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sidad en esta república, donde han desaparecido las viejas instituciones ó han sido profundamente conmovidas en sus bases; en este suelo pulverizado, no tanto por la revolución política, cuanto por la social y religiosa.

Entre las más célebres universidades de América, la de Chuquisaca es un monumento vivo que refleja la sociabilidad de nuestro pasado histórico y testigo perenne de las evoluciones que han regido nuestros destinos y conducidonos de etapa en etapa al rango que ocupamos entre las naciones.

Es el establecimiento que ha irradiado en esta parte de América las luces del saber. En sus claustros han resonado los ecos de muchas generaciones, y de sus aulas han salido brillantes pléyades de hombres ilustres, que han honrado y dado gloria á la iglesia, al foro, á la magistratura y al parlamento.

Aula consagrada de una juventud inmensa de climas apartados, constituyó durante doscientos años el centro más importante de altos estudios en América.

Concurrían á nuestra universidad los jóvenes de las dilatadas provincias, comprendidas entre Arequipa y Buenos Aires; en ella se educó un gran número de los ue han figurado en la guerra de la independencia en esta prirte de la América del Sud; en ella se formaron, excepto siete, todos los diputados que firmaron el acta de nuestra independencia y no pocos de los que firmaron la de la república Argentina. (1)

Miller, que visitó la ciudad metropolitana precisamente en los días postreros de la colonia que sirvieron de alborada á la república independiente, dice con mucha exactitud, que Chuquisaca era el Oxford del Perú. (2)

Y agrega René Moreno: «La juventud argentina concurria a la universidad de Chuquisaca, porque en la de Córdoba no se cursaba entonces jurisprudencia, ni se daban grados de esta facultad seglar. De aquí es que tres famosos hombres de la revolución argentina, Monteagudo, Castelli y Moreno, se educaron y graduaron en Chuquisaca, junto con muchos otros letrados que figuraron en el congreso de Tucumán que proclamó la independencia del virreinato. Pero lo que á mi juicio atraía mayor número de estudiantes era la existencia en Chuquisaca de

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una audiencia, con un distrito tan vasto que hacía del foro platense una escuela importante de jurisprudencia teórica y práctica. El auge que alcanzó su academia Carolina, es por eso comparable en la América meridional tan solo al de la de Lima. En Buenos Aires hubo á lo último audiencia, más no universidad». (1)

Dentro de los claustros universitarios la vida colonial se agitó por completo; eran como el cerebro de la sociedad entera en las altas y bajas provincias del virreinato.

Muy diferente del gremio forense de doctores patrocinantes, era el gremio universitario de los doctores opinantes, el cual estudiaba su magisterio fuera del claustro, las aulas y las cátedras sobre el espíritu y las tendencias de la juventud alto peruana. Mundo de disputas, de desvelos por la letra muerta, de empeños para el examinador, de antesalazos hasta por bedeles y porteros, de emociones al sonar el ánfora de los votos, de ramilletes, después de obtener el grado, de férula implacable en cambio de un acendrado título de doctor ó licenciado.

Cuando el joven ingresaba á la práctica forense en la academia Carolina, traspasaba por el hecho el lindero de la república universitaria, y sentia de repente posarse sobre su cabeza la punta de una vara: la vara de la audiencia, quien por medio del oidor director de la academia, enseñaba el arte de la abogacía y la ciencia del judicial respecto á los practicantes.

Con esos recuerdos palpita en nuestra univeridad el espíritu colectivo americano y se deslizan las corrientes de nuestra historia y de la historia de este continente. Recuerdos de esas tradiciones que son como el alma de nuestra emancipación política y de la constitución de las nacionalidades de América.

El sentimiento nacional conserva aquí su unidad y su fuerza, al recuerdo de que era el centro en el que se reunían los hermanos de toda la república, para confortar en la ciencia las perspectivas de nuestro común destino.

Es aquí donde se ha formado el proceso de nuestra laboriosa existencia política y social. Chuquisaca es el corazón de la patria; aquí se enlaza todo el pasado y todas las aspiraciones del porvenir, manteniendo la unidad del conjunto y los vínculos sagrados que forman nuestra nacionalidad.

(1) «Ultimos días coloniales», págs. 26 y 27.

En la vieja Charcas, en su real audiencia, inaugurada el 8 de septiembre de 1559, en virtud de cédula real de Felipe II, es donde se estudia las causas y los fundamentos de la obra común de la solidaridad americana. Aquí están las grandes miliarias de la conquista y la colonia, de la revolución y de la independencia con sus grandiosas epopeyas; la guerra civil con sus eclipses sombrios, con sus tempestades de barbarie; aquí se siente y aquí palpita todavía la unidad nacional en sus primeras potentes revelaciones; la organización nacional, las concepciones de los padres y fundadores de la patria.

Los hombres de pensamiento llegan con hondo recogimiento a la amada Chuquisaca, á confortar su espíritu con las reminisencias del pasado, y los hombres públicos, los verdaderamente estadistas, vienen todavía ó la consultan para orientar el gobierno de la república en la historia y para fijar los grandes cauces de la inteligencia.

Y todo el encanto de estos recuerdos de una civili. zación que ha sido como el fundamento y el alma de las democracias americanas, se concentra en el augusto santuario de la universidad, en la que parecen reproducirse las palpitaciones de la antigua y nueva Charcas, con todas sus resonancias americanas.

Los siglos XVI y siguientes nos presentan en esta capital recuerdos de una cultura especial.

