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parando aquel cambio, casi único en la historia política de Inglaterra, por una serie de medidas gradualmente promulgadas, de discursos de propaganda y de folletos escritos ad hoc para refutar los principios absolutos y los argumentos extremos de los proteccionistas intransigentes. Aunque no en tanto grado como su jefe, porque su responsabilidad personal no era tan alta,

у porque habia dejado el año 45 de ser Diputado, Gladstone participó de las violentas censuras y del anatema que provocó aquella famosa conversión, que ocasionó la caída del Gobierno que tuvo la audacia de acometerla.

Como la de todos los grandes hombres, curiosísima y grandemente instructiva resultaría la historia de las variaciones políticas y religiosas del célebre orador, si la escribiese una persona inteligente, bien informada é imparcial, ó el mismo autor se decidiese á escribirla. Es, entre los hombres públicos directores de la gran política europea, de los que más, y más radicalmente, han cambiado, y algunas veces repentinamente y con precipitación. Inspiraciones de elevado patriotismo, ó golpes de genio en circunstancias altamente críticas, estos actos han producido general estupor y asombro.

Los que crean que la virtud máxima en política es una consecuencia uniforme, rigida é inalterable; los que piensen que cada hombre político debe aferrarse á la bandera una vez abrazada y no variar de programa, ni de conducta, ni de dirección, é inmovilizarse en el credo, en la opinión, una vez manifestados; los que no quieran ó no puedan reconocer la influencia del centro ambiente, la fuerza de los sucesos y de las circunstancias, los efectos variables de la educación y el poder mágico del genio y de la voluntad de los hombres, que no se acerquen demasiado á examinar las crisis de la carrera política de Gladstone, porque saldrían contristados y quizá escandalizados. En cuanto á nosotros, nos guardaremos muy bien de pretender hallar móviles mezquinos ó razones de interés personal en las profundas variaciones que se observan en la vida pública de Gladstone, las cuales las consideramos, por el conrio, debidas á una convicción sincera y arraigada á los frutos de la experiencia y al imperio de grandes hechos sociales, si bien hay que reconocer que en el último período ha avanzado Mr. Gladstone con una audacia inconcebible á profesar y sustentar un radicalismo absoluto en cuestiones y problemas que pueden afectar vitalmente a la conservación y á la existencia misma del Imperio británico. Respecto á esa última fase de su evolución, obligatorio es para nosotros hacer ciertas reservas que explanaremos y trataremos de justificar cuando lleguemos á examinar la política del anciano estadista en la cuestión irlandesa.

IV

Saben todos los que conocen algo de la historia contemporánea de Inglaterra, que á la caída del Gabinete Peel, ocurrida á mediados del año 1846, sucedióle un Ministerio liberal, presidido por el firme y austero estadista Lord John Russell, el cual tuvo también una duración bastante larga, pues se prolongó su vida por cerca de seis años, hasta el 1852. Enfrente de esta situación estuvo naturalmente Gladstone, el cual, á consecuencia de haberle retirado su protección el Duque de Newcastle, que vió con marcado disgusto su cambio de criterio en algunas cuestiones, tuvo que buscar otro distrito, viniendo á representar á uno de los más ilustres y envidiados de Inglaterra, nada menos que á la Universidad de Oxford, que siempre elige, por tradición, hombres de ideas arraigadamente conservadoras y muy adictos á los derechos y á las prerogativas de la Corona y de la Iglesia. Los más ilustres hombres de Estado han ambicionado esta representación, que le fué conferida el año 1847 á Mr. Gladstone. Con ella reingresó en la Cámara de los Comunes, y durante un lustro sostuvo una porfiada, hábil y brillante campaña oposicionista, riñendo recias batallas parlamentarias con los oradores elocuentes que defendían la política de aquel Gabinete, y con el mismo Jefe del Ministerio, uno de los oradores más respetados y atendidos de la Cámara. Ca

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TOMO CXV

pitaneaba Gladstone una fracción liberal del partido conservador que se había formado después de la crisis del año 1846, y dirigiendo su campaña, unas veces se encontró enfrente y otras al lado del gran parlamentario tory, que al cabo de pocos años debía ser el más elocuente, el más esforzado y el más tenaz y apasionado de sus antagonistas. Nos referimos á Mr. Disraeli, que por causas de resentimiento personal había hecho una oposición acerba é implacable á sir Roberto Peel.

Dentro del período que vamos relatando, Gladstone tomó parte en muchas discusiones, y principalmente habló con su acostumbrada vehemencia contra el papismo y contra el bill de los títulos eclesiásticos. En cambio, y á pesar de los sentimientos, bien públicos en esta materia, de sus comitentes, abogó por la admisión de los judios en el Parlamento, actitud que no dejó de extrañar en gran manera, dados sus antecedentes, sus principios públicamente declarados, los vínculos que le ligaban y la representación que llevaba. No sorprendió menos á los partidarios de la libertad comercial el que luego se uniera á Mr. Disraeli para pedir y hacer triunfar una información parlamentaria encaminada á investigar las causas de la penuria y postración de las clases agrícolas. La actitud que en este punto particular tomó desenojó algún tanto a los proteccionistas, que se habían alejado de él con ostensible disgusto cuando se convirtió en defensor de las rebajas arancelarias. Consignan algunos de sus biógrafos que llegaron hasta intentar una reconciliación, ofreciendo la cartera de Hacienda á Mr. Gladstone cuando Lord Derby formó su Gobierno el año de 1852.

