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El judio moderno, el que desata hoy las iras de las multitudes en Rusia y Alemania, es una creación de la Edad Me. dia. La juderia de las ciudades españolas, el ghetto de las italianas, la judergazze de las alemanas, el mellah de Marruecos son los moldes en que el judío ha modelado su forma externa, y el carácter y el temperamento han sido obra de un agente interno, cuya acción continua y poderosa ha producido esas diferencias que hoy se reputan etnográficas. Nada, en efecto, tan intenso, tan hondamente eficaz como la religión en el pue. blo israelita. El judaismo.no es como el cristianismo, una religión espiritual. El judaísmo talmúdico comprende un conjunto de prácticas corporales: la Ley se ocupa de la carne, tanto como del espíritu. En tal sentido puede decirse que el principal factor del judío y de la raza judía fué el judaismo. La gran preocupación del judío durante veinticinco o treinta siglos, ha sido la pureza legal comprensiva del cuerpo y del espíritu: tal cuidado persiguele desde el nacimiento a la muerte, desde la circuncisión por el cuchillo de piedra hasta el lavado del cadáver sobre la mesa funeraria; le acompaña á todas partes, obsérvala en su alimentación, en sus vestidos, en el lecho conyugal. La ley, por tanto ha hecho de Israel una raza pura al mismo tiempo que una raza casta, siendo todavía hoy, a pesar de las injurias y sufrimientos padecidos, una raza sana. La insuficiencia de alimento y el aire inficionado del ghetto habrán debilitado sus músculos; mas su carne no ha sido roida por las enfermedades que engendran las lascivas prácticas del Oriente.

Ya lo ha dicho un escritor judio F. Darmesteter; Israel es el producto de una tradición, tanto espiritual como higiéni. ca y profiláctica.-En efecto, el judio no es producto natural de un suelo o de un clima; és un producto artificial, producto de una doble tradición y de una doble servidumbre; de ahí la unidad de aspecto y de fisonomía, de aptitudes y de carácter que ostenta la raza á pesar de la diversidad de países que habita y de la mezcla de sangres. El judío, considerándolo como raza, fué elaborado por dos agentes opuestos: por el confinamiento a que lo han sometido nuestros antepasados, y por la estricta observancia de su ley. Formáronlo á medias nuestras leyes y las suyas; los canonistas y los rabinos. Condenado, durante cientos de años, á un aislamiento rigoroso, las influencias del medio pesaron sobre él en toda su intensidad, y en tal sentido no es aventurado decir que el ghetto, la juderia o la judengarze han elaborado los caracteres diferenciales de la raza judía. En las juderias se han suscitado y des. envuelto, en individuos de diverso origen, semejanzas físicas y morales, que dependen, más que del parentesco de la sangre, de la identidad del género de vida. En ese fétido y doloroso crisol, se ha llevado a cabo durante la Edad Media, la fusión de los diversos elementos étnicos que han formado ese metal, de una dureza y ductilidad asombrosas, llamado judio moderno.

El culto también, tanto como la observancia de la ley, ha conservado en los judíos el espíritu de tribu: las fiestas y ayu. nos, no son para la mayor parte sino la conmemoración de las alegrias y de los duelos de Israel. No se ha cansado todavía de llorar la ruina del templo de Jerusalén. Como en el tiempo de los Macabeos, la piedad judía, se parece á un fervor patriótico en que el recuerdo de Sión, suple la carencia de patria. De ahí que el judaismo talmúdico sea una religión na. cional, ó si se quiere ancestral, ya que tal carácter tenía la de los antiguos hebreos. Con el ritualismo talmúdico, la religión, depurada y ensanchada por los profetas háse materializado y empequeñecido a la vez. Para muchos judíos, Jeová no es el Dios único y universal de Isais y de Jeremías; es la divinidad tutelar de Beni-Israel: es el Dios del mundo, pero ante todo y sobre todo el Dios del judío.

El judaismo no es una confesión o una iglesia como cualquier otra; la fe y el dogma revelado son cosas secundarias, lo principal es el culto, la Ley, el conjunto de ritos y de prác.

la

ticas heredados de sus antepasados. Para él, el culto y ritual no son formas de la religión, es la religión misma; su importancia y su valor no provienen de los dogmas que simbolizan, sino de los antepasados que los han transmitido de generación en generación, como un legado de familia. Esto podria expli. car el poco gusto que muestran por el proselitismo, ya que religión para ellos es el culto doméstico de la casa de Jacob. Los ritos constituyen la cadena que une á los israelitas entre sí.

