, y disipándose la voluptuosa embriaguez de placeres culpables, corre presurosa la debilidad á ocultar su falta y su ignominia.» Si el desenvolvimiento de la inteligencia es saludable à la moralidad, no lo es menos al bienestar.

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