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gusto, proporciones y arquitectura en sus viviendas, urbanas y rústicas, góticas y suizas, y abajo en la playa tiene su núcleo, su plaza, su estación, su centro de vida y movimiento, adonde la gente afluye y de donde se retira guardando compás de tiempo y de grupos, a semejanza del torrente circulatorio en los vasos del humano organismo.

En tanto llega el momento de examinarla de cerca, nos llama los ojos una cumbre desolada, yerto peñasco erguido a la boca del puerto, en cuya cima, como reliquias de antigua corona, se distinguen restos de una fortaleza. Si tomamos el áspero camino de arena y roca que a esa cumbre lleva, su aridez desaparece o se amansa: su desnudez está cubierta a trechos de tupida grama, de haces de juncos, de manojos de lirios blancos, de purpúreas clavellinas, flor de Cantabria, alegría de sus quemados arenales como de sus heladas cumbres donde la encontraremos.

Al pie del monte, agarrada a los estribos de su base, está la batería de Santa Cruz de la Cerda, convertida en faro, y sus colgadizos y cuartel en establo de vacas. Desde ella, y rastreando todavía las huellas del camino cubierto que unió ambas fortalezas, se trepa suavemente a la cumbre de Hano. El són de las olas que baten eternamente estos parajes nos acompaña, voz del perpetuo combate que los elementos sostienen.

¿Sabes quién quitó a la plaza su avanzado centinela, quién mató a este fornido guerrero, quién postró en el suelo su yelmo, rompió su espada y dejó su cadáver tendido sobre su propio solar a merced del insaciable buitre del tiempo que le roe, le devora y aún no ha podido dar cabo de su durísimo esqueleto? Allí lo tienes, en medio de las aguas, descansando inmóvil como el ictiosauro ahito de las edades palingenésicas, dormido en el sueño de su victoria y de su fuerza incontrastable. Ese escollo es Mouro (1), que en los días de invierno, asaltado

(1) Mouro o Mogro parece nombre genérico, degeneración del sustantivo morro, aplicado a rocas aisladas de forma determinada. En la provincia encon tramos otro Mogro, en la embocadura del Pas, y Mogrovejo, o veio, en Liébana.

por las anchas mares, envuelto en espuma, ondeando en el aire tempestuoso blancos penachos, dejando correr sobre sus hombros blancos armiños, recuerda infaliblemente los versos de Quevedo: «Tu pompa es la borrasca.» Mouro, el que Escobedo quería vestir de muros y coronar de almenas, sobre cuya espalda el siglo actual ha hincado un faro, y del cual hicieron batería los ingleses en 1812 para desbaratar y rendir el castillo de Hano que los franceses ocupaban.

He contado varias otras veces el suceso, y me cuadra mal relatar de nuevo la arrimada nocturna de los buques aliados, su sigiloso trabajo, el desembarque y establecimiento de su artillería, y el alba del siguiente día (12 de Agosto) que para los franceses rompe en lluvia de fuego desde el inerme peñón convertido en fulminante nube; pero en la ciudad hallarás quien te lo refiera, quien despertó aquel día al febril redoble de la generala, vió la confusión de la sorpresa y el combate, y botar en las losas de los muelles las balas disparadas por los barcos ingleses, dueños ya del paso, y correr por las calles los dragones desbocados y ordenar su retirada la guarnición enemiga.

La costa de la otra parte tiene también su fortaleza natural avanzada, el islote de Santa Marina, Santa Marina de Don Ponce, que conserva su nombre en mapas y documentos oficiales, y lo ha perdido en la memoria del pueblo, el cual la llama isla de Jorganes, del apellido de su dueño, o de los Conejos, porque estuvo poblada de ellos.

No era isla esta peña en el siglo xv. Había en ella una ermita de Santa Marina, adonde, movido de espíritu ascético un canónigo de la colegial de Santander, don Pedro de Oznayo, arcipreste de Latas, se había retirado con otros compañeros a hacer vida penitente. Otros ermitaños reunidos en Santa Catalina de Monte Corban a instancia y por consejo del obispo de Burgos don Juan Cabeza de Vaca, que visitaba su diócesis, habían en 1407 tomado el hábito de San Jerónimo, con cuyo ejemplo y una nueva visita del celoso prelado de Burgos, los de Santa Marina en 1411 se resolvieron a hacer otro tanto.

Ambos monasterios asistían al primer capítulo general de la Orden en Guadalupe a 26 de Julio de 1415, representado Monte Corban por su procurador Fr. Gómez de Toro, y Santa Marina por su fundador Fr. Pedro de Oznayo (1).

Eran tan pobres de rentas, que en el segundo capítulo general celebrado en 1416 y en San Bartolomé de Lupiana solicitaron por sus procuradores la incorporación en uno de ambos monasterios; decidióse así, disponiendo que quedase con su título el de Santa Marina.

Pero tres años después, en el de 1419, mal avenidas ambas comunidades, quejosos los de Corban de la aspereza y rigor del sitio, tornaron a solicitar de nuevo su separación, resolviendo entonces la Orden que se hiciese la traslación a Santa Catalina, quedando la fundación isleña como granja o depen

dencia suya.

