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su reino todos los sacerdotes reformados, y los hereges seglares debian salir en el término de seis meses, bajo pena de la vida y confiscacion de bienes. Parecióles este plazo demasiado largo y lo re dujeron despues á quince dias. Solo abjurando sus creencias podian rescatar los bienes y la vida, pues en tan corto plazo era poco menos que imposible para la mayor parte de ellos salir del territorio francés.

V.

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Enrique III apagó de este modo la guerra con la liga, pero la provocó con los protestantes.

Una porcion de mujeres solicitaron del Rey la gracia de vivir con sus hijos en cualquier rincon de Francia que Su Majestad se dignase designarles, á condicion de conservar su fé religiosa; pero Enrique las hizo trasportar á Inglaterra y estas escaparon menos mal, porque otras muchas infelices fueron quemadas vivas en Paris.

Algunos hereges creyeron, haciendo una salvedad verdaderamente jesuítica, poder abjurar en apariencia, conservando su fé interna, empezando su abjuracion con estas palabras: Puesto que

el Rey quiere...

Los obispos se apercibieron y dictaron ellos mismos las abjuraciones, y para mayor seguridad hubo algunos como el de Angers, que no aceptaban las abjuraciones, sino sometiendo a los

que

las hacian á una larga instruccion y á un examen de su fé. El Rey les mandaba que en quince dias se convirtieran ó abandonaran su patria, y el clero les imponia tales trabas para hacer sus abjuraciones, que les era imposible hacerlas en el plazo concedido.

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VI.

La empresa que el Rey se propuso por satisfacer á la liga era poco menos difícil

para

él

que luchar con esta. Así fué que sus órdenes no se ejecutaron tan escrupulosamente como queria y deseaban los católicos; pero estos encontraron un apoyo en el papa Sixto V, que

fulminó contra Enrique de Navarra y contra Condé una nueva excomunion,

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firmada además por veinte y cinco cardenales. Decia en ella que Enrique de Borbon, antes rey de Navarra, y Enrique tambien de Borbon, principe de Condé, eran hereges, relapsos en heregía y no arrepentidos, y que él los declaraba depuestos de todos sus reinos y estados, así como a sus herederos, para siempre jamás. «Si algunos se atreven, añadia la bula, á seguir obedeciendo á esta generacion bastarda y detestable de los Borbones, y á reconocer como soberano al ex-rey del supuesto reino de Navarra, incurrirán en la misma

excomunion. »

Enrique de Navarra respondió á esta bula haciendo fijar el 6 de noviembre de 1585 en todos los sitios públicos de Roma una protesta que decia así:

«Enrique por la gracia de Dios rey de Navarra, príncipe soberano de Bearne, primer par y príncipe de Francia, se opone á la declaracion y excomunion de Sixto V, se diciente papa de Roma, la declara falsa y apela de este abuso al tribunal de los pares de Fran

lo que toca al crimen de heregía, del cual se le acusa con falsedad en la declaracion, dice y sostiene que el señor Sixto, se diciente papa, ha mentido falsa y maliciosamente, y que él es el

, herege, como lo probará en pleno concilio libre y legítimamente reunido.»

La historia dice que Sixto V tuvo desde entonces en gran estima á aquel Borbon excomulgado.

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cia. Y por

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CAPITULO X.

SUMARIO.

Los liugonotes toman las armas contra la liga -Batalla de Coutras ganada por

los ligonoies en 1587.- El rey de Paris,-Las barricadas.-El duquele Guu sa asesinado por orden de Enrique III.-Muerte de Catalina de Médicis -La liga se declara en contra de Enrique III.-Alianza de este Rey con Enrique de Navara.-El dominicano Jacobo Clemente asesina á Enrique III.-Es canonizado por los católicos, – Depravacion y escảndalo. - La duquesa de Montpensier se entrega á Jacobo Clemente para excitarle à asesinar al Rey.

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Entre abjurar, expatriarse ó morir, los hugonotes resolvieron defenderse. El príncipe de Condé se puso al frente de un primer ejército, que con mas valor que inteligencia condujo a su ruina en las puertas de Angers.

En el Languedoc, el duque de Montmorency renovó su alianza con el partido calvinista y sostuvo la lucha con ventaja. Lesdignier á la cabeza de los hugonotes del Delfinado se apoderó de muchas plazas fuertes y tuvo á raya al ejército de la liga, mientras el rey de Navarra se sostenia en la Guyana.

