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la Cruz de Mayo, a pesar de la solemnidad de su símbolo. Esta fiesta se celebra en una ciudad árabe y cristiana a la vez, Sevilla, profundamente mística, y profundamente cristiana. Es una cosa árabe la que primero llama la atención al viajero en el tren, la bellísima torre de la Giralda, la torre que simboliza para los andaluces todo su cariño por su capital alegre, y que lleva la imaginación del extranjero siglos atrás a los sarracenos que llamaban desde sus altas ventanas a los fieles a la oración. Y la Giralda es la primera, nada más, de una serie de bellezas de esa "Perla del Guadalquivir." ¡Quién pudiera describirla! Y sobre todo en el mes de mayo cuando esta fiesta, toda alegría, hace de cada calle un jardín. Por todas partes se ponen altares, con una sencilla cruz. Ante ella en los patios cuajados de flores, en simpáticos rincones de las calles, donde quiera que se pueda poner la cruz, se reune gente para cantar y bailar la "sevillana." Y la cruz, símbolo sublime, que todos adoran, sirve de pretexto para sacar a las muchachas a la calle para cortejarlas y adorarlas.

Finalmente, y aún mas que en cualquier otra fiesta, se ve este espíritu en la semana santa de Sevilla. Ésta se celebra en medio de un encanto de arcos árabes, de calles estrechísimas; de balcones llenos de flores y rejas en donde nunca falta el novio pelando la pava. De estas rejas, según dice Ortega y Gasset, salen a veces por la noche, a lo lejos, trozos de canciones y risotadas, que recuerdan los tiempos que don Juan iba conquistando por Sevilla con capa y espada y carcajada maliciosa. Como centro de la fiesta, y dominando todo con una belleza sublime que pone a rodillas el alma de quien entra en ella, está la gran catedral gótica de Sevilla. Esto, de veras, es una cosa sumamente espiritual. La altura de sus columnas levanta el alma hacia Dios. La majestad de sus naves, las vidrieras de mil colores, y la luz apagada de sus bóvedas son una exaltación de espíritu. No había mañana durante mi estancia de un mes en Sevilla que no entraba en esta catedral, ni faltaba yo tampoco por la tarde a la puesta del sol, cuando la luz, pasando al través de las vidrieras y rosetones, pintaba figuras fantásticas en el pavimiento y pilares, y teñia la atmósfera de las navas con suaves matices de color, mientras que los ambitos quedaban envueltos en una sombra misteriosa.

Esta catedral es la meca de la fiesta, medio mística, medio pagana, de la Semana Santa. A ella van llegando procesiones desde las seis de la tarde del Domingo de Ramos hasta la noche del viernes santo. Durante ese tiempo ví pasar por las calles unas cuarenta y tantas

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procesiones en camino a la catedral. Pasaban por calles en que todo tráfico quedaba suspendido; por calles colgadas de negro y llenas de señoras con mantilla negra; mientras que toda campana quedaba muda y toda iglesia llena de gente.

Al oír el toque de la trompeta anunciando la llegada de la primera procesión, toda la vasta multitud se levantó y esperó. Y ya vino, ¡mi primer "paso"! Fué una plataforma grande, suntuosa, de terciopelo y plata, llevada por unos veinte hombres que iban debajo de ella, lenta y muy pesadamente. La imagen era un crucifijo, el Cristo de Amor, una escultura policromada de Montañés. Venía vacilando un poco por el andar no muy seguro de los hombres que lo llevaban cargado en los hombros, entre nubes de incienso y rodeado por centenares de cirios encendidos.

Y más allá de la procesión en la gran plaza de San Francisco se veía una mar de rostros humanos, y encima de todo la blanca luna.

Yo seguí esa imagen oscilante en medio de sus luces temblorosas

hasta que entró por la puerta del oeste en la catedral; seguí su lenta y silenciosa marcha por la nave hacia el altar mayor, único punto de luz en la semioscuridad de la iglesia. Un momento paró delante de la gran reja dorada del altar mayor, y luego con el mismo movimiento lento y oscilante de antes, sin más ruido que el de las alpargatas arrastrándose por el pavimiento de mármol, pasó como una fantasma por la puerta del este y desapareció en las tinieblas.

