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cia buscó un patrono en el cielo, apellido al bienaventurado con el nombre del lugar, y llamó a su desdoblada población San Andrés de Luena y San Miguel de Luena.

Más allá serpea el camino a vencer el dorso de la cordillera, a pasar a Castilla; el estudiante de mi tiempo al llegar a aquellos parajes en los asomos del otoño, arrastrado dentro de la pesada mole de la diligencia, saludaba a los valles y costas nativas con pesar acaso, acaso con alegría. ¿No había entre ellos quien más allá del confín montañés hallaba libertad absoluta y varonil independencia, sueño pertinaz del adolescente? ¿No había también quien ya probado el desengaño de esa libertad mentida, veía únicamente al otro lado de los montes el tedio de penosos y difíciles deberes? Desde allí se daba adiós al mar, a los días vagabundos, a la doméstica abundancia y la alegría; desde allí se daba adiós a muchas otras cosas. Dichosos aquellos para quienes ese adiós no fué un adiós postrero.

Pero no olvidemos que nos aguardan otros valles y la estación de Tanos mostrándonos nuevos caminos.

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UBIR la cuenca del Besaya es paseo que el

curioso de arquitectura hará con fruto y placer.- Era ése el camino por donde comunicaban la Montaña y gran parte de su marina con el riñón de Castilla; por él iban y venían trajineros y soldados, cobradores de tributos y fundadores de monasterios, merinos y abades, corregido

res y misioneros; por él la justicia y las leyes; por él la noticia de los progresos y esperanzas de la historia nacional; por él las tradiciones y los principios de arte

El arte primero que nació de la expansión y libertad del culto cristiano, apenas éste poseyó medios y caudales para establecerse en casa propia sin ocupar desalojadas aras de Júpiter o Minerva, dejó aqui duraderos monumentos que aún subsisten, desde el peregrino santuario de Moroso, de ignoto origen e islamita casta, hasta el de Yermo, removido, restaurado en tiempos diversos y firmada su más importante y completa renovación en el siglo XIII por el artífice autor de ella; desde San Lorenzo de Pujayo, consagrado por un prelado de Burgos, hasta la iglesia vieja de Silió, émula de las de Castañeda y Santillana en galas de piedra esculpida.

A la entrada de esta cuenca, cuyos valles les pertenecían, y en su villa de Cartes, habían erigido los Manriques una fortaleza, sin duda contra sus peligrosos vecinos los de la Vega. Y tan oportunamente habían escogido su asiento, que cuando a las antiguas vías desiguales y escabrosas reemplazó el ancho y macizo arrecife moderno, no halló escape y tuvo que ir a pasar bajo los rastrillos de la fortaleza. Por bajo de ella, por su ancha plaza de armas y hondo patio ahumado por las lumbradas de ballesteros y gente de armas, pasamos nosotros, porque si hemos de visitar con holgura y libertad los monumentos y recoger sus inscripciones, más que los muelles cojines del carruaje, nos conviene la herrada suela del veredero.

Robusto y entero todavia el castillo, fué descabezado; sirvieron sus piedras para edificar en sus cercanías, para establecer viviendas dentro de sus propias entrañas. Tenía su almenaje corrido sobre una cornisa cortada en modillones angrelados, y en los cuatro ángulos de su azotea cuatro redondos cubos, atalayas o garitas empenachadas por la vegetación parásita de los siglos. Tenía sobre sus puertas ladroneras y matacanes que las defendían, y tan altas, que el mandrón o el guijarro caído a plomo sobre el atrevido que se arrimase a aportillarlas, mellaba sin fallir el mejor capacete y rendía el más duro brazo del escudo; y tenía en sus ventanas cruzados hierros, por donde el defensor podía asestar tranquilamente sus saetas, pero que desafiaban los puños y la destreza del escalador más audaz y experto. Arrasado ahora a nivel de los tejados de la villa, no llama, como antes, de lejos al curioso, ni tiene otra cosa que mostrarle más que las gastadas canales por donde caían los rastrillos, y algunas de aquellas impenetrables cifras con que los canteros de los siglos medios signaban sus labores.

Abocado ya a la primera garganta por donde el rio viene, está Río-corvo. Apartémonos a la derecha a visitar a Yermo. Un camino de montaña, partido de hierba y cudones, de agua y hojas, nos lleva en pocos ininutos. Yermo tiene en la Montaña supersticioso crédito de antigüedad remota, y lo trae de serle tributaria la iglesia de Santillana, tan reputada de inmemorial y vieja. Vieja es la fundación de Yermo en verdad; no tanto el edificio que ahora subsiste, restablecido con las reliquias de un predecesor suyo, y restablecido como se pudo y dieron de sí los materiales y el ingenio del artífice, no como el gusto puro y la artística ley pedían.

La invasión sarracena y la catástrofe de Guadalete habían despoblado de cristianos las provincias del Mediodía de España (1). En el común pavor envueltos monjes y prelados, se acogian a las montañas, al refugio postrero de la fe y de la patria, y amparándose en ellas pretendían con nuevas fundaciones compensar la sede perdida y el profanado monasterio (2).

Así vinieron Ariulfo, insigne obispo de Mérida, y Severino o Severo, que lo había sido de Baeza (3), y fundaron iglesia en Yermo, en el territorio de Camesa (4), la cual, con otras que igualmente les pertenecian, cedieron en la era 991 (A. C.-853) a la insigne de San Salvador de Oviedo (5).

No son de tan añejos días la puerta abocinada, los arcos apuntados que hoy dan entrada al templo; eslo acaso su planta cuadrangular, exigua y orientada. Tampoco proceden del templo primitivo las devotas figuras metidas en nichos, empotrados en el lienzo septentrional, reliquias de monumento fú

(1) Vid. Isidoro Pacense.

(2) Recemiro y Betelo, monjes refugiados, fundaron en Cabezón y Topo• rias las iglesias de San Román y San Pedro, con licencia que solicitaron de Alfonso II el Casto (años de Cristo 801 a 842).-Libro de Regla de Santillana. Escritura número 52.

(3) Argaiz. ---Teatro eclesiástico.--Sobre Ariulfo puede verse a Flórez en los tomos X, XIII y XV de su España Sagrada.

(4) Risco.-España Sagrada, tomo XXXVII. (5) Ibid.-Apéndicos, núm. IX.

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