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donde cifraban su mayor orgullo: y sin esperar á que llegasen á sentir y entender la superioridad del cristianismo, quisieron imponérselos desde el primer momento con medidas de rigor extremo. Leemos, así, en este tomo, que los eclesiásticos no se daban momento de reposo para destruir ídolos y demoler cúes, ni para multar á los indígenas en cantidades exorbitantes, ponerlos en cepos, aprisionarlos, azotarlos y trasquilarlos, género de pena que les dolía muy profundamente. Hacían esto lo mismo los religiosos de San Francisco y los de Santo Domingo, que los de San Agustín y de las demás órdenes. Y hacíanlo también los altos prelados de mayor fama y de no mínima virtud, como el Illno. Sr. don. Fray Juan de Zumárraga, que no tuvo empacho para quemar á un indio idólatra, acto que reprendió severamente el Inquisidor General, Arzobispo de Sevilla, y obligó ả la Monarquía á despachar una cédula para que en lo sucesivo los indígenas sólo pudieran ser castigados por el brazo seglar; ni una ni otra cosa fueron suficientes para que el Sr. Zumárraga saliera de su nocivo error; obstinadamente aferrado á él, contestó á la Monarquía que era indispensable en absoluto que igualmente el brazo seglar pudiera imponer castigos

á los indios «bautizados,» porque en lo espiritual necesitaban de «espuela» continuamente y mucho más todavía que en lo temporal, y porque, desprovistos ya los religiosos de autoridad para castigar á los naturales, la predicación del Evangelio andaba tibia, muy tibia, sumamente tibia, (la repetición es del Sr. Zumárraga), y el edificio de Cristo daría en el suelo de manera irremediable; (esto último era dicho casi en son de amenaza.) El buen Prelado creía sin duda que la virtud de las aguas bautismales, que adultos y niños indígenas recibían, como las manadas de ovejas, las

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aguas del cielo, alcanzaba para destruir en ellos sus antiguos sentimientos religiosos, vueltos indelebles por las prácticas cotidianas de un culto hondamente impresionante. A pesar de que la Monarquía accedió sólo en parte á la exigencia del Sr. Zumárraga, según consta de estos documentos, los religiosos volvieron a castigar á los indígenas del propio modo que antes, tanto en la capital de la Nueva España, como en sus más lejanas provincias; á causa de esto, el Rey ordenó en 1560 á los Oidores que impidiesen que los religiosos echaran á los indios é indias en prisiones ó cepos, y los azotaran y trasquilaran, prohibición que no produjo resultado, porque en 1567 varios Gobernadores indígenas de Yucatán escribieron al Monarca que Fray Diego de Landa (nombrado Obispo cinco años después) y otros religiosos franciscanos establecidos allí, les habían colgado de las manos poniéndoles pesgas de piedras en los pies, azotado brutalmente, y tendido en burros para echarles gran cantidad de agua en el cuerpo; «de los cuales tormentos murieron y mancaron muchos,» y de donde se siguió que á los naturales se les revolvían las entrañas, sólo de oir nombrar á Fray Diego de Landa y á sus compañeros.'

Pudiera creerse, porque así lo han afirmado historiógrafos nacionales y extranjeros, que si bien los Prelados de la Nueva España mostraron un celo exagerado y á veces cruel, en la cristianización de los indígenas, cuidaron siempre, en cambio, de ampararlos contra los tratamientos inhumanos que les daban sus encomenderos, ó denunciaron al menos tales tratamientos ante la Monarquía para su debido remedio; pero indudablemente que no hi

i Cartas de Indias. Publicadas por el Ministerio de Fomento. Madrid, 1877. Pág. 407.

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cieron esto, puesto que, en una cédula que publicamos ahora, el Rey, después de hacer observar al Ilmo. Sr. Arzobispo de México, don Pedro Moya de Contreras, cómo se iban aquí acabando totalmente los indios, á causa de los trabajos y miserias sin cuento que padecían, decíale con manifiesto desagrado: “y fuera justo que vos y vuestros antecesores, como buenos y cuidadosos pastores, hubiérades mirado por vuestras ovejas, solicitando el cumplimiento de lo que en su favor está proveído, ó dándonos aviso de los ex(c)esos que hubiese, para que los mandáramos remediar. Y ya que por no haberse hecho, ha llegado á tanta corrupción y desconcierto, conviene que de aquí adelante se repare con mucho cuidado, y para que así se haga, escribimos apretadamente a nuestros Virreyes, Audiencias y Gobernadores, advirtiéndoles que, si en remediallo, tienen ó tuvieren algún descuido, han de ser castigados con mucho rigor.»

