Imágenes de páginas
PDF
EPUB

y aprovechancho momentos de descuido, se dan estos golpes tanto mas decisivos, cuanto mas sorprenden. Si los promotores de la procesion se propusieron algun plan sério, no eran verdaderamente peligrosos; sabian muy poco de revoluciones. Es mas que probable , que esta especie de ovacion no tenia mas objeto ni mas fin, que la del 3 de setigmbre del año anterior; un simple desahogo, un signo de la desaprobacion con que se miraban los actos del gobierno. El resultado responde perfectamente á nuestra hipótesis. La procesion tuvo lugar el 18 de setiembre. El pensamiento era público, hacía mas de dos dias. Se dudaba si la autoridad le pondria obstáculo; mas el gefe político guardó silencio hasta una hora antes que la procesion debia salir, prohibiéndola por medio de carteles que se fijaron en las calles de mas concurrencia. Sin cuidarse de sus disposiciones, los promotores de la fiesta llevaron su plan adelante, y la procesion salió, en efecto, entre las tres y las cuatro de la tarde; pasó por diferentes calles y la puerta del Sol, sin obstáculo ninguno, sin que las tropas que estaban formadas, opusiesen á ello el menor inconveniente. Un gentio inmenso presenciaba el espectáculo. Los vivas fueron á Riego, á la Constitucion, á las Córtes, tambien al Rey constitucional; no hubo desórdenes, violencias ni atropello. La procesion embocó por la plaza Mayor, con el designio de depositar el retrato en la casa de la villa; al llegar a las Platerías se encontraron tomado por tropas todo el ancho de la calle, y con una prohibicion espresa de la autoridad que se habia situado en aquel punto, de moverse hacia adelante. Se temió que en aquel enardecimiento de los ánimos, hubiese un conflicto, y se empeñasé sériamente una batalla; mas no hubo semejante lucha. Muchas voces, muchos gritos de despecho azotaron los aires; mas á esto se redujeron las hostilidades. Ningun cadáver quedó tendido en las calles; no hubo que lavarlas por sangre derramada. Los de la procesion entregaron el retrato que quedó en las manos de las autoridades. La multitud se disipó tranquila y silenciosamente; y á las primeras horas de la noche, no quedó ni señal del suceso.

Con repugnancia y aun con empacho bosquejaríamos escenas que llevan hasta el sello del ridículo, si lo creyésemos necesario para esplicar el carácter de la época, y la mala fé con que se asimilaban entonces y despues, con los espectáculos sangrientos, tan comunes en los dias aciagos de la revolucion-francesa. Cualquiera que sea el aspecto bajo el que se consideren unas y otras escenas, el imple buen sentido encuentra, que no tenian puntos de contacto. En los diez y, seis meses que llevábamos de revolucion, una sola verdadera atrocidad habia presenciado el pueblo de Madrid : cuando lleguemos al fin de la época que vamos recorriendo, se verá que fue la única. Ningun designio siniestro se encerraba en el paseo del cuadro, y aunque repugna el concebir que se alborotase tanto, solo por el gusto de hacer ruido y darse un desahogo, preciso es venir á esta conclusion en vista de los resultados. Las autoridades velaban, se nos responderá; mas ¿dónde estaban las autoridades antes de llegar la procesion á las Platerías, cuyo nombre se hizo famoso desde entonces ? Qué gritos de venganza y de furor se oyeron, qué síntomas de violencias se advirtieron en mas de una hora que la procesion se movió á presencia de tropas inmovibles y mudas, dueña absoluta de sus movimientos? No; carecia de instintos feroces aquella muchedumbre; ni los que la guiaban cedian á otro impulso, que la espansion momentánea de sus resentimientos. Si la razon reprueba aquella sobrada propension al ruido, al alboroto, que sin ser útiles á los intereses de la verdadera libertad, disgustaban y retraian á infinitos partidarios de ella, no se debe olvidar, que jamas los ministros y autoridades se habian manifestado tan frias en su celo, ni los que se daban el título de moderados mostraron mas ardor en acusar á sus contrarios de ser tan perjudiciales à la Constitucion, como los mismos partidarios del absolutismo. Mientras unos y otros se entregaban á contiendas tan pueriles, pensaban en lides formales sus implacables adversarios. Las partidas crecian, y se dejaban ver en todas partes: habia vuelto á campaña el feroz Merino, ejerciendo en los enemigos de su bandera mil actos de venganza: Misas y sus compañeros comenzaban en Cataluña una guerra civil, que pronto necesito ejércitos enteros para atajar, mas no para cortar su incendio; en exhortos, en proclamas secretas, en pastorales maliciosas, en sermones que ofrecian mas que un sentido, cundia el fuego reaccionario que amenazaba. Las tropas de la Constitucion se conservaban siempre fieles; siempre en persecucion de los facciosos, que fácilmente derrotaban; mas las gavillas vencidas aquí, remanecian muy luego en otra parte con iguales, ó acaso superiores fuerzas. No era verdadera derrota una dispersion, para gentes que no llevaban trenes militares , y conocian á palmos el terreno. La misma táctica que antes, como ya hemos dicho, la misma que veremos repetida en contiendas mas modernas.

Era la imprenta periodística, eco fiel de estos intereses y pasiones encontradas. La que representaba los diversos matices del partido liberal, cedia libremente á las inspiraciones; bajo ciertos velos se cubria la servil, aunque era bien claro su sentido para los que querian comprenderle. Entre estos dos estremos apareció otra clase de polémica, que aunque en tono sumamente moderado, y formas muy amenas, fue quizá mas perniciosa á la Constitucion, que ninguna de las anteriores.

