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los naturales a saetazos y pedradas, armas de aquella edad remota; andaba la pelea reñida y el vencer dudoso, cuando de lo cerrado del helechal y espantadas por la grita y estruendo del combate, partieron siete raposas. «jSeptem! ¡Septem!», gritaron los principes, que por lo visto eran latinos, a sus soldados: «¡Feliz agüero!», quiero decir, «jpropitium omen!» Con cuya vista y cuya voz, recobrados los vacilantes invasores, arrollaron a sus enemigos y lograron establecerse en la comarca. Los vencidos, prendados luego de la buena disposición de los principes, a quienes apellidaban con el vocablo que les habían oido en la batalla, los toleraron, y se sometieron gustosos a la mayor autoridad de su valor y su prestigio, y los principes, gloriosos de su hazaña, aceptaron el mote para apellido, fundaron estirpe y se llamaron los de Setien.

Sale de nuevo la costa y se arrima a otra isla que también tiene dos nombres: ¿Se llama de la Astilla o se llaina de Pedrosa? A gentes de este apellido pertenecía cuando el Estado la quiso y le fué cedida para lazareto. Triste como todo lazareto, que significa hospital y cárcel, cautiverio y peste, prisión y contagio; un pino la corona, sangrando por las heridas abiertas en su corteza; un almacén vacío la ocupa, y ya comienza a poblarse de sus edificios propios, de tumbas. Detrás de la isla, en el continente, la risueña mies de Pontejos, y entre sus verdores, la piedra curtida de una torre con almenaje y cubos en sus cuatro ángulos. Un rico escudo blasona su frente, puesto sobre la espada de Santiago, timbrado con yelmo y corona de marqués. ¿Es este el solar del apellido y cabeza del título que la coronada Madrid recuerda con filial respeto?

Aquí entra la ría a bañar las desiertas gradas del astillero, y los pies de Cabarga, lugares conocidos. Al otro lado encontramos de nuevo a Maliaño; luego, subiendo hacia el Norte, la torcida canal de los Raos, que se entra hasta la mies de Camargo, pasando bajo el ferrocarril y nna y otra carretera.

Como vinimos a Santander costeando la rada, ya estos lugares nos son familiares; vamos encontrando a Estaños y Muriedas; la Peña-Castillo con la iglesia de Loreto agarrada a su costado, santificando su siniestro aspecto; la verde isla del Óleo que produce yeso, los admirables pinos de Campogiro, y atajándonos el paso a las ricas huertas de Cajo, a sus sombrios boscajes, la escollera de los muelles del Oeste, y los vastos terrenos encerrados dentro de ellas, y sus múltiples aplicaciones, marismas, arenal, astillero, huerta, playa de baño y playa de pesca.

Y encerrado dentro de este marco espléndido tan a la ligera y de borrón pintado, el lienzo inmenso de agua sobre cuyas espaldas flota esa escuadra de potentes cascos, gallarda cruz y valerosos marineros atentos al silbar de la locomotora, que desde las lejanas breñas y gargantas les viene avisando que abran las escotillas para recibir el trigo cosechado en las vegas del Carrión y del Arlanza.

Y es añejo este servicio que la bahía de Santander presta a los graneros castellanos, como que la naturaleza la ensancho y ahondó para puerto de Castilla.

Cuando el onceno de los Alfonsos, llamando a sí caballeros y mesnadas, órdenes militares y peonaje de villas y ciudades juntaba hueste a vista y en daño de la morisca Algeciras, dispuso que el abastecimiento y provisiones de su numeroso ejército se hicieran en los puertos de Cantabria, «et apercebiose de mandar a sus tesoreros», dice la Crónica (1), «que en»viasen por mucha farina et por mucha cebada a Castiella;... et » que lo ficiesen levar a los puertos de Castro, et de Laredo et » de Santander et de Bermeo... et que lo troxiesen al real por »mar.» Tan ventajosa era la cercanía, y tanto más fácil el acarreo, a pesar de las asperezas y temerosas fraguras de la cordillera cantábrica.

Años más tarde, en el de 1370, rey de Castilla Don Enrique, segundo de su nombre, aprestaba en esta bahía una escuadra, poniendo a su frente a Pero González de Agüero, caballero de Trasmiera y de aquel turbulento linaje tan famoso en las peleas y bandos de la tierra (2). (1) Cap. CCCII.-A. D. 1343. (2) Crónica de Don Enrique II.

Sitiaba el rey a Carmona, donde fortalecidos se defendían los hijos y parciales de su desventurado hermano don Pedro. Teníante tomado el Guadalquivir los portugueses, que ayudaban a los sitiados amenazando las espaldas del ejército real e impidiéndole el bastimento. Agüero y sus naves entraron por la barra de Sanlúcar favorecidos del viento y de la marea, y trabando pelea con las portuguesas, rindiendo a unas, desbaratando otras, o poniéndolas en fuga, limpiaron el río de enemigos hasta subir a Sevilla, asegurando la retaguardia y la victo. ria de Don Enrique.

Por entonces comenzaba uno de sus períodos de calurosa lucha, aquella célebre contienda secular entre Inglaterra y Francia, originada de comunes y mal definidos derechos, que después de poner en riesgo extremo la vida de la nación francesa, terminó con gloria suya en la admirable y breve epopeya de Juana de Arco, la doncella de Orleans. Recientes estaban los beneficios del francés a Don Enrique, como los agravios del inglés, ayudador antiguo de don Pedro, pretendiente a la corona de Castilla, a favor del enlace del duque de Lancaster con una hija del muerto rey y de la Padilla. Así, que recibió benévolamente la embajada que llegó a pedirle auxilio en nombre del prudente Carlos V de Francia.

