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»de la perspectiva a medida que se condensan ó se rasgan; >un poco más allá, se perciben ya sus rumores, despliégase nel plateado giro de sus aguas, y reflejados en ellas, grupos » de fábricas á cual más lindos, resuenan ya sobre el puente »los herrados pies de la caballeria... ¡Incomparable Toledo! »Otras ciudades encierran para el artista aislados objetos de

grandes inspiraciones, pero toda tú en globo pareces la ins»piración única, el sueño ideal de un artista»...

Emplazada en el vértice de inmensa roca cortada á pico sobre el Tajo, el viajero que desde la muralla admira la dilatada campiña por un lado y el río por otro, no puede olvidar aquellos hermosos versos de Garcilaso:

«Estaba puesta en la sublime cumbre
del monte, y desde allí por él sembrada
aquella ilustre y clara pesadumbre
de antiguos edificios adornada.

De allí con agradable mansedumbre
el Tajo va siguiendo su jornada,
y regando los campos y arboledas
con artificio de las altas ruedas. (1)

Nadie sabe á ciencia cierta cual fué la época de su fundación. Unos se la atribuyen á Tubal, otros á los griegos, muchos fundándose en la analogia de su nombre con la palabra griega toledoth (generaciones), creen que fueron los ju. díos conducidos á la Península ibérica por el rey Nabucodonosor, y no ha faltado quien suponga que Hércules, hijo de Osiris, reina de Egipto, fué el primer habitante de la famosa cueva que lleva su nombre.

Los primeros habitantes de que la Historia nos habla, fueron los vacecos, los vetones y los celtas. Luego vinieron los romanos y se apoderaron de la ciudad, capitaneados por el pretor Marcus Fulvirus Nobilior. En el siglo v de nuestra Era,

(1) Se refería el Capitán poeta al Artificio de Juanelo.

el

vencidos los romanos por los godos y expulsados de la Península, el emperador Leovigildo fija su corte en Toledo (año 569); pero las luchas de los dos partidos religiosos, el católico simbolizado por el rey, y el arriano alimentado por el influjo de la reina Gosvinda, amargaron los últimos años de Leovigildo, que abdicó el trono en su hijo Recaredo en el de 586.

Desde Recaredo, en cuyo reinado, el más glorioso de la monarquía visigoda, nació la unidad del culto y desaparición del arrianismo, hasta D. Rodrigo, pasó la corte toledana por todas las alternativas del esplendor y la decadencia, de la paz octaviana y de las revueltas más sanguinarias. Con el paternal gobierno de Wamba adquirió un grado de esplendor nunca visto; florecieron las artes, restauró la disciplina en el ejército y conquistó lauros de inmarcesible gloria. Bajo el desdichado cetro de Witiza es el núcleo de la corrupción y desenfreno. La Historia nos le presenta desafiando la autoridad del Sumo Pontifice, profanando los templos, abandonando las plazas al enemigo y cometiendo todo género de excesos en brazos de sus concubinas.

Witiza es destronado por D. Rodrigo, último rey de la monarquía visigoda, y el pendón de la media luna derriba el estandarte de la cruz, como este arrió de las murallas siglos antes las águilas del Capitolio.

Cuenta una leyenda, que corre hace muchos siglos de boca en boca entre el pueblo toledano, el hecho siguiente:

Cuando D. Rodrigo se entronizó en el solio de Ataulfo, la entrada de la Cueva de Hércules, situada en lo alto de la ciu. dad, cerca del sitio donde más tarde se edificó la Iglesia de San Ginés, estaba cerrada por una plancha maciza de bronce empotrada en la roca, y encima, grabada con caracteres griegos, una inscripción que decía:

« El rey que abra este subterráneo y pueda descubrir las maravillas que encierra, morirá en una batalla, y el esc

tranjero asolará su reino

Todos los reyes godos, creyendo ver en este oráculo un aviso del cielo, se abstuvieron de forzar la entrada, pero Rodrigo menos crédulo, o tal vez más ambicioso, deseando penetrar el misterio de aquella cripta, donde suponían la existencia de palacios encantados y grandes tesoros, hace saltar la puerta, entra y se encuentra en un espacio cuadrado que alumbra una claridad indecisa. En el centro ve la colosal estatua del Hércules egipcio triturando moles de piedra con su maza de armas; el rey se dirige á él y demanda permiso para continuar su tenebrosa exploración; la estatua inclina sus párpados de bronce, baja la cabeza, suspende el martillo y le indica con la maza un camarín contiguo. Penetra en él D. Rodrigo, y ve un cofre de oro ricamente cincelado, en cuya tapa se lee:

« El que me abra descubrirá maravillas.»

La temeraria ambición de D. Rodrigo, aguijoneada por el misterio de esta promesa en nada repara; hace saltar con la punta de su daga la tapa del cofrecillo y encuentra un pergamino enrollado, lo extiende y ve grandes masas de figuras que simulan un numeroso ejército de extraño continente. Los peones y jinetes llevan turbante enrollado a la cabeza, cubren su cuerpo abigarrados alquiceles y van armados con lanza y cimitarra. Debajo de estas figuras se leia:

«El que haya abierto este cofre que me encierra, perderá la España y será vencido por una nación bárbara, semejante

á la que está aqui representada.»

