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recibido antes contra los hugonotes de su reino, á cuya expedicion habia sido destinado el conde de Aremberg.

II.

Otro resultado tuvo la invasion por la parte de Francia que este mismo conde Aremberg gobernaba. Iabian entrado por allí Luis y Adolfo de Nassau, hermanos del príncipe de Orange. Contra ellos envió el de Alba á Gonzalo de Bracamonte con el tercio español de Cerdeña.

Impacientes los españoles por entrar en combate, empezaron á murmurar del de Aremberg por la dilacion que ponia en dar la batalla á los orangistas, manifestando sospechas de que se entendiera en secreto con ellos. Picado de estas hablillas el pundonoroso conde y no queriendo que por todo lo del mundo le tildaran ni de sospechoso ni de cobarde, aun conociendo cuanto aventuraba en renunciar á sus planes, ordenó sus escuadrones y no obstante su desventajosa posicion, arremetió al enemigo.

Cuerpo á cuerpo pelearon el de Aremberg y Adolfo de Nassau; ambos se atravesaron con sus lanzas, ambos cayeron exánimes, y los dos á un mismo tiempo y á muy corta distancia exhalaron envueltos en sangre el último suspiro.

El tercio español, que no conocia el terreno, cayó en una emboscada que habian preparado los de Nassau, y fueron acuchillados muchos valientes españoles, entre ellos cinco capitanes y siete alfé

у reces; perdióse todo el dinero y seis cañones gruesos que el de Bracamonte llevaba.

III.

La nueva de esta derrota decidió al duque de Alba á desembarazarse cuanto antes de los procesados, especialmente de los condes de Horn

y de Egmont, para lo cual hizo que el tribunal abreviára los fallos de las causas pendientes.

El 28 de mayo se publicó la sentencia contra cl príncipe de Orange, cordenándole á destierro perpétuo de aquellos Estados, privacion y confiscacion de bienes, rentas, arrendamientos, derechos y acciones.

Siguió aquellos dias fulminando sentencias contra los ausentes y presentes, El 1.° de junio fueron decapitados en la plaza del Sablon de Bruselas diez y ocho nobles de los presos en el castillo de Vilvorde, y al dia siguiente sufrieron la misme pena otros tres.

IV.

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Aguardábase con general ansiedad, aunque se temia ya, la suerte que se les tenia preparada a los dos ilustres condes de Horn У de Egmont, tan queridos y respetados del pueblo flamenco.

Durante su largo proceso, excitaron los dos ilustres presos tan general y tan vivo interés, que llovian de todas partes las recomen

У daciones y súplicas en su favor al de Alba, al Rey, al Emperador, á los electores del imperio y á los caballeros del Toison.

María, hermana del de Horn, y Sabina esposa del de Egmont, no cesaban de dirigir sentidísimos memoriales al Rey. Entre ellos puede servir de muestra el siguiente, que fue uno de los primeros:

«Sabina Palatina, duquesa de Baviera, desdichada princesa de Grave, condesa de Egmont muy humildemente representa á V. M. como á los 9 del presente mes de setiembre el príncipe de dicho Grave, conde de Egmont, su buen señor y marido, despues de baber estado en el consejo de V. M., en la casa del duque de Alba, fue detenido en prision por órden del dicho señor duque, y á los 22

á del mismo fué enviado al vuestro castillo de Gante con muy estrecha guarda, sin habérsele hasta agora declarado la causa de su prision...)

Expone despues la condesa todos los méritos y servicios prestados por su infeliz esposo á á la causa del trono, y concluye.

« .... suplicando de nuevo muy humildemente á V. M. no permita que el dicho vuestro muy humilde servidor, y yo vuestra humilde pariente y nuestros once hijos, seamos para siempre miserables testigos de nuestras tan grandes infelicidades y de la instabilidad mundana, mas como Rey benignísimo quiera echar aparte su indignacion con las razones susodichas, y acordarse que des Reyes no tienen cosa mas agradable á Dios que la mansedumbre, clemencia y blandura.»

los gran

V.

Los memoriales y súplicas de la condesa no ablandaron mas el duro corazon del Rey y el del duque de Alba, que la intercesion y los ruegos de tantas otras personas de valer como abogaban por el perdon de los ilustres presos.

Siguióse el proceso con todo rigor, y el d de junio de 1568, llevados los dos condes de Gante á Bruselas, se pronunció contra ellos la fatal sentencia, condenándolos á muerte y á ser puestas sus cabezas en lugar público y alto para que sirvieran de ejemplar castigo, (hasta que el duque otra cosa ordenase), secuestrados y aplicados á S. M. todos sus estados y bienes.

El jesuita Estrada, que tuvo los antos en su mano, trae un extracto de los descargos de los acusados. Del juicio del religioso historiador se deduce que el delito de los dos condes consistia, mas que en otra cosa, en no haber reprimido la rebelion, y en baber sido, como consejeros y gobernadores de provincias, mas considerados é indulgentes que duros y rigurosos con los confederados.

Añade Estrada haber leido que el duque de Alba queria dilatar la sentencia y ejecucion, temiendo las consecuencias, y que el Rey irritado contra Egmont, é instigado por el cardenal Espinosa, repredió por su dilacion al de Alba y le mandó que ejecutase al momento el suplicio, segun le tenia ordenado.

VI.