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solacion de unirse á ella para ayudarla (si alguna vez fuere necesario) á sosto ner so dignidad y su reposo.

«La Francia se hubiera contentado con una resolucion tan benévola y taa honrosa al mismo tiempo para ella, pero el Austria, la Prusia y la Rusia ban juzgado necesario añadir al acta particular de la alianza una manifestacion de sus sentimientos. Estas tres potencias han dirigido al efecto notas diplomáti. cas á sus respectivos ministros en Madrid; éstos las comunicarán al gobierno español, y observarán en su conducta ulterior las órdenes que hayan recibido de sus córtes,

«En cuanto á vos, señor conde, al comunicar estas esplicaciones al gabiDete de Madrid, le diréis que el gobierno del rey está intimamente unido con sus aliados, en la firme voluntad de rechazar por todos los medios los principios y los movimientos revolucionarios; que se une igualmente a los aliados en los votos que éstos forman, para que la noble nacion española encuentre asimismo un resultado á sus males, que son de naturaleza propia para inquietar á los gobiernos de Europa, y para precisarlos a tomar precauciones siempre repugnantes.

«Tendreis, sobre todo, cuidado en manifestar que los pueblos de la peninsula restituidos á la tranquilidad, halláran en sus vecinos, amigos leales y sinceros. En consecuencia dareis al gobierno de Madrid la seguridad de que se le ofrecerán siempre cuantos socorros de todas clases pueda disponer la Francia en favor de España, para asegurar la felicidad y aumentar su prosperidad; però le declararéis al mismo tiempo, que la Francia no susperderá ninguna de las medidas de precaucion que ha adoptado, mientras que la España continúe siendo destrozada por las facciones.

«El gobierno de S. M. Do titubeará en mandaros salir de Madrid, y en buscar sus garantias en disposiciones más eficaces, si continúan comprometidos sus intereses esenciales, y si pierde la esperanza de una mejora que espera con satisfaccion de los sentimientos que por tanto tiempo han unido á los españoles y franceses, en el amor de sus reyes, y de ona libertad juiciosa.

«Táles son, señor conde, las instrucciones que el rey me ha mandado enviaros en el momento en que se van a entregar al gabinete de Madrid las 10las de los de Viena, Berlin y San Petersburgo. Estas instrucciones os servirán para dar a conocer las disposiciones y la determinacion del gobierno francés

ocurrencia. «Estais autorizado para comunicar este despacho, y entregar una copia do él, si se os pidiere.

«Paris, 25 de diciembre de 1822...

en esta grave

La dirigida por el gabinete de Viena á su encargado de Dogocios, conde do Brunetti, era como sigue:

«Señor conde: «La situacion en que se halla la monarquía española, ó consecuencia de los acontecimientos ocurridos en ella de dos años á esta parte, era un objeto de una importancia demasiado grande, para dejar de ocupar sériamente a los gabinetes reunidos en Verona. El emperador puestro augusto amo ha querido que vd, fuese informado de su modo de ver esta grave cuestion, y con esto objeto dirijo á vd, el presente despacho.

«La revolucion de España ha sido juzgada, en cuanto á nosotros, desdo que tuvo principio..... Aun antes de haber llegado a su madurez, habia ya producido grandes desastres en otros paises; ella fué la que por el contagio do sus principios y de sus ejemplos, y por las intrigas de sus principales instrumentos, suscitó las revoluciones de Nápoles y del Piamonte, y ella las hubiera generalizado en toda Italia, amenazado la Francia, y comprometido la Alema. nia, sin la intervencion de las potencias que ban librado á la Europa de esto nuevo incendio. Los funestos medios empleados en España para preparar y ejecutar la revolucion, han servido de modelo en todas partes á los que se lisonjeaban de proporcionarle nuevas conquistas; la Constitucion española ha sido doquiera el punto de reunion, y el grito de guerra de una faccioo conju. rada contra la seguridad de los tronos y el reposo de los pueblos.

