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en los hermosos días de Septiembre, los contornos se pueblan de peregrinos y romeros, que vienen a implorar favores o a agradecer los recibidos.

Una ermita de San Marcos existía en el mismo lugar cuando apareció la imagen de la Virgen que hoy se venera. En los primeros años del siglo XVII (1605), ocurrió el suceso: a fines del mismo un rayo desbarató el santuario erigido por la devoción; en la inmediata centuria se pusieron manos a su reedificación, completada en 1739. En los principios y fundamentos de ésta, como en los de toda fábrica piadosa, hace señalado papel un hombre de rara constancia y singular desprendimiento; un hombre que sufre pacientemente proceso y cárcel, porque sus bienes no alcanzaban a suplir la garantía de los caudales tomados en anticipo para la obra; que pasa una y otra vez la mar, y acepta en tierra de Indias el penoso oficio de mendigar, de estrellarse contra la común indiferencia, contra el desvío y la desconfianza; de sufrir probablemente escarnios y palabras duras, nunca escasas para quien se da a granjear dineros destinados a fábricas devotas (1).

Más apartado y breñoso está el barrio de Bosquemado. En él o en sus cercanías hubo una fortaleza (San Mateo) donde, según la vieja crónica de su nombre, vino a criarse uno de los mayores héroes de Castilla, el valeroso conde Fernán González. Entregáronselo sus padres a don Martín González, caballero anciano, solariego probablemente de esta tierra, por más que la crónica le nombre únicamente con su patronímico у

sin el apellido del solar. Cuidole con celo y con fortuna, si a tan tempranos principios debió el fortísimo soldado algo de las virtudes que ennoblecieron su gloriosa vida; y ya criado, vinieron a Marrón los caballeros y ricos-hombres de Castilla a recogerlo y llevárselo a sus padres, que residían en Burgos.

(1) Era de Laredo, de familia hidalga; llamóse don José del Palacio, y murió en el Perú, mientras proseguía su tenaz y victoriosa empresa. - Historia de la sagrada imagen de Nuestra Señora Bien-Aparecida, escrita por el M. R. P. Josef de León, Lector jubilado en Sagrada Teología y Calificador del Santo Oficio, etc., etc. -En Madrid por don Antonio de Sancha, 1777.

«Ovieron su consejo-dice la crónica de Arlanza en el tercer »capítulo de su libro tercero-los ricos hombres

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cavalleros » de castilla de alçar por conde y su señor a don fernan gonça» lez | fijo tercero del muy illustre cavallero conde don gonçalo »nuñes et de doña ximena fernandes munia donna fija de nuño »fernandez | fijo del rey don hordoño el primero y hermano del » rey don alfonso el magno et de don vermudo y de don fruela » infantes. Despues de haber sido su padre don gonçalo nuñes »e sus fijos y hermanos de este conde mayores fallescidos et »con acuerdo de otro su hermano deste conde fernan gonçales »llamado don g.° telis y su muger doña flamula et su fijo don »ramiro fueron todos los condes y cavalleros de castilla por » este conde fernan gonçales à la montaña | el qual asi por las »grandes guerras y conquystas que los cristianos con los mo»ros avian como porque la gente era muy esforçada y leal y de » muy alta sangre et comunmente dada mas a virtud y pre»ciarse mas del vien que nynguna otra gente de españa | el »conde don gonçalo nuñes dioles y entergoles a este su fijo

y »fernan gonçales para que le creasen y guardasen y serbiesen » como a su persona mesma | Et los montañeses mucho mejor »lo fasian cada dia ca mucho les agradava el donayre y gesto »y fermosura de este nyño ferran gonçales et parescia en »todo un espejo lleno de honestidad | E todos los cavalleros

. »unanymes fueron cerca del lugar de s. mateo en la montaña »a do fuera criado y dado a criar a un cavallero ya anciano » bueno y de muy esclarecido linaje por nombre don martin >gonçales muy sesudo que ya por la gran antiguydad no podia »usar de pleyto de armas de cuyo linaje venieron unos que »despues fueron nombrados los serranos | por ellos aver gana»do un castillo muy fuerte halla cabo la tierra de viscaya pues»to en una alta sierra | do fueron dichos serranos , y despues »fue mudado su nombre mudando ellos su avitacion desam»parando el tal castillo que de los infieles avian ganado | y »fueron renombrados los salasares que hoy en día son en es»paña | et como este martin gonçales era de muy buenas ma»ñas ensenaba al conde todas las buenas costumbres et aque»llo que le complia facer para tal hombre como el era y el es»tado en que avia de ser I et el nyño como venia de buena se» myente hasia y alabança de Dios acrescentaba fruto ciento »al doble | tanto que muchas veces desia aql. cavallero martin »gonçales a los otros cavalleros y condes de castilla | que si >aqueste nyño visquya que avia de ser lus y espejo de espa»ña / segun lo que avnque pequeño en él parescia | e venieron »todos ally a marron (1) y traxieronle a vurgos I y enviaron »sus cartas a toda castilla | que asi condes como cavalleros y »ricos hombres y los procuradores y retores de qualquier lugar »yiniesen todos a vurgos dentro de ocho días por prober en » aquello que era de necesidad» (2).

Por tardos y lentos que los ojos y el pensamiento sean, son harto más veloces que el más ligero pie. Mientras aquellos cruzaban el río metiéndose por sierras y boscajes, éste, forzado a seguir la carretera, no pasó de Ampuero.

