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y mezquino para su noble arrogancia? Por eso la Constitucion de 1812, que consagraba el principio de la igualdad, y la ley de 3 de febrero, que ponia en práctica el sufragio universal, fueron las únicas instituciones políticas populares, queridas y restauradas con aclamaciones de júbilo, y restablecidas varias veces por el pueblo, que vió siempre con la mayor indiferencia todas las otras constituciones, sin excluir la nonnata de 1856.

XII.

Si todos los esfuerzos que los liberales han hecho en lo que va de siglo por establecer y consolidar la monarquía constitucional, sin haberlo conseguido, los hubieran dedicado al triunfo de la República, ¿cuánto tiempo hace que España se veria libre de reyes, rica y feliz?

Ahora mismo; si los hombres del gobierno provisional, en lugar de decir que quieren la monarquía, pero que respetarán la República si sale de las urnas, dijeran que quieren la República, pero que respetarán la monarquía si la mayoría la proclama, ¿no podria decirse con seguridad que la República saldria triunfante de las urnas en las próximas elecciones?

Desde el momento en que siendo poder, declaran los coligados que quieren la monarquía, su influencia como gobierno pesa en favor de esta institucion en la conciencia pública; todos sus agentes, el mundo burocrático, militar, judicial y cuanto del gobierno depende, directa ó indirectamente, se inclinará à la via que les marquen las tendencias de los hombres que ejercen el mando supremo; y á su sombra, el partido teocrático, vencido, que es el único monárquico sincero que hay en España, se reforma y se reorganiza para votar la monarquía al lado de los hombres del poder revolucionario, que los derrocó con la dinastía borbónica, contra los republicanos; aunque teniendo buen cuidado de no decir que votan candidatos liberales, que les traigan la monarquía, con la esperanza de que ellos sabrán convertirla despues en conservadora y aun en retrógrada y teocrática. Lo importante para ellos es que el gobierno sea monárquico; que no sea en nombre del pueblo como se gobierne; que el pueblo no se gobierne á sí mismo; que sobre él se alce una testa coronada, que alimente, si es posible, entre las masas, la fu

nesta idea de su inferioridad, de su incapacidad para gobernarse, de la necesidad de tener un rey, á quien obedecer, á quien pedir; por lo demás, poco les importa que ese rey les venga de Portugal ó de la China, que lo traigan los unionistas, progresistas y demócratas, á título de monote, de rey de bastos, que mande y no gobierne; ya ellos le harán comprender despues que no tiene mas apoyo sólido que el sable y la sotana, y lo rodearán, lo marearán, y lo que no puedan alcanzar de él lo obtendrán de la liviandad de su mujer ó de la devocion de su manceba, y poco á poco, cautelosamente, sin ruido, como la silenciosa culebra, la reaccion se enroscará á la monarquía liberal, abortada por la revolucion, hasta convertirla en dócil instrumento suyo. Entonces los incautos liberales, que creen las libertades absolutas individuales, que hoy disfrutamos, compatibles con el trono, reconocerán, aunque tarde, su error, y pedirán auxilio á los vencidos republicanos contra la reaccion, á la que abrieron la puerta levantando el trono, para sostener su ilusorio liberalismo, y de este modo oscilarán la libertad y la reaccion en un caos, en una confusion terrible, sin que tengamos nada sólido ni estable, cuando el establecimiento de la República democrática federal aseguraria para siempre todas las libertades, cerrando la puerta á las reacciones, y abriendo las de una era de paz, de trabajo, de prosperidad, de desarrollo intelectual y moral, tales como nunca se conocieron en España.

Insistiremos todavía mas sobre el mismo tema.

XIII.

La monarquía constitucional liberal, en que sueñan los hombres del gobierno provisional, no puede establecerse sino por su influencia personal, por su poder, por su accion. Primero dirán á todos los monàrquicos: «Votad por la monarquía contra la República: »despues á los republicanos vencidos: «Puesto que no teneis la República, ayudadnos á sostener las instituciones liberales contra los monárquicos retrógados;» y de este modo se crearán mayorías ficticias con sus mismos adversarios, inclinándose primero á derecha y despues á izquierda.

Si todos los monárquicos que no quieren la monarquía como Prim y Serrano, ni al rey que nos presenten, votasen candidatu

ras republicanas, la República saldria de las urnas; y si rey por rey todos los republicanos votaran al de los carlistas, los monárquicos liberales del gobierno se quedarian sin monarquía, y sin rey los liberales.

Y cómo una monarquía constitucional salida de esta falsa mayoría, de este escamoteo de la mayoría de las opiniones en beneficio de una sola, puede ser sólida, ni servir de base para fundar nada menos que una nueva dinastía? Cuando cada uno tire de la manta por su lado, el nuevo rey coronado podria muy bien encontrarse desnudo y en medio de un campo de Agramante, cuando se creyera con derecho á confiar en cuanto le rodeaba.

Las nuevas dinastías no se fundan así. Necesitan, no solo que el pueblo en general las conozca, las aprecie y que ellas hagan sacrificios para merecer la corona, sino que lleven consigo una fuerza real, que haga caer de su lado el platillo de la balanza, inclinando los ánimos en su favor. Nada de esto sucede en España. Los utopistas de la monarquía, despues de haber derribado la que real y verdaderamente existia, quieren que el pueblo levante un trono, y que despues busque, llame á concurso á los pretendientes que quieran ocuparlo, tratando con ellos como de potencia á potencia para ver cuál ofrece al pueblo mas ventajas.