«El movimiento peligroso que habia comunicado la revolucion de España á todo el Mediodía de la Europa, ha puesto al Austria en la penosa necesidad de apelar á medidas poco conlormes con la marcha pacifica que hubiera deseado seguir invariablemente. Ella ha visto rodeada de sediciones una parte de sus Estados, agitada por maquinaciones incendiarias, y al punto de verso atacada por conspiradores, cuyos primeros ensayos se dirigian hácia sus fronteras. A espeosas de grandes esfuerzos y sacrificios, ha podido el Austria restablecer la tranquilidad de Italia, y desvanecer sus proyectos, cuyo éxito no bubiera sido indiferente a la suerte de sus propias provincias.

«El lenguaje sovero que dictan á S. M. I. su conciencia y la suerza de la verdad, no se dirige á España, ni como pacion, ni como potencia; solo se die rige á aquellos que la han arruinado y desfigurado, y que se obstinap en prolongar sus sufrimientos.

«Todo español que conozca la verdadera situacion de su patria, debe ser que, para romper las cadenas que pesan en la actualidad sobre el monarca y

el pueblo, es preciso que la España ponga término al estado de separacion del resto de la Europa, en que la han puesto los últimos acontecimientos.

«El rey de España será libre cuando pueda poner fin á las calamidades de sus pueblos; restablecer el orden y la paz en su reino; rodearse de hombres dignos de su confianza por sus principios y por sus luces; y por último, cuando se sustituya á un régimen reconocido como impracticable por los mismos que le sostienen todavia por egoismo ó por orgullo, un sistema en el cual los derechos del monarca se veap felizmente combinados con los verdaderos intereses y los votos legitimos do todas las clases de la nacion.)

.

«Hará vd., señor conde, de este despacho el uso mas propio de las circunstancias en que se halle vd. al cecibirlo, y está vd. autorizado para leerlo al ministro de Negocios estranjeros, y aun para darle copia si la pide. aReciba vd., señor conde, la soguridad de mi mayor consideracion.

«METTERNICH.

Calcadas sobre los mismos priacipios las do Prasia y Rusia, solo estractaremos de ellas algunos párrafos.

«Una revolucion, decia la Prusia, nacida do ud motio militar, ha roto repentinamente todos los lazos del deber, trastornado todo órden legitimo, y descompuesto los elementos del edificio social, que no ha podido caor sin cubrir todo el pais con sus escombros. Se ha creido poder reemplazar este edificio arrancando á su soberano, ya despojado de toda autoridad real y de toda libertad de voluntad, el restablecimiento de la Constitucion de las Cortes de 1812, que confundiendo todos los elementos y todos los poderes, partiendo solo del principio de una oposicion permanente y legal contra el gobierno, debia necesariamente destruir esta autoridad central y tutelar, que hace la esencia del sistema monárquico. El resultado no ba tardado en hacer conocer á la España los frutos de un error tan fatal. La revolucion, es decir, el desencadenamiento de todas las pasiones contra el antiguo orden de cosas, lejos de

haberse detenido ó comprimido, despues de un desarrollo tan rápido como es. pantoso, el gobierno impotente y paralizado no tuvo ya ningun medio, ni do

hacer el bien, ni de impedir o detener el mal. Hallándose todos los poderes concentrados, mezeládos y confundidos en una asamblea única, esta asamblea no ha presentado más que un conflicto de opiniones y de miras, y un choque de intereses y pasiones, en medio de las cuales las proposiciones y resolucio

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nes mas disparatadas se han cruzado, combatido ó naturalizado constantemente. El ascendiente de las funestas doctrinas de una filosofia desorganizadora, no ha podido menos de aumentar el estravío general, hasta que segun la tendencia natural de las cosas, todas las nociones de una sana politica fuesen abandonadas por vanas teorias, y todos los sentimientos de justicia y moderacion sacrificados á los sueños de una falsa libertad. Las leyes é instituciones establecidas bajo pretesto de ofrecer garantias contra el abuso de la autoridad, no fueron más que instrumento de injusticia y de violencia, y un medio de cubrir este sistema tirápico de una apariencia legal.

