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bre, de que era adulatorio. Acerca de la falta de respeto por parte de los ministros, todos veían el verdadero origen de la acusacion, de las desazones y de los enfados, asi como la imposibilidad de que permaneciesen mas tiempo al lado del Rey, hombres que le inspiraban tanta antipatia.

Mientras llegamos al instante en que estalló una tempestad, que todos anunciaban, diremos dos palabras del estado de los negocios estranjeros.

Continuaba Nápoles en su revolucion sin grandes conflictos, al menos, aparentes. El 1.° de agosto abrió el rey la asamblea legislativa, que era una cosa parecida á nuestras Córtes, pues su Constitucion era lo mismo que la nuestra. El Rey daba indicios de plegarse sin violencia al nuevo régimen político; mas la esperiencia hizo ver, que eran sus sentimientos muy diversos.

Otra revolucion habia estallado en Portugal por el mismo mes, tambien bajo los auspicios de nuestra Constitucion, que en todas sus partes adoptaron. Mas esta propaganda que se hacia sin nuestra participacion, y hasta se puede decir á pesar nuestro, comprometió mas la causa española, á los ojos de los principes de Europa. La noticia de la revolucion de Nápoles, les hizo ver el grande influjo y propagacion de las sociedades secretas en Italia. Eran allí los carbonarios aun mas temibles que nuestros masones en España, por la razon de ser la asociacion mas. popular, de tendencias mas directas en política.

Se alarmó, pues, grandemente la Santa Alianza con la revolucion de Nápoles. En lugar de planes de contemporizacion y espectativa adoptados antes en España, trataron de hablar directamente, y atajar el fuego en sus principios. Con este objeto se reunieron sus plenipotenciarios en Troppau, adonde acudió por su invitacion el Rey de Nápoles. Si algunos crédulos se lisongearon de que iba á tomar la defensa del cambio político de las instituciones, no fue otro su designio que protestar ante los soberanos de la Santa Alianza, de la violencia que para firmar la Constitucion se le habia hecho.

Poco despues trasladaron sus conferencias á Laibach, donde resolvieron los plenipotenciarios intervenir en los asuntos de Nápoles á mano armada, en caso de que voluntariamente no tratasen de restituir las cosas á su estado antiguo. Fue firmado el convenio por los representantes de Austria, Rusia y Prusia. Protestó la Gran Bretaña; mas no por esto hubo dilacion en lle. var al cabo las resoluciones. Con toda actividad se formó un cuerpo de tropas hasta el púmero de 60,000 hombres, que a las órdenes del general austriaco Frimont, se puso en marcha, tomando la direccion del Garellano.

Fácil es de imaginar el nuevo aliento que tomó la corte de España, con esta determinacion de los principes de la Santa Alianza. Era la misma situacion de Luis XVI cuando el manifiesto del duque de Brunswick, a pesar de que en las conferencias de Laibach , ninguna mencion se habia hecho de la España. Mas el significado de esta omision ó este silencio, no se escapaba a la comprension, hasta de los menos advertidos.

Se acercaba el tiempo de que las Córtes abriesen su segunda legislatura. En la última semana de febrero, comenzaron las juntas preparatorias; el 25 se instalaron formalmente, y nombraron presidente á D. Antonio Cano Manuel, ministro que habia sido de Gracia y Justicia en tiempo de la Regencia, y cuyo nombre sono tanto en la famosa cuestion de los canónigos de Cádiz.

Inmediatamente partió una comision á palacio, á fin de ponerlo en conocimiento del Rey, y que este señalase hora para

la apertura solemne y sesion régia. El señor obispo de Mallorca que presidia esta diputacion, anunció á su regreso, que el Rey habia indicado la hora de las diez de la mañana para asistir al Congreso; y que les habia manifestado al mismo tiempo, la necesidad de que las Córtes tomasen las providencias convenicntes, para evitar los desacatos é insultos que públicamente habia recibido. El presidente respondió, que el Congreso apreciaba sobre manera la puntualidad con que la diputacion habia desempeñado su comision; mas que la conservacion del orden público, no era de la incumbencia de las Córtes.

La estraña y hasta irregular indicacion del Rey á la comision de estas, sobre un asunto que no era de sus atribuciones' admiró sobre manera á los que no estaban en las interiorida

des de palacio, ni se ocupaban mucho de la táctica que tenian en juego. Mas otros vieron en ella el claro anuncio de alguna tempestad , cuyo estallido no creian tan próximo.

