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LAREDO

I

ANTAÑO.-MEMORIAS IMPERIALES.---LA REINA LOCA

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UNQUE el mío es de los Cachopines de La

redo, no le esare yo poner con el del Toboso de la Mancha», dice Vivaldo a Don Quijote, encareciendo su propio linaje, y encareciendo más el de Dulcinea con no atreverse a establecer comparación entre ambos. Sin duda, Vivaldo, que era agudo, participaba de la doctrina del ca

ballero sobre la odiosidad de toda comparación de linaje a linaje, o de ingenio a ingenio; pero sobre agudo era cortés, y se complacía en lisonjear la manía de su interlocutor, cuya dolencia de meollo había penetrado.

Fuera cierto el dicho, fuera supuesto con propósito de halagar a Don Quijote, prueba la opinión de que esta tierra gozaba en punto a cosas de alcuña y abolengo. Y no cabe pensar que el caminante hablase en son de burla, pues si lego en as humanas el sencillo y valeroso hidalgo, podía tomar como lumbreras y pozos de sabiduría a doctores graduados por Osuna o por Sigüenza, no era fácil engañarle tratándose de genealogias y prosapias, en cuyo conocimiento era consumado y había gastado inocentemente su tiempo, su caudal y su razón.

Es que en los días en que Don Quijote extendía el glorioso ruido de sus aventuras por los cuatro rumbos del horizonte español, Laredo era cabeza de este territorio de la montaña, como lo fué hasta siglos después mientras se llamó el territorio Bastón de Laredo, porque en la villa residía la autoridad superior que lo gobernaba, como lo ha sido parcialmente hasta nuestros días, dando su nombre al regimiento de milicias con que la provincia servía al rey.

Además, en el siglo XVI, era Laredo, como lo había sido en el siglo anterior, puerto militar de Castilla y puerto de embarque de sus reyes y principes, y eran familiares a la corte y a los cortesanos, a jefes y oficiales de los ejércitos de mar y tierra, tanto como la situación y medios de la villa, el genio y condición social de sus moradores.

Caída está Laredo desde los días en que los españoles insignes de nuestra grande Era, probaban embarcándose en sus aguas si su robusta cabeza resistía los vaivenes y tumbos de la mar, como había resistido los embates de la vida, la política y la guerra, capitanes de la vega de Granada, legisladores de Toro y de Segovia, primero, y más adelante soldados de Italia y Flandes, procuradores y magistrados de Valladolid y Burgos, prelados de Toledo y Sevilla, doctores de Alcalá y Salamanca, la gloria y el saber, el esfuerzo y la inteligencia, la gala y cortejo de sus monarcas poderosos.

Caída está Laredo, porque su antiguo a uxiliar y amigo, el que la traía naves y viajeros, mercancías y caudales, el mar, la desdeña y la abandona y se convierte en su enemigo; porque no solamente no quiere ya arrimar a sus desmoronados muelles flotas de Indias o de Levante, sino que amaga estrellar contra sus escombros la pobre y atrevida lancha con que Laredo persigue al mar y le arranca precaria fortuna en vez de la fortuna desahogada que él pudiera traerle.

Desde la cumbre donde llegábamos, y desde la cual ha corrido la imaginación aventurera hasta los frescos valles de Soba y Ruesga, se domina la villa. Sus hondas calles, que trepan el cerro del Rastrillar arriba, parecen surcos abiertos en un pedregal por yunta torpemente guiada; otras, a manera de cauces agotados, bajan retorciéndose hacia la marina.

Como reliquias de buque derrotado y náufrago, yacen mal sepultados en las arenas, los muelles hollados por el gran Carlos V, y el sol enjuga y deja en playaz o los fondos en que aferró sus áncoras la animosa escuadra de las Cuatro Villas (1).

