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tales nombramientos objeto y materia de festivas críticas y zumbas. Recordábanse principalmente las pruebas de capacidad y talento que habia dado el infante don Antonio, y aquella sándia despedida que en 1808 hizo por escrito á la Junta de Gobierno al partir para Francia, y atribuíansele ahora con motivo de su nuevo cargo otros dichos y frases propias de la medida de sus alcances y de su cándido engreimiento, que excitaban á la risa (W). Con esto y con haberle conferido la universidad de Alcalá el grado de doctor (que á veces tambien se cobija la baja adulacion bajo los pliegues del ropaje que simboliza el saber, la dignidad y la elevacion de ánimo), y con verse investido de los atributos de la ciencia, y con llamarle el rey por chunga «mi tio el doctor,» no hay para qué decir cuánto se prestaba á la mordacidad de la gente burlona la infatuacion del buen infante; si bien en tales casos el diente de la crítica no debia clavarse en el inocente que se deja fascinar, sino en los que á sabiendas le embriagan con el humo de la lisonja.

Pero al fin estos nombramientos, que podian decirse de puro honor, no tenian otra trascendencia que la de cierto ridículo que recaia en agraciantes y agraciados. De otra importancia cran los que se hacian para cargos y funciones de las que ejercen una influen

(1) Entre otras cosas se cuen- á la memoria aquella famosa desta que decia: «A mí por agua y á pedida: «A Dios, secores; hasta mi sobrino por tierra, que nos el valle de Josafat. Dios nos la deentren.» Con este motivo se traia pare buena,,

cia natural en el orden y espíritu público. Para esto era excusado pensar que se tomase en cuenta ni el talento, ni la instruccion, ni la probidad y moralidad de las personas. Solo podia esperar ser elevado, premiado y atendido, el que tuviera una de dos circunstancias 6 condiciones, 6 el favor y la proteccion de la camarilla, ó un furor de absolutismo intransigente, y un ódio acreditado al caido bando liberal. Observabase que por punto general eran individuos del clero los que

atizaban más este ódio, y los que en vez de aconsejar indulgencia y mansedumbre, concitaban á la persecucion, y excitaban á la venganza. De los cláustros salian furibundas y sangrientas representaciones: los ex-diputados eclesiásticos, como Ostolaza y Creux, delataban á sus antiguos compañeros en las Córtes; el padre Castro, monje del Escorial, en un periódico La Atalayá de la Mancha, publicaba escritos llenos de hiel, que respiraban furor sanguinario; y otro clérigo, que por adular al rey exageradamente no reparaba en hacerse sacrílego y blasfemo, imprimia un panegirico con el título extravagante de: Triunfos reciprocos de

de Fernando VII. Y como este era el camino que conducía mas derechamente a los altos puestos de la Iglesia, fuése ésta llenando de clérigos fanáticos é ignorantes, recayendo las prebendas y las mitras, no en los que se distinguian por sus virtudes cristianas, ó se señalaban por su celo apostólico, ó sobresalian en ilustracion

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Dios y

en saber, sino en los que mostraban el realismo mas exagerado é intolerante, en los que más habian clamado por

el res!ablecimiento del Santo Oficio, en los que más acaloradamente pedian el hierro y la hoguera para los impíos innovadores que ellos decian, en los que olvidándose del espíritu del Evangelio, aspiraban á empuñar en sus manos, no el báculo del pastor, sino la espada del exterminio.

En boga, pues, tales ideas y sentimientos, y entronizado tál sistema, indigna y estremece, pero no maravilla, la rencorosa y ruda persecucion que desde la venida del rey se habia comenzado á desplegar contra los hombres mas ilustrados y eminentes, contra los mas distinguidos patricios, que habian cometido el imperdonable crímen de profesar ideas liberares, siquiera les debiese el rey su corona, su salvacion la patria. Henchidas las prisiones y calabozos de esclarecidos diputados y de varones insignes de la manera tenebrosa que en otro lugar referimos, consultaron los jueces de policía sobre qué bases habian de instruir los procesos. Contestóles el ministro de Gracia y Justicia, que fundasen los cargos sobre lo que arrojáran de sí los papeles ocupados á los reos, cuyas casas habian sido tan nimia y rigurosamente reconocidas y registradas, que no se perdonó (repugna estamparlo) ni los lugares mas inmundos, de donde se extrajeron fragmentos de papeles con el afan de deducir de sus ilegibles y cortadas frases alguna palabra que indujera sospecha de conspiracion. No hallando rastro de ella en aquel asqueroso escrutinio, mandose reconocer los archivos de los ministerios y de la secretaría de las Córtes. Tampoco allí se encontró documento justiciable, como no fuesen los actos políticos oficiales en que los presos habian intervenido como regentes, como ministros ó como diputados (").