Una vez, nada más, durante esa semana cogí una nota espiritual, cuando al entrar el "paso" del Cristo del Amor en su pequeña iglesia, hecha su peregrinación por la ciudad, una lindísima voz de tenor empezó a cantar una saeta. No tiene melodía esta "saeta"; es un lamento con altas notas prolongadas. Y su triste trémolo, invocando espontáneamente al Cristo en el momento que la cruz con sus centenares de cirios lentamente retrodecía en las sombras de la capilla, dió un toque profundamente religioso.

Es esta una corriente religiosa, mística, que en todas épocas va buscando nueva expresión en medio de la sensualidad de la vida: en una, en la espiritualidad de la catedral gótica; en otra, en el ascetismo del Escorial, ese monumento símbolico del siglo XVI y expresión en granito del espíritu sombrío, ascético, que llevaba en su séquito toda la tragedia de fanatismo, de martirio, de la Inquisición; y que queda como la más profunda expresión del misticismo español. El Escorial es el templo real a la muerte. De su grandeza material,

uno puede darse cuenta, contando los 40 altares, las 86 escaleras, las 1,200 puertas, las 2,673 ventanas, y las 120 millas de corredor. Pero no de esta manera se puede sentir toda la solemnidad de su ascetismo. Sólo subiendo a la pequeña sala que Felipe II escogió para morir, con la cama puesta de tal manera que el pudiera clavar los ojos en el altar mayor de la iglesia, mientras que su alma pasaba, y luego bajando a la cripta, donde hay nichos reservados para la parte mortal de los reyes venideros-sólo así puede uno darse cuenta de la solemnidad de ese monumento gris en las laderas del monte de granito.

Nunca encontró el misticismo lugar más apropiado que Montserrat. Es ésa la "montaña lejana" a que Wagner se refiere como santuario del Gral, en su ópera Lohengrin. Y en efecto, en su masa gris y escabrosa, con sus picos dentados y su inaccesibilidad, esta montaña parece de veras el altar místico hecho para guardar el Gral de manos profanas. Es a esta montaña, según creencia popular, a donde San Pedro hizo llevar la imagen de la Virgen cuando la dominación de los árabes. Y allí queda esa Virgen de madera, rota y negrusca, en medio de una escena de belleza salvaje, escasamenta superada en este mundo.

Cuando yo miré abajo, desde el gran monasterio a la enorme grieta llena de la niebla de la mañana que estaba tornándose color de rosa con la llegada del alba, y después al otro lado del valle a los Pireneos blancos, y luego más al este a Tarragona, una ciudad de una blancura reluciente destacándose del azul del Mediterráneo, pude comprender mejor la psicología mezclada del español, medio místico lleno de Dios, medio pagano loco con la belleza material, que sube a Montserrat todos los años a rezar un rato. Cuando yo comparé la miseria de la vida allá arriba con la comodidad que los americanos exigimos, como condiciones de la vida, supe que se me estaba revelando una España espiritual, que podria elucidar todos mis estudios en adelante. Entonces me sentí muy de acuerdo.con Havelock Ellis, cuando habla de la poca cosa que es, el haber visto la vieja imagen de madera de la Virgen, cargada de los recuerdos de doce siglos; pero la cosa profunda que es, el haber entrevisto por un momento el más fino ideal de la vida del español, y haber aprendido una lección en su arte de vivir, en su busca simbólica del Gral en Montserrat.

BROOKLINE HIGH SCHOOL

BROOKLINE, Mass.

LULA G. ADAMS

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CARTA ABIERTA A DON VICENTE BLASCO

IBÁÑEZ

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Ilustre Paisano:

BARCELONA, ESPAÑA,

1o de septiembre de 1926

Poco antes de venirme para España fuí un día a despedir a una persona de mi familia, que salía en uno de los vapores de la United Fruit Company, y fisgoneando allí los libros de la biblioteca del vapor, para ver que autores españoles estaban representados, dió mi mirada. con cuatro volúmenes; cuatro volúmenes únicos de novela española, en el lomo de los cuales campeaba en letras doradas el nombre de V. "Ese sí que es el hombre de la suerte," me dije una vez más.

