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gusto ojival. La ojiva apunta en su abocinado ingreso, cuyas arquivoltas concéntricas descansan en columnas de fuste corto, capitel historiado con figuras de animales y basas unidas sobre un plinto igual, alto y corrido.

Pero la edificación fué lenta, y años no pocos y generaciones pasaron desde que los fieles entraron a orar por estos primeros umbrales a Santa María, hasta que vieron cerrarse las bóvedas, y acudieron al clamor de las campanas volteadas dentro del alto cuerpo de su cuadrada torre. Porque el calado pretil que rodea la cornisa, la crestería de los remates que recortan sobre el cielo la seca línea del tejado, la airosa torre, acardenalada a ocaso por el azote permanente de la lluvia y el vendaval, enrojecida a Oriente por el vívido sol de cada mañana, maltratados frente y pecho por las balas que mellaron sus sillares, quebraron sus perfiles y borraron sus limpias aristas, pertenecen a tiempos más adelanta s.

Bien andaría la cronologia castellana entre los fines del siglo XIV y comienzos del xv y por los reyes de la dinastia de Trastamara, cuando terminó la obra. No era rica la comarca, ni sus magnates y corporaciones poseyeron nunca caudal bastante para emprender suntuosas edificaciones. Opulentos eran los principes y prelados de León y de Castilla, y sus fundaciones atestiguan las largas treguas que discordias y escaseces imponían el trabajo útil y pacifico, pero dispendioso, del escultor y el arquitecto; eran tiempos de grandes necesidades públicas; éranlo también de fe, y la fe inducía a menudo a comenzar empresas sin la cabal posesión de medios para terminarlas, y fiando siempre en lo eventual y probable.

Por eso se ayudaban y convenían para sus devotos fines todos los estados y jerarquías sociales, el clérigo y el burgués, el mercader y el artesano; los populares pedían de sus rentas al obispo, el obispo sus limosnas al pueblo; quien no podía aprontar maravedises, prestaba su persona para el trabajo corporal, y esta limosna del bracero, la más alta y sublime que la caridad inspira, engrandeciéndole a los propios y ajenos ojos, era pagada en gracias espirituales, indulgencias y sufragios que

Roma a veces, a veces el diocesano, publicaba y concedía a la fábrica y a sus partícipes gratuitos.

Conciertos parecidos solían hacer reyes y concejos, y por tal camino participó quizás en la fundación de la iglesia de Castro el santo rey Fernando, a quien la voz común atribuye la restauración y auge de las iglesias de Cantabria; y apoyan esa voz en algún modo ciertas partes de su arquitectura, la semejanza en traza y no pocos detalles, y la advocación común a Nuestra Señora del Tránsito, que liga a las tres iglesias de Castro, de Laredo y de Santander.

La que ahora visitamos tiene tres naves, sostenidas por columnas arrimadas a un pilarón poligonal; la planta de los sillares que forman el fuste de la columna es ésta: dos tercios forman el cilindro de la columna; el restante entra con talla diversa a hacer el macizo del pilarón central, cuya superficie asoma desahogadamente entre fuste y fuste; en los capiteles triunfa la hoja de yedra, colosal en proporción, pero fielmente copiada de la naturaleza en los detalles; las ojivas son anchas, y su arco, formado por cuatro boceles, con filetes interpuestos y un aristón achaflanado que adelgaza el perfil de la ojiva, aumenta su luz y realza su elegancia. Una gala tiene que no tienen sus compañeras: galerias fingidas en los machones de la nave mayor, que la visten y aligeran con sus columnas empotradas y trilóbeas ojivas.

El arqueólogo, a luz de su criterio, examinando cada detalle, define su procedencia, señala la era de su advenimiento a la vida del arte, el porqué de su empleo en la construcción, el oficio que desempeña en el monumento; pero el arqueólogo leva consigo el auxilio de su idioma y el archivo de su erudición, que le ayudan a establecer su opinión y a comunicarla con reciproco deleite a sus lectores.

Careciendo de ambas armas el curioso al pretender describir una construcción cualquiera, sólo consigue amontonar inarmó. nicas y extrañas voces que, aparte de no realizar su fin, lastiman el oído y ahuyentan el interés. La forma ojival tiene, sin embargo, tan cumplida elegancia, se asocia tan manifiestamente a nuestros instintos y tradicionales inclinaciones, que pocos detalles bastan a la imaginación para pintarse el edificio, comprender su armonía, la paz de sus ámbitos, y sentir la religiosa unción del templo, el áspero ceño de la fortaleza.

En la nave de la derecha, donde arranca la vuelta del ábside, se encuentra un arcosolio, adornado de tosca crestería; sobre la urna, en vez de estatua yacente, una plancha de bronce grabada muestra una figura de hombre en edad madura, largos barba y cabello, unidas ambas manos sobre el pecho en acto de orar, vestido de túnica y manto ricamente orlados, calzado de borceguí puntiagudo, sobre una figura de león y otra de hombre salvaje y velludo, que empuña un tronco.

Enciérrase la figura dentro de un gracioso cuerpo de arquitectura ojival, con varias figuras de apóstoles, que alternan con un blasón repetido y de atribución confusa, dominadas por la de un anciano con un niño en el regazo, puesta en el tímpano de la ojiva (1); alrededor, en hermosas letras de la llamada gótica del siglo xiv, esta inscripción: «4 Aquí yace Martín Ferrández de las Cortinas, que finó el primer día de Marzo; era de 1409 años. + Aquí yace Catalina López, su mujer; fino a ocho días de Mayo: era de 1411 años. + Aquí yacen sus fijos Lope Ferrández, Johan Ferrández, Diego Ferrández, a quien Dios perdone.»

