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L.

A MI PADRE

Corona senum filii filiorum; et gloria filiorum patres eorum.

PROVERB.-Cap. xvII.-V. 6.

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ENTIR, pensar y saber, son los tres orígenes

de un libro; o brota del corazón, o nace del entendimiento, o se engendra en la memoria, lenta y sagaz ordenadora del caudal adquirido. Hijo del sentimiento, el libro habla a imaginaciones adolescentes o femeninas; no les sugiere textos ni citas, pero las penetra, filtra en ellas y tiñe,

informa o modela cuanto en ellas se elabora: hijo del discurso, habla a la razón madura y sosegada, la fortalece o la enerva, la despierta o la aletarga, excita la contradicción, enciende la controversia, robustece ideas flojas o hace enflaquecer las más arraigadas: hijo de acendiada ciencia, alimenta el espíritu, aclara los ojos, despeja y dilata los horizontes antiguos, abre otros nuevos, afirma el paso para recorrerlos y registrarlos.

Facultades todas tres de un espiritu único y cabal, formas de und sota saostancia, manifestaciones de una misma esencia, sensibilidad, entendimiento y memoria no andan tan desviadas entre si, ni obran con tan perfecta exclusión e independencia, que en el ejercicio de cualquiera de ellas deje de clarearse y transcender la acción propicia y auxiliadora de las otras sus hermanas. Pero en casos nace el libro para hablar al ánimo de compleja y varia muchedumbre: necesita tentar las modulaciones diversas de la fibra humana, espiar sus momentos; dar a la vez pasto a la razón indagadora y fría; satisfacer el apetito, tan parecido a la avaricia, del curioso de toda erudición, y no desengañar a ninguno de tantos corazones como buscan más ancha vida en la de otros corazones, no contentos con la porción y medida que les cupo en suerte, y tiene ocasión la inteligencia de no dejar en huelga medio alguno más de concertar su empleo con la frecuencia, el pulso y la extensión posibles.

De estos asuntos vastos que piden al escritor su alma entera, que asi le toman sus largas meditaciones en horas de recogimiento o en horas de hastío, como la cosecha mal cribada y hecha penosamente en los secos papeles de la biblioteca, como sus latidos intimos y sus imaginarios vuelos por el libre y diáfano ambiente de la fantasia, es la descripción de una comarca.

No queda descrita una comarca cuando se han recopilado laboriosamente las efemérides y aspeclos de su suelo, sus fastos y memorias, los acontecimientos de su historia, sus apariencias y eclipses en las evoluciones famosas de la sociedad o del mundo, los nombres de sus hijos claros, la serie de sus padecimientos y sus triunfos; centón acumulado por la erudición y la paciencia, filiación a lo sumo, pero no retrato. El retrato, para serlo acabado, ha de hablar a quien lo mira, no con la excusada voz de su garganta muda; con la voz no menos clara y expresiva, más sincera, por cierto, de sus facciones y su gesto; con la voz de sus canas que proclaman su edad, con la de su tez que denuncia la profesión o la raza, con la de su frente despoblada que cuenta los estudios o los extravios, con la de sus ojos que declaran acaso lo que el alma calla, acaso lo que el alma dice, pero sin acaso, y con plena certidumbre, lo que el alma siente, lo

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