Se abrieron las Córtes con toda solemnidad el 1.° de marzo, habiéndose presentado el Rey rodeado de su familia, con la misma pompa y aparato que en la apertura antecedente. Pronunció su discurso con igual entereza y claridad, sin dar muestras de ninguna alteracion en su semblante. El discurso era parecido al otro en su contesto y formas, relativo á los diferentes ramos de la administracion, y al estado de nuestras relaciones esteriores. Sobre lo que dejamos indicado de las conferencias de los soberanos de la Santa Alianza, dijo: «la resolucion tomada en el Congreso de Troppau, y continuada en el de Laibach, por los soberanos de Austria, Prusia y Rusia , de intervenir en la mudanza del régimen político ocurrida en el reino de las Dos Sicilias, ha escitado mi solicitud por consideracion á aquella real familia, unida a la mia con apreciables vinculos de sangre ; por el interés que tomo en la felicidad de aquel pueblo, y por lo mucho que importa a la independencia de los estados, que sean religiosamente respetados los sagrados derechos de las naciones y de sus príncipes; y he creido indispensable al decoro de mi trono y á la dignidad del gran pueblo que me glorío de gobernar, el hacer entender por convenientes comunicaciones, que no reconoceré nada que sea contrario a los principios del derecho positivo de gentes en que estriban la libertad, la independencia y la prosperidad de las naciones; principios que la España por su parte, respetará inviolablemente en las demas. Tengo la satisfaccion de comunicar á las Córtes, que los soberanos aliados, segun todas las comunicaciones que he recibido hasta ahora, han estado y están de acuerdo en reconocer estos principios con respecto á España. Tales son los objetos que espero tomarán las Cortes en consideracion, para que pueda consolidarse el sistema constitucional, y acelerar con él la prosperidad y bien estar de la nacion.”

Hé dicho hasta aquí, cuanto convenia esponer a la ilustración de las Cortes en órden á la situacion política actual de la

nacion, en todas sus relaciones interiores y esteriores, aunque con la precision á que me obligan las circunstancias de un acto tan solemne, y las noticias que tengo de los diferentes estremos que abraza mi discurso.”

Este era el último párrafo del discurso oficial del Rey, que habian puesto en sus manos los ministros. Imaginese el lector el asombro y hasta la estupecfaccion de los secretarios del despacho, cuando vieron que en lugar de pararse el monarca, continuó la lectura en los términos siguientes, que él ó los suyos habian añadido por sí y ante sí, al documento primitivo.

«De intento, dijo el Rey, he omitido hablar hasta lo último de él (el discurso) de mi persona, porque no se crea que la prefiero al bien estar de los pueblos, que la divina Providencia puso á mi cuidado.

»Me es preciso, sin embargo, hacer presente á este sábio Congreso, que no se me ocultan las ideas de algunos mal inten- : cionados que procuran seducir á los incautos, persuadiéndolos que mi corazon abriga miras opuestas al sistema que nos rige, y su fin no es otro que el de inspirar una desconfianza de mis puras intenciones y recto proceder. He jurado la Constitucion, y he procurado siempre observarla en cuanto ha estado de mi parte, y rojalá que todos hicieran lo mismo! ¡Han sido públicos los últrajes y desacatos de todas las clases, cometidos á mi dignidad y decoro contra lo que exigen el orden y el respecto que se me debe tener como Rey constitucional! No temo por mi existencia y seguridad : Dios que vé mi corazon, vela y cuidará de una y otra, y lo mismo la mayor y mas sana parte de la nacion;pero no debo callar hoy al Congreso, como principal encargado por la misma en la conservacion de la inviolabilidad que quiere se guarde á su Rey constitucional, que aquellos insultos no se hubieran repetido segunda vez, si el poder ejecutivo tuviese toda la energía y vigor que la Constitucion previene, y las Cortes desean: la poca entereza y actividad de muchas de las autoridades, ha dado lugar á que se renueven tamaños escesos; y si siguen, no será estraño que la nacion española se vea envuelta en un sin número de males y desgracias. Confio que no será asi,

si las Córtes, como debo prometérmelo, unidas intimamente á su Rey constitucional, se ocupan incesantemente en remediar los abusos, reunir la opinion y contener las maquinaciones de los malévolos, que no pretenden sino la desunion y la anarquía. Cooperemos, pues, unidos el poder legislativo y yo, como á la faz de la nacion lo protesto, en consalidar el sistema que se ha propuesto y adquirido, para su bien y completa felicidad.-Fernando.

Solo teniendo a la vista este estraño documento, con la certidumbre de su autenticidad, se podia creer que á tal punto se hubiese infringido la Constitucion, y hasta el mismo buen sentido. Fué por la primera vez, y acaso por la última, que un Rey hubiese abusado de la confianza y buena fé de sus ministros, que le habian entregado su discurso algunas horas antes de la sesion régia, como se practicaba entonces, para acusarlos de un modo tan cruel en pleno Parlamento. Era necesario que el Rey y los suyos ignorasen lo que era la Constitucion, y fuesen estraños á su espíritu como á su letra, para dar un paso tan irregular, y reprobado por todo sentimiento de justicia: era preciso, en fin, que no tuviesen la menor idea del terreno que pisaban, para creer que con rasgo tan atrevido, se iban a conciliar la simpatía y benevolencia de las Córtes. Sin duda no pensaron mas que en arrojar una manzana de discordia , y que la manifestacion hiciese eco en los gabinetes estranjeros. La escasa y pobre redaccion de dicho apéndice, manifestaba bien, que si el Rey tenia a su lado hombres de torcidas intenciones, nada habia en ellos que anunciase inteligencia ni talento,

El presidente se desentendió del todo de la añadidura en su respuesta verbal, por la razon sencilla de que no la habia visto, y que estas cortas arengas pronunciadas de memoria , se componian teniendo delante la minuta del discurso, que se les confiaba de antemano.

«Señor, dijo: ; qué dia de tanta ventura es este para la heróica nacion española! ¡Qué espectáculo tan grande y sublime ver sentado á V. M. sobre un trọno, cuyos cimientos son las virtudes del pueblo mas leal que vieron los siglos! No es la reu

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