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Así le vió llegar con alegría, asi hubieron ambos larga y sazonada plática, que despejó el semblante cesáreo y ahuyentó sus nubes, y ya el emperador no se quejó de las molestias del mal y del camino. Quixada estaba cerca, oía las quejas y las consolaba, o ya ofreciendo y procurando el remedio, o ya encareciéndolas, que es uno de los medios humanos de aliviar el padecer donde no alcanza otro.

Martes 6 de Octubre, después de comer, que esto no lo descuidaba el augusto monarca, con frecuente dolor de su fiel amigo, a quien no se ocultaba que el buen apetito del emperador favorecía su dolencia, pusiéronse en camino para Castilla, siguiendo el valle del Ason, subiendo los puertos por Agüera y dirigiéndose desde Medina de Pomar a Burgos.

Otra princesa española, hija también de los Reyes Católicos, y no menos desgraciada que su hermana y madre de Carlos V, habíase hallado en Laredo por el mes de Septiembre de 1501: la infanta Catalina, llamada Catalina de Aragón por los ingleses, de cuyo célebre rey Enrique VIII fué esposa.

Habíase embarcado en la Coruña, en estación tan poco sospechosa como el mes de Agosto para rendir su viaje; y el mar, como tin lebrel fiel e inteligente que adivinando instintivamente la cercanía de un riesgo, sale al encuentro de su dueño, y con halagos primero y con violencias después, le defiende el paso, el mar, hinchando sus olas y llamando de sus abismos boreales a los contrarios vientos, atajó el rumbo de la escuadra. Anclaron en Laredo, de donde hicieron runibo de nuevo a 27 de Septiembre (1).

Nadie evita su destino, y era el de la infortunada princesa partir el lecho de aquel redomado hereje e insaciable sátiro, sufrir la afrenta del repudio, verse sucedida por una de sus damas, la no inenos infortunada Ana de Boleyn o Ana Bolena, que dicen nuestros historiadores, y dar asunto a que el gran Shakespeare pusiera con justicia en sus labios estas palabras: Thinking that we are a queen (or long have dreamed so),

(1) Galíndez de Carvajal, año 1501.

«Pensaba ser reina, al menos largo tiempo lo he soñado.»

Y el año de 1559, y en el mismo mes de Septiembre, que parece el señalado para las regias navegaciones, estaba en Laredo Felipe II, y desde allí escribía al cardenal Mendoza, obispo de Burgos, agradeciéndole su voluntad en ir a esperar a la raya de Francia para acompañar en su viaje a doña Isabel de Valois, destinada a esposa del monarca (1). Y también hubo tormenta y perecieron gentes y naves y objetos preciosos de arte que la escuadra traía.

Tan desiertas como debieron quedar a la salida del imperial cortejo, encontraba yo tres siglos después las calles de Laredo. En una de ellas, de San Martín creo que se llama, hay un palacio de parda sillería, ancho alero y esculpidos canecillos: el escudo puesto entre sus dos balcones estaba cubierto de estameña negra--y como nadie pasaba tuve espacio largo de meditar sobre lo que la estameña significaba-, e imaginé toda especie de historias antes de dar con la verdadera; porque a pesar de haber oído una y otra vez que las armas vestían luto, como lo viste la bandera, este uso antiguo, esta reliquia de remoto simbolismo y fe remota, juraba tan de recio con las costumbres presentes, parecíame tan ocasionada al olvido de nuestra edad tibia, al sarcasmo de nuestro siglo iconoclasta, que dudaba de su subsistencia como no fuera allá lejos de poblado, al amparo de la soledad, y del desierto, donde se acoge toda religión y todo culto, cuando nace y no tiene todavía fuerza bastante para resistir el ambiente duro de la vida común, y cuando va a morir y le faltan ya las fuerzas para soportar la energía de ese mismo ambiente.

Pero el luto, puesto en armas o en personas, en criatura viva o en piedra yerta, es aviso de la muerte, es testimonio de padecimiento y llanto, de vacio en el alma, de ruina y disper. sión, de cuantas aflicciones pueden invadir el misero ser hu

(1) Documentos inéditos para la Historia de España: tom. III, pág. 422.Por causas diversas se dilató la venida de la Princesa, que entró en España hasta principios de 1560, en que se verificaron las bodas,

mano y someterle al martirio del dolor inconsolable; por eso humaniza todo cuanto viste, y al liumanizarlo lo hace objeto de interés antes no sospechado. Si antes esas piedras esculpidas inspiraban desdén, al hallarlas en lo sucesivo ese desdén será templado por la idea de que alguna vez pueden encontrarse esas alegorías mudas, obscuras e indescifrables, cubiertas por la fúnebre alegoría del sepulcro, tan clara, tan permanente, tan fácil de comprender, tan difícil de desdeñar.

Yo no recuerdo qué fiesta celebraba Laredo; su orquesta popular, el tamborilero, batía el parche y soplaba el pito con bruscas y marcadas transiciones de lo fuerte a lo suave, de lo vivo a lo lento; y sin hacerle caso al parecer, pero atraídos indudablemente por su música, llenaban la plaza consistorial sus pobladores.

Las lanchas dormían; dormían en la bajamar de su cegada dársena.