Traiala un cierto Ivan o Juan de Gales, prócer inglés, desposeído de los estados de su apellido por los reyes de Inglaterra, que al tomárselos con muerte de sus antecesores, quisieron asegurarse la posesión, dando el feudo y título al primogénito de su casa real. Ofendido y ansioso de venganza, servía y servía con celo al enemigo de su rey y de su patria; error frecuente en todo tiempo, apostasia que oscurece las mayores prendas del alma, borrón que empaña la más alta gloria.

Vino a Santander, donde se hallaba a la sazón el rey castellano, y le pidió y obtuvo su escuadra y sus almirantes. Naos y marinos gozaban de buen nombre, ganado en difíciles empresas de mar y guerra, ya en las costas de Levante, ya en las de Africa y Andalucía. Cuarenta naos gruesas, ocho galeras y trece barcos menores, armados y abastecidos, «ainsi que nefs d'Espaigne sont», dice el viejo Froissart (1), conio término de ponderación extrema, zarparon del puerto; regianlas Rui Díaz de Rojas, merino que había sido de Guipúzcoa; Ferrán Sánchez de Tovar, famoso en las expediciones navales de dos reinados, y Ambrosio Bocanegra, el genovés, continuando el memorable catálogo de sus compatriotas que habían de pedir ocasión de imperecedera gloria al brío y al arrojo de las banderas y los corazones españoles (2).

Tan eficaz fué el socorro, diestra y valerosamente conducido, que con un solo combate puso término a la campaña. Dióse frente a la Rochela, cuyo puerto bloqueaba la Armada inglesa al inando del ilustre conde de Pembroke. Victoria decisiva y completa, cuyos trofeos fueron para los castellanos doce galeras enemigas presas con su general, y el tesoro que conducía para sostener la guerra, más sesenta caballeros de espuelas doradas (3).

Víspera de San Juan, a 23 de Junio de 1371 (4), fué la batalla, y al siguiente día, señalado entre españoles, las naves vencedoras, impacientes quizás por mostrarse gloriosas y ufanasen sus patrias costas, daban la vela para Santander. «Ga

(1) Chroniques: lib. I. part. II,

(2) Ya en el siglo xir, caando el célebre Obispo Gelmírez creaba la marina gallega, traía de Génova constructores y pilotos. "Præditcus itaque Episcopus incircumscripta Dei providentia fultus, & Cristianorum captivitate compunctus, nuntios saos Pisam at que genuam direxit, ibi namque optimi navium artifices nau tæque peritissimi... habebantur... Magno itaque admodum sumptu factis duabus biremibus, quas vulgus gallcas vocat, Irienses accito sibi altero palinuro earumdem scilicet navium artifice, nomine Eugerio (seu Augario) præcepto et admonitione Episcopi Sarracenis vias redditum eunt“, dice la Historia Compostelana en el año 1115: lib. I. cap. III. Y en el sigio xill (año de Cristo 1231), Don Sancho IV “mandó luego armar muy grand flota en los puertos de la mar de Castilla, e de Asturias, e de Galicia, e envió por Micer Benito Zacarias, que era de Génova que le trujese doce galeas, e aviale a dar por cada mes seis-mil doblas". (Crónica de Don Sancho IV-A-E-1231.)

(3) Lope García; lib. XVIII.

(4) 1372 dice la Crónica; 1374, Lope García; Llaguno, en nota a Ayala, y Froissart, dan como segura la fecha que nosotros tomainos.

llarda vista hacían-cuenta Froissart-, izadas al tope grandes banderas blasonadas con las armas de Castilla, tan grandes y cumplidas que a menudo tocaban sus puntas en el agua, oyéndose a bordo crecido estrépito de bocinas y trompetas, de dulzainas y tambores.»

Un cronista extranjero nos conserva esta animada y breve pintura de la escuadra castellana; mas no hubo en Castilla cronista que nos la pintase entrando por las aguas santanderinas, alegrando con salvas y músicas el puerto, esparciendo el marcial alarido de sus victoriosos cánticos por el solitario arenal de Latas, haciendo retumbar la honda embocadura del Miera y el escueto islote de San Mamés, y convidando con el estampido de la pólvora y el cobre, la voz alegre de las campanas de Los Cuerpos Santos, que se alzaba fuerte, clamorosa y viva como la voz de la patria regocijada y feliz a dar a sus nobles hijos el parabién y la bienvenida, mientras percibido apenas en el robusto estruendo, más delgado y oscuro, vibraba el clamor argentino de las clarisas cerradas entre los muros, de los franciscanos apartados en lo bajo y externo de la villa.

Nadie escribió, o el tiempo consumió lo escrito, la febril agitación del pueblo al avistarse las velas desde el cerro de San Sebastián, al ser reconocidas como propias por el ojo experto de los ancianos prácticos, en el aparejo, en la boga, en el corte y campo del trapo, en el modo de tomar el viento y recelar de la costa o arrimarse a ella; nadie el misterioso terror, el misterioso hechizo de lo desconocido, y el tropel en los muelles, y en el almenaje, y por las torres y ventanas de las casas, y el flamear de lienzos al acercarse los barcos, y el gritar, y el preguntarse de cuantos a bordo enviaron prendas de su cariño, y el arrojarse en lanchas y botes, haciéndolos zozobrar, y el bogar sin compás hacia los que llegan entre risas y suspiros, aclamaciones y recelos, y la desaforada impaciencia de la mocedad marinera que, despojándose del compendioso traje, se sumerge en las aguas, surge, sacude la mojada cabellera, y nada a porfía desafiando el afilado tajamar de la galera que avanza rasgando el agua, revolviendo espu

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