Fuéles ya preciso á los perseguidores buscar el crímen en aquellos mismos actos, sin perjuicio de recurrir al testiruonio de apasionados testigos, y de apelar á delaciones indignas, para inventar delitos que atribuir á los llamados reos. No podia faltar quien ejerciera el oficio vil de delator; ya porque desgraciadamente no falta nunca en la sociedad ese linaje de hombres, ya por el incentivo que ofrecia el ver premiada esta ruin accion (2). Y lo doloroso no es que

(1) Creyó la policia haber be- güelles, bízosele comparecer en cho un gran descubrimiento con rueda de presos ante el famoso encontrar entre los papeles co- impostor Audinot, el cual al ipsgidos á Jon Agustin Argüelles tante mostró reconocer en él å uno escrito en caractères arábi- uno de los conspiradores denun. . gos, tomándole por la cifra mis- ciados; pero habia sido tan mal teriosa con que se enteudian los urdida la trama entre el imposconspiradores. La importancia tor y el juez de la causa, coude del descubrimiento trocóse en del Pinar, que conociéndolo arun verdadero ridículo al averi- güelles, apostrofó tan vigorosa y guarse luego que eran unos ver- duramente al columniador y al sos del Coran, los cuales habia de- juez, que confundió á los dos, jado escritos un moro que naufra- turbándulos y avergonzándolos á gó en la costa de Asturias, y al presencia de todos con la fuerza cual habia dado asilo y hospedaje y la convicciod que da a la palaen su desgracia la familia de ar- bra la seguridad de la inocencia. güelles, siendo éste todavía niño, (2) Como aconteció, entre otros y cuyo escrito conservaba como casos, con un vecino de Velezvna curiosidad.

Málaga, á quien por real decreto Queriendo ballar á toda costa se agració con un empleo, «por algua crimen que atribuir a Ar. el merito que contrajo en delatar

hubiera delatores entre gente de la infima plebe, sino que los hubiera tambien en las clases más dignas y elevadas, entre el clero y la grandeza, y los que a estas condiciones habian reunido la investidura de representantes de la nacion. Contáronse entre aquellos el padre Castro, los ex-diputados Ostolaza y Mozo de Rosales, el conde del Montijo, el marqués de Lazan'y otros. A veces eran invenciones de proyectos absurdos y de ridículos planes atribuidos á los diputados del bando liberal los que constituian la delacion (). Y como de tales inventos no pudieran resultar, por lo ridículos é inverosímiles, cargos fundados y sérios, buscáronse en las mismas resoluciones públicas y oficiales de las Córtes, especialmente en aquellos decretos que se miraban como atentatorios á los derechos de la autoridad real absoluta.

Hiciéronse, pues, capítulos de acusacion, el famoso decreto de las Cortes de 24 de setiembre de 1810, el juramento exigido á los diputados, la abolicion del Santo Oficio, los procesos del obispo de Orense y del marqués del Palacio, y varios otros vo

la reunion que se formaba en el »quision, regulares, gobierno, y café de Levante de esta Córte, todo establecimiento de piecuyos cómplices han sido senten- Đdad.» Y los condes del Montijo y cidos á presidio.o

de Buenavista declararon que los (1) Denunció, por ejemplo, el liberales habian formado causa á padre Castro la existencia de una Fernando en un café de Cadiz, y Constitucion secreta que decia sentenciadole á muerte. Por este haber hecho las Córtes, acontra órden se inventaron otras calumpla soberanía de nuestro amado pias, que escitaban, aun más que » monarca el señor don Fernan- la indignacion, la risa y el desdo VII., santo tribunal de la In- precio.

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