Por el decreto de amnistía espedido el año anterior a los que habian seguido las banderas del intruso, volvieron poco á poco casi todos al seno de su patria. No podia abrir el camino a la completa reconciliacion entre los hijos de la gran familia, una providencia que si bien restituia á los afrancesados (con este nombre eran conocidos), sus bienes que estaban en secuestro, los despojaba de sus sueldos, destinos y condecoraciones. Volver á su patria sin mas ventajas que las de pisar en toda libertad su suelo, no podia ser lisongero á los que en él habian briHlado tanto en tiempos anteriores, que se veian sufridos, pero no aceptados. Semejante situacion debia herir lastimosamente su amor propio. ¿Y quién se resigna á ser nulo en el seno de su misma patria ? De sus destinos antiguos, estaban despojados : á otros nuevos no podian aspirar, sin esponer al mismo gobierno á ser blanco de quejas y murmuraciones, por parte de los que habian permanecido siempre fieles a la causa de la independencia. Teniendo asi cerrados todos los caminos que

llevan

á la consideracion y á la fortuna, les quedaba solo abierto el de la literatura, que como hábiles e instruidos que eran mu. chos de ellos, esplotaron felizmente. Ninguno les podia ofrecer mas atractivo que el del periodisme, que debatiendo cuestiones palpitantes de la política del dia , les daba libertad de manifestar sus opiniones. Los afrancesados no podian menos de mirar con ojeriza el código de Cádiz tan en oposicion con el suyo de Bayona, y con sentimientos de rivalidad a los hombres de aquel tiempo, que alcanzando las palmas del saber, de que ellos mismos se preciaban tanto, manifestaban en política una conducta que era la censura de la suya propia. Si la Constitucion habia sido objeto de su malevolencia cuando se publicó la primera vez, debió de renovar sus llagas ahora que de nuevo la veian triunfante, y era un verdadero obstáculo á sus planes ulteriores. Comenzaron, pues, á hacer sobre la Constitucion observaciones, que degeneraron pronto en sátira y censura. Hallar defectos en la Constitucion de 1812, no argüia verdaderamente una grande habilidad. ¿Cuál de las mil constituciones ó formas de gobierno que

han tomado las sociedades antiguas y modernas, puede estar al abrigo de la crítica ? ¿Quién por poco que medite sobre los destinos de la humanidad dejará de admirarse, al ver que el hombre, tan prodigiosamente grande tratándose de ciencias naturales, de artes, de industria, de arrancar secretos á la naturaleza, se queda tan pequeño en materias de legislacion y de política, hasta el punto de no haber podido descubrir todavia al cabo de tantos siglos que vive en sociedad, el principio, la fórmula, el tipo del mejor sistema de gobierno? Cuándo lo que ayer pasó por un absurdo, se ve convertido hoy en un principio, y presentado al contrario como absolutamente problemático, lo que era antes un artículo de fé para los mas preciados de ilustres pensadores? En la censura de la Constitucion de Cádiz iba envuelto el elogio de las instituciones políticas que gobernaban á nuestros vecinos, de la Carta francesa otorgada por el trono. Se presentaba con colores sombríos la tendencia democrática de la primera, la unidad de su cámára legislativa, la restriccion en el ejercicio del veto, la ninguna libertad que tenia el Rey para

solver las Córtes, y otras mas doctrinas que si bien son controvertibles, producian en aquella época un efecto pernicioso. Esta comparacion, entonces tan inoportuna; la preferencia que sin el menor rebozo se daba á las instituciones francesas; el obstinado empeño que se manifestaba de achacar nuestros males políticos á los torcidos principios de las nuestras conmovian los ánimos de los incautos, alteraban la fé política, cuya conservacion era en aquellas circunstancias, necesaria, é introducian sobre la utilidad y conveniencia de una modificacion, las opiniones, tal vez los deseos, que nos fueron con el tiempo tan funestos. Nada podia ser à la sazon mas perjudicial á nuestra causa que fomentar una escision cuando los principios y la fé política de los liberales debian presentar la forma mas compacta. Si no habia llegado todavia el tiempo prefijado para hacer cambios en la Constitucion; si no existia poder ninguno en el Estado que pudiese tomar la iniciativa sobre una materia tan interesante; si era impracticable toda innovacion que no sumergiese el Estado en nuevas convulsiones, & à qué venian estas censuras, aunque en el fondo fuesen acertadas? Con la Constitucion buena o mala, teniamos que caminar un largo período de tiempo; no era, pues, la cuestion analizarla , hacer comentarios sobre sus defectos, y si de reunirse en su rededor, con el fin de conservar el derecho y la independencia suficiente, para hacer en ella las innovaciones que la esperiencia presentase como indispensables. No se penetraron de esta verdad tan importante, hombres de buen entendimiento, y que podian pasar por ilustrados: cayeron en el lazo que les armaban los que no atreviéndose á hacer guerra á la Constitucion con ataques directos, trabajaban a la zapa, y preparaban poco a poco su descrédito. El espíritu de moda , que se introduce hasta en las cosas mas graves y mas sérias ; la ilusion de que las innovaciones que se indicaban, eran verdaderos progresos y adelantos de la época; la inclinacion del hombre que se cree con mérito, á salir de la esfera del vulgo; las aspiraciones de la aristocracia de inteligencia ó de clase, á figurar en una cámara alta ó privilegiada, que estuviese cerrada á la generalidad, eran otras tantas causas de que cundiese el conta

34

TOMO II.

« AnteriorContinuar »