Hay en Alemania y en Inglaterra judios llamados reformados, que excluyen del judaismo todo lo que no tiene un ca. rácter religioso, y que de algún modo puede recordar sus orí. genes nacionales: en las prácticas del culto, borran el nombre de Sión, y el recuerdo de Jerusalén, suprimen la cincuncisión y los preceptos en punto à alimentación; reemplazan como fiesta semanal el domingo al sábado y sustituyen en el canto de los salmos el hebreo por la lengua vulgar. Pretenden con tales innovaciones, dada la anarquia intelectual de las viejas sociedades cristianas, trasmitir á los goim, gentiles, el depósito divino conservado intacto á través de tantos siglos en el fondo de su pesado ritual. Entonces, solamente, dicen, habiendo Israel cumplido con su vocación, podrá disolverse entre las naciones. Tal propósito es humanitario y generoso, no tiene más que un inconveniente: no ser realizable; pues aflojándose los lazos que hoy unen á la raza, con la supresión de todo lo que constituye su originalidad y le presta fuerza, quedaría reducido insensiblemente á una sombra difusa proyectándose en la lejanía del tiempo.

En casi todo el Oriente, el concepto de nacionalidad no existe; hállase siempre confundido con la creencia religiosa. El verdadero mahometano no conoce más patria que el Islam: bórranse para él todas las diferencias nacionales ante la unidad de fe. Lo mismo sucede con el judio; hace de la religión y del concepto nacional una sola idea, apostatando de aquélla, cambia de país. Si en el mundo oriental surgiera un sentimiento nacional independiente de la fe religiosa, aparecerían cambios y transformaciones, dificiles hoy de

preveer.

Muy honda diferencia se advierte también sobre este asunto al comparar el sentir de ambas razas, ó mejor de asiáticos y europeos. Para nosotros la nacionalidad se identifica con la conciencia nacional; porque bien mirado, una nación es el producto de la historia, ya que fue creada y es sostenida por la comunidad de intereses, tradiciones y sentimientos.

Los judíos contemporáneos sufren cada vez más la influencia del medio en que viven. Abandonan poco á poco sus costumbres nacionales: las prácticas intimas, los ritos domésticos, que tanta importancia tenían en la casa de la juderia ó del ghetto, no son ya sino recuerdos poéticos. La antigua vida judía de familia, impregnada de memorias dichosas, habrá desaparecido muy pronto, y sólo quedarán vestigios de ella en los cuentos bohemios ó galitcianos de Kompert ó SacherMasoch.

Lo realmente asombroso es que el Tamud haya logrado tener durante quince siglos envuelto en la espesa capa de sus ritos al pueblo judío. Bien es verdad que no poco ha contribuído al separatismo rabinico, la exclusión con que le ha distinguido siempre el cristiano. Al expulsar de nuestra so. ciedad, le condenábamos á quedar recluido en la suya, y las leyes así civiles como canónicas de la Edad Media, eran como valla infranqueable, imposible de salvar, cuando intentaba formar parte del pueblo cristiano. Asi se explica de qué modo los descendientes de Israel dispersados, hánse coagulado en pequeños grumos en la superficie de las naciones.

La necesidad de defenderse contra un opresor ó de un enemigo común fomenta el sentimiento nacional. Pues la legislación y conducta de los pueblos cristianos con respeto a los judíos, no ha tenido otro objeto que inculcarles el sentimiento de solidaridad y despertar en ellos una como conciencia nacional. En este punto, a pesar de leyes igualitarias, persiste todavía el exclusivismo del cristiano. Ni costumbres, ni idioma, ni aún muchas veces creencias, lo separan de nosotros, y sin embargo, la antipatia hacia el hijo de Israel subsiste, sin que nos demos de ello cuenta. Será reminiscencia instintiva, preocupación religiosa o espíritu de clase, pero lo cierto es que aún con sangre menos noble, nos repugna el contacto del descendiente de Judá.

ANASTASIO R. LÓPEZ

TOMO CXLIX

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