(1) Esta denominación especial tomaron las fuerzas con que las cuatro vi. llas de la costa, San Vicente, Santander, Laredo y Castro, sirvieron al rey por cinco años en los de 1619 a 1624. Era capitana el galeón Nuestra Señora del Buen Suceso, y lo mandaba el asturiano Juan Barbón, natural de Cudillero, de inte resante historia. En 1597 servía de artillero a bordo de un galeoncete, y en 1636 moría en Cádiz al cabo de cuarenta años de servicio, de combates, heridas y na. vegaciones, recorridos noble y fatigosamente todos los cargos de la Armada, hasta el de capitán de mar y guerra, con la alta reputación de soldado y marinero, que prueban sus títulos y patentes, y la estimación que se echa de ver en su correspondencia con los ilustres marinos de la época, Oquendo, Toledo, Faxardo, Ibarra, etc. Vivió en Santander, donde era hacendada su esposa doña Teresa de Cossío y Mogrovejo, y donde cumplidamente desempeñó varias comisiones reales de armamento y apresto de navíos. De «valiente y onrado soldado, tenido y estimado por muy grande marinero» le califica el general don Carlos de Ibarra en una certificación expedida en Cádiz a 28 de Junio de 1618... «Conviene nombrar persona que vaya haciendo oficio de Almirante, que sea del valor y experiencia que se requiere en las cosas de la mar, concurriendo éstas y otras buenas partes en vos...», dice el nombramiento que le expide el general don Fadrique de Toledo en Cádiz a 5 de Julio de 1620, y pone a su cargo con aquel título cuatro navíos de la escuadra de don José de Mena.-«Yo creo que V. m. acertará en todo, porque los que se excusan de gobernar, suelen ser los » que gobiernan mejors, le escribe desde el mismo puerto, a los 20 de Julio de 1626, el citado jefe, recomendándole la instrucción y disciplina de sus tropas y marinería.

Habíase señalado y sido herido en un combate, con los holandeses, en Gibraltar en 1606; en 1609, en el ataque dado a los piratas berberiscos dentro de la bahia de Túnez por el almirante don Luis Faxardo, con la escuadra española del Océano, arrimándose a la goleta con una canoa, San Juan Bautista, que mandaba, y maltratando a los artilleros africanos con su mosquetería. En 1615, en le empresa de la Mamora; en 1625, en el sitio y restauración de la ciudad de

En dos zig-zags se descuelga el camino desde la altura y penetra en la villa. Detiénese el coche no lejos de la casa comunal, maciza fábrica levantada sobre toscos pilares; y mientras al otro lado de una empañada vidriera, dentro de un aposento ahumado y bajo, sus compañeros se sientan a una mesa fementida y mal compuesta y peor condimentada, tiene lugar el curioso para visitar y correr la población y el puerto.

La iglesia de Santa María de la Asunción, donde subió a orar el emperador, desembarcado de su navegación postrera, guarece su ingreso lateral bajo un pórtico del renacimiento, levantado en aquellos mismos días como palio de piedra desplegado al umbral del templo, sobre la áurea diadema, tan grave en peso, tan subida en ley, tan briosamente llevada y tan noblemente depuesta.

Fué la primera iglesia española que pisaba después de apercibido su ánimo al sacrificio de las grandezas humanas; afinojado bajo aquellas anchas ojivas del siglo XIII, meditaba en el acto de desprendimiento, no imitado todavía por alguno de los dominadores de la tierra, y que le sublimaba sobre cuantos le antecedieron en el gobierno de pueblos; «pues quien llegó al superior grado entre los hombres», dice Saavedra Faxardo, «solamente humillándose puede crecer»,

Limpias y aseadas las usadas losas del piso, bruñida del roce y del tiempo la madera de sus bancos, y abiertas de par en par las anchas hojas de su puerta, parecían aguardar el cortejo de alguna solemnidad piadosa o regia entrada; mas nadie penetró en el recinto; el sol únicamente entraba a pintar sobre el pavimento sus círculos luminosos, que ganaban lentamente

San Salvador en el Brasil. --Consta todo de documentos originales que tengo a la vista.

En 1628 se halla un licenciado Andrés de Miera, capellán mayor de la Escuadra de las cuatro Villas, testigo en una información judicial. Méritos y servicios de la casa de Barreda Yedra. Papeles originales en la casa de Rábago (Casar de Periedo). En 1638 vimos que murió en el combate de Guetaria, don Juan Bravo de Hoyos, con título de General de la escuadra de las Cuatro Villas.

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