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junto a la puerta, en un sillar volcado, empotrado en los mampuestos, leerás este latin:

+ INERATICXX 11 SICFUITPLE NA AQVE

La piedra está desportillada al término de la primera línea; habría lugar para otra X. ¿Leerás entonces la era mil doscientos treinta y dos, o sea el año de 1194, o te quedas con lo visible y lees el año de 1184?

Con tino y experiencia de epigrafista ha de ser posible determinar si la piedra es memoria de alguna inundación, plaga común de la comarca, y fijar el tiempo en que fué asolada por tan espantoso azote, que espantoso parecerá a quienquiera que desde la altura contemple el paisaje, y se diga que llegadas las aguas a tan desmesurado nivel, quedaban en su seno envueltos y sin mortal remedio ni salvación posible, aldeas, mieses, prados, caseríos, sin que sobre ellas pareciese más que las cimas insuperables y despobladas de los montes. Horrible desolación que no tenía otros espectadores vivos que la salvajina acorralada en las cumbres escuetas, y las aves que despavoridas volaban desconociendo el suelo movible, mugidor e inseguro sobre que se cernían. La piedra ha sido movida; ¿lo fué de un edificio a otro, o solamente de lugar en el mismo edificio en que originariamente se puso?

Desde Molledo, en un seno que hacen las sierras de la varga oriental, se descubre Silió, nombre eufónico de desinencia triste al oído; ¿qué significa?

Pasemos el río por la pintoresca fábrica de Portolín, constantemente arrullada por el agua -así la envuelven hojas y flores—, no para averiguarlo, mas para visitar la iglesia y estudiar su ábside. A la manera usada en el siglo XI, levanta sobre su planta semicircular dos cuerpos, sencillo el primero, partido perpendicularmente en tres divisiones por estribos cuadrangulares, separado del segundo por una imposta abocelada de jaqueles. Correspondiendo a los estribos, parten simétricamente el segundo cuerpo otras tantas columnitas con capitel y basa historiados, subiendo de la imposta citada al alero. Otra imposta igual las ciñe por su tercio inferior, corriendo de columna a columna, y volteando sobre la arquería de tres ventanas abiertas respectivamente en cada una de las divisiones del ábside.

Adornan estas ventanas ligeras columnitas con capiteles de labor esmeradísima; uno de ellos representa multitud de cabezas humanas con expresivo gesto de dolor entre cabezas de animales; otro las representa con gesto beatífico entre hojas y frutos: ¿son traslado y figura de la hienaventuranza y del tormento, del infierno y de la gloria? Hase de notar aquí, como vamos a notar luego en Bárcena y en Pujayo, que la escultura más común en los elegantes canecillos de la cornisa, representa figuras de músicos tañendo o embocando instrumentos. ¿Son representación del coro angélico?

En el atrio de Silió, a la sombra de dos chopos, sostenido por dos animales tendidos que parecen lobos, hay un ataúd de piedra, tronco tendido de pirámide irregular y oblicua: sobre la arista superior tiene esculpida una espada de cruz sencilla, parecida a las usadas en el siglo XIII; repetidos en sus caras blasones de Mendoza, de Bustamante, y otro cuya pertenencia ignoro (cortado, águila volante en jefe, fajas en punta) y en la cabecera esta inscripción de fácil lectura, a pesar de algunos nexos y abreviaturas: «aqui yase iohan: sanches de bustamante. finó: x ij: dias: de: febrero: año: da: mill: cccc: LXXXX: ij: años:»-;1492! ¡El año de la conquista de Granada! Quizá venía de ella el caballero, quizá le traían a la tierra natal mortales heridas, fatigas de la campaña; porque ese apellido suena en aquellos tiempos, en aquellas huestes, en aquellas cortes, en aquel guerrear constante de España, que sintiéndose pujante, entera, indomable, hace suyo su propio territorio, antes de ensancharse a tomar territorios nuevos, inmensos, todavía extraños y de nadie conocidos.

De esta piedra me contaron que estaba dentro de la iglesia, y el cura, celoso, dispuso ponerla en el atrio, más a mano y discreción de los curiosos.

Pues volviendo a pasar en Portolín el río, y junto a una peña que el ferrocarril taladra, entramos en un vallecillo en cuyo fondo está Bárcena, último pueblo en llano, más allá del cual alza la naturaleza los rudos bastiones con que le plugo defender a Cantabria, y cuyas revueltas y ahogadas golas cierra cuando le place en un breve intervalo de sol a sol con insuperable relleno de apretada nieve, tan maciza y firme, que el hierro blandido por manos de hombre es impotente contra ella, y únicamente el rayo soberano del sol la funde y la deshace.

