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festejos con que en Valencia agasajaban al rey, á los infantes y á sus cortesanos, asi el pueblo como las personas conocidas por su exagerado realismo y por su aversion á la Constitucion de Cádiz. ¡Tanta era su buena fé, y tan lejos estaban de sospechar lo que contra ellos y las instituciones se estaba fraguando!

Prueba de ello son las dos cartas que las Córtes dirigieron todavía al rey, con las fechas 25 y 30 de abril, ponderándole sus vivos descos de verle cuanto ántes en la capital y ocupando el trono de sus mayores. «Las Córtes repiten, le decian en la primera, » que en la libertad de V. M. han logrado ya la mas "grata recompensa de cuanto han hecho para el res> cate de su rey y la prosperidad del Estado; y desde vel dia feliz en que se anunció la próxima llegada de V. M. las Córtes dieron por satisfechos sus votos »y por acabados los males de la nacion. A V. M. está » reservado labrar su felicidad, siguiendo solo los im>pulsos de su paternal corazon, y tomando por norina » la Constitucion política que la nacion ha formado y ju>rado, que han reconocido varios príncipes en sus tra»tados de alianza con España, y en que están ciofradas juntamente la prosperidad de esta nacion de »héroes y la gloria de V. M.-Hallándose las Cortes en esta persuasion, que es comun á todos los espa»ñoles de ambos mundos, no es estraño que cuenten con inquietud los instantes que pasan sin que V. M. » tome las riendas del gobierno, y empiece á regir á

»sus pueblos como un padre amoroso..... -Con el mismo, y tal vez con mas espresivo y tierno lenguage le hablaban en la segunda, aunque sin contestacion á la primera, bien que á la última le sucedió lo propio, no alcanzando ninguna de las dos los honores de ser contestada (1)

Esto no obstante, siguieron las Córtes dictando disposiciones y medidas para recibir y agasajar al rey á su entrada en Madrid, siendo entre ellas la mas notable y solemne la de trasladarse el Cuerpo legislativo al nuevo salon de sesiones preparado en la iglesia del convento de Agustinos calzados llamado de doña María de Aragon, del nombre de su fundadora; cuya mudanza se dispuso para el 2 de mayo, primero en que habia de celebrarse con gran pompa, conforme á los decretos de las Córtes ántes mencionados, el aniversario fúnebre en conmemoracion de las víctimas del alzamiento de Madrid en 1808. Asi se verificó, y para solemnizar aquel dia con un acto de clemencia nacional, se concedió un indulto general á los desertores y dispersos del ejército y armada. La funcion cívico-religiosa del Dos de Mayo se celebró con toda la suntuosidad que prescribia el programa acordado por las Córtes, en sus decretos de 24 y 27 de marzo, y de 13 y 14 de abril.

Mas los sucesos en Valencia se iban precipitando

(1) Ambas se leyeron en la sesion de 1.o de mayo.

de tal modo y tomando tal rumbo, que ya la alarma cundió entre los diputados liberales, los cuales comprendieron que los aires que alli corrian amenazaban derribar el edificio constitucional. Con tal motivo en la sesion del 6 de mayo el entonces jóven y fogoso diputado Martinez de la Rosa, el orador mas elocuente de aquellas Córtes, hizo la siguiente proposicion: «El diputado de Córtes que contra lo prevenido en el artículo 375 de la Constitucion proponga que se » haga en ella ó en alguno de sus artículos alguna al» teracion, adicion ó reforma, hasta pasados ocho »años de haberse puesto en práctica la Constitucion

en todas sus partes, será declarado traidor y cono denado á muerte.» Despues de lo cual se levantó la sesion pública, y quedó el Congreso en secreta, como lo hizo muchas veces en aquellos dias, dejándose arrebatar en ellas los diputados de la pasion, sobreexcitados los ánimos con las noticias de los planes siniestros que se agitaban en Valencia.

Rodeaban en efecto al rey en aquella ciudad los mas furibundos apóstoles del absolutismo, distinguiéndose entre ellos el general Elío, y ya se habia cerrado la entrada en las juntas y consejos á los hombres de opiniones ó tendencias constitucionales, como el general Palafox y el duque de Frias. La representacion de los Persas habia alentado mucho al monarca, у

la caida de Napoleon, que por entonces se supo, dejaba en cierto desembarazo para obrar. Los que alli

le

se encontraban como en representacion de las Cortes y de la Regencia, el presidente cardenal de Borbon y el ministro don José Luyando, débiles de suyo y no muy mañosos, limitábanse á visitar con frecuencia al rey y preguntar por su salud, que andaba entonces aquejado de la gota; y carecian de movimiento y de accion para contrarestar lo que en sus conciliábulos fraguaban los enemigos de las instituciones. Debatíase entre éstos si habian de disolverse las Córtes, y abolirse de un golpe y sin rodeos la Constitucion, ó si habia de hacerse bajo una forma hipócrita, con promesas para lo futuro, aunque con la resolucion de no cumplirlas nunca, ofreciendo nuevas Córtes, para acallar el grito de los hombres ilustrados y liberales, como se hacia en la representacion de los Persas. Optó el rey por éste segundo sistema, y encomendó á don Juan Perez Villamil y á don Pedro Gomez Labrallor que

redactasen un Manifiesto y decreto en este sentido. Asi lo hicieron, guardando secreto sobre esta medida, hasta que les pareciera llegada la ocasion oportuna de darla á luz.

Acercábanse entretanto tropas á la capital, procedentes de Valencia, sin conocimiento del gobierno. Mandábalas don Santiago Wittingham, gefe de la caballería de Aragon, que por órden espresa

del rey

le habia acompañado en su marcha. Al llegar á Guadalajara estas tropas (30 de abril), preguntó la Regencia al general quién le habia ordenado venir á la córte, y

contestó éste que el rey por conducto del general Elío. Aunque aquel hecho y esta respuesta debieron bastar para abrir los ojos á los diputados constitucionales y para advertirles del peligro que ellos y las institucio nes corrian, ni los diputados ni la Regencia sospechaban que cupiera en pechos españoles tanta doblez que hubiera de esperar á todos un trágico desenlace, y ni aquellos síntomas ni los avisos de los amigos bastaron para hacerles caer enteramente la venda de los ojos.

Cuando en Valencia les pareció tenerlo ya todo enteramente arreglado para sus fines, salió el rey de aquella ciudad (5 de mayo), escoltado por una division del segundo ejército mandada por el mismo general en gefe don Francisco Javier Elío. Acompañaban al monarca los dos infantes don Carlos

у

don Antonio, su hermano y tio, la pequeña corte de Valencey, y algunos grandes de los que en el camino se le habian incorporado. De real órden se retiraron el cardenal de Borbon y don José Luyando, ignorantes de lo que allá sigilosamente se habia resuelto; que de esta manera habian desempeñado su encargo estos dos personages. Preparado estaba todo por los gefes realistas para que en los pueblos del tránsito fuera recibido y aclamado el rey con todo género de demostraciones de regocijo y de entusiasmo, que en efecto fueron tales en algunos puntos que rayaron en delirio, y para que ilegáran á sus oidos los gritos y murmu

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