Enrique III recurrió, como siempre, á la astucia para desarmar los enemigos que no podia vencer por la fuerza, y propuso á Enrique de Navarra que cambiase de religion á fin de quitar á la liga su mas terrible pretexto. Catalina de Médicis fué al Bearne a fin de convencer á Enrique; pero todo fué inútil.

II.

El 20 de octubre de 1587 se encontraron frente a frente los dos ejércitos en Coutras, el contraste que ofrecian no podia ser mayor. Los calvinistas llegaban apenas á seis mil, mal vestidos y sin otro adorno que sus espadas y corazas. Los católicos eran doce mil á las órdenes del duque de Joyeuse, y componíase de la flor de los cortesanos, vestidos de seda y terciopelo y con armas cinceladas é incrustadas de plata, banderolas en las lanzas, plumas en los sombreros y bandas con los colores de sus damas.

Antes de comenzar el combate, los hereges se arrodillaron y entonaron un salmo. Al verlos arrodillados y orando, los caballeros del ejército de Joyeuse exclamaron :

¡Los cobardes tiemblan y se confiesan!... El ejército de la liga fué completamente derrotado, dejando tendidos en el campo al general y la mitad de su gente.

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IU.

Al saber esta derrota, la liga manifestó su indignacion contra el rey Enrique III, y los doctores de la Sorbona resolvieron en un conciliábulo que podia muy bien despojarse de la corona á un príncipe tan incapaz; todas las miradas se volvieron al duque de Guisa, que acababa de derrotar á un ejército aleman enviado al socorro de los hugonotes. El Papa le envió una espada bendita. Felipe II y el duque de Saboya le dirigieron espresivas felicitaciones, y los católicos de Paris le proclamaron salvador de la Iglesia.

Agradecido el de Guisa á estas demostraciones, propuso que se estableciera en Francia la Santa Inquisicion: «medio eficaz, decia, de deshacerse de los hereges, siempre que los inquisidores sean extranjeros.

Del entusiasmo del clero y del pueblo por el jefe de la liga resultó la jornada de las barricadas el 12 de mayo de 1588. El duque fué llevado en triunfo hasta el Louvre, y el Rey se escapó disfrazado de campesino, jurando que aquel desacato costaria la vida al

que él llamaba el rey de Paris.

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IV.

órden suya

Cinco meses despues abrió el Rey de nuevo los Estados generales en Blois y juró solemnemente que trabajaria por la extirpacion

Y de la heregía. Pero á los católicos les inspiraba mas confianza su jefe el duque de Guisa, á quien no faltaba mas que subir un escalon para sentarse en el trono de Francia,

Enrique III le impidió subirlo haciendo que le asesinasen el 23 de diciembre del mismo año. «¡A mí, amigos!» gritaba el de Guisa sintiéndose herido

por

el estoque.
Cuando el duque no era ya mas que un cadáver, salió el Rey de
su gabinete, y preguntó a uno de sus asesinos:

¿Te parece que está bien muerto Loignac?
--Creo que sí, señor, porque está pálido como la muerte.

Enrique III contempló un momento á su víctima y dióle un puntapié en la cara, que nos recuerda el que el mismo duque de Guisa habia dado al cadáver de Coligny, asesinado por

la noche de Saint Barthelemy.

Corrió despues el Rey á ver á su madre que estaba enferma, y le dijo:

-El rey de Paris ya no existe, señora, ahora reinaré yo solo; ya no tendré compañero.

-Esa tela está muy bien cortada, hijo mio, respondió Catalina. pero es menester coserla. Has tomado bien las medidas?...

Catalina murió doce dias despues.

«Nadie, dice Letoile, se ocupó de ella, ni de su enfermedad, ni de su muerte; murió abandonada como un animal inmundo.

Lincestre, que era uno de los predicadores de la liga dijo al pueblo al anunciarle esta muerte.

«Hoy se presenta una dificultad, y 'es la de saber si la Iglesia debe rezar por la que tan mal ha vivido... »

La ingratitud de los católicos no podia ser mayor, porque pues de todo la difunta habia servido su causa con todo su poder, у ellos aceptaron siempre sus servicios, sin reparar en los medios de que se valia.

¡Digno premio de treinta años de intrigas, de crímenes y traiciones!

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