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castigo los busque. Teman si no oir en hora inesperada la campana que tañe a juicio, juicio inexorable, del cual no tienen por qué aguardar misericordia. Yo os prometo por mi nombre, que cuando oigáis este sonido habéis de temblar, si para temblar os dan tiempo la cárcel y el cuchillo»-y sacando de su faltriquera una campanilla que de continuo usaba para llamar a sus familiares, la tañía con agridulce sonrisa (1).

Testigos del acto cuentan que los montañeses quedaron atemorizados, y su espanto se propagó a los confines del valle. También ellos decaían y les faltaba un arcipreste de Ceballos, un Villegas o un Gutiérrez de Escalante (2) que se pusiera intrépido a riesgo de muerte, respondiendo con obras a las amenazas. Y se dejaron vencer del miedo y cedieron de su derecho.

¿No es cierto que al tenor de la oración en que andan por tan raro modo mezclados el episodio de Tarquino, y su imitación por el rey Monje, nos figuramos al orador menguado de persona, solapado de gesto, frío de ojos, cascado y agrio de voz, ruin en suma, a pesar de su alcurnia? ¡Qué fué de aquellos Manriques membrudos, vellosos, de tan escasa facundia como robusto y ágil y poderoso brazo!

Llegamos a paraje donde vuelven a acercarse las cordilleras y estrechar el valle, anunciando las gargantas postreras, limite de los páramos castellanos; por estos lugares tiene hoy nombre y fama Toranzo, fuera de sus asperezas, más que por ningún otro accidente de su hermosura

recuerdo de su pasado.

O las razas humanas tienen hoy más apego a la vida, o la ciencia descubre nuevos medios de conservársela, o son atormentadas por padecimientos y dolencias antes desconocidos. Siglos y siglos corrieron libres derramándose sobre la superficie de la tierra fuentes y manantiales de aguas intolerables al

(1) Así refieren la escena y discurso varias declaraciones en el pleito de los Valles.

(2) Uno de este apellido murió resistiendo a los de Castañeda en las contiendas sobre señorío.

paladar, perniciosas al riego, sin que el hombre soñara en indagar qué utilidad escondían bajo su apariencia repulsiva. Unicamente la imaginación de los pueblos, tanto más viva cuanto menos sujeta por las austeridades de la razón, herida por ciertos accidentes externos y de fácil percepción, fétidos vapores, intermitencias misteriosas, depósitos calizos que envolviendo los objetos sumergidos los petrificaban, acudiendo a su necesario refugio, dió sobrenatural y maravilloso origen a los fenómenos cuya causa inmediata desconocía; y turbios o cristalinos, hirvientes o glaciales, inodoros o ricos en sulfúreas emanaciones, fueron los manantiales morada de genios benéficos o malhechores, efecto de maldición divina, testimonio de milagros, o respiraderos infernales.

¿Cuál otro origen reconocen las míticas tradiciones de fuentes súbitamente agotadas para castigo de humanos extravíos; la leyenda caballeresca de heridas mortales, curadas por aguas de virtud divina; la frecuente conseja de diabólicas apariciones que al sumirse en tierra dejaron perenne rastro de sí en sulfurosos vapores; la dura espada convertida en frágil vidrio, el báculo ligero en ponderosa piedra?

¿Será, por otra parte, cierto que a la superstición del espíritu corresponde el instinto de la materia? ¿Quién inspiraba a gentes ignorantes, rudas, desprovistas de toda noción fuera de las instintivas, sin más consejo que cierta experiencia de origen inmemorial imposible de señalar, la acción de buscar remedio a sus enfermedades en las aguas misteriosas?

Porque es tradición indudable en todas o la mayor parte de las comarcas termales que, sin arredrarse de largo camino, sin temer a las privaciones y riesgos de un despoblado, acudían pacientes a la milagrosa piscina, a sanar unos, a perecer otros para cuyos males era mortal el específico. De éstos se olvidaba el mundo, guardaba memoria de los afortunados, y ella bastaba a perpetuar la confianza y mantener la peregrinación constante.

Esta fe ciega es hoy todavía común, y sin la ciencia que vela a orillas del medicinal venero, sus cristalinas ondas serían menudo sepulcro de alucinados y fanáticos.

Dueña ya la ciencia de sus ocultas propiedades, propagadora incansable del beneficio de sus aplicaciones, dió campo a la industria, y ésta no se hizo de rogar para labrarle y aprovechar sus frutos, y del manantial se pobló el yermo, se aumentó la aldea, y el caudal geográfico de las gentes se enriqueció con un nombre propio.

A este caudal pertenece el de Ontaneda. Sus nogales y castaños dan sombra a muchos achaques, a muchos desvelos, afanes y ambiciones, porque en la tregua necesaria que todos buscamos al cotidiano empleo de nuestras horas, de nuestras fuerzas y acción vital, el espíritu no descansa y continúa siempre combatido, o minado, o enardecido y provocado por aquel agente único y principal de su vida, política, negocio, amor, santidad, poesía o gula,

Tiene la iglesia en bajo, para no fatigar los valetudinarios miembros de los fieles; la botica sobre la carretera, pronta a quien necesita sus jarabes y linimentos; esparcidas las viviendas al sol sobre la verde alfombra de la campiña; apretada la población antigua entre la plaza y la parroquia y el palacio; diseminada la nueva, la estacional, la nacida de las aguas, a inmediación de éstas.