Resistió, empero, Gladstone estas insinuaciones y, negándose á formar parte de un Gabinete tory, preparó decididamente la evolución que venían determinando sus manifestaciones y sus votos en el Parlamento. Por eso Mr. Disraeli, que observaba sagazmente esta tendencia, se enzarzó con él en controversia ardiente y enconada, desplegando en ella el poder ofensivo de su elocuencia irónica y punzante.

Ya era conspicua y notable dentro de la Cámara la figura de Mr. Gladstone, cuando, á principios del año 1852, se formó el Gabinete whig, templado, del Conde de Aberdeen, en el cual aceptó la cartera de Hacienda.

Aquella administración no tuvo favorables circunstancias, ni calma, ni sosiego para desarrollar ningún plan importante de política interior; pero, en cambio, su política exterior fué en extremo agitada y azarosa, como que conmovió la paz general de Europa y arrastró á Inglaterra á una guerra formidable contra el Imperio moscovita, aceptando atrevidamente la alianza, hasta entonces tan impopular y repulsiva, del mal constituído Imperio napoleónico. No es nuestro ánimo, ni tampoco podemos ocuparnos de las causas y del desarrollo de la guerra de Crimea, ni del influjo que tuvo aquella gran contienda militar en el equilibrio europeo y en la dirección que tomó posteriormente la política de las grandes potencias. Este estudio se sale de nuestro pequeño cuadro y es ajeno a nuestro intento actual: además, en la preparación y en el desenvolvimiento de aquellos sucesos no tuvo Gladstone más parte que la que le cupo á cualquier otro miembro del Gabinete, pues ni aun en el Parlamento tuvo frecuentes ocasiones de defender la política de los Ministros, pues esta misión la tuvo á su cargo y la desempeñó con brío y con lucimiento el Ministro de Negocios extranjeros, que lo fué primero Lord John Russell y luego el experto y afamado diplomático Conde de Clarendon.

Al reconstituirse el Gabinete el año 1855, bajo la presidencia de Lord Palmerston, Gladstone continuó con la cartera de Hacienda y empezó, libre de las atenciones y de los cuidados de la guerra, á desenvolver y plantear sus ideas financieras. Mas no estuvo en paz Inglaterra en toda la extensión de sus dominios: pronto surgieron la formidable, sangrienta y costosísima insurrección de la India, la guerra de China, la de Persia y otras expediciones arriesgadas y onerosas para el Tesoro. Sólo un pais de los inmensos recursos que atesora Inglaterra pudo superar tantas dificultades coincidiendo a la vez. En esta época se ensanchó considerablemente la esfera de polémica de Gladstone, y más de una vez se encontró y contendió rudamente con su antagonista Disraeli que, sacando todo el partido posible de las circunstancias, y utilizando el disgusto, el cansancio y las quejas del país, hizo una tremenda oposición á todas las medidas de política exterior de Lord Palmerston, oposición que no podía tardar en quebrantar una situación de las más fuertemente constituídas por su personal. Entre las cuestiones exteriores que solicitaron, en aquel peiodo de grande fermentación, la actividad propagandista del Gabinete británico, fué la de las Dos Sicilias, planteada pocos años antes, con más sensibilidad y elocuencia que justicia internacional en el fondo, por Mr. Gladstone en sus famosas Cartas á Lord Aberdeen. Aquella calurosa y patética apelación a los sentimientos de simpatía y consideración del mundo civilizado en favor de los condenados políticos del Reino napolitano; aquella negra y odiosa pintura de la barbarie y de la crueldad de un despotismo sin ley y sin freno, produjo primeramente un poderoso movimiento de opinión en toda Europa, la causa de los revolucionarios vencidos por el Rey Fernando se hizo noble, simpática, heróica y sublime para todos los espíritus liberales, y luego se produjo una acción diplomática inusitada, muy rara en la historia del mundo, para ejercer presión sobre un Rey y una nación independientes. Este fué, sin duda, uno de los triunfos más celebrados y más lisonjeros que ha alcanzado Gladstone en su dilatada carrera como publicista y como divulgador de los nuevos principios en que se ha basado la política internacional moderna.

Después de la caída del Gabinete Palmerston, del cual se había separado antes Gladstone, se le encomendó una misión especial é importante, y muy adaptada á su genio, á sus sentimientos y á sus gustos; misión pacífica, noble, pura y, aunque relacionada con la política, idealmente romántica. Confiando en sus talentos, en su saber y en su rara sagacidad, se le encargó, con el título de alto Comisario régio, el estudio del estado y de las condiciones de las islas Jónicas, sometidas al protectorado de la Corona de Inglaterra. Pusiéronse á su disposición los medios adecuados para la dignidad y el esplendor

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