¡Qué de tiempo hace que yo pasé por Ampuero al caer de una tarde de verano! Me acuerdo del sosegado ambiente que se respiraba, de la luz mortecina del cielo, de los diáfanos vellones que se agarraban a los montes circunvecinos, de la fisonomía callada y pacífica del lugar, donde no sobresalía otro ruido desapacible y agrio, más que el repetido martillar de un mozo de herrador, que caballero en su banco enderezaba clavos encima de la bigornia. Los vecinos se agrupaban para la tertulia del anochecer, y las mozas salían a la fuente por el

(1) Está enmendado de letra posterior y escrito San Matheo, pero se percibe el texto primitivo, y es fácii restablecerle como queda hecho.

(2) En la citada Historia de Nuestra Señora de la Bien-Aparecida, se inserta, testimoniado por tres notarios, un texto tomado de esta crónica Arlancina, dirigido a probar la crianza y residencia del conde castellano en estos parajes.Escribió esta crónica el reverendo Fr. Gonzalo de Arredondo y Alvarado, último de los abades perpetuos de aquel monasterio. De éste procede el manuscrito existente en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia, según manifiestan ciertas acotaciones y notas añadidas en su portada, fechas en Arlanza. Fártanle las últimas hojas, está suplido e interpolado por manos diferentes; mas el capítulo pertinente a nuestro objeto es de la letra primitiva (fines del siglo xv y principios del xvi). Su texto difiere bastante del reproducido por la Historia de la Bien-Aparecida, como pueden ver, haciendo la confrontación, los lectores.

agua del chocolate algunas, por el agua de la cena las más.

Sin embargo, este lugar tranquilo, esta villa mansa y silenciosa, dió cuna y principio en tiempos desconocidos a los dos terribles bandos que por espacio de siglos ensangrentaron y mantuvieron dividida y en armas la tierra de Peñas-al-mar, entre el Pas y el Agüera. Origináronse de odios entre dos familias poderosas por el número y la energía de sus parientes, cuyos apellidos sirvieron para designarlos, llamándose Giles y Negretes. Cuando aparecen sus proezas en los anales escritos, ambos apellidos han desaparecido y no suenan entre los resueltos mantenedores y capitanes de los bandos, que se llaman entonces Agüeros y Alvarados; pero la bandería conserva su título, y lo conserva, como adelante veremos, hasta los tiem

y pos de la dominación austriaca, hasta más de mediado el siglo Xvi, época en que no consintiendo la mejor policía del Estado y el progreso de las costumbres campañas particulares a campo raso y por armas, continuaban su rivalidad ambas facciones, disputándose en las villas y lugares el prestigio de la autoridad moral y las varas del regimiento.

La dureza de alma de aquellas generaciones asombra. Convierte la historia de la comarca en una serie de violencias sin cuento, celadas, asaltos, desafíos y batallas campales en que lo más florido y brioso de su juventud perece. Los linajes se arman haciendo leva de vasallos, se arriman a un bando o se apartan de él a impulso de la ciega pasión de un momento; hoy acompañan a los Giles, mañana riñen contra ellos en la hueste de los Negretes; sin previa declaración de guerra se encuentran en un camino dos cabalgadas de bandera contraria, y tra. ban batalla para satisfacción insana de su odio, por hambre de reñir, y riñen hasta retirarse cansados, «fartos de pelea», que dice Lope Garcia, sin haber vencedores ni vencidos.

Y en esta pavorosa guerra de vecino a vecino, despliegan asombrosas cualidades de astucia y de valor. El ofensor de un hidalgo no tiene en semejantes tiempos lugar seguro; la ira no se cansa de espiar, aguarda la ocasión, y usa de ella sin duelo y con presteza; el hogar es a veces campo de batalla, el tálamo patibulo de afrentosas mutilaciones; el ofendido, acompañado o solo, según cuadra mejor a la seguridad de su venganza, acecha en todas partes, en el camino de una romería, en las puertas de un monasterio, al pasar del vado, en la espesura del monte, a sombra de una tapia, en las tinieblas, al medio día, al yantar, al dormir, al armarse, al cabalgar, al pararse arredrado por un rumor extraño, al arremeter para salvar la trocha o el desfiladero.

La tierra les ayuda: sombría, quebrada, rica en hoces y angosturas propicias a la emboscada, rica en saltos de agua cuyo estruendo ahoga y sume el grito de la víctima, en remansos profundos que guardan irrevocablemente su cadáver, en altu. ras donde apostar un centinela, en troncos donde poner una señal, en grutas donde esconder un aviso.

Y si antes de la ocasión, la suerte pone al alcance de su brazo un deudo, padre, hijo o hermano de su enemigo, no vacila en herir. Y según le cuadra mejor usa de sus armas, de la lanza con que pelea a caballo, de la espada que esgrime a pie, del puñal con que se autoriza en estrados y ceremonias, del canivete con que desuella el gamo en el monte, y parte el pernil del jabalí sobre su mesa. De esta manera se perpetúa y eterniza la deuda de sangre entre las familias; el duelo constante entre razas que las cercena y extermina a veces; duelo no exento de cierta altiva generosidad, porque en él se disputa la vida, la vida sola, no los bienes, no el caudal, no la autoridad ni el puesto.

Mal sueño dormirían las damas montañesas; mal reposo tendrían cuando, ausente del solar su esposo o hijo, padre o hermano, no podían fiar la seguridad de su regreso ni en el valor personal, ni en la compañía armada, ni aun en la circunstancia rara de permanecer extraño a discordias y bandos; porque ¿quién estaba exento de asechanza y golpe, por pariente, o amigo, o allegado de cualquiera de los metidos en aquel permanente batallar?

El claro de luna que puestas en el alféizar de su ventana les sonreía, tal vez alumbraba el tiro certero de una ballesta ases

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