Imágenes de páginas
PDF
EPUB

lugar el movimiento de las Cabezas de San Juan, y en aquellos dias publicó un folleto titulado «Noticias de los principales sucesos ocurridos en el gobierno de España, desde el momento de la insurreccion en 1808, hasta la disolucion de las Córtes ordinarias en 1814; por un español residente en París. »

Este opúsculo se encaminaba á hacer una enérgica y apasionada defensa de las Cortes de Cádiz, y terminaba con un párrafo, en que daba vuelo á la esperanza con motivo del triunfo del ejército expedicionario. Debió tener bastante aceptacion por aquel entonces, cuando fué traducido al francés y al aleman, segun consta de una nota de puño y letra del Conde, en la portada de uno de los dos ejemplares que poseemos, en la cual él mismo sin duda, para que se supiera andando el tiempo quién lo habia escrito, puso á continuacion de las palabras «por un español residente en París» por el conde de Toreno, hecho muy de prisa, estampando á continuacion su rúbrica.

Constituido el nuevo gobierno, nombró éste al Conde Ministro de España en Berlin, cargo que renunció hasta tres veces, sin duda por su deseo de ser diputado, como lo fué, elegido por Astúrias, y figurando desde el primer dia en los debates de la nueva Cámara.

II.

Despues de tres sesiones preparatorias que tuvieron lugar en los dias 24 de Junio y 1.° y 5 de Julio, en la cuarta celebrada el 6 del mismo, quedaron constituidas é instaladas las Cortes de 1820, y el dia 9, segun estaba ya de antemano señalado, asistió el Rey á la Cámara á prestar el juramento á la Constitucion, que fué en los siguientes términos (1).

(1) Diario de las actas y discusiones de las Córtes de 1820 á 1821: tomo I, pá

«D. Fernando VII, por la gracia de Dios y la Constitucion de la Monarquía Española, Rey de las Españas, juro por Dios y por los santos Evangelios, que defenderé y conservare la religion Católica, Apostólica Romana, sin permitir otra alguna en el Reino: que guardaré y haré guardar la Constitucion política y leyes de la Monarquia Española, no mirando en cuanto hiciere sino al bien y provecho de ella; que no enajenaré, cederé, ni desmembraré parte alguna del Reino: que no exigiré jamas cantidad alguna de frutos, dinero ni otra cosa, sino las que hubieren decretado las Córtes: que no tomaré jamás á nadie su propiedad; y que respetaré sobre todo la libertad política de la nacion, y la personal de cada individuo; y si en lo que he jurado ó parte de ello lo contrario hiciere, no debo ser obedecido; antes aquello en que contraviniere sea nulo y de ningun valor. Así Dios me ayude y sea en mi defensa, y si no me lo demande.»

Terminado el acto del juramento, en el que por lo extenso y detallado de la fórmula escogida, se manifestaba claramente una gran desconfianza hácia Fernando VII, rebajándose al paso la dignidad real, se sentó el Rey, y el Presidente, acompañado del secretario, bajó las gradas del trono; se sentaron los señores infantes y los diputados, y el Sr. Espiga, en su calidad de Presidente, desde su puesto y en pié, dirigió al Monarca el siguiente discurso, verdaderamente notable, que contrasta, en gran manera, por su forma у la elevacion de sus pensamientos, con el que despues leyó Fernando VII, en el que entra en detalles y tiene algo de programa de gobierno, llegando á asemejarse á los discursos de la Corona con que suelen abrirse las Córtes modernas.

En ambos discursos hay, sin duda alguna, frases hipócritas, que á nadie podian convencer y que resaltan, particularmente en el de Fernando, que era más personal, porque no tenia dada una sola prueba de su afecto á las Córtes; mientras que, si bien las de Cádiz por fanatismo y exageracion en sus ideas, habian menoscabado la autoridad real, no dejaba de ser cierto, que con su patriotismo cooperaron á mantener la guerra de la Independencia, cuyo único fin

prisionero de Valencey, en quien veia España entera, el símbolo de su libertad y de su independencia.

El discurso del Sr. Espiga fué como sigue (1):

SEÑOR:

«Las Córtes, en tiempo de menor ilustracion, pero de grandes y sublimes virtudes, conservaron las leyes fundamentales del Reino, la gloria y esplendor del trono y la prosperidad nacional; pero una tan sabia institucion que unia al Rey y á la nacion con los grandes y nobles sentimientos de amor y lealtad, vino progresivanjente á ménos; cayó por último en olvido, y la nacion llegó á ser el teatro de la ambicion, como el Rey el instrumento de las pasiones. El dia del nacimiento de V. M. fué la aurora de la restauracion de España, y más de veinte millones de habitantes vieron en el tierno príncipe el digno sucesor de San Fernando. Congratulábanse con estas lisongeras esperanzas, cuando al mismo tiempo que en el seno de la nacion se concebia el sacrilego proyecto de atentar á los sagrados derechos de V. M., un vil impostor introduce con la más negra perfidia sus huestes enemigas, y arranca de los brazos de los fieles españoles á su amado Monarca, en el momento mismo en que felizmente se habia sentado en el trono de sus gloriosos progenitores. Entonces rugió el leon de España, y un grito general y uniforme da aliento y vigor a los esforzados hijos de Pelayo, y mientras que los bravos guerreros presentan sus pechos de bronce y ahuyentan de este virtuoso suelo las legiones del tirano, los padres de la patria que habian sido llamados por el voto general de las provincias, restablecen la Constitucion de la Monarquía española, que declarando solemnemente sagrada é inviolable la persona del Rey, afianza más la corona sobre las reales sienes de V. M., le asegura de las viles asechanzas de algun valido, y puede asi V. M. hacer más libremente el bien de los pueblos y su pública felicidad.