Y preguntamos á esos monárquicos mal aconsejados: ¿No se avergüenzan de querer que el pueblo, la nacion española, pase por tal humillacion? ¿Cómo un pueblo libre, soberano y señor de sí mismo, en el pleno uso de sus libertades, que, se encuentra tan bien en su estado actual, que solo se acuerda de que hay reyes para maldecirlos, que no conoce ningun príncipe á quien ame, ni por el que tenga la menor simpatía, iria á tierras extrañas á pedir un príncipe de los que están de sobra, ó en vacaciones, para hacerlo su señor, su soberano, levantarle un trono, ceñirle una corona; pagarle tres ó mas docenas de millones, que bastarian para alimentar una provincia entera, y luego dejarse gobernar por él, por sus cortesanos extranjeros ó nacionales, por sus cortesanas, por sus lacayos y por los lacayos de sus lacayos?

Desde luego puede asegurarse que no vendrá el rey que nos regalen por aclamacion; que llegará sin prestigio, sin autoridad moral, á quitar y no á dar fuerza moral ni material á los monárquicos que le regalen la corona. Para el pueblo será un extranjero, un intruso. Y aun será probable, que, como no busquen algun Maxi

miliano ridículo, entrampado, que solo acepte la corona por llenar el bolsillo, no encuentren una persona decente que quiera venir á España, siendo la oposicion de parte considerable del pueblo. Hay mas: los monárquicos podrán llevar á votar como rebaños de corderos á los campesiaos, es decir, á las clases por desgracia mas atrasadas, como mas sometidas á las influencias teocráticas, que componen la mayoría de la poblacion; clases que votarian la República si el poder se lo aconsejase, como les aconseja que voten la monarquía; pero no sucederá lo mismo con los habitantes de las ciudades, donde la instruccion es mayor, y desde ahora esperamos que para contrabalancear los votos republicanos de muchas de ellas, tendrán que acumular los de las tropas y harán que los votos monárquicos de los soldados ahoguen los de los republicanos.

XIV.

Esa idea de restaurar el trono, que acarician los que lo han derribado, no es menos retrógrada que la que ha manifestado ya don Salustiano de Olózaga, respecto á la libertad religiosa, que despues que la tenemos completa nos la quiere arrebatar para darnos en cambio, ¿qué? la tolerancia. Palabra humillante como la limosna y que todo liberal digno de este nombre debe rechazar indignado. ¡La tolerancia! ¿qué diria el señor Olózaga si á él le dijesen que para manifestar sus ideas católicas, le toleraríamos alguna libertad?

Por lo menos ya sabemos que esa preciosa libertad que hemos conquistado la perderemos si prevalecen las monárquicas ideas del hombre de ¡Dios salve al pais! ¡Dios salve á la reina! y ¿son esos los directores de la revolucion, las lumbreras del partido progresista, que han de regenerarnos, arrebatándonos las libertades conquistadas y falseando por completo su programa?

De todos modos preferimos la franqueza del señor Olózaga á la dañina cautela de otros diestros, que se callan cuando tienen el deber de hablar, y que siguen contribuyendo á menguar la revolucion aplaudiendo al ministerio, compuesto de monárquicos, y cubriéndolo bajo el manto de su popularidad. Esos personajes, lo mismo que los monárquicos declarados, han venido haciendo esfuerzos inauditos antes y despues de la revolucion, para que los republicanos, ampliamente representado en muchas juntas de las mas importantes,

no manifestarán sus opiniones republicanas, y ahora, los hombres del gobierno provisional, encuentran en el silencio de las juntas. respecto á la forma de gobierno, una prueba de que querian la monarquía, cuando ese silencio fué el resultado de un convenio, al que contribuyeron esos mismos hombres.

¿Y se pretenderá todavía, despues de esto, que los republicanos no levanten su bandera y vayan con ella desplegada á las urnas electorales, de donde si no sale triunfante la República, se alzará la monarquía con todos los inconvenientes de la que acabamos de derrocar y con otros nuevos que pueden ya preverse?

¡Ojalá que el pueblo español comprenda que se ultraja su dignidad y que se trata de escamotear su soberanía para que el mismo vaya á entregarse maniatado, abdicando su independencia en manos de un hombre, que legará en su testamento la nacion española á sus bijos, como se lega un corral ó un rebaño de ovejas!

Si Isabel II, cuya historia vamos á referir, no ha sido el último soberano de España, si sobre los sangrientas y sucias ruinas de su trono, el pueblo español deja que se levante otra dinastía, ó que vuelva la misma, á sentarse, no se queje luego á nadie de su opresion y de su miseria.

No sabemos quién se rebajaria mas, si el pueblo consintiendo que volvieran los Borbones, ó alguno de estos viniendo á recoger el fruto de la revolucion que ha destronado, vilipendiado y expulsado ignominiosamente de España á la cabeza de la familia.

Verdad es que en las familias reales ni la moral, ni los afectos de familia, ni el decoro y la dignidad existen como entre las familias de simples ciudadanos. Los miembros de las familias reales se desgarran entre sí como las hienas para comerse unos á otros; por eso no extrañaríamos que la segunda hija de Fernando VII ó alguno de sus primos recogieran del lodo, si los dejaran, la rota corona que ciñó Isabel, y soldándola con una mezcla de derecho divino y de soberanía nacional, la colocaran en su borbónica cabeza; pero nos avergonzaríamos de pertenecer á esta nacion y de ser hijos de este pueblo, si despues de haber mostrado que tenia bastante honra y valor para derribar el trono y expulsar á los Borbones, volvíamos á verlo, doblada la rodilla, á los piés de esos mismos Borbones destronados, pidiéndoles humildemente que volvieran á tomar la corona que les arrebató, suplicándoles que se dignaran gobernarlo un poco mas humana y decentemente que hasta ahora.

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