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balear al Océano Pacífico (1). Fantasmas que cruzan, no entre la niebla luminosa de antiguas glorias, sino entre los siniestros celajes de la ingratitud y la venganza, izada al tope una insignia que no es la suya, parecerán hoy a su afanosa mirada otros buques a cuyo bordo oyó resonar tan ardientes aclamaciones y recibió tantos y tan rendidos homenajes.

Aquel día el astillero parecía resucitado en toda su actividad guerrera. Músicas militares, soldados, uniformes, galas de toda clase, afluencia de curiosos y tropel de einbarcaciones en su ribera, y el cañón que con solemne voz retumbaba, aquella voz solemne que aun en regocijadas ocasiones conserva un eco de la inuerte, que es su oficio anunciar y esparcir.

Ya vemos el término de nuestro rápido y lento caminar: rápido, cuando adelantándose al andar el pensamiento, salva leguas, sin contemplación a la física fatiga del cuerpo; lento, cuando pródigo de sus horas se detiene y detiene a quien le acompaña en sus digresiones y comentarios sin contemplación al cansancio moral del espíritu.

Ya en el fondo del paisaje se dibujan la ciudad y sus colinas, el puerto y su boca, las aguas y los árboles, las rocas y los faros, y apenas perceptibles los secos mástiles de los buques, inmóviles en su fondeadero, y movibles y vivos la vela y el penacho de humo de los que navegan. Ya se dibuja enfrente de nosotros la calva roca de Peña Castillo, tan semejante a la siniestra sierra Elvira, que allá en Granada parece como una blasfemia satánica entre las celestes bendiciones de su incomparable vega.

En Bóo cruzamos el ferrocarril, y apartándonos hacia la izquierda, dejamos a nuestra derecha la península de Maliaño y su iglesia de San Juan. Aquí quiso Juan de Herrera que descansara su cadáver; explícitamente lo dijo en su testamento (2), porque de Maliaño traía su descendencia; allí poseían

(1) Era el 4 de Agosto de 1861.

(2) .. «Mando que mi cuerpo sea trasladado de la dicha iglesia de San Nicolás y su bóveda donde se ha de depositar, al lugar de Maliaño, que es en el va. lle de Camargo, y sea enterrado en la dicha iglesia del Señor San Juan de Ma

tierras sus padres, y a esta iglesia dejó parte de su caudal para ser invertido en obras pías.

Más adelante llegamos al pueblo de Muriedas. A su entrada, sobre la izquierda del camino, veis una casa de buena apariencia, pintada de pajizo color con sus puertas rojas. Aquí nació Velarde el 19 de Octubre de 1779, ese Velarde de quien no hay para qué decir el nombre, porque su apellido lo dice todo.

Aquel pino cuyo tronco se divide en dos para llevar mejor el peso del ancho quitasol de sus hojas, fué plantado por el joven cadete de artillería. De aquí salió, primogénito de una casa hidalga, para inmortalizar su casa y apellido en una epopeya de un momento, pero de un momento en cuya sublimidad se contienen las mayores grandezas del alma humana.

¡Quién sintió nunca la herida de la patria como aquel oficial, que siendo modelo de sumisión y disciplina, desobedece las órdenes de sus superiores y va resueltamente a empeñarse en el combate sin esperanza alguna!

Esos mueren por la patria, que no entran en pelea fiados en el dudoso trance de las batallas; los que van a morir, porque es necesario que la humillación de la madre no vaya adelante sin que el mundo vea que sus hijos la rechazan; los que quebrantan la ley sagrada del militar, porque están ciertos de redimirse con la muerte; los que aceptan el sacrificio absoluto, entero, irrevocable, sin más estímulo que el santo amor al suelo nativo, infinito, profundo, anterior a toda ley, a todo principio, a todo juramento.

Su breve vida es la vida de un soldado. Pelea haciendo arma de cuanto tiene a mano para suplir la ventaja del enemigo; hace metralla de las piedras de chispa, y cuando llega la hora de acudir a la espada, al arma suprema del valiente, una bala lo tiende muerto, y el lienzo de una tienda de campaña le sirve de mortaja.

llapio del dicho lugar, donde está enterrado Ruy Gutiérrez de Maliaño y de He. rrera, mi abuelo, y mis antepasados.»-Llaguno.-Noticias de los arquitectos y arquitectura de España, iomo II.- Documentos: N. XXII; 16.

Pero ¡qué muerte, aquella muerte de la cual resucita un pueblo, una nación regenerada en todas las virtudes de la constancia y del esfuerzo!

Al borde del agua, Estaños, nombre singular, si no viene del latino stagnum. Presas y balsas hay en él que todavía lo justifiquen. Aquí suponen las falsas crónicas el palacio y asiento (1) del último señor de Cantabria. La existencia del palacio es falsa, pero la del señor es cierta y merece que contemos su historia.

