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leyes vigentes con respecto á tumultos y asonadas, para reprimir y castigar á los cogidos infraganti; aunque la medida era constitucional, por estar asi prevista en el artículo 308 de la Constitucion, no creia que estaba reclamada por las circunstancias. En vano, dijo, se levanta por todas partes ese clamor, este grito de alarma ; en yang la timidez, la desconfianza , todas las pasiones juntas se rew.en á abultar el peligro : descanso en el patriotismo y valve del ejército, en la opinion pública, en las virtudes de los ciudadanos, y sobre todo, en la justicia de nuestra causa y en la pureza de nuestros sentimientos. No peligra el Estado: los clamores no pueden conmover el sagrado edificio de nuestra libertad. Tengo una idea demasiado elevada de nuestra nacion, para creer que al principio de nuestra gloriosa carrera, necesitemos dar al mundo el triste ejemplo de tener que suspender un solo artículo que asegure nuestra libertad. Mostrariamos entonces, que nuestros primeros pasos eran vacilantes é inciertos, y que era incompatible la conservacion de la tranquilidad pública, con la observancia de las fórmulas constitucionales.....

Alguna vez se ha alegado, que por esta especie de fanatismo por el régimen constitucional, hemos dejado perecer la patria ; y se quiere comparar la situacion y la conducta de los desgraciados diputados del año 14, con los del año 20. Pero ¿son las mismas las circunstancias? En vano se afectan temores y recelos: las naciones no retroceden. Confio en que no daremos ni un paso adelante, porque la lealtad española, nuestros antiguos usos, nuestras costumbres, nuestros deberes y juramentos, han puesto una valla ante nosotros; y fio igualmente en que tampoeo daremos un paso hacia atrás, porque el valor del ejército y la cordura de la nacion lo impiden; y si posible fuera que el ejército y la nacion olvidasen al mismo tiempo su felicidad y sus deberes, me queda aun otra esperanza: no necesito apelar á su valor ni á sus virtudes. Estos seis años de despotismo y de desórden, son los que han levantado á nuestra espalda un muro insuperable. Detrás de un solo paso, con una sola línea que retroceda la nacion, ¿no ve ya calabozos abiertos, suplicios levantados, las hogueras de la inquisicion encendidas?

Una na

cion amaestrada con tan triste esperiencia, ni retrocede ni retrocederá: en vano es abultar temores y peligros. Cuando se vé que las Córtes siguen la marcha firme y magestuosa que se manifiesta en estas importantísimas sesiones; cuando se estrecha y consolida su intima union con el gobierno ;, cuando se vé que este no traspasa los límites constitusjonales, y que dá

por

el contrario el singular ejemplo, quizá único en la historia, de mostrar que tiene suficientes facultades, y que no necesita que se le quite traba alguna de las impuestas por la ley; ¿hay quién se atreva a decir que se halla en peligro la libertad? Si existe este peligro, mal modo es de evitarlo suspender ni un solo trámite constitucional; pero sea verdadero ó falso semejante riesgo, ¿dónde está la necesidad, la conveniencia de esta medida? ¿Qué facultad falta al gobierno para mantener el orden público ? No está encargado de la conservacion de la tranquilidad del Estado? . . . . El señor conde de Toreno que se manifestó dudoso á favor de esta proposicion (la aplicacion del artículo 308), reconocerá este principio, y mientras que no haya una necesidad absoluta, no deben suspenderse los trámites de la Constitucion...

»En cuanto a la segunda proposicion del Sr. Palarea (de que se diese al Rey el título de constitucional), convengo con los sentimientos que ha manifestado el señor conde de Toreno. La posteridad juzga á los Reyes: los representantes del pueblo deben respetar su autoridad, sostener su trono, y dejar á la historia que les dé el título que merecen.»

Pasó el Sr. Martinez de la Rosa á impugnar la especie vertida por el señor Romero Alpuente, que al parecer habia causado tanto escándalo. No habia dicho este diputado, que el pueblo tenia el deber y el derecho de hacerse justicia por sí mismo (atrás quedan copiadas testualmente sus palabras). Contrayéndose á lo ocurrido á las inmediaciones de palacio, dijo, que el pueblo, al parecer, viendo que el gobierno no le hacia justicia , se la habia hecho por sí mismo. Harto impropia y mal sonante era esta frase en boca de un diputado: mas entre referirse á un hecho y consignar un deber, habia una enorme diferencia.

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TOMO II.

Pasando al asunto de la disolucion del ejército de Andalucía, dijo:

¿Quién tiene el derecho de decidir si ha usado con venientemente de una facultad propia y privativa de sus atribuo ciones? ¿Será acaso un general, por mas cubierto de laureles que se presente á nuestr admiracion ? ....¿Dónde iria la libertad de las naciones si un caudillo decidiese de la conveniencia ó perjuicios de la distribucion y posicion de los ejércitos? ¿Qué seria de la nacion si concediese esta facultad al mismo, gefe de la fuerza armada ? . . . . El señor general Quiroga acaba de coronar sus triunfos, con una modestia que le hará honor eternamente. Ha manifestado, que aquel valiente ejército reune á la gloria militar las virtudes cívicas, y ha dado en sus espresiones un testimonio de moderacion, que no le honra menos que su valor y su osadía. Pero en este salon se ha dicho hoy mismo, que

si las Córtes hubiesen confirmado la providencia del gobierno, todos hubiesen inmediatamente obedecido. ¡Desgraciada la nacion si para obedecer un ejército, necesita la orden del poder legislativo! ¿Dónde iria entonces el equilibrio de poderes, la misma libertad? ¿Ha existido nunca gobierno alguno (no digo de los actuales, no hablo de las monarquías, sino de las repúblicas mas libres de la antigüedad), ha habido, pregunto, una sola nacion en que no se dejase al poder ejecutivo la facultad de distribuir la fuerza armada como lo juzgase conveniente?....) Por consiguiente, ni el gobierno debió acudir á las Cortes para usar de una facultad que le pertenecia, ni usurpar á las Cortes un derecho que la ley les negaba: y en el hecho de no haber tomado en consideracion esta medida , dejándola enteramente al gobierno, han manifestado las Córtes una cordura estraordinaria, y su respeto a las leyes en que está vinculada la libertad....)

