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los esfuerzos reunidos de estos dos pueblos generosos resultc el bien comun, y un nuevo y duradero lazo de amistad y de alianza; que ahuyentadas las mezquinas y funestas pasiones para hacer lugar á la benéfica concordia; formada una sola familia, con un solo espíritu, en derredor del régio trono; puestos en fin, los españoles en honrosa y sabia armonia con las naciones cultas de Europa ; tan lejos de las intrigas de la arbitrariedad, precursora siempre de desastres, podamos un dia mas dichoso, y puedan nuestros hijos decir con inefable y permanente júbilo.»

« El Rey Fernando VII de Borbon, cautivo en el alcázar de sus mayores á pesar de sus fieles súbditos y la magnánima na cion española, sojuzgada por la ominosa faccion de un corto número, recobraron su libertad y sus fueros, y vieron renacer el suave y útil yugo de una religion santa, la moral pública y el saludable imperio de las leyes, con el ausilio de la Francia y bajo la direccion de su augusto principe el duque de Angulema.”

Era mucha obcecacion la de estos buenos grandes! Era preciso que el sentido comun hubiese abandonado a todos los hombres que pensaban bien, para que concibiesen la menor ilusion con la invasion de los franceses. ¿No habian leido el discurso de Luis XVIII, y demas papeles que confirmaban su reso. lucion de restituir al Rey Fernando sus facultades de absoluto? ¿No habian leido la proclama en Bayona del duque de Angulema? ¿No veian instaladas dos regencias sucesivas bajo los aus, picios del principe francés, compuestas ambas de los mas furibundos enemigos de las instituciones liberales? ¡Poner á los españoles en honrosa y sabia armonia con las naciones cultas de Europa! Los franceses no venian á esto. No cra su mision dar nada, establecer nada, ofrecer nada, y sí solo desencadenar el antiguo despotismo que habia devorado á la nacion en 1814.

Asi el duque de Angulema contestó en los términos maz vagos é insignificantes.

Al venir en nombre del Rey mi señor tio, les decia , á pacificar la España, á reconciliarla con las potencias de Europa, y ayudarla á romper las cadenas de su Rey, sabia que podia contar con el apoyo de lodos los

verdaderos españoles. A los grandes de España tocaba dar en esta memorable circunstancia, un testimonio solemne de su adhesion á nuestros esfuerzos y nuestros votos. Mis deseos están conformes con los vuestros. Anhelo como vosotros quo vuestro Rey sea libre, y tenga el poder necesario para asegurar de una manera estable la felicidad de la nacion.,

Muchas fueron las felicitaciones que de varias provincias se hicieron a la nueva regencia encomiando sus actos, y exhortándola á que siguiese adelante en la línea de conducta que se habia propuesto. Entre ellas descuella una hecha en Madrid con fecha del 21 de agosto, en que los firmantes no solo pedian su restauracion bajo sus formas mas odiosas, sino que incluian el restablecimiento de la Inquisicion entre los objetos de sus ardientes votos.

Aludiendo a la representacion de los grandes de España, decian: «Pero por desgracia han renacido y se han generalizado las sospechas de que la faccion impía y enemiga de la legitimidad pueda alcanzar sobre los bordes de su inexistencia un término medio, que de la vida y que perpetúe en el seno de la religiosa y fiel España, sus talleres de iniquidad y turbulencia. Los esponentes, serenísimo señor, ignoran el verdadero origen de estas sospechas; pero ven que progresivamente se aumentan en todas las clases del Estado, y que se acreditan en las esposiciones dirigidas á V. A. S.; y si bien las atribuyen á arterias de los enemigos para introducir la desunion y la desconfianza entre los buenos españoles, tambien las creen dimanadas de la interpretacion que de buena fé haya podido darse á las siguientes frases estampadas en la esposicion de una corporacion poderosa, publicada en esta corte por el mes de junio último, en que se dice: «puestos los españoles en honrosa y sábia armonia con las naciones cultas de Europa, tan lejos de la arbitrariedad precursóra siempre de desastres, como de la inquieta y destruciora anarquia.» Pero cualquiera que sea el motivo que las haya producido, existe la necesidad de hacerlas desaparecer, de privar de estos pretestos á los enemigos del orden y de calmar las inquietudes de los verdaderos españoles, los cuales esperan su

tranquilidad de V. A. S., de cuyo patriotismo y virtudes están bien penetrados los que esponen, y por lo mismo creen que una pequeña declaracion de V. A. S. sobre un punto de tanta importancia para la nacion española, el cabal restablecimiento de todas las instituciones políticas y religiosas en 7 de marzo de 1820, particularmente la del santo tribunal de la Inquisicion; una séria prevencion bajo la mas estrecha responsabilidad a las autoridades civiles y eclesiásticas á quienes competa sobre la breve y puntual observancia en el contenido y letra de la circular del 13 del corriente, acerca de la calificacion de las personas contra quienes haya pruebas de abuso en su conducta política: la separacion de todos los empleados que no hayan testificado positivamente su amor al Rey nuestro señor, y que los primeros agentes del gobierno se hallen ligados íntimamente á la justa causa é inspiren confianza por su pública lealtad, son medidas capaces de acallar el clamor de los pueblos, y aliviarles del peso de sus temores; de afianzar la union y la confianza entre los buenos españoles, y de desesperanzar y dejar en una eterna impotencia á la faccion desorganizadora. Asi lo suplican, etc.)