En la real audiencia de Charcas y en la universidad de San Francisco Xavier, vive siempre fresca nuestra historia, porque Chuquisaca es la audiencia y la universidad que abarca todo nuestro pasado intelectual.

Bulas de pontifices y cédulas reales dieron a esta universidad el más autorizado origen y la consagraron con los prestigios de las autoridades espirituales y civiles.

El espíritu de la antigua Grecia inundó con Platón у y Aristóteles sus aulas; toda la Roma de oro, literaria, filosófica y jurídica, filtró en este ambiente sus inmortales seducciones; el Angélico reinó largo y memorable reinado. (1)

El P. Juan de Frías y Herran, prepósito provincial de la Compañía de Jesús en esta provincia del Perú, le impuso sus severas constituciones y reglas, y le dió el

(1) Discurso del ministro de instrucción pública, Osvaldo Magnasco en la colación de grados en la universidad de Córdoba.

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nombre de San Francisco Xavier, el San Pablo de los tiempos modernos, el gran apóstol de las Indias.

Pero no olvidemos que nos apartamos cada día más y más de esos orígenes y va la institución modificándose. ¡Cuánta distancia la separa ya de aquel ambiente colonial de sus albores! ¡Cuánta de aquel medio patriarcal en que el misionero echaba los cimientos de la verdadera ciencia!

Las diferencias son profundas de aquel mundo de entonces con el mundo de ahora. Apenas vive la universidad como arca destrozada y salvada de tanto naufragio. ¡Cuántas tormentas ha desafiado! Y aquí está sin embargo, agraviada por la acción de corrientes educacionales, por el soplo del espíritu contemporaneo,

Queda siempre intacta la prestigiosa realeza de sus títulos, y preciso es no dejar languidecer sus tradiciones; preciso es hermanar la piedad con la ciencia, y seguir enlazando el pasado al porvenir, con las palabras del Apóstol á su discípulo Timoteo: Pietas ad omnia utilis est: promissionem habens vitæ quæ nunc est et future. (1)

En el siglo XVII, al fundar la universidad de San Francisco Xavier, se creía tan natural la unión de la fe con la ciencia, como la que se reconoce entre el fruto y el árbol que lo produce.

Si la independencia americana se la vió venir desde la conquista, como una evolución humana que no podia dejar de realizarse, la universidad estaba llamada á preparar á los hombres de la vida política y civil, neutralizando la acción despótica y oscurantista de la metrópoli y acercando el día constitucional de estos pueblos. La emancipación americana, desde mucho antes de aparecer realizada en un hecho consumado, fué preparada lentamente por las luces esparcidas, por las congregaciones religiosas en sus establecimientos de enseñanza. Ha hecho más en nuestra emancipación política la ilustración que partió de la universidad de San Francisco Xavier, que las armas que la consumaron, porque la ilustración hizo las armas que conquistaron la libertad y preparó à los hombres dignos que habían de manejarlas.

Entre los institutos religiosos tiene la principal parte en la instrucción la Compañía de Jesús, puesta al frente de mayor número de colegios, y fundadora de esta uni

(1) Elogio fúnebre del obispo Trejo y Sanabria, por el obispo Fray Mamerto Esquiú.

versidad como de tantas otras. Ilustrando y fomentando las irradiaciones de la ilustración, los jesuitas preparaban los dignos elementos de las nuevas nacionalidades de estos paises, lo advirtiesen ellos ó no. Hasta que les llegó la mala hora de su expulsión, ellos trabajaron ventajosamente formando hombres en los talleres de la ilustración; y después de este hecho nefasto para la vida intelectual, debemos á sus bienes secuestrados diferentes creaciones de colegios de instrucción en sus mismos locales. (1)

Hasta la expulsión de los jesuitas, año de 1767, tomó un incremento poderoso la universidad, que había corrido á su cargo durante 143 años, habiendo sido ellos los fundadores de la instrucción pública en Charcas, desde muchos años antes, primero con las misiones y escuelas. después con los colegios de Santiago y de San Juan Bautista.

Se organizó la junta subalterna de las temporalidades, encargada de atender todos los asuntos que corrían á cargo de la Compañía de Jesús, y empezaron a sentirse los inconvenientes en la marcha de la instrucción, con las competencias entre el arzobispo y el presidente de la audiencia.

«Si las misiones de nuestro oriente, dice el doctor V. Abecia, sufrieron retroceso en sus industrias y progresos, cabe confesar también que la ausencia de los jesuitas, conmovió la vida literaria en la capital de los Charcas.»

Con la expulsión de los jesuitas, se pretendió condenar su doctrina, ó sea la del P. Suárez, llamado el doctor eximius, para sustituirla con la tomística; pero el empeño fué envano, porque la filosofía ó sistema de enseñanza de los jesuitas en este ramo, fué aristotélica y suaristica a la vez, y mantuvieron absoluto el predominio del Angel de las escuelas, con todo el método científico de la Suma en lo concerniente á la teología, como hemos de ver cuando nos ocupemos de la extensión y carácter de la enseñanza universitaria bajo la dominación de la Compañía de Jesús.

«En Santo Tomás, dice René Moreno, aprendian sin duda ninguna, los estudiantes de Chuquisaca, sobre el de-' recho de resistencia al poder tiránico, sobre nulidad de las leyes injustas, sobre formas de gobierno, sobre el pretendido derecho de conquista, doctrinas juridicas abstractas,

(1) Anales de la universidad de Córdoba, por el Iltmo. obispo Fr. Zenón Bustos.

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