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la risa de Voltaire acoja mis palabras, he de deciros que nosotros consideramos las aplicaciones todas del principio de asociación; pero que consideramos más altas y más respetables las aplicaciones del principio de asociación que se refieren á los fines perdurables y eternos. Yo no creo, señores, porque sé que cada tiempo tiene su carácter en la historia, yo no creo que en este tiempo en que nos ha tocado vivir á nosotros sea el carácter propio y peculiar el que ponga el sello al período presente el amor á la vida contemplativa; pero no desconozco que puede haber alguien que se sienta inclinado á la vida contemplativa por propia inspiración, por exaltación del sentimiento religioso ó por los desengaños, consecuencia de los rudos combates de la vida, más rudos en estos tiempos que lo fueron en tiempo alguno de la historia. Pero cualquiera que sea mi opinión particular sobre el porvenir que en la vida de la sociedad española ha de tener esta declaración, yo no puedo menos de respetar las aplicaciones del principio de asociación á los ines religiosos.»

Terminó exponiendo su opinión de que todos los decretos del Gobierno provisional, hechos leyes por la Asamblea constituyente, lo eran en cuanto no afectasen á la Constitución; pero en cuanto la contradijeran ó faltasen á ella no eran leyes, pues estaban derogadas por la misma Constitución.

El Sr. Elduayen dijo que si se trataba sólo de una declaración, la proposición del Sr. Ochoa contaría con todos los votos de la Cámara; pero que si se trataba de dar á esta proposición el carácter y la fuerza de ley, en ese caso, sus amigos, amando y estimando mucho las asociaciones religiosas, pero defendiendo la Constitución, la prerrogativa de la Corona y los fueros del Parlamento, votarían en contra de la proposición.

E Sr. Montero Rios negó que existiera contradicción alguna entre lo que ahora defendían los radicales y lo que habían defendido siempre, pues en la proposición no se pedía otra cosa sino que la Constitución protegiera el derecho de asociación de la misma manera que todos reconocían que la ley protege el derecho de asociación para todos los fines que no sean religiosos.

Añadió que en el fondo de todo lo que había era una cuestión más profunda, mucho más lamentable, que aún no habían desaparecido en una parte del partido liberal español, como desgraciadamente en una parte del partido liberal de Europa: las desconfianzas que por miedo de los unos y por preocupaciones de los otros inspiraban las instituciones de otros tiempos.

«Los partidarios de la idea liberal en toda su pureza, no temen en el orden político malos resultados, ni peligros de ningún género de esas instituciones religiosas.

»Nosotros sin miedo aceptamos el derecho de asociación con todas sus consecuencias en el orden religioso, de la misma manera que sin miedo lo aceptamos en todas las demás esferas de la vida. Cuando transcurrido algún tiempo la idea liberal se haya curado de esas preocupaciones, nuestros hijos no comprenderán la importancia de este debate, nuestros hijos no comprenderán que hubiese podido

ser objeto de una discusión empeñada en una Cámara de representantes del país, el declarar si era lícito asociarse para la contemplación del alma humana, para la corrección de los males que desgraciadamente las pasiones hacen germinar en el corazón del hombre, y dudarán si había realmente ó no una Constitución.»

En prueba de la sinceridad de su opinión, leyó el siguiente párrafo del proyecto de ley que, siendo Ministro de Gracia y Justicia, había presentado á las Cortes:

«Sin duda alguna los fieles en España tienen el derecho de asociarse para fines religiosos. Sin duda estas asociaciones pueden obedecer en su organización y modo de ser á las leyes de la Iglesia en cuanto no se opongan á las leyes comunes del Estado. El art. 17 de la Constitución vigente extiende su sanción á los fines morales y religiosos como a los demás de la vida humana. Y tiempo es ya de que los partidos liberales depongan los restos de una preocupación que, si tuvo una razón de ser muy legítima en otros tiempos, debe ya depositarse en el panteón de lo pasado por los que firmemente convencidos por la fuerza incontras table de la libertad, para curar los mismos males que á su sombra germinan, proclaman la muerte eterna del privilegio ante el triunfo glorioso y definitivo de la ley común.»

