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vestido, recostado en uno de esos mecedores que inventó la molicie criolla y adoptaron los relajados usos europeos, haciendo humear un costoso tabaco, mirando relumbrar diamantes en sus dedos, oyendo sonar en su costado el recio balancin de un cronómetro inglés atado a larga y gruesa cadena que le cruza dobladas veces el pecho, siendo espectáculo, admiración y envidia de un grupo de rapazuelos que le miran asomados al pretil de la verja, tan pobres y sucios e ignorantes de toda holgura en vivir, de todo mimo de la suerte como el lo estuvo en iguales años, como lo está mientras le hacen olvidarse de ello sus fantasías.

El cura le visita, el alcalde le consulta, el pedáneo le halaga, la Guardia civil le saluda, el cartero le trae cada día un rimero de cartas y periódicos con sellos varios, sobres de mil colores y en lenguas diferentes. Se halla, finalmente, en situación de vivir a su antojo, de gastar sin medida, de «comer sin pedir ni esperarlo de mano ajena, que es pan de dolor, pan de sangre, aunque te lo dé tu padre», como desgarradamente dice Guzmán de Alfarache (1).

No sospecha lo penoso y largo de la jornada desde el deseo al goce. No imagina lo que hay de tristeza, miseria y padecer, apostado aguardándole en aquella tierra que él juzga de bienaventuranza, y es, al decir de Cervantes, «engaño común de muchos y remedio particular de pocos». No hay quien murmu

y re a su oído el melancólico vaticinio de Cacciaguida a Dante:

Tu proverai si come sá di sale
Lo pane altrui, e com'é duro calle
Lo scendere e l'salir per l'altrui scale,

y si lo hubiera, iqué pan puede parecer amargo, a quien ni amargo ni dulce lo tiene!

Y es voz común entre los versados en cosas de Indias que cuanto de más abajo trae sus principios, tanto mayor facili

(1) Parte primera, libro It, cap. II.

dad de medro encuentra el aventurero desembarcado en sus play as.

Hay sin duda que tomarse con la fortuna como con potro cerril y bravo, al cual se doma sin el regalo y ayuda de freno y estribo, de brida y espuela: en semejante escuela se crían los jinetes duros y desbravadores, no en la que halaga la humana flaqueza y cobardía con blanda silla y seguro rendaje. Sale de ésta el caballero gallardo, lucido a la vista, diestro en primores de paseo y aparato, pero no enseñado a sujetar y rendir la fie. ra desconocida que el azar le entrega, sin noticia de sus fuegos y su sangre, ni a vencer las duras e imprevistas ocasiones de la guerra y la cabalgada. Anda el uno expuesto a caidas y mortales lances, mientras el otro, superior al riesgo, lo desconoce o lo domina: en cambio trae a todos los usos y relaciones del vivir, no siempre con cristiana sazón y templanza, aquellas calidades ganadas en tal educación, y de las cuales no sabe despojarse ni puede embotarlas, vista serenada y fría, ánimo impasible, mano dura y sorda.

El ambiente moral de los pueblos se forma de efluvios exhialados por sus instituciones y costumbres, como la atmósfera física de elementos resultantes de la acción compleja e incesante de la naturaleza. La fuente que brota en la marina no tiene la frialdad y ligereza del manantial nacido en la montaña; el aire que en las vegas nutre la madera deleznable y blanca del chopo y del sauce, engendra en las alturas la incorruptible y roja del tejo y el alerce, y si no en la esencia varia en los accidentes el fruto de una misma planta cuando nació en parajes donde bastaron a su sed las lluvias del cielo, y cuando necesitó ser regada por mano del labrador. Vano es pedir al hombre nacido o criado en regiones pantanosas e insalubres sangre pura y pulmón robusto, y es error notorio exigir austeridades cenobíticas y socráticas rigideces, de espíritus formados entre el rudo batallar de sueltas pasiones y deslumbrados propósitos. La cultura europea, atraída por la prosperidad y la riqueza, y las vastas relaciones mercantiles, no bastan a limpiar el aire social de los nocivos fermentos que hacen germinar la esclavitud, la separación de razas, la consuetudinaria soberbia, el odio latente que una y otra causa engendran.

El cuchillo de la realidad inexorable hinca su punta en el pecho del pobre muchacho, y comienza a hacerse sentir cuando sobre el hervor gozoso que experimenta, cae y se lo apaga de pronto el llanto de su madre a la primera nueva de la resolución tomada; porque la pobre mujer recuerda por sus nombres y con personales pormenores a cada uno de tantos como partieron a embarcarse, y que de ellos sólo han vuelto a ver a aquel a quien su hijo mira como insuperable modelo de prosperidad y dicha; recuerda que, cuando volvió, no halló ya viva a su madre, y repara en que de las diarias visitas que hacen oscilar la campana colgada en el arco de la quinta, son las más numerosas las del médico; y si su hijo sólo ve al indiano el día templado y suave en que se solaza y esponja al aire libre, ella cuenta los infinitos en que no se abren las vidrieras, y en que los criados dicen que su señor yace en cama o porque llueve, o porque pica el sol, o porque la estación es cruda, o porque amaga cambio de tiempo.