En mi viaje de Nueva York a Cherbourg descubrí en la lista de libros de la biblioteca del vapor, The Four Horsemen of the Apocalypse, edición inglesa. No había allí otro libro de autor español más que éste, si se exceptúa una traducción al italiano del Quijote. Entonces me di cuenta de cuánta razón tuvo V. al contestar a la pregunta del repórter que le visitó en Nueva York. "¿Cuál es, según el parecer de V., el autor más eminente en la literatura española?" preguntó el repórter. "Yo soy," contestó V. "Y Cervantes?" se atrevió a insinuar el repórter. "No hay más Cervantes que yo."

V., paisano amigo, debe de estarle muy agradecido a su agente anunciador. Digo debe de para expresar suposición; porque después de las que V. ha hecho por las repúblicas del otro lado del Atlántico más bien se podría afirmar lo contrario. Todas están muy bien enterados de sus gestiones en esas repúblicas; y precisamente a raíz de lo de la Argentina, un caballero bonaerense que estaba entonces de paso en Nueva York, me sopló estas palabras al oído: "Blasco Ibáñez no puede ya volver más por allá; nos ha hecho una cosa muy fea."

Pues a pesar de esa cosa muy fea, ahora le salen a V. nuevos biógrafos que se contentan con hacer constar la participación de V. en asuntos bancarios de la Argentina, como si importara maldita la cosa. Lo dicho: "El hombre de la suerte."

Esos biógrafos, con el fin de encumbrarle a V. más de lo que han hecho los empresarios de películas, al notar que después de las primeras novelas regionales de V. y de los famosos Cuatro Jinetes ya no queda más que pacotilla, le dicen al público en el prólogo de una

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reciente edición de sus Cuentos: "¿No habíais notado que Blasco Ibáñez reúne a sus méritos de novelista los de cuentista?" Porque lo que importa es encumbrarde a V.; y cuando flaquea por un lado, doblar los refuerzos por el otro.

¡Quién va a poner en duda los méritos de Blasco Ibáñez, cuentista! Pero, Don Vicente: ¡lo que yo me he reído con el episodio de El parásito del tren! ¿Es que puede tomarse en serio aquello de:

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'—Quédate—le dije-; aun falta otra estación para llegar adonde tú vas. Te pagaré el billete"?

¿De veras ofreció V. pagarle el billete alguna vez a alguien? ¡Vamos que es mucho cuento ése!

Todavía recuerdo la conferencia que dió V. a los maestros de español en los Estados Unidos, a su paso por Nueva York. Yo, que no había tenido nunca el gusto de oírle, le escuchaba embobado. Entonces comprendí la razón de sus triunfos oratorios, a pesar del aire cursilón de su persona, de sus sortijas de tendero enriquecido y de la no muy castiza pronunciación castellana, agravada por una carraspera crónica. Pero ¿cómo es posible, me preguntaba yo, que el autor de La barraca, La catedral, La horda, nos hable de una España superior, de una España gloriosa, a la que debieran acatar todos los pueblos del globo? Que la peroración de V. no dejó de convencer a algunos lo prueba el que más tarde nada menos que al autor de La catedral le encasquetó el birrete de doctor una universidad católica de los Estados Unidos.

En cambio, en otras universidades se ha excluído completamente el nombre de V. y de sus obras. Figúrese V. que al preguntársele a un ilustre profesor de una de esas universidades por qué razón no se mencionaban las obras de Blasco Ibáñez en los cursos de literatura, contestó: "No hay que hablar de ese individuo; ha muerto ya." Y otro profesor, que también ha omitido deliberadamente el estudio de las obras de V. en sus cursos, ha añadido con sorna: "Blasco Ibáñez no sólo ha muerto: ¡hiede!"

Lo peor para el bolsillo de V. es que son ya muchos los que participan de esta opinión. El Profesor George Tyler Northup, en su reciente obra, An Introduction to Spanish Literature, dice de V. lo siguiente, que dejo en inglés para que no pueda V. tacharme de mal traductor:

"Blasco Ibáñez' most recent production has been hackwork."

"His style. It is unfortunate that Blasco Ibáñez is so well known in English-speaking countries to the exclusion of so many other Spanish novelists

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