El alto peñón que defiende de las mares del Norte el menguado fondeadero, ha sido taladrado, y bajo las baterías que le coronan pasa un doble carril a deseinbocar en la bravía costa, allí ha necesitado Laredo salir a edificar un puerto de refugio, para sus lanchas acosadas por el Noroeste, el tirano y el verdugo de estos mares. El Noroeste, de siniestro alarido, desigual y alevoso, toma la vela, en cuanto terminada su faena pescadora, o advertida por las amenazas del sombrío horizonte, la lancha vira y se pone en demanda de la costa; y abatiéndola constantemente, ayudado por la mar que se encrespa y rompe y sacude la navecilla, y no la consiente ceñir su orza: ni enmendar su rumbo, la niega el puerto y su gola barreada por la creciente arena, y la trae a perecer sobre las erizadas rocas. Ya sin tentar el seguro riesgo de la difícil entrada, los pescadores laredanos hallarán dónde guarecerse del temporal, y tendrán un muro que poner entre el pavoroso furor de los mares y el trabajado casco de sus lanchas.

Desde aquel peñón se espaciaba la vista, arrullada por ese crudo y áspero quejido del agua entre las piedras, cuando sopla la brisa veraniega de Nordeste.

Enfrente, y cortando la línea azul del mar, como uno de esos colosos pintorescos con que el capricho de la naturaleza anima y acentúa el paisaje, surge el monte de Santoña, inmensa roca desigual y gibada, verde promontorio levantado sobre cimiento de rocas, rocas negras donde las roe el mar, rocas blancas donde las hace ceniza el sol. En uno de aquellos escollos siniestros convirtió la fábula a Eritrea, sibila o profetisa, deidad del mundo pagano, o más bien encarnación del numen, jerarquía intermedia entre el olimpo y la tierra, mente de Jove, frase de Apolo, voz febril y trémula de mujer enervada por la abstinencia, el incienso y los ritos.

Ya se habían diseminado por el orbe aquellas creaciones del Oriente religioso, buscando acaso más propicia atmósfera, más fecundo suelo, porque ya el suelo y el aire nativos los desconocían y arrojaban de sí, cuando de pronto, y en medio del Oriente descreído y gastado, sonó la palabra regeneradora y nueva, el grito de la humanidad despierta de su letargo, levantada de su postración, resucitada de su tibieza, dueña de una revelación inesperada, consoladora, que establecía la eterna vida del espíritu, el premio inmortal de las virtudes, la santidad del sacrificio, la ley del amor universal.

A esa voz que oyeron y cuyo poder inmenso penetraron las más altas inteligencias de la sociedad antigua, la vieja teogonía quedó dislacerada y yerta; apagóse la falsa voz que animaba sus mitos; y abismáronse en las aguas, trocáronse en piedras, deshiciéronse en flúido impalpable, resolviéronse en vaga alegoría, en indeciso recuerdo, en sombra, en rumor. Quedó de ellos la forma insensible, el nombre armonioso. Andando siglos, esa forma sola con su belleza singular, ese nombre solo con su música dulcísima han de cobrar de nuevo figurada vida, la que baste a seducir el oído, a prendar el pensamiento humano; pero ya el corazón de la humanidad, el centro sensible, nido y fuente de la pasión, ara del fuego inextinguible, les está irrevocablemente cerrado.

Lentamente va Santoña completando el sistema de fortificación que le da nombradía; cada día añade una piedra a su corona mural, y es voz común que se camina a hacerla inexpugnable. Lo expugnable o inexpugnable de una plaza son los pechos de sus defensores.

Hablan eruditos escritores (1) de una lápida roinana hallada en Santoña, piedra votiva erigida a Septimio Severo por los navieros o mareantes Juliobrigenses; mas ninguno de ellos la vió y todos la describen y examinan bajo la fe de referencias anteriores. A ser auténtica y auténtico su hallazgo, ayudaría a esclarecer el punto geográfico de la verdadera situación del Puerto de la Victoria de los Juliobrigenses.

Las memorias más antiguas y positivas que poseemos de Santoña, son puramente religiosas. Y ciertamente que los sitios se prestaban a una de aquellas fundaciones primitivas que, comenzadas en la obscuridad y apartamiento del yermo, dilataban poco a poco su nombre, ensanchaban sus pertenencias, 'y a favor del tiempo y de su perseverancia llegaban a ser establecimientos mitad feudales, mitad devotos, centros de cultura y estudio, cuya autoridad manaba a la vez de su rígida disciplina, de su fortuna y de su independencia. Los primeros monásticos en las partes de Occidente mostraron señalada predilección por las costas. En terreno peninsular o aislado nacieron aquellos célebres monasterios de Lerins en el Mediterráneo y de lona y de Bangor en el mar de Irlanda, que en días de dolorosas tinieblas para el mundo conservaron o encendieron luz de benéfica civilización en Francia, en la brumosa Hibernia y en la agreste Caledonia.

Poco le falta a Santoña para ser isla, y fácilmente cierra su término con foso o con cerca. La falda meridional del monte abriga de toda incleinencia un rellano, a la vera del agua, cuyo suelo forma la tierra lentamente desmoronada del peñasco, sustancioso y rico mantillo purificado por el sol y cernido por el viento al caer desde la cumbre a la hondonada; suelo hortelano у fértil donde florece el azahar y madura el limón aromático y jugoso, como en las tibias márgenes del Guadalquivir y

(1) Henao, Masdeu, Flórez.

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