Cuenta la leyenda que el rey abandonó triste y pensativo aquellos parajes agobiado por funestos presentimientos, y que cuando salió, un águila bajando del cielo con una antorcha encendida entre las garras, prendió fuego a los palacios encantados, desapareciendo en breves instantes, consumido por las llamas, todo cuanto encerraba la cripta.

Poco tiempo después, la derrota del Guadalete y la desaparición del postrer monarca godo arrollado por las cenago

sas aguas del río confirmaban la terrible profecía del oráculo.

Victorioso Tarik, se apodera de villas y ciudades, pone cerco á Toledo en la primavera del 712 y lanza sus huestes sobre las murallas, mientras los restos del pueblo visigodo sin rey, sin combatientes y confiando en la huida su salvación, abandona aquel último baluarte del imperio de Ataulfo y se retira á los montes de Cantabria (1).

En esta época se inicia ese largo periodo de tres siglos durante los cuales todo fueron revueltas y pronunciamientos, luchas y sangrientas represalias. Gobernado Toledo por walies, fundatarios del Califato de Damasco primero, y después del de Córdoba, cien veces pretendieron sacudir el yugo de los califas, y otras ciento sucumbieron ante el poder de los omiadas.

Conseguido por el jeque Ismail-ben-Dylnum el gobierno de Toledo, llegaron á tal extremo su pujanza y poderio, que cuando el Emir Jewan, terminada la lucha entre los Hamudes y los Omiadas, quiso restablecer la unidad del Califato de Córdoba, respondió Ismail declarando la independencia del reino de Toledo.

No juzgó prudente Jewan oponer al sedicioso y pujante wali sus desmembradas fuerzas. El imperio de los Omiadas había llegado al último grado de su decadencia, y previendo una derrota que sería la muerte del califato, reconoció la soberanía de Ismail, fundador del efímero reinado de Toledo que sólo disfrutaron él y su hijo Almenon, amigo y protector del príncipe Alfonso, quien más tarde como rey de Castilla debía tomar á su protector este tan disputado florón de la naciente monarquía.

(1) El ejército de Tarik se componía en su mayor parte de hebraizantes, siendo esta la razón en que se han îundado algunos historiadores para suponer que los judíos de la ciudad, en combinación con los del ejército sitiador, abrieron á éste las puertas de la plaza el Domingo de Ramos, mientras los cristianos salían en procesión de la Basilica de Santa Leocadia.

Además de estos hebraizantes, que descendían de algunas tribus del Yemen, convertidas al judaísmo en tiempo del rey Tolaa, también había cristianos y parsis sectarios de Zoroastro.

Pero no bastaban a las ambiciosas miras del antiguo jeque su reino de Toledo, queria más y lo consiguió, extendiendo su influencia hasta los pequeños reinos del Mediterráneo. Batalló con el monarca cordobés, conquistó dilatados territorios y al morir dejó a su hijo Almamun Iabic un reino capaz de medir sus armas con el antiguo Imperio de los Califas.

Almamun continuó el acrecentamiento del reino fundado por su padre. Dotado de un carácter guerrero y emprendedor, no vacilo en arrancar á su yerno el señorío de Valencia; siguió hasta Córdoba, pero el rey de Sevilla se le había anticipado desposeyendo á su aliado el Emir del trono, y Almamun Iahic se vió precisado á retirar sus huestes.

Desde entonces se disputaron dos monarcas, igualmente poderosos, la supremacia del inmenso territorio que años atrás constituyó el Imperio de los Omiadas. Iahic, dueño de todo el centro y Oriente de España, y Almanzor, rey de Sevilla, que había conquistado la Andalucía.

Encontrados ambos ejércitos á las puertas de Murcia, fué derrotado el monarca sevillano y Almamun fué á ocupar victorioso el trono de los califas.

Por este tiempo despuntaban en el horizonte de Toledo»dice el Sr. Quadrado-los albores de un nuevo día á cuyo »brillo tornaba pálida la media luna, y las repetidas y aso»ladoras incursiones de Fernando I por las fronteras, de cada »vez más estrechas, eran el preludio de la gloriosa recon. »quista, que el más poderoso de los principes musulmanes »sólo alcanzó á diferir á fuerza de oro, reservando contra sus >competidores el acero. Las dos creencias y las dos razas en >un tiempo tan enemigas se aproximaban bajo la influencia »de una creciente civilización, y la brillante corte de Alma»mun, ostentosa con sus huéspedes, benigna con sus prisione»ros, habituábase al lenguaje y costumbres de Castilla.»

Desposeido el principe Alfonso, hijo de Fernando I, del trono de León por su hermano, proscrito y fugitivo, se acogió à la protección del rey de Toledo quien le dispensó tan cariñosa hospitalidad como nunca la pudiera soñar el desgra

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