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ministro de Estado, fue bastante largo. Le estractaremos como de costumbre.

.....Los secretarios de Estado, dijo, ni como encargados de sostener el reglamento en cumplimiento de su deber, ni con aquella especie de aficion disculpable con que se miran las propias obras, por decirlo asi, con amor paterno, no abogaron en favor del reglamento. El dia en que se trató de votar la peticion, ni aun estuvieron presentes á la votacion; y cuando entraron.en este recinto, despues de cumplir con un deber que su posicion les imponia, se encontraron con que estaba ya desechada. Hoy mismo, en que bajo distinta forma vuelve á presentarse, la decision del ministerio era la de guardarsilencio. Su resolucion era si se aprobaba por el Estamento tomarla en consideracion, y aconsejar á S. M. lo que juzgasen convéniente al bien del Estado. Esta era su intencion; pero el discurso del señor diputado Argüelles, lleno como todos los que pronuncia S. S. de mérito y saber, hace indispensable que el ministerio manifieste sus opiniones sobre la materia. No podria desertar esta causa sin faltar á su obligacion »

»No se propone disputar el terreno sobre la prerogativa real, sino solo rebatir algunos argumentos cuya fuerza no le parece tanta como se ha supuesto. Debo advertir que despues de haber desechado el Estamento la peticion, tal como se presentó en un principio, es claro que quedó abandonada, bien fuese por mirarla como importuna, bien como falta de legalidad, ó bien por los inconvenientes políticos que presentaba. No entro en el deslinde de cual de estas causas hizo que se desaprobase, sino solo diré que una vez desechada, no se podia tratar mas del asunto, á lo menos en esta legislatura. Ya aquella peticion quedó condenada por el Estamento; y se considera no solo como nula, sino que no es posible reproducirla; y asi es que el discurso del señor Argüelles en este punto capital no necesita contestacion, pues es cuestion ya decidida, como S. S. conoce muy bien. Pero su discurso envuelve algunos puntos de tanta gravedad, que exige algunas aclaraciones indispensables.»

»S. S. ha dicho apoyando lo que se ha dicho en el preámbulo

de la peticion, que la práctica constante de dentro y fuera de España, ha sido que los cuerpos representativos fijen por sí mismos su manera de proceder y su forma de deliberar.... Sin examinar profundamente esta cuestion, y sí solo de paso respecto á las Córtes de España, diré que no es tan cierto este principio como se ha sentado hasta aquí. »

»Es claro que en las Córtes del año 1820 al 1823, y mucho mas en las de la época anterior en Cádiz, cuando por la horfandad de la nacion eran el único poder, no pudo disputárseles el derecho de haberse dado á sí mismas su reglamento. Pero en los tres siglos que mediaron desde las antiguas Córtes de Castilla, reunidas por última vez en Toledo por el Rey Cárlos I en 1538 hasta la época actual, seguramente no asegurará el señor Argüelles, ni nadie, que las Córtes que se reunian de tarde en tarde se diesen tales reglamentos. Prescindo de si fueron verdaderamente Córtes de la nacion, de si en ella estaban representados los intereses de la sociedad; pero lo cierto es que durante los dos siglos que duró la dinastía austriaca, y despues en el siglo siguiente, no ejercieron las Córtes tal derecho. Al contrario, sì me es lícito valerme de otra espresion, tuvieron siempre una especie de pedagogos, que con nombre de asistentes á Córtes los dirigian en sus deliberaciones, segun era la voluntad del gobierno. Por consiguiente, no será á estos tres siglos á los que haya que acudir para modelarnos actualmente, ni podrá citarse la práctica de unas Córtes presididas y dirijidas por personas nombradas por la autoridad real.

>Tendremos, pues, que acudir á las Córtes antiguas de Castilla y de Aragon, anteriores á dicha época. Y no entraré en un exámen detallado, mas propio del estudio constante y detenido del señor Argüelles, que de mis conocimientos en la materia; pero estos datos y noticias de lo que pasaba en las Córtes de Aragon, mas exactos, mas esplícitos y mas circunstanciados que los de las Córtes de Castilla, ¿prueban por ventura que las Córtes esclusivamente fijaron el método de sus deliberaciones? No por cierto. ¿Dónde están los documentos que lo prueben? ¿Dónde están los que acrediten que esclusivamente y sin inter

vencion de la autoridad real, se dieron á sí propias los reglamentos?

> En parte ninguna pues tales reglamentos ni siquiera existieron, asi como tampoco existen en Inglaterra, donde se sigue el sistema ó método particular de lo que allí llaman precedentes, y nosotros llamariamos casos anteriores ó ejemplares. Es sumamente probable que las Córtes de Castilla, y sobre todo las de Aragon, se gobernasen por lo que se llama una especie de derecho consuetudinario, por la costumbre seguida constantemente por la práctica que de hecho se introduce, cuando las reuniones de cualquiera corporacion son frecuentes; sin que por esto pueda decirse, hasta qué punto nació esta práctica de la autoridad de las mismas Córtes, ni hasta qué punto intervino en ella la autoridad real....>

