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quedaban al rey de Francia otros dos hijos en edad de sucederle: y en el caso de haberse verificado el envenenamiento, con más verosimilitud se hubiera podido inculpar, como apuntan los historiadores, á la ambiciosa y altiva Catalina de Médicis, esposa del duque de Orleáns, su segundo hermano, en quién recaía la sucesión al trono.

De las otras dos invasiones, la de los alemanes por Champaña no se' había realizado. La de los flamencos por Picardía al mando del conde de Nassau fué tan adelante, que puso en alarma á la nobleza y al pueblo de París. Nobles y pueblo acudieron en masa á atajar los progresos de los de Flandes, y obligaron al de Nassau á levantar el sitio que tenía puesto á Peronne, y á pronunciarse en retirada á los Países Bajos, casi al mismo tiempo que el emperador retrocedía á Italia por el mismo camino que había llevado hacía algunos años el marqués de Pescara de regreso de otra expedición tan poco venturosa como ésta. Dejó Carlos un tercio de infantería española en Niza, encomendó el gobierno de Lombardía al marqués del Vasto, pasó á Génova, donde se detuvo por falta de salud algunos días, y de allí dió la vuelta á Barcelona (noviembre, 1536), entrando en España con los laureles de Túnez un poco marchitos, por su temerario empeño en haberlos paseado por Francia (1).

Había deseado siempre el papa Paulo III ser medianero de paz entre Carlos y Francisco, y ahora mediaron proposiciones, tratos y contestaciones encaminadas á este fin entre el pontífice y el emperador. Mas como el jefe de la Iglesia no pudiese lograr que modificara Carlos algunas de las condiciones que exigía, y que le parecían inadmisibles por el monarca francés, no pudo Su Santidad llevar á feliz término esta buena obra, por más que para obligar al monarca español le decía que él estaba determinado á unirse á aquel que más en lo razonable se pusiese. Pero lejos de ponerse ni el uno ni el otro en lo razonable, cada uno de los dos soberanos parecía andar discurriendo la manera de eternizar sus odios y sus guerras. El parlamento de París, con asistencia del rey Francisco y de los príncipes de la real familia, acusó muy formalmente á Carlos de Austria de haber faltado al vasallaje que por la posesión de los condados de Flandes y de Artois debía á la corona de Francia, y por consecuencia, de haber obrado como súbdito rebelde: se le mandó comparecer ante el parlamento como ante el juez competente, y como Carlos no compareciese ni por sí ni por apoderado, se procedió á la vana y ridícula demostración de condenarle en rebeldía (1537), de declarar confiscados sus feudos en Flandes y Artois, y de publicar la sentencia á son de trompetas (2).

En su virtud, y como en cumplimiento y ejecución de la sentencia, y para tomar posesión de los dominios que por ella se adjudicaban á la corona de Francia, marchó el monarca francés con ejército á la frontera de Flandes, donde se movió una guerra formal, á la cual asistieron perso

(1) Paulo Jovio, Histor., lib. XXXV. - Du Bellay, Mémoires.-Sandoval, Hist. de Carlos V, lib. XXIII.-Robertson, Hist. de Carlos V, lib. VI.-Vera y Zúñiga, Vida de Carlos V.

(2) Colección de documentos para la historia de Francia, hecha de orden del rey. -Cartas y memorias de Estado, por Ribier. t. II.

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ARCO DE SANTA MARÍA (BURGOS). - COPIA DIRECTA DE UNA FOTOGRAFÍA

nalmente el rey, el duque de Orleáns, ya delfín por la muerte de su hermano, y el mariscal de Montmorency, nombrado condestable por sus servicios en la anterior campaña. Ya aquella guerra llevaba destruídas algunas provincias de ambos Estados, cuando por fortuna interpusieron sus buenos oficios en favor de la paz dos reinas hermanas, la de Francia y la de Hungría, hermanas ambas del emperador, y consiguieron que por lo menos se firmara una tregua de diez meses (31 de julio, 1537), si bien limitada sólo á los Países Bajos.

Porque al mismo tiempo seguía ardiendo otra guerra en el Piamonte entre los ejércitos de Carlos y de Francisco; que en todos los campos medían sus fuerzas, agotándose éstas primero que sus rencores. También aquí intervinieron las dos reinas, no queriendo dejar incompleta su obra; é instando la una á su hermano Carlos, la otra á su esposo Francisco, y ambas á los dos soberanos, ayudadas también del romano pontífice, siempre neutral, y siempre deseoso de templar las iras de los dos rivales, redujéronlos al fin á concertar una tregua de tres meses en el Piamonte (1538), quedándose cada uno de los dos monarcas con las plazas y territorios que á la sazón poseía, hasta que sus respectivos plenipotenciarios arreglasen un convenio definitivo, para el cual por cierto se suscitaron cuestiones que los obligaron á prolongar la tregua hasta el año siguiente (1).