Sobre su nacimiento está fundada la más vasta de las hospederías que naturalmente y con propiedad suma lleva el nombre de Casa de baños: fórmanla dos cuerpos en ángulo recto, de dos pisos cada uno; su arquitectura es modesta, o más bien humilde; delante halla el bañista la sombra de algunos plátanos, la compañía de algunas flores, el recreo de un juego de bolos; dentro, habitaciones y menaje medianos, buena sociedad a menudo y excelente mesa siempre. Lo que Ontaneda economizó la industria al manejar las aguas, esparcirlas en pilas, recogerlas en chorros, adelgazarlas en surtidores, lo gastó pródiga en vecino manantial de Alceda, donde la vena cristalina rueda, salta, ondea, lava y cura a través de ricos mármoles y bruñidos bronces que visten las lujosas termas; pero aquí falta el hospedaje a raíz del baño, el caserío dista un paseo, y esta molestia compensa para algunos otras ventajas.

La vena sulfurosa mina todas aquellas cercanías, y fluye a borbollones en una y otra parte del río. En su orilla derecha se pierde inútilmente un manantial que brota en tierras de Bejorís, pueblo solariego, peligrosamente asentado a la caída de un siniestro torrente. Jonaz-que así se llama-, a modo de los titanes fabulosos, no tiene vida regular y serena, o duerme o lucha; o yace aletargado sumido en cavernoso lecho, o se derrumba estrepitoso, mugiendo, espumando con irresistible fuerza, amagando sepultar, no en ondas de agua, sino en aluviones de piedra, árboles, edificios y vivientes.

Como a margen de tranquilas aguas ondean en dunas y médanos las arenas arrastradas por la corriente, a margen de Jonaz se encuentra apilada o tendida porción asombrosa de cudones redondeados y bruñidos por la repetida percusión en su extraordinaria caída desde el monte al valle. Si os mueve curiosidad de saber qué fuerza plegó o cernió tan duros y pesados materiales, trepad el despeñadero arriba, y allá, en una grieta obscura de la montaña, oiréis sonar en la roca un hilo finisimo de agua, cuyo frío jamás entibia el sol. Aquel tenue gemido es la voz del agente cuyo brazo amenaza a Bejorís con el suplicio que la ley de pueblos antiguos daba al ladrón de la honra o del caudal ajeno.

En Bejoris tuvo solar el gran Quevedo (1); años hace le señalaban cuatro arruinadas paredes vestidas de zarza y helecho

(1) De Bejorís era su padre don Pedro Gómez de Quevedo, y de la inmediata aldea de San Vicente descendía su madre doña María de Santibáñez. El apellido Villegas le traía Quevedo de su abuela paterna doña María Sáenz, natural de Villasevil. Los de Quevedo traen en su escudo esta letra:

Yo soy aquel que-vedo
el que los moros no entrasen
y que de aquí se tornasen

porque así lo mandé yo. Los mismos apellidos llevó otro hijo ilustre de Bejorís, Fr. Juan de Quevedo y Villegas, primer obispo del Darién, que en 1519 y en presencia del Emperador y su corte mantuvo ruidosa controversia sobre la libertad de los indios con el célebre Fr. Bartolomé de las Casas.

sobre el áspero declive de un prado llamado el Escajal, cuyos gallardos robles saltea el Pas en sus avenidas y se los lleva de uno en uno, con la tierra donde arraigan. Como hacienda abandonada de su amo, le halló el poeta cuando vino a visitarle, y le pintó con implacable numen satírico:

Es mi casa solariega
más solariega que otras,
pues por no tener tejado
le da el sol a todas horas (1).

En las blasonadas casas del pueblo, se repité el caballeresco blasón de los Portillas, y su cristiana divisa Credo in unum Deum, noblemente sostenida desde la restauración de España por sus hidalgos miembros en la milicia, clero y magistratura española en Flandes y en Portugal, en las Chancillerías de Granada y Ultramar, en la Inquisición de Córdoba y en la silla episcopal de Mallorca (2).

Ya el valle deja de serlo, y cuando llega a Entrambasmestas se divide a Oriente y Mediodía en dos angostas y retorcidas cañadas que sirven de cauce al Pas derramado de la sierra de su nombre, al Luena desprendido de las alturas que marcan el límite de la tierra castellana.

Más arriba son ya regiones alpestres, de estas donde la vena de agua es absoluta señora, como forma inicial de la fuerza creatriz que dió substancia y forma al globo; la vena de agua que fecunda y desbarata, que arruina y hermosea, que taja la roca, abre el sendero, riega la tierra, nutre el árbol, llama al hombre, cimenta la casa y titula el pueblo. Luena se llama el río, Luena la aldea, y cuando la devoción o la desgra

(1) Véase la excelente Vida de Quevedo que el señor don Aureliano Fernán. dez Guerra antepuso a su edición de las obras de este claro ingenio, publicada por Rivadeneyra en la Biblioteca de autores españoles.

(2) Fr. Francisco Antonio de la Portilla, Obispo de Mallorca, que figuró en la guerra de sucesión como adicto al Rey Don Felipe V. --Hombre ejemplar y de la mayor fidelidad al Rey, le llama el grave historiador Marqués de San Felipe en sus Comentarios: libro VII. Consta en el padrón de dicho lugar del año 1704.

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