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ton del heróico comportamiento de los generales y de las tropas españolas en cuantos combates se dieron del otro lado de los Pirineos, no desdeñandose de llamarlos á cada paso en sus escritos los mejores soldados del mundo, no ocultando la admiracion que su den uedo le causaba, y no retrayéndose de pregonar á la faz de Europa , con laudable imparcialidad, que los españoles no sabian solo vencer dentro de su propio suelo, preocupacion que muchos abrigaban entonces todavía, sino que eran los mismos en propias que en estrañas tierras, los mismos cuando el enemigo peleaba en su territorio que cuando ellos combatian en territorio enemigo.

Verdad es tambien que cuando los nuestros triunfaban de los generales del imperio en el Alto Garona, y los obligaban á renunciar para siempre á la posesion de España, los ejércitos aliados de las grandes potencias del Norte cruzaban el Sena, y derribando al coloso le obligaban, no solo á renunciar al predominio de la Europa que habia intentado y casi logrado esclavizar toda entera , sino á abdicar el trono de la Francia misma, relegándole á una isla apartada y desierta. Mas, sobre el mérito innegable de haber sido España la última que se atrevió á invadir el gran conquistador, y la primera que despues de rechazarle se atrevió á ser invasora, bien podemos preguntar, sin que se traduzca á jactancia: «Sin la guerra de España , y sin las derrotas que en ella sufrieron las águilas imperiales,

¿habrian las potencias confederadas del Norte llevado sus legiones á Francia , ocupado á París, y hecho abdicar á Napoleon?)

Un célebre hombre de Estado de la Gran Bretaña habia dicho: «Si Napoleon zozobra en España, su caida es segura.» Este hombre, que conocia bien el espíritu del pueblo español, decia tambien hablando de aquella guerra : «El ejército francés podrá conquistar las provincias una trás otra, pero no podrá mantenerse en un país donde el conquistador nada puede mas allá de sus puestos militares, donde su autoridad está confinada dentro de las fortalezas que mantienen sus guarniciones, ó en los cantones que ocupa. Por delante, por la espalda, en derredor no vé mas que tenaz descontento, venganza premeditada, resistencia indomable, odio de muerte. Si España perece, Francia sostiene la guerra á un precio que nunca le han costado sus guerras anteriores contra el resto de Europa.»

-«La admirable série de errores y desastres de que se compuso la guerra de España, dice un célebre his. toriador estrangero, alentó á Europa á renovar una resistencia olvidada, porque habia quitado al ejército francés su reputacion de invencible, y desacreditado al emperador por el descaro de sus mentiras oficiales. Los vapores que exhalaba tanta sangre derramada en la península oscurecieron la estrella de Napoleon..... y el grito de patria lanzado por España resonó en toda Europa.

Facilísima tarea nos seria aglomerar multitud de respuestas á nuestra pregunta, semejantes a las que preceden, dadas por historiadores y políticos estrangeros: ¿pero á qué amontonar testimonios sobre lo que estuvo entonces y estará siempre en la conciencia pública?

Tampoco es ya un secreto para nadie, lo que en aquel tiempo debió parecer un fenómeno de difícil esplicacion, á saber, la causa de que Napoleon victorioso en todas partes, habituado á subyugar las naciones mas poderosas de Europa, y en el apogeo de su gloria y de su poder, viniera á sucumbir en España, la nacion al parecer entonces mas abatida, mas pobre y mas desconcertada, por los desaciertos de su anterior gobierno, por las discordias y flaquezas de sus principes y de sus reyes, nacion sin monarca y

sin tesoro, con muchas deudas y pocos soldados. Ya lo dijo entonces el célebre inglés Sheridan, el ilustre subsecretario de Fox: «Hasta el presente Bonaparte ha recorrido un camino triunfal, porque solo ha tenido que habérselas con príncipes sin dignidad, con ministros sin prudencia, con paises donde el pueble no ponia interés en sus triunfos. Hoy sabe lo que es un pais animado por el espíritu de resistencia.» Otro escritor ha dicho tambien: «Napoleon, que no contaba con las naciones, creia que concluir con la córte era lo mismo que concluir con el pueblo. Pero en España, después de haber arrebatado un rey se encontró

frente-á frente con un pueblo, que desembarazado de tímidos y circunspectos señores, pudo abrazar con ardor la causa nacional, inaccesible á las seduccio. nes, á las intrigas, á los vanos temores, y sin ver, segun costumbre del pueblo, mas que un solo ohjeto, hacia el cual se lanzaba impetuoso y sin desviarse.

El secreto pues del hundimiento de su gloria cstuvo en haber ofendido la altivez del pueblo español, en haber herido la fibra de su patriotismo, y en no haber conocido su energía. Napoleon dijo al canónigo Escoiquiz:. «Los paises en que hay muchos frailes son fáciles de subyugar; lo sé por esperiencia., Creyó pues que acometía una nacion de frailes, y se encontró con una nacion de soldados, en que hasta los frailes sabian serlo. Tanto desconocía esta nacion, que le decia al abate de Pradt: «Si esta empresa hubiera de costarme ochenta mil hombres, no la acometería; pero me bastarán doce mil; es una pequeñez. Esas gentes no saben lo que es la tropa francesa. Los prusianos eran como ellos, y ya se ha visto lo que sucedió. Creedme, pronto se concluirá todo:) ¿Qué diria después, al saber que por lo menos trescientos mil fran. ceses quedaron sepultados en España? Esta es acaso la cifra mas corta: hay quienes calculan que en cada año de la guerra perecian en la península cien mil franceses. De todos modos ya vió que le costó la empresa mas de ochenta mil hombres, y que los españoles no

eran como los prusianos. Lo peor para él no fué que la empresa le costára más o menos millares de hombres, que esto no entraba en el balance de cálculos de quien no tomaba á cargo las vidas humanas mientras hubiera madres que dieran soldados: lo peor

fué

que la empresa, despues de sacrificar tantos hombres, le saliera fallida.

Y lo mas mortificante todavía para él, para él que habia presidido córtes de soberanos vasallos, como aconteció en Erfurth, donde se juntaron, pendientes de su voluntad y de su palabra, cuatro monarcas, veinte y siete príncipes, dos grandes duques y tantos otros esclarecidos y elevados personages; lo mas mortificante, decimos, para quien asi avasallaba soberanías, debió ser el verse humillado por un pueblo que él llamaba de proletarios, hiperbólica denominacion con que quiso sin duda significar la diferencia y distancia entre los modestos enemigos que aqui resistian á su poder y los encumbrados adversarios que en otras partes habia aplastado, como él decia, bajo las ruedas de su carro triunfal disparado.

Más incomprensible parece que Napoleon con su clarísimo talento no conociera ni ántes ni después de haber estado en España el carácter de la nacion que invadió y que intentaba domeñar, cuando su hermano José, en quien se suponian menos dotes intelectuales y menos perspicacia, apenas puso el pié en ella se penetró de que era un pueblo soberbio, enérgico é indo

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