Mientras tanto continuaban las Cortes en Sevilla, funcionando como de costumbre. Al ministerio que habia cesado en su cargo á últimos de abril, sucedió otro compuesto de D. José María Pando, en Estado; D. José María Calatrava, en Gracia y Justicia; D. Juan Antonio Yandiola, en Hacienda; D. Cárlos de la Bárcena, en Guerra , y D. N. Campuzano, en Marina; personas todas dignísimas, mas para quienes era ya imposible llevar á buen puerto la nave del Estado ya perdida.

Fue una de las primeras tareas de las Córtes ocuparse en el examen de las memorias que habian dejado los ministros, comenzando por la del de Estado que se habia leido la primera. Nada contenia este documento que no hubiese sido objeto de aprobacion solemne y unánime en las sesiones del 9 y 14 de enero; mas la escena estaba algo cambiada. La impugnó el señor Falcó en términos mesurados, pero que marcaban bien su entera desaprobacion de la conducta del gobierno, censura que recaia al mismo tiempo en la observada por las Córles.

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Para paliar la contradiccion en que incurria en cierto modo, recurrió al argumento trillado y vulgar de que despues del recibo de las notas, no habia hecho el gobierno español todo lo bastante para conjurar por medio de negociaciones, la tempestad que nos amenazaba.

Rebatió el Sr. Argüelles con su elocuencia acostumbrada, tan miserables argumentos. Para creer lo que dijo el Sr. Falcó, se necesitaba carecer de sentido comun (y este diputado distaba mucho de ser necio), ó buscar un pretesto para emprender una prudente retirada. No reproduciremos en todo ni aun en parte el discurso del último, por estar la cuestion casi agotada. Nos reduciremos, pues, solo á dos ó tres brevísimos pasages.

... Se presentan á poco despues las célebres notas. .. se retiran en seguida los representantes de Rusia, Austria y Prusia, y queda solo en Madrid el ministro de Francia. ¿Pero cuánto tiempo permaneció en Madrid dicho embajador? . Esla (la nota de Francia) nada, nada proponia: se referia abse lutamente a las notas de sus aliados para disimular mejor el plan oculto é insidioso que envolvian todas ellas, haciendo que se separasen estos tres embajadores, que eran los menos interesados en la contienda. La permanencia del conde de Lagarde, dejaba al gobierno español la esperanza de poder negociar directamente con el de la Francia. ¿Pero cuál no debió ser la sorpresá del ministerio y de toda persona imparcial en esta cuestion, cuando sin haber precedido ninguna otra contestacion que la presentada en las Cortes el 9 de enero, pide los pasaportes el conde de Lagarde y se retira de Madrid ? La carta de Villele á este ministro, único documento que puede mirarse como comunicacion, al paso que reservaba indefinida y vagamente al gobierno de Francia las razones para continuar ó no en Madrid al embajador, anticipaba la retirada al conde de Lagarde; pues decir que esto iba a depender de la contestacion mas o menos satisfactoria

que el gobierno español diese á las insolentes notas de Ve. rona, equivalia á una declaracion esplícita. Insultos y groseros ultrajes concluyen toda satisfaccion, y el gabinete de las Tullerías al reunirse á ellos, manifestó bien claro qué era lo que se

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proponia. ¿Cómo, pues, el Sr. Falcó, asienta que el gobierno francés deseaba una composicion ? Si asi fuese, ¿habia medio mas propio para ello que dejar en Madrid á su embajador? Hechas las proposiciones, presentadas las condiciones del tratado, ó lo que fuere, estaba el camino para negociar , franco y espedito. Los dos gobiernos hubieran podido entenderse, y concertarse directamente sin rodeos ni intervencion estraña. En lugar de esto, el conde de Lagarde se retira ex abrupto, dejando interrumpida toda comunicacion directa. Esta conducta es tan clara, tan evidente, desnuda de apariencia que siquiera la disculpe, que no da lugar á interpretaciones. El señor preopinante debe de reconocer en ella, que el gobierno de la Francia no solo no queria composicion, sino que hizo cuanto estuvo de su parte para evitarla, para imposibilitar al gobierno español que la consiguiese.)

De varios decretos espedidos por las Córtes en aquellos dias, no hablaremos. La suerte de la patria fiada á los azares de la guerra, absorvia toda su atencion y la del público. Aunque las noticias desde un principio fueron tan desfavorables, no habia muerto en sus corazones la esperanza de recibir otras lisonjeras. Con los recuerdos de la guerra de la independencia en que se habian sufrido tantos descalabros seguidos de triunfos positivos, podian naturalmente suponer que los golpes que no se habian dado al ejército invasor en los primeros dias de su entrada en la península, podian recibirlos en otros puntos, donde nuestros generales hallasen ocasion mas oportuna. Las tropas nacionales estaban intactas todavia. Inspiraba la mayor confianza el general Ballesteros, alistado entre los patriotas del color mas pronunciado y mas subido. Ningun recelo causaba el general Morillo, liombre de buen temple, y con gran reputacion de honrados sen. timientos. En cuanto al conde del Avisbal, nadie podia dudar de que comprometido como estaba por la causa liberal, y honrado con la confianza del gobierno en un mando de tanta importancia, se mantuviese frel á sus resoluciones.

La defeccion de este gefe y la entrada de los franceses en la capital, llenaron, como era natural, de las mas vivas inquietu

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