Conservaron la iglesia para celebración del culto divino, y quedése a acabar sus días en aquel nido de su fervor, nido de aves marinas, el fundador Fr. Pedro de Oznayo. Poco vivió: aj año siguiente ya tenía lápida con su efigie de medio relieve y una orla con estas letras: AQUÍ YACE FRAY PEDRO DE HOZNAYQ, CANONIGO DE LA IGLESIA DE SANTANDER, ET ARCIPRESTE DE LATAS, FIJO DE GARCIA GUTIERREZ ET DE DOÑA URRACA DE HOZNAYO, EL CUAL FIZO ET DOTÓ ESTE MONASTERIO, QUE FINÓ ANNO DOMINI MILLESIMO QUADRIGENTESIMO VIGESIMO.

Los huesos del venerable varón y la piedra que los cubría fueron trasladados a Corban en el año de 1550, y en un rincón del claustro yacieron hasta nuestros días (2).

Bajemos y sigamos la quebrada costa hacia el Sardinero; pasaremos junto al pinar de la Alfonsina, don de la provincia a su última soberana, antes floreciente y lozano, ya desmedrado

(1) Sigüenza: Historia de la Orden de San Jerónimo, tomo I, cap. 31.

(2) Historia manuscrita de Santander, citada por Assas en varios artículos del Semanario Pintoresco Español, año de 1857, y atribuída por él a dos autores, don Emeterio Almiñaque, prebendado de la catedral, y Fr. Ignacio de B60 Hanero, monje de Corban.-Escribióse por los años de 1772. La iglesia de Latas, inmediata a Santa Marina, en el continente, fué de los monjes de Corban.

y enfermizo: sus árboles se deshojan y mueren roídos por ignoto mal, acaso por el presentimiento de que troncos y raíces han de hacer sitio a ladrillos y sillares.

Cada mogote de la áspera marina conserva vestigios de su antigua fortificación, permanente o de campaña. Nuestros abuelos la habían erizado de cañones, y el pueblo ha conservado a ciertos parajes el nombre con que los bautizaron sus mayores: «el cañón». En una de estas asperezas erguidas y avanzadas sobre el agua, edifica el Sardinero su iglesia: ¿cómo se llamará, Estrella de la Mar o Nuestra Señora de las Olas?

Llegamos a la celebrada playa. El guijo de los arrecifes desaloja al césped de los prados; el arbusto jardinero hereda la tierra-madre del escajo y del helecho; la brava costa se urbaniza, amansa su faz, desarruga el ceño; el espíritu de silencio y soledad que la ocupaba, voló ahuyentado a recogerse en el horizonte de las aguas, en cuya vasta inmensidad no hay ruido viviente que prevalezca sobre la voz opaca y sublime del desierto, ni obra de hombres cuyo perfil y color no se ahoguen en su luz esplendente e infinita.

En el ribazo de la arroyada se levantan las grandes hospederías, dando a leer sus nombres al más miope, en letras descomunales y bastardo idioma: «Gran Hotel», «Nuevo Hotel». Y entre ambas, cuadrada y cenceña, como puesta en jarras, con rejo y sal propiamente españoles, otra casa de más modesto porte, grita a los cuatro rumbos del cielo su castizo y reputado rótulo: «La Navarra».

Abajo, en las arenas, la pintada caseta ya probada por tormentas y naufragios, cuyos recios pilares baña la pleamar; y su oreada galería tan poblada de oteadores y curiosos como de bañistas o convalecientes, donde muchos pierden la quietud del alma en cambio de haber recobrado la salud y el vigor del cuerpo. A su frente, desperdigadas por el arenal como guerrilla que precede y cubre apretados batallones que van al enemigo, las tiendas de lona cuyas puertas batidas por el viento parecen alas vivas de gigantescas aves. Y más allá, la sonora rompiente entre cuya blanca y hervorosa espuma ne

grean cabezas y bustos, suenan voces y prevalece el agudo alarido femenino sobre el ronco y pausado estrépito de las olas.

Pintaba Ovidio con delicia la aparición en su elemento nativo de las Nereidas:

quarum pars nare videntur,
pars in mole sedens virides siccare capillos
pisce vehi quaedam (1),

y la pintura del vate sulmonense parece tomada de originales cántabros: «mientras unas aparentan nadar, otras, sentadas en la playa, tienden a secar sus lozanos cabellos.»

Pero ¿qué mucho que nos acudan los clásicos recuerdos de las aulas, si plantadas sobre un barracón de tablas empavesado con ramos y banderas, nos saltan a los ojos estas letras: NEREO? ¡Grandaevus Nereus de Virgilio! Mas éste, a pesar de su nombre, ni es grandevo ni dios marino, por más que a imitación de toda la descendencia de Neptuno, neptunia proles, se ejercite en domar y regir con la voz y con la fusta un par de trotones, domitor equitum.

Estos parajes, este mar sublime, esta playa suave, despejada y abierta, tendrán su libro especial un día. Vendrá el geólogo a analizar sus rocas y lanchares, el prehistórico a descubrir sus fósiles, el naturalista a recoger y clasificar sus conchas vivas: vendrá el geógrafo a titular sus cabos y ensenadas, sus fuentes y los accidentes menores del paisaje; vendrá el historiador a decir la razón de sus baterías y armamento, el empleo que ambos tuvieron y si fueron de algún provecho, y a qué generaciones sirvieron, y de qué riesgos y enemigos las guardaron.

Y vendrá el cronista a referir los orígenes y vicisitudes del benéfico pensamiento, sus principios allá en los años 1847

(1) Metamorfosis, Il. v. 11, 12, 13.

Nos cantabimus invicem
Neptunum, et virides Nereidum comas.

(Horacio, lib. III. Oda 28. Ad Lyden.)

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