Y el cuchillo va penetrando poco a poco hacia el corazón, cuando oye que se habla de vender la vaca, o de enajenar una prenda, la de más valor que haya en casa, o de tomar dinero sobre la tierra escasa de suyo, y ya esquilmada quizás por el usurero, para mercarle su arca, su equipo, de modo que no se presente de traza que parezca que va a pordiosear, y le quede algún peso para el bolsillo, peso que en ocasiones, conservado como recuerdo y talismán y principio del trabajo bendito por las lágrimas y privaciones de la familia, ha sido origen y núcleo de la fortuna lenta y laboriosamente acumulada.

Luego se hace un voto a Nuestra Señora de la Bien-Aparecida, y aquel día es todavía día de fiesta para el muchacho, que corre por las veredas con sus hermanos y camaradas, se revuelca en los prados y trepa a los robles de las cercanías del devoto santuario.

Luego viene el día de la marcha al puerto y las despedidas, que no hay para qué pintar, pues son harto sabidos sus deta

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lles. Luego llega el de esperar el embarque en el mue lle de Santander, al caer de una tarde de otoño, quizás lluviosa, de fijo triste, sentado sobre el arca roja y el colchón para a bordo que suman su fortuna y buena parte de la fortuna paterna, metidas las manos en los bolsillos, encorvado, silencioso, sintiendo más frío ahora que está calzado, y trae gorra, y vestido completo, y la estación es templada, que cuando con los pies y el cabello al aire, mal cubierto con una camisa haraposa y un calzón deforme, en lo rigoroso del invierno y en lo áspero del sel, silbaba a las cabras del pueblo y las reunía a pedradas y garrotazos para traerlas a recoger.

No se ha descuidado en preguntar a su padre hacia dónde cae el pueblo, y busca entre las cimas diversas más apartadas o más próximas, cuál por su forma y perfil le parece el monte, y desde la cumbre, donde tiene fijos los ojos, baja su pensamiento el monte abajo, y asiste a cuanto pasa a semejante hora en el lugar; ve rezar a su madre, salir de la escuela a sus amigos, retozar el rebaño en los argomales, y los ojos se le arrasan; oye llorar a sus hermanos pequeñuelos, ladrar al perro favorito, tocar la oración; mira pasearse por el camino real al cura y al indiano, y vuelve a sentir confianza y fortaleza, imaginando de nuevo que todo está hecho: pasadas las amarguras, vencidos los obstáculos, y que el indiano a quien el cura no tutea y el maestro acata, es él mismo, señor ya de casa y de caudal. Y torna a aparecérsele la visión tentadora e irresistible, colmada de atractivos, limpia de las tristes compensaciones que su madre veía, y de otras que a su madre se le ocultaban; no ve, imposible que lo viera, no ve que llegado a tan excelso apogeo de fortuna, ha de echar menos los pocos años, la robusta fibra y cálida y pura sangre de que ahora goza; no ve una sola de las inquietudes que a la fortuna acompañan, ni oye el triste e importuno son de los pedigüeños y quejosos que han de rodearle. Porque es de ley que el indiano, si sudó, si padeció solo y sin amparo de nadie para juntar su fortuna, ésta pertenece a su familia; y familia de indiano, y de indiano rico, crece y se dilata fuera de toda proporción; los vecinos resultan trar luego el paraje de su salvamento les sirvió el grito de su ansia y de su alegría. Y Salve se llama al cabo de largas edades el arenal todavía.

En tanto en la opuesta orilla tomaban tierra marineros y soldados; fatigados de larga navegación, en cuyos azares habían temido perecer, perdida toda esperanza de éxito y de fortuna, sintiéronse movidos del religioso fervor que en todo corazón enciende un riesgo desvanecido, una esperanza nueva, y saludaron la costa hospitalaria con devota invocación a la Virgen, y a los bienaventurados cuya tutela reconocían, y a cuantas sagradas memorias ¡sancta omnia! eran base y alimento de su fe reciente, juvenil y robusta (1).

Eran los navegantes de la gente goda establecida en las distintas costas de Escandinavia; venían en auxilio de su raza, cuya raíz a duras penas agarraba en el suelo español, sacudida por guerras y discordias, y remontando el río, mientras lo consentían la altura de las aguas, desembarcaron dispuestos a subir los valles de Ruesga, Mena y de Carranza, para llegar a Castilla. El alto de Seña, encima de Colindres, conserva memoria del primer campamento de la hueste, y sitio donde plantó su tienda y su bandera el caudillo que la guiaba, así como muy lejos ya, en los confines castellanos, el paso de Lanzas agudas recuerda la cercanía de países enemigos o sospechosos, y la necesaria cautela de prevenir armas y acicalar su filo mellado en los primeros combates.

En tanto, el jefe del bajel piloto, se detenía en la orilla izquierda del Ason, para fundar un solar, estirpe de linaje destinado a ser uno de los primeros y más ilustres de la monarquía castellana (?). Cerca del pueblo de Carasa permanece aún la casa de Velasco, con el nombre del oficio que su fundador tenía a bordo de la flota goda (velasco, hombre del haron o faro); de aquel origen primero, trocado el nombre común en apellido,

a

(1) Yepes cita una escritura de Santa María la Real de Naxera del siglo ix (año 863), según la cual ya era antigua en dicha fecha la advocación de Santa María de Puerto en un monasterio de Santoña. (2) Lope García de Salazar.---Libro de las bienandanzas y fortunas, lib. XIII.

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