Y no eran sólo las guerras de Flandes y del Piamonte las que en este tiempo traían enredados á los poderosos y rivales monarcas. Con sentimiento y extrañeza, y aun con escándalo de la cristiandad, el rey cristianísimo había provocado y ayudado al sultán de Turquía á combatir al rey católico. Ya hemos indicado las inteligencias no muy secretas en que Francisco I de Francia andaba hacía tiempo con Solimán de Turquía. Pues bien; cuando Barbarroja se vió vencido y arrojado de Túnez por el emperador y ahuyentado de Bona por la armada de Andrés Doria, el infatigable corsario arinó todavía en Argel una flota de treinta y cinco galeras y algunas fustas, enarboló en ellas banderas cristianas, y tomando rumbo á las islas Baleares, arribó al puerto de Mahón, cuyos habitantes. creyendo que eran las naves españolas que volvían victoriosas de Túnez,

(1) Fueron los comisionados para tratar de este concierto, por parte del emperador el señor de Granvela y el secretario Francisco de los Cobos, comendador mayor, y por parte del rey de Francia el cardenal de Lorena y el condestable Montmorency.

Hizo el marqués del Vasto en esta ocasión una acción muy propia de su noble y elevado carácter, y el rey Francisco le correspondió con otra muy propia de su genio galante y caballeresco. Luego que se acordó el armisticio, el marqués quiso hacer una visita al rey de Francia, que se hallaba alojado cerca de Carmagnola, y al mismo tiempo mostrarle cuán lucida gente servía bajo sus órdenes al emperador. Dirigióse, pues, á la tienda del rey Francisco, acompañado de un brillante cortejo de caballeros españoles, todos vestidos de gran gala y con muchas cadenas y collares de oro. El rey-caballero, al acercarse el marqués, mandó hacer una salva á toda su artillería, colocó al caudillo imperial entre él y el delfín su hijo; los capitanes españoles fueron igualmente honrados por los franceses; el rey y el marqués departieron largamente sobre la tregua y sobre los límites que se habían de señalar en el Piamonte, y despidiéndose afectuosamente, el del Vasto se volvió á Milán, y el rey Francisco regresó á Francia por los Alpes. - Sandoval, lib. XXIII, núm. 27.

las saludaron con salvas de artillería, echaron al vuelo las campanas en señal de regocijo y se disponían á abrazar alegremente á sus hermanos. Todo aquel entusiasmo se trocó súbitamente en espanto y tristeza, cuando una casualidad les hizo saber que quien tenían delante era el terrible Barbarroja con dos mil quinientos turcos. Corta y escasa la población para resistir á los ataques que muy pronto le comenzó á dar el famoso pirata, y aportillada ya la cerca por su artillería, los desgraciados mahoneses tuvieron que darse á partido: entró Barbarroja en la ciudad, saqueóla á su sabor, no dejando ni aun cerrojos en las puertas, hizo más de ochocientos cautivos, y con esta presa se reembarcó para Contantinopla á presentársela al sultán, y á mostrarle que si había sido desgraciado en Túnez, aun no le faltaba arrojo para acometer empresas (fines de 1536).

Acogióle con mucha alegría el turco, y aceptó con tanto más placer los servicios que volvió á ofrecerle Barbarroja, cuanto que en aquella ocasión andaban instando á Solimán á que declarara la guerra al emperador y rey de España. Los que tales instancias le hacían eran un desterrado de Nápoles llamado Troylo Pignatelli, y muy especialmente un enviado. del rey de Francia nombrado Laforet, el cual hacía tiempo que le aconsejaba de parte de su amo que abandonara la guerra de Persia, pues le sería más ventajoso hacerla al emperador en Italia por mar, mientras el rey Francisco la hacía por tierra en Flandes y Lombardía, siendo imposible que de este modo pudiera el emperador resistirles. ¡A tal punto llevaba el francés su despecho, y á tal extremo le arrastraba su encono y su afán de destruir á Carlos! A la provocación del embajador francés se agregaron las excitaciones de Barbarroja en el propio sentido, y todas juntas decidieron á Solimán á enviar todas sus naves y todos sus guerreros contra el emperador. En su consecuencia una inmensa armada turca, de cerca de cuatrocientas velas, con doscientos mil hombres y muchos centenares de cañones de todos calibres, se encaminó, parte amagando primeramente á Hungría, parte derechamente á las costas de Italia con Barbarroja y Pignatelli (1537).

Felizmente para Italia y para la cristiandad entera, el éxito de tan formidable aparato bélico estuvo lejos de corresponder á las esperanzas que habían hecho concebir al gran turco sus instigadores. Porque ni el rey Francisco pudo ejecutar por su parte lo que había prometido en el Piamonte y el Milanesado, ni los de la Pulla y Calabria se movieron en contra del emperador á la aproximación de los turcos, según al sultán se lo había asegurado. Y por otra parte, el virrey de Nápoles proveyó bien los castillos de aquel reino, el pontífice mismo levantó un ejército y una flota en defensa de sus dominios y de la causa cristiana, y el ilustre marino genovés Andrés Doria acudió presuroso con sus galeras, y ayudado de las naves pontificias y venecianas, con su acostumbrada inteligencia y arrojo combatió y destruyó unas galeras turcas, é intimidó y ahuyentó otra vez al mismo Barbarroja; de modo que tanto el terrible corsario como el poderoso sultán creyeron más conveniente emplear la armada turca contra Venecia, que seguir luchando contra el emperador. Así fué como la desgraciada Italia se preservó, después de tantas calamidades como ya había sufrido, de ser presa del furor mahometano; y de haberlo sido Italia, no

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