(1) Después de visto el grabado que de la plancha de Castro publicó el Museo cspañol de antigüedades, en su tomo I, creo que no miré bien el original en mi visita a la interesante villa.

No hay en el vértice de la ojiva figura emblemática de anciano con niño en el regazo. Hay una figura de la Virgen con el niño Dios en brazos. Lo que pudo parecerme mechones de barba y pelo en torno de una cabeza varonil, son resplandores de gloria alrededor de un rostro de mujer. Que la figura es de la Madre de Dios, lo prueban los cuatro ángeles de los costados; dos, los más inmediatos, moviendo incensarios; los dos más apartados, tañendo instrumentos músicos.

Los seis apóstoles a los lados de la figura principal son: la pareja más alta, San Pedro, con llave; San Pablo, con espada; la que sigue, San Juan, con cáliz; Santiago, con concha de peregrino en la mano, la más baja, San Andrés, con aspa, y San Bartolomé, con cuchillo.

Los escudos no alternan con las figuras, están en los ángulos de la plancha las figuras a ambos lados de la principal desde el busto abajo en tres parejas.

De là consideración social del sujeto dan testimonio el lugar y la forma de su sepultura; de sus virtudes personales los símbolos agrupados a sus pies. Solía ser en memorias sepulcrales la figura del anciano con un niño en brazos representación mística del tránsito del alma cristiana y de su acogida en la mansión pacífica, en el seno de Abraham: así como el león representaba la vigilancia perenne, y el salvaje humillado bajo la planta humana, las pasiones carnales vencidas y sujetas; el dibujo es puro, la composición armoniosa y rica, y la plancha pudiera ser obra de artista alemán o flamenco, en cuyos países se usaban y era mayor el progreso de las artes (1).

Adoptaron los señores castellanos estas laudas metálicas para sus sepulturas; Haro trae en su Nobiliario las que poseía la familia de Pacheco (marqueses de Villena), en su célebre monasterio del Parral de Segovia, fundación de Enrique IV, principe; describe alguno de sus dibujos y copia sus inscripciones (?), y debieron ser de uso frecuente en el siglo XVI, cuando Cervantes hace decir en una de sus comedias a Pedro de Urdemalas, hablando de un alma en purgatorio:

Vila en una sepultura
cubierta con una plancha
de bronce, que es cosa dura.

Poníanse sobre el pavimento de las iglesias, lo cual hace dudar que la plancha de Castro ocupe el lugar para que fué destinada, y que el enterramiento que cubre corresponda a la inscripción (3).

Podemos salir de la iglesia por otra puerta que mira al Este,

(1) El docto P. Sigüenza, historiador de San Jerónimo, atribuía a mano italiana la lauda de bronce que el caballero Fernán Rodríguez Pecha, camarero del rey Don ilfonso XI, muerto en 1345, tenía en la capilla de San Salvador, en la parroquia de Santiago de la ciudad de Guadalajara, según refiere el jesuíta Pecha en su historia de esta ciudad; pero el carácter de la plancha de Castro no parece de la misma escuela.

(2) Cita el mismo Haro las de la familia de la Cueva (duques de Alburquer que) en San Francisco de Cuéllar.

(3) Está hoy en el Museo Nacional Arqueológico de Madrid.

puerta moderna, de fábrica lujosa, gusto dórico, columnas exentas y finos materiales; arco que dedica la misma iglesia a los evangélicos vencedores que, partiendo de su modesto coro, subieron a las más altas sillas de la eclesiástica jerarquía: entre los escudos y títulos de uno y otro reverendo prelado, deletrea alli el curioso los del insigne cardenal Lorenzana, que tan gloriosamente perpetuó en la metropolitana de Toledo, primada de las Españas, la tradición de los magnánimos Tenorios y Taveras.

Por este lado los muros viejos, modernos y restaurados, se atropellan y amontonan como en fortaleza batida y desmantelada por enemiga batería; una rampa lleva al faro, otra guía al castillo, otra al fantástico puente que pinta Castro en sus armas, tendido de peñón a peñón, bajo del cual se revuelcan pavorosamente las olas. La ermita, puesta sobre el alto escollo de Santa Ana, ya no es lugar santo, sino miradero, desde el cual la vista se esparce sobre la villa y su ensenada, sobre el mar y la costa. Aquí vendremos pronto a esperar la vuelta de las solas pacíficas escuadras que arma la villa contra la plateada sardina y el voraz bonito.

A espaldas de la iglesia, por cima de las tapias del cementerio, asoma el obelisco de un monumento erigido a la memoria del ardiente publicista Luis Artiñano por sus amigos y compatriotas. Temprana fué su muerte, prematuro el término de su carrera, consagrada toda a estudios fecundos, a empresas generosas. No tuvo espacio para ver los frutos de su abnegación y su entusiasmo, y gozarse en ellos; pero ino ha vivido bastante el hombre que logra no ser olvidado al siguiente día de expirar, y deja entre sus semejantes quienes cuiden de su gloria futura y de su recuerdo! ¿Es otra cosa la gloria que ser nombrado por los vivos, cuando ya no existe quien nos llore muertos? Quien mereció sepulcro a su patria, ése ha conseguido el precio más alto que puede tener la vida.

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