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junta, y solo se acordó celebrar otra para volver á tratar la cuestion. Y entretanto, y para sondear á los liberales de la corte, y para preparar los ánimos del pueblo de Madrid á favor de las intenciones del monarca, dispuso éste, por instigacion del de San Carlos, que partiera inmediatamente el del Montijo para la capital, como así lo verificó.

Celebróse la segunda junta en Segorbe (15 de abril), á donde acudieron el infante don Antonio, que habia estado ya en Valencia, el duque del Infantado y don Pedro Gomez Labrador, procedente de Madrid. No asistió don Juan Escoiquiz, por haberse adelantado á Valencia, con objeto semejante al que habia traido el conde del Montijo á la corte. Cuando se hallaban discutiendo en la junta á altas horas de la noche, aparecióse en ella el infante don Cárlos. Palafox, Frias y Osuna reprodujeron acerca del juramento del rey casi lo mismo que habian manifestado en Daroca. Don Pedro Macanáz, que habia ido acompañando al infante don Antonio, espuso que ya sabia el rey su opinion, que se traslució bien, aunque sin espresar cual fuese. Cuando le tocó su vez al duque del Infantado, «Aquí no hay, dijo, mas que tres ca

minos: jurar, no jurar, ó jurar con restricciones. En »cuanto á no jurar, participo mucho de los temores » del duque de Frias » Y significó bastante que se inclinaba al último de los tres caminos. La opinion del de San Carlos era ya harto conocida. Ruda y descom

puestamente manifestó la suya don Pedro Gomez Labrador, diciendo que no debia el rey en manera alguna jurar la Constitucion, y que «era menester meter en un puño á los liberales.» Aunque tampoco se tomó resolucion en esta junta, demasiado se traslucia lo que podia esperarse de tales consejos y de tales consejeros.

Y sin embargo, en tanto que esto pasaba, las Córtes, procediendo de buena fé, se anticipaban á declarar que tan pronto como Fernando VII. prestára el juramento prescrito por la Constitucion, ejercería con toda plenitud las facultades que la misma le señalaba; que cesarían las Cortes en el ejercicio de las que eran del poder ejecutivo, y en el tratamiento de Magestad que correspondia esclusivamente al rey.

Llegó éste el 16 de abril á Valencia, donde habian acudido y le esperaban ya varios personages de la córte, entre ellos el presidente de la Regencia, cardenal arzobispo de Toledo don Luis de Borbon, el ministro interino de Estado don José Luyando, don Juan Perez Villamil, don Miguel de Lardizabal; estos dos últimos muy prevenidos contra las Córtes: estáhalo el rey contra el cardenal arzobispo, á quien recibió y saludó con ceño, alargándole la mano para que la besase, más como súbdito que como pariente ().

(1). Cuéntase esta escena en- coche: al acercarse el presidente tre el rey y el cardenal, cerca de de la Regencia al rey, volvióle ésPuzol, del modo siguiente: Habian- le el rostro en señal de enojo, y se apeado los dos, cada uno de su alargóle la mano para que la be

Pero el personage que en Valencia comenzó más á señalarse como desafecto á las Cortes y á las reformas fué el capitan general don Francisco Javier Elio, que saliendo al encuentro del rey, y despues de pronunciar un discurso en que vertió amargas quejas en nombre de los ejércitos, añadió: «Os entrego, Señor, pel baston de general; empuñadlo.» El rey contestó que estaba bien en su mano, pero él insistió diciendo: «Empuñadlo, Señor; empúñelo V. M. un solo o momento, y en él adquirirá nuevo valor, nueva for» taleza.» El rey tomó y devolvió el baston.

Al dia siguiente pasó á la catedral, donde se cantó un magnifico Te Deum para dar gracias al Todopoderoso por los beneficios que le dispensaba. Por la tarde le presentó el general Elío los oficiales de su ejército, y preguntóles en alta voz: «¿Juran ustedes sostener al rey en la plenitud de sus derechos?» Y respondieron todos: «Si juramos.» Acto contínuo besaron la mano al príncipe. Asi iba Fernando recibiendo actos y pruebas de servil adulacion y vasallage de parte de sus súbditos, y como estaban tan en consonancia con sus propósitos y los de sus cortesanos, gozaba en ver cómo se le allanaba el camino de la sobe

sára: el cardenal hizo esfuerzos la mano sus labios, y este signo para bajarla y po besarla, basta de homenage se tomó como una que el rey, pálido de cólera con infraccion de las instrucciones y aquella resistencia, estendió el decretos de las Córtes, y como brazo, y presestando la diestra un triunfo del monarca, y una sedijo al presidente en tono im- nal de inaugurarse una época do perioso: Besa. Inclinóse enton- reinado absoluto. cos el debil don Luis, aplicó á

ranía absoluta, en cuyo ejercicio iba entrando, sin miramiento ni consideracion á lo resuelto por las Córtes. Alen tábanle á marchar por aquel camino los individuos de la primera nobleza ofreciéndole cuantiosos donativos, y empujábale con descaro y audacia por aquella senda un papel que en Valencia publicaba don Justo Pastor Perez, empleado en rentas decimales, con el título de Lucindo, ó Fernandino.

Mientras tales escenas pasaban en Valencia, no estaban ociosos en Madrid los enemigos de la Constitucion, siendo ahora los principales á atizar el fuego de la conspiracion realista aquellos mismos diputados que ya ántes habian andado en la trama de querer mudar de repente la Regencia del reino, que servia de dique á sus planes anti-liberales. Queriendo dar ahora cierto aire y barniz de legalidad á la conducta que se proponían siguiera el rey, redactaron la famosa representacion conocida después con el nombre de representacion de los Persas, por comenzar con el ridículo y pedantesto período siguiente: «Era > costumbre de los antiguos persas pasar cinco dias en vanarquía despues del fallecimiento de su rey, á fin » de que la esperiencia de los asesinatos, robos »desgracias los obligase á ser mas fieles á su sucesor. » Hacía cabeza de los representantes el diputado don Bernardo Mozo Rosales, á quien hemos visto ya ser el mas activo motor de anteriores conjuraciones. El escrito llevaba la fecha de 12 de abril, y aunque al Towo XXVI.

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y otras

principio le firmaron pocos, reunió después hasta sesenta y nueve firmas. Era su objeto alentar al rey á desaprobar la Constitucion de Cádiz y las reformas de ella emanadas. Mas con una contradiccion que no honra mucho á los autores ni á los firmantes, despues de hacer un elogio de la monarquía absoluta, que

llamaban «hija de la razon y de la inteligencia,concluian pidiendo «se procediese á celebrar Córtes con la solemnidad y en la forma que se celebraron las antiguas ().

Desapareció de las Cortes y partió de Madrid el Mozo de Rosales con la representacion para ponerla en Valencia en las reales manos de Fernando, como el presente mas grato que podria ofrecerse á quien con tales miras é intentos venía: y escusado es decir cuánto halagaria al rey ver que del seno mismo de la representacion nacional arrancaba la idea de convidarle á ceñir la diadema y empuñar el cetro de los soberanos de derecho divino. Asi no es estraño que mas adelante inventára un distintivo para condecorar á los llamados persas; y sin embargo todavía en aquel tiempo, a pesar de tantos y tan públicos síntomas como se observaban de las intenciones del rey y de los mentaban, la mayoría de los diputados celebraba con júbilo al parecer sincero las noticias oficiales que se recibian y de que se daba lectura en las Córtes, de los

que las fo

(1) Véase el Apéndice, al final de este tomo.

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