No continuaremos el estracto de esta sesion, en que despues de haberse hablado tanto, no se quedó en nada. Ninguna de las dos proposiciones del Sr. Palarea fué votada: el ministerio tampoco dió mas esplicaciones. Habiéndosele preguntado si en aquellas eircunstancias, necesitaba un ensanche de facultades, respondió,

que no pensaba por entonces salirse del círculo que le estaba marcado por las leyes; que aquella mañana se habia mandado poner la guarnicion sobre las armas, pues suponiendo que saldria mucha gente á la calle con motivo del eclipse, no habia querido el gobierno que los malévolos aprovechasen esta circunstancia para alterar el orden, nto mas cuanto se habia anunciado en pasquines, que en aqueike mañana habria mas eclipses que uno.

El Sr. Moscoso propuso, que la sesion de aquel dia se imprimiese con preferencia á cualquiera otro de los trabajos que debia desempeñar la oficina de la redaccion del diario, y que inmediatamente se publicase y circulase á las provincias, y autoridades de ellas. Las Córtes lo aprobaron. Fué el único resultado positivo, que aquella larguísima sesion produjo.

Quizá habremos abusado de la bondad del lector, entrando en tantos pormenores, copiando tantas palabras de unos y otros; mas hemos creido deber hacerlo así para que resaltase la fisonomía del Congreso nacional, y el diverso rumbo de conducta que se presentaba con mas caractéres de acierto, á los ojos de los dos partidos que le dividian. Se ve la gran confianza que animaba al moderado; lo seguro que estaba en las bases sólidas de la Constitucion, en el estado de las luces, en las lecciones de la esperiencia, en tantos juramentos, en la vigilancia del gobierno, por las Cortes apoyado. En razon á lo fuerte de estas convicciones, debia de ser vivo su despecho y desagrado hácia los que mostraban desconfianzas, los que daban gritos de alarma, que veian tantos sintomas de reacciones, y auguraban mal del porvenir, á no tomarse medidas fuertes adaptables á las circunstancias. No creer que las leyes existentes fuesen el paladium de nuestras libertades; que todo el celo del gobierno y de las Córtes no seria suficiente para conducir bien la nacion sin salirse de las vias ordinarias, era objeto de mucho desagrado, para los

que á fuer de mas antiguos, se creian mas hábiles. Los maestros no gustan de que les den lecciones sus discípulos, ni los directores de que nadie los dirija. Aquellos hombres, acostumbrados en Cádiz á dar el tono á la opinion en materias de legis

lacion y gobierno, veian ahora con disgusto que se habian cambiado ya los tiempos. De aquí sus insinuaciones de que los enemigos de la libertad no eran precisamente los serviles, sino los que llamaban alborotadores; de aquí la acusacion de que no eran estos mas que serviles disfrazados, constitucionales hipócritas, que bajo este manto ases aban á la libertad sus tiros alevosos. Que existian estos en abundancia, es hecho cierto; que en toda corporacion se mezclan hermanos falsos con los verdaderos, harto nos lo ha dicho en todos tiempos la esperiencia. Mas suponer que todos los que acusaban al gobierno de lenidad, que todos los que pedian medidas represivas, los que seguian y victoreaban á Riego, los que la noche del 6 salieron a la calle para contrarestar los gritos subversivos en palacio; pretender, decimos, que todos estos no eran, no podian ser mas que serviles disfrazados, era tan contrario a la verdad, como á las reglas mas simples de la lógica. Que se quejasen de las imprudencias, de la demasiada suspicacia, de la poca confianza que les inspiraba el gobierno, a pesar de su acendrado patriotismo, lo comprendemos muy bien; ni por otra parte, meros narradores, tratamos de justificar las imprudencias, la suspicacia ni las desconfianzas; mas el gobierno y el partido moderado, debian de saber por esperiencia lo que son partidos, y que á los partidos todo sirve de arma. A

pesar nuestro, hemos entrado en pormenores de este triste asunto, cuyo desenlace, por falta de entenderse ó por sobrada preocupacion de los ánimos, ó por conflictos de amor propio, fué igualmente fatal á los partidos que descendieron a la arena. No acusaremos á nadie de torcidas intenciones. De las buenas que animaban al gobierno y al general exonerado, estamos bien seguros; mas hubo sobrado calor, sobrados recelos, sobrada pasion en exagerar de una y otra parte los objetos. Cualquiera que hubiese sido el motivo verdadero de la disolucion del ejército de observacion, es un hecho que, á pesar de cuanto pudo haber dicho el general Quiroga , ofendió los ánimos por el sello de la desconfianza que en ella estaba ó aparecia estar impreso. Que las intenciones de desobedecer no estuvieron nunca en

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