«No se titubeó ya en abolir, sin miramientos, los derechos mas antiguos y sagrados, en violar las propiedades mas legitimas, y en despojar á la Iglesia de su dignidad, de sus prerogativas y de sus posesiones. Es permitido creer que el poder despótico que ejerce una faccion, por desgracia del país, se hubiera deshecho ántes entre sus manos, si las declamaciones engañadoras que salen de la tribuna, las feroces vociferaciones de los clubistas y la licencia de la imprenta no hubieran comprimido la opinion, y sofocado la voz de la parte sana y razonable de la pacion española, que, la Europa no lo ignora, forma la inmensa mayoría. Pero la medida de la injusticia ha sido colmada, y la paciencia de los españoles fieles parece en fin haber llegado á su término. Ya se muestra el descontento en todos los puntos del reino, y provincias enteras están abrasadas por el fuego de la guerra civil,

«En medio de esta cruel agitacion se vé el soberano reducido á una impotencia absoluta, despojado de toda libertad de accion o de voluntad, prisionero en su capital, separado de todos los servidores fieles que le quedaban, lle. no de disgustos y de insultos, y espuesto de un dia a otro á atentados, de que la faccion, si ella misma po los provoca contra él, no ha conservado ningun medio de librarle. Vos que babeis sido testigo del origen, de los progresos y resultados de la revolucion de 1820, estais en el caso de reconocer y asegurar que no hay nada exajerado en el cuadro que acabo de trazar rápidamente.»

En la de San Petersburgo, que era la mas estensa, se leia:

«Señor conde: «Los Soberanos y los plenipotenciarios reunidos en Verona, en la firme resolucion consolidar más y más la paz de que goza hoy la Europa, y de prevenir todo lo que pudiera comprometer este estado de tranquilidad general, debian desde el momento en que se juntaron dirigir una mirada inquieta

y cuidadosa hacia una antigua monarquia, agitada de dos años á esta parl3 por conmociones interiores, y que no pueden menos de escitar igualmente la solicitud, el interés y los recelos de las demas potencias. Cuando en el mes de marzo de 1820, algunos soldados perjuros volvieron las armas contra el soberano y su patria para imponer á España unas leyes que la razon pública de Europa, ilustrada por la esperiencia de los siglos, desaprobaba altamente, los gabinetes aliados, y principalmente el de San Petersburgo, se apresuraron á señalar las desgracias que arrastrarian trás si unas instituciones que consagra. ban la insurreccion militar en el modo de establecerlas. Estos temores fueron demasiado pronto, y harto justificados. No se trata aqui de examinar ni de profundizar teorías ni principios. Hablan los hechos; y qué sentimientos no deberá esperimentar a la vista de ellos todo español que conserve todavía el amor de su rey y de su país? ¿Qué de remordimientos no acompañan á la victoria de los que hicieron la revolucion de España? En la época en que un suceso deplorable coronó su empresa, la integridad de la monarquia española formaba el objeto de los cuidados de su gobierno. Toda la nacion estaba aniinada de los mismos sentimientos que S. M. C.; toda la Europa le habia ofracido una intervencion amistosa, para establecer sobre bases sólidas la autoridad de la metropoli en las provincias de Ultramar, que en otro tiempo babian hecho su riqueza y su fuerza. Animadas por un ejemplo funesto á perseverar en la insurreccion las provincias, en que ésta se habia manifestado yá, hallaron en los sucesos del mes de marzo la mayor apologia de su desobediencia, y las que permanecian todavia fieles se separaron inmediatamente de la madre patria, justamente intimidadas del despotismo que iba a pesar sobre su desgraciado soberano, y sobre un pueblo cuyas innovaciones poco previstas lo condenaban a correr todo el círculo de las calamidades revolucionarias. No tardaron en unirse al destrozo de la América los males inseparables de un estado de cosas en que se habian olvidado todos los principios constitutivos del orded social. La anarquía sucedió a la revolucion, el desórden á la anarquía. Una posesion tranquila de muchos años cesó bien pronto de ser un títu. lo de propiedad; muy pronto fueron puestos en duda los derechos mas solemnes; muy pronto la fortuna pública y las particulares se vieron atacadas á un tiempo por empréstitos ruinosos, y por contribuciones continuamente renovadas. En aquellos dias, cuya idea sola hace todavia estremecer la Europa, já qué grado no fué despojada la religion de su patrimonio, el trono del respeto de los pueblos, la majestad real ultrajada, la autoridad trasferida á unas reuniones, en que las pasiones ciegas de la multitud se disputaban las riendas del Estado! Por último, en estos mismos dias de luto, reproducidos desgraciadamente en España, se vió el 7 de julio correr la sangre en el palacio de los

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