Con respecto á las peticiones, dijo el mismo señor ministro: «El derecho de peticion (dijo el señor Argüelles animado del mas vivo deseo del bien), tiene una traba muy grande en exigir doce individuos para que se haga uso de él, y que esto perjudica á la iniciativa del cuerpo representativo que S. S. califica de esencial á este. No admito el principio de un modo tan absoluto, como decir que sea un derecho esencial, que existe en todos los cuerpos deliberantes. Y en esta materia la prueba es de hecho, y la esperiencia prueba que no es exacto el aserto. No hablaré de las Córtes de Castilla, donde no se sabe á punto fijo, el modo con que se ejercia el derecho de peticion; pero sí se sabe, que no tenian una verdadera iniciativa. Solo diré que la Carta de Luis XVIII que elevó á los franceses á tan alto grado de prosperidad, y que si los ministros abusando de su poder no le hubiesen minado, acaso no estaria destruida, no daba el derecho de proponer leyes, ó sea la iniciativa á las Çámaras. En varios Estados constitucionales de Alemania, tampoco se concede á las Asambleas deliberantes la iniciativa..... Yo pregunto ahora; ¿no se han hecho peticiones? Por ventura ¿tantos son los lazos y trabas, tantos los inconvenientes del reglamento, que no se ha ejercido el derecho de peticion? En esta materia los hechos han escedido á las esperanzas del gobierno. No hay mas que ver el

gran número de peticiones que se han hecho, para convencerse de que los obstáculos del reglamento no son tan grandes como se supone. Mas diré: lejos de ser una traba perjudicial y dañosa la de que se exijan doce Procuradores á Córtes para firmar una peticion, puede mirarse como una garantía del acierto. ¿Por qué? Porque yo creo que no puede haber ninguna necesidad de los pueblos que remediar, ningun abuso que corregir, ninguna reforma útil que entre 188 no halle 12 ó mas que lo conozcan, denuncien ó reclamen....

Todas estas trabas, ¿para qué se exigen? Para impedir que las minorias triunfen de las mayorias; cosa que parece una paradoja, pero que se ve frecuentemente en los cuerpos representativos. ¿Para qué se ponen estas trabas? Para impedir que una proposicion poco meditada trastorne el Estado. ¿Para qué se ponen? Para que la opinion pública tenga tiempo de pronunciarse esplícita y terminantemente sobre la utilidad ó perjuicio de lo que se propone. ¿Para qué? Para que el gobierno tenga lugar de ver como se podrán llevar á efecto las medidas que se proponen, y qué inconvenientes tendrán en la ejecucion. Todos estos fines hacen indispensables ciertos trámites, ciertas detenciones, que si algunas veces pueden retardar momentáneamente alguna idea útil, alguna mejora ventajosa, las mas veces producen bienes indecibles, impidiendo resoluciones precipitadas y dañosas. Es preciso no olvidar que una impaciencia laudable, sí, pero imprudente, hizo en Francia que en una sola noche, la célebre de 4 de agosto, se variase la forma del Estado y se causasen muchos males en medio de útiles reformas. »

Tambien el Sr. Galiano tomó parte en el debate. Hé aquí lo mas notable que hay en su discurso:

«Esta cosa que S. S. cree que puede producir muchos bienes, cabalmente puede conducirnos á un abismo, y producir los mayores males. Es, señores, la desconfianza, esa desconfianza en el poder popular, ese temor á la anarquía, el cual sin ver el verdadero peligro que nos amenaza, nos hace recelar otro enteramente ilusorio. Sobre este punto, no será mi opinion la que hable sola: hablará el dicho de un hombre público, cuya vida

política habrá sido mas o menos censurable, pero cuya autoridad es respetada hasta por sus mismos adversarios. Hablo, señores, del célebre Benjamin Constant, que aludiendo á las Constituciones de Francia, decia: «En la Constitucion monárquica, se mostró demasiado temor al Rey: en la Constitucion democrática, se mostró demasiado miedo al pueblo, y ¿qué sucedió? Que ambas cayeron. Esto lo decia para probar cuan conveniente hubiera sido evitar este miedo, dando á las cosas su natural curso, y dejando libre el juego de la máquina del Estado, sin violencia, con trabas perjudiciales. El señor secretario de Estado al constestar á mi digno amigo el Sr. Argüelles, ha usado del arte tan comun en su elocuencia, y que se puede comparar al que decia Montesquieu hablando de Voltaire, que cuando analizaba ó censuraba una obra, primero la componia, y luego la criticaba. S. S. se ha entretenido en ir poniendo montes de dificultades, gigantes de anarquía para vencerlos despues á su medida, á la manera que en la creacion del inmortal Cervantes, se convertian en gigantes y castillos cuanto se presentaba á la acalorada imaginacion de su héroe, y luego que se examinaban á la luz de la razon, solo se encontraban ventas y molinos de viento. S. S. con su profunda elocuencia ha convenido con el Sr. Argüelles en un principio, esplayándose despues en probar su utilidad, cual es, que conviene mucho que los señares secretarios del despacho puedan ser Procuradores. Estamos enteramente conformes en este punto; pero no lo estamos en cuanto á que las trabas que presenta el reglamento sean solo para el mejor detenimiento y pulso en las deliberaciones, ni en si es aplicable á la cuestion que nos ocupa el enumerar las trabas de otros paises, y si son ó no mas estensas en ellos que en el nuestro. No entraré en esta cuestion tan complicada....

» El señor presidente del Consejo de ministros nos ha llamado á un terreno peligroso; y si tengo la libertad de entrar en él, no es para vulnerar de ningun modo el Estatuto Real. Permítame S. S. le diga, que nos ha traido á un terreno por el que como indicó muy bien el Sr. Argüelles, es preciso caminar sobre cenizas todavia calientes. La cuestion que nos ocupa es muy

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