»Creian los dignos hijos de la madre patria que no podian corresponder mejor a la confianza con que les habian honrado las provincias, ni ofrecer á su Rey un obsequio más agradable que dar firmeza á un trono vacilante, apoyándole sobre la base de una ley fundamental que siendo el testamento de nuestros padres, y la expresion de la sabiduría, de la justicia y de la voluntad general, cerraba las puertas no ménos á la vil lisonja que á una injusta

(1) Diario de las actas y discusiones de las Cortes de 1820 á 1821: tomo I, pá

agresion, aseguraba la administracion de la justicia, establecia un sistema justo en la hacienda pública y sancionaba el debido respeto, obediencia y veneracion á las leyes y á la autoridad real. Así pensaban en Cádiz los representantes de la nacion. Yo les ví, Señor, lanzar profundos suspiros á los cielos al acordarse del duro cautiverio de su Rey; yo los ví como hijos desamparados derramar lágrimas de dolor y de amargura, y humillados ante los altares del Cordero de Dios, pedir que volviese tan tierno padre á los brazos de su numerosa y desconsolada familia; yo los ví arrebatados de júbilo y alegría desahogar su oprimido corazon cuando supieron que el Señor se habia dignado oir sus fervorosas oraciones, y que el ángel tutelar de la España habia bajado á despedazar las duras cadenas de la tiranía. Tales eran sus generosos sentimientos cuando el sordido interes, la sagaz ambicion, la atroz calumnia y una cruel venganza, despues de haber meditado en la lóbrega mansion del crímen sus detestables maquinaciones, se atrevió á negar hasta el trono, y profanar sacrílegamente el santuario de la Majestad. Pero cubramos, Señor, con un velo estos tristes testimonios de la flaqueza humana.

» Llegó, por fin, el dia feliz en que apareciese sobre el horizonte español un astro luminoso que disipara las nubes espesas que habia extendido la intriga y la maledicencia, y se presentara la santa verdad con toda la brillantez que escita en unos la admiracion, el respeto en otros, la confusion en muchos y el convencimiento en todos. La España vuelve dichosamente á ver reunidas las Cortes que hicieron tan gloriosos los reinados de los Alfonsos y Fernandos, y la más virtuosa de todas las naciones olvida los agravios, perdona las injurias, y sólo se ocupa y se complace con el restablecimiento de un gobierno constitucional, en conservar la pureza de la santa religion y en dar testimonios de gratitud y veneracion á su Rey, sentado ya sobre su augusto trono en el Congreso nacional, despues de haber prestado un solemne juramento, con el que se ha hecho más grande que el hijo de Filipo con la conquista de los reinos del Oriente. ¡Oh Rey magnánimo! Los nobles y leales españoles reconocen los innumerables males de que los habeis salyado con este acto generoso, derrocando el genio del mal que estaba para arrojar la tea de la discordia entre nosotros. Todos esperan que se acabe de sofocar este gérmen venenoso, y que en su lugar lome un asiento eterno la paz y la concordia. Desaparezcan para siempre los temores, los sobresaltos y la desconfianza que almas criminales han procurado inspirar continuamente en el corazon del mejor de los Reyes, y todos se miren alrededor del trono con aquella alianza fraternal que asegura el órden, produce la abundancia, mantiene la justicia y conserva la paz. Y yo, órgano fiel de este Congreso y de

la grande nacion que representa, permitidme, Señor, que os ofrezca el debido homenaje de sú lealtad y de los nobles sentimientos que le animan.

» La misma España que en todos tiempos ha dado claros testimonios de lealtad y amor á sus reyes, solemnemente os ofrece que si las virtudes de sus esclarecidos padres fueron siempre el más firme apoyo del trono y del monarca, sus hijos, que acaban de dar en la guerra más sangrienta cjemplos de fidelidad que no conocieron las generaciones pasadas, harán sacrificios dignos de los héroes españoles y de la admiracion de los futuros siglos.»

Á este discurso del Sr. Espiga, contestó el Rey diciendo:

«Agradezco las expresiones y sentimientos de amor y lealtad que por el órgano de su Presidenle me manifiestan las Córtes, y con su cooperacion espero ver libre y feliz a la nacion que tengo la gloria de gobernar.»

Dichas estas palabras, leyó Fernando VII el discurso siguiente (1):

SEÑORES DIPUTADOS:

«Ha llegado, por fin, el dia objeto de mis más ardientes deseos, de verme rodeado de los representantes de la beróica y generosa nacion española, y en que un juramento solemne acabe de identificar mis intereses y los de mi familia con los de mis pueblos.

Cuando el exceso de los males promovió la manifestacion clara del voto general de la nacion, oscurecido anteriormente por las circunstancias lamentables que deben borrarse de nuestra memoria, me decidí desde luego á abrazar el sistema apetecido, y á jurar la Constitucion política de la Monarquía, sancionada por las Córtes generales y extraordinarias en el año de 1842. Entonces recobraron, asi la Corona como la nacion, sus derechos legítimos, siendo mi resolucion tanto más espontánea y libre, cuanto más conforme á mis intereses y á los del pueblo español, cuya felicidad nunca habia dejado de ser el blanco de mis intenciones las más sinceras. De esta suerte unido indisolublemente mi corazon con el de mis súbditos, que son al mismo tiempo mis hijos, sólo me presenta el porvenir imágenes agradables de confianza, amor y prosperidad.

»¿Con cuánta satisfaccion he contemplado el grandioso espectáculo,

(1) Diario de las actas y discusiones de las Cortes de 1820 á 1821: tomo I, pá.

« AnteriorContinuar »