IV

EL ÚLTIMO SEÑOR DE CANTABRIA

En los primeros años del siglo XII, gobernaba esta tierra un hombre cuyo valer atestiguan a la par historia y leyenda, letras doctas y poesía popular. Conde Rodrigo González de las Asturias llaman escrituras y crónicas coetáneas al prócer, tipo de la caballería de aquella edad ruda y turbulenta. Nacido de la estirpe clarísima de Lara, esposo de una infanta de Castilla, señor de vasallos y con soberano imperio en cuanto la costa cántabra abarca entre las bocas del Ason y Deva, desde la marina a las vertientes septentrionales de las sierras castellanas; más cierto de su poder, acaso más seguro de su doininio que el monarca mismo de León y Burgos, había de ser soberbio, independiente, mal avenido a tutelas o consejos, y pronto a reñir y resolver por armas todo litigio, toda diferencia.

Era el espíritu que animaba entonces a toda la nobleza española, heredada pingüemente en guerra de moros por esfuerzo propio o por merced de los reyes, necesitados de su ayuda en la fatigosa empresa de la reconquista.

Gonzalo Peláez, conde vecino de Rodrigo y señor de las Asturias de Oviedo, mantenía guerra con su rey por espacio de

(1) Sota: Crónica de los principes de Asturias y Cantabria.

siete años, y vencido, preso y desterrado al reino de Portugal, que entonces nacía entre los brazos vigorosos de Alfonso Enriquez de Borgoña, meditaba nuevas empresas de armas y la restauración de sus estados, en cuyos aprestos le atajaba la muerte.

Porque la inquietud de los tiempos era grande. Doña Urraca, reina de Castilla y de León, y su segundo marido el aragonés y batallador Alonso, desavenidos y apartados, se disputaban el gobierno y posesión de aquellos estados; fué remedio de esta primera discordia el reconocimiento por rey del hijo de doña Urraca y su heredero, habido en primera unión con Raimundo de Borgoña; los nobles castellanos habían seguido el pendón de su soberana; pero surgiendo luego desavenencias entre madre e hijo, dividiéronse aquéllos, agrupándose unos alrededor del conde don Pedro González de Lara, privado de la reina y hermano de Rodrigo, y apoyando otros al arzobispo de Santiago, Diego Gelmírez, y al noble caballero Pedro de Trava, quienes, encargados de la tutela y cuidado del principe niño, era los más celosos favorecedores del rey niancebo.

Éste no tardó en mostrar prendas notables de carácter; castigó las mal reñidas inclinaciones de doña Urraca, manteniendo alejados de su favor y regias aulas al privado y sus parciales, cuyo orgullo herido no tardó en solicitar contra su señor natural la alianza y socorro del de Aragón, su antiguo enemigo; y Alfonso VII, resuelto a asentar sólidamente su autoridad y su trono, acudió a la necesidad imperiosa de sujetar los rebeldes.

Dudosos del éxito, se habían refugiado muchos de ellos en tierras del conde Rodrigo, desde cuyas asperezas tentaba sui mañero hermano don Pedro inedios de conciliación, si bien con tan mala fe, que en los breves intervalos que la sumisión duró, anduvo siempre receloso del rey, a distancia de su corte, y guareciéndose de muros, a falta de las inexpugnables montañas que había abandonado.

La guerra entre castellanos y aragoneses pasó en alternativas de encuentros y negociaciones; terminose por mediación de prelados, y la alta razón del leonés, a quien se hacía patente que para sosegar su casa, érale necesario conservar y unir todas sus fuerzas, y no distraerlas empleadas contra sus vecinos. Pocos años más tarde, en una postrera desavenencia, el conde don Pedro, sitiado en Bayona, terminaba su aventurera vida a impulsos de mortal golpe recibido en desafío. Hombre de suerte varia, como fundada en femenil flaqueza.

¿Qué era en tanto del señor de Cantabria? La crónica latina del emperador Alfonso (1), escrita en sus días, por autor notoriamente favorable al monarca, y que calló su nombre, no es asaz explícita en las causas de la constante porfía entre inagnate y soberano, ni explica satisfactoriamente la serie de reconciliaciones y desvios que forma las relaciones de ambos.

Vino el rey-dice-en el año de 1131, a Castilla y a las Asturias de Santillana, contra el conde Rodrigo y demás rebeldes; rindió sus fortalezas, abrasó sus mieses, bosques y viñedos, acosándolos hasta las últimas asperezas de la tierra.

Próximo a ser vencido, no quiso el conde apurar la resistencia, y solicitó por embajadores una entrevista con el rey. Le fué otorgada, y conforme a las condiciones estipuladas, encon. tráronse ambos contrarios en la margen del río Pisuerga, cerca de Aguilar, acompañados cada cual de seis hombres de su bando.

Era Alfonso poco sufrido: cuidadoso del respeto debido a su jerarquía, y acaso, acaso, impaciente de asegurar en ventaja suya el desenlace, no quiso malograr la ocasión que le tentaba. La crónica dice que oyendo de boca del conde palabras que ofendían su decoro, le asió vigorosamente del cuello, y ambos cayeron del caballo al suelo. Espantados de tal violencia, huyeron los que acompañaban a don Rodrigo, el cual fue puesto y mantenido en prisiones, hasta que hubo restituido a la corona cuanto de ella poseía. Justicia expeditiva, poco ajustada a códigos, pero de uso común entre los que gobiernan a

(1) Flórez: España sagrada, tomo XXI.

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