Si tenemos ahora en cuenta que los clérigos y curas llevaban a los indios derechos de valor «muy excesivo» por «los entierros, y misas, y velaciones (y) matrimonios, y de todas las otras cosas dedicadas al culto divino;» que cada iglesia, convento ó monasterio que se erigía, arruinaba enteramente á los pueblos indígenas, porque éstos debían proporcionar á su costa exclusiva los materiales y trabajadores necesarios para las construcciones; que, además, no quedaban exentos siempre de los ruinosos diezmos, ni tampoco de las enormes penas pecuniarias que «los prelados y personas eclesiásticas» solían imponerles bajo pena de excomunión general, y, por último, que comúnmente los religiosos todavía explotaban en propio beneficio á los indígenas para enriquecerse y regresar á España, escandaloso abuso que motivó una real cédula incluída en este tomo, é hizo que el impecable

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Ilmo. Sr. don Fray Bartolomé de las Casas pidiera á Pío V que declarase que tales hombres estaban obligados á devolver «todo el oro, plata y piedras preciosas que habían tomado de quienes padecían extrema necesidad y aun vivían en ella: ' si consideramos todo esto, repito, habremos de convenir en que los eclesiásticos, lejos de lograr que los indios amasen la religión cristiana y sintieran, bajo su influjo, nacer nuevos ideales en sus laceradas almas de vencidos, hicieron que la aborreciesen y abrigaran, á causa de ella, inextinguibles rencores y desencantos letales; lo comprueba no sólo la Monarquía, cuando nos dice aquí, en cédula fechada á fines del siglo XVI, que los naturales tenían «muy grande odio al nombre cristiano,» y no aceptaban cosa de las que les enseñaban los españoles, sino también el hecho de que los indígenas reincidieran pertinazmente en sus idolatrías, como lo observaron con decepción el propio Sr. Zumarraga y otros prelados y eclesiásticos venidos acá en diversas épocas.

Si en lo espiritual los indígenas no pudieron alimentar ideales, menos pudieron tenerlos en lo temporal, donde veían pulverizada para siempre su anterior grandeza; donde carecían de gobernantes propios y de la más leve cultura y de todo solaz; donde no eran dueños de sus bienes, ni de sus familias, ni de sí mismos; donde no podían pedir consuelo á sus dioses, ni llorar su desgracia ante ellos; donde, por último, el trato sobremanera inhumano de sus conquistadores les hacía perecer muy en breve y dolorosamente: hacia 1582 el Monarca español declaraba, en una cédula inserta aquí, que los indios de la Nueva España se iban

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i Colección de documentos para la Historia de México. Publicada por Joaquín García Icazbalceta. México, 1858-1866. Tomo II, Pág. 600.

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acabando á consecuencia de los crudelísimos tratamientos que les hacían su encomenderos, y que, de aquellos infelices, unos habían muerto á azotes, otros reventados con pesadas cargas, otros de falta de abrigo, otros porque se habían ahorcado, ó dejado morir de hambre, ó porque habían comido hierbas venenosas; todos desesperados de la vida horrenda que llevaban bajo sus nuevos dominadores, de la cual tampoco las mujeres se eximían, ni aun estando grávidas, por lo que había madres que mataban á sus hijos, «en pariéndolos,» diciendo que lo hacían para librarlos de los tremendos males con que ellas penaban; añadía el Rey que tan inclementes tratamientos eran causa de que en varias poblaciones faltase «más de la tercia parte de sus habitantes indígenas; ya había dicho que algunas ennoblecidas y grandes provin

y cias, «donde hubo tanta multitud de naturales,» habían acabado, mirándose ahora su tierra «yerma de gente.» Sólo un recurso quedaba á aquellos desventura

á dos: el de la rebelión, que no dejaron de intentar temerariamente repetidas veces (más de las que vulgarmente se cree); pero como estaban en la última miseria, y vigilados de continuo, y faltos por com

y pleto de armas, y los pueblos no contaban con medios de comunicación: semejantes intentos fueron fácilmente reprimidos en su misma cuna; por cierto que la represión asumía un carácter feroz para escarmiento perdurable de toda la población indígena; pues aparte de que se mataba y descuartizaba á los rebeldes, eran confiscados sus bienes, sin dejar á las viudas y huérfanos cantidad alguna con que pudieran subsistir.

Resultó al fin que la inmensa mayoría de los naturales llegó a persuadirse de que sus esfuerzos de libertad jamás alcanzarían éxito, y desde en

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