Añadió el Sr. Montero Ríos que en este proyecto no se proponía el que se reconociera á favor de la Iglesia el derecho de asociación, porque estaba consignado en la Constitución y hubiera sido una ofensa á las Cortes Constituyentes y á los Diputados de la Nación, un proyecto que descansase en el supuesto de que se ha bían inspirado en un sentimiento de odio, tan inicuo é irracional al voto de la Constitución, que hubiesen de reconecer el derecho de asociación para todos los fines humanos de la vida y lo desconociesen para fines religiosos.

Y terminó diciendo: «La doctrina que hoy aquí hemos sancionado con nuestros votos la profesábamos hace tiempo, por fortuna para el partido liberal; por que es tiempo ya de que la idea liberal, de que los partidos liberales renuncien para siempre á preocupaciones que tan fatales les han sido á ellos y á los intereses muy respetables y muy permanentes de la religión; es tiempo ya de que por los partidos liberales se renuncie á esas preocupaciones que han dado margen a una doctrina que se discute hoy seriamente en el mundo, á la doctrina de si hay verdadero antagonismo entre dos grandes elementos de salvación en la vida de la humanidad, entre el elemento religioso y el elemento liberal. Renunciemos de una vez para siempre á esas preocupaciones, que no tienen razón de ser, y habremos dado un paso en la senda de una reconciliación indispensable si la causa de la humanidad no ha de correr graves, gravísimos peligros en el porvenir.»

El Sr. Rios Rosas sintetizó su opinión en estos términos: «Puesto que la Constitución confirma el sistema de la prohibición de determinadas asociaciones, la Constitución confirma la legalidad anterior; y así ha confirmado y confirma los decretos-leyes del Gobierno provisional, y el Concordato vigente, vigente según la opinión y las protestas reiteradas del Sr. Montero Ríos, que limita las asociaciones religiosas en España, de acuerdo con la Santa Sede, y los decretos dados por el Sr. Mendizábal, prohibitivos de las asociaciones religiosas, en virtud del voto de confianza que le otorgaron el Estamento de Procuradores y el de Próceres el año 35. De manera que existe en España una legalidad, aceptada y confirmada por la Santa Sede, legalidad constitucional, y, por decirlo así, nacional é internacional, que una mayoría de un solo miembro del Poder legislativo aspira á destruir en una hora ó en veinticuatro horas.»

Después de algunas palabras del Sr. Ministro de la Gobernación, reiterando que el Gobierno estaba dispuesto á morir abrazado á la legalidad, se puso á discusión la proposición de «no há lugar á deliberar», que fue desechada por 174 votos contra 118.

Los estatutos de las asociaciones.-Exención de tri

butos á las sociedades cooperativas.

El Sr. Garrido (D. Fernando) (1) denunció el hecho de que las asociacione s religiosas no hubieran cumplido el deber que les imponía el decreto del Gobierno provisional sobre el ejercicio del derecho de asociación, dejando sin presentar á la autoridad civil sus estatutos, y preguntó al Gobierno si estaba dispuesto á aplicar la ley á las sociedades cooperativas de trabajadores, respecto á la exención de contribuciones, con el mismo criterio que en Inglaterra.

El Sr. Ministro de la Gobernación contestó á la primera pregunta, que ignoraba las asociaciones que hubieran dejado de cumplir los requisitos legales; pero que sí estaban comprendidas dentro del texto y espíritu de la ley. Y respecto á la segunda pregunta, manifestó que era un asunto muy grave y digno de que se estudiara con detenimiento. Apuntó, sin embargo, la observación de que ciertos tributos, que pesan directamente sobre el consumo de algunas especies, son contribuciones que tienen que pagar todos los ciudadanos, sean pobres ó ricos.

Al rectificar el Sr. Garrido, sostuvo la opinión de que si las asociaciones, cuando la religión católica era la única de los españoles, estaban dentro de la ley en sus estatutos y reglamentos, al promulgarse otra ley distinta, era necesario que volvieran á presentarlos para ver si eran ó no compatibles con ella.

(1) Sesión del dia 21 de Octubre de 1871, núm 124, pág. 3116 del Diario,

LEGISLATURA DE 1872

(SENADO)

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