De estos admirables montes, tristes de esa tristeza muda de todo lo excelso y sublime, bajan dos arroyos a acaudalar en Bárcena el Besaya. Dejemos al Torina que viene de Sudoeste por el Galerón que baja del Vendaval. Cerca de su margen está la vieja parroquia, sólido monumento románico en estado de conservación admirable, y más admirablemente teñido de oro por los años y la luz del cielo. El dórico griego no produjo obra más noble, acabada y severa que este ingreso de cuatro arcos cuadrangulares sobre sencillas impostas y pilastras de traza igual, ni labró moldura más limpia y gallarda que la de rombos en punta de diamante que destaca el pórtico sobre la lisa fachada. En dos caras de la pilastra externa de la izquierda, repartidas estas letras que divide la arista viva:

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Faltó grabar la cifra del año de la construcción; la del siglo de la fábrica parece XI.

(1) Los nexos de la inscripción son sencillos y claros: la o en honore enhebrada en 103 palos de la h y la n; la s en cosme inscrita en la o; la a en la d de DAMIANI.

A lo largo del Galerón seguía yo una mañana, no poco molido del sol y del andar. Un soberbio nogal de redonda copa, inclinado como para mirarse o dejar caer sus nueces en el agua, un puentecillo rústico parecieron delante de mi camino; y al pie dei nogal una visión del libro de los libros españoles.

¿Te acuerdas, lector, de la aparición de Dorotea en Sierra Morena a los dos fieles amigos que van en busca y remedio de Don Quijote? «Suspendióles la blancura y belleza de los pies»- dice el incomparable narrador-, pareciéndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras el arado y los bueyes...» «los pies, que eran tales que no parecían sino dos pedazos de blanco cristal, que entre las otras piedras del arroyo se habían nacido». Suspensos quedáronse contemplando a la que por sus hábitos les parecía mozo de granja, y al soltar sus cabellos miostró ser mujer, la cual sosegadamente bañaba sus pies en el agua.

Mi Dorotea no vestia disfraz de mancebo labrador, sino lutos de doncella en cabello; ni tenía junto a si bulto de ropa, sino un perrillo blanco y negro que asistía con indiferencia cabal a las abluciones de su señora. Mas a pesar de la extrañeza de tal persona en tal ocupación, en tal lugar y tal hora; a pesar de la magia irresistible del relato de Cervantes, bullente en mi memoria, no me ocurrió imitar a los curiosos personajes de su deliciosa aventura, ni ocultarme a aguardar el término de la inesperada escena.

Ocurrióseme, sí, que forzosamente iba a pasar junto a la doncella, y la necesaria confusión y vergüenza de ésta, y para evitárselas, no teniendo tiempo que perder ni rodeo posible a mano, hice sonar el hierro de mi bordón sobre las piedras.

Al estrépito respondió con su acción Dorotea; recogió sus blanquísimos pies, dejando caer sobre ellos el ruedo de su falda, sin apartar los ojos del agua y de sus círculos y de las chispas de luz que el sol encendía en ella a través de las hojas del nogal. El perro fué quien, ofendido, se vino ladrando hacia el importuno, y mostrándole sus poco temibles presas, como ladra tantas veces el mundo y se embravece contra monte, lo taladra; crúzasele un caudal de agua, lo recoge, como recoge el salvaje la liana que quiere enredarle los pies, se lo echa a la espalda, y pasa por debajo sin embarazo, mientras el caudal atónito, corriendo por nuevo y artificioso cauce, va a caer en el precipicio sobre piedras, atónitas también del golpe y del insólito riego.

Allá sube dominando abismos, franqueando de un tramo las hondonadas, retorciéndose como culebra por los tajados declives de la montaña, apareciendo y desapareciendo, no como obra regular y ordenada de la acción humana, sino como meteoro sobrenatural, sujeto a incógnitas leyes aún 110 sorprendidas por la perspicacia tenaz del hombre. Los años y la costumbre no gastan su soberano prestigio; su ronco resuello, su crujir pavoroso, detienen el paso del caminante, el brazo del labrador, el estudio del letrado, la meditación del asceta; siembran espanto en el rebaño, azoran al perro, distraen súbitamente la vida en la muchedumbre, rompen diálogos, requiebros, quimeras y conciertos, sorprendiendo y dominando la acción y el impulso de las diversas pasiones.

Allà va corriendo de pueblo en pueblo, de hoya en hoya, de cima en cima, hasta que se hunde en el seno de la tierra, y dentro de él se revuelve y cruje; y cuando nos vanios creyendo llevados a las entrañas del globo, y despedidos de la luz del sol para indefinido tiempo, brota de nuevo el día, y nos muestra la ancha y despejada llanura de Reinosa.

Aquí pudiéramos reconocer y estudiar la cuna del Ebro en Fontibre, los vestigios de Juliobriga en Retortillo y aquellas memorias que recuerda Flórez (1), de los términos que dividían terrenos dados a veteranos de la legión IV y la campiña de los Juliobrigenses. Pero no son objeto nuestro los llanos de tierras adentro: sonlo las Costas y las Montañas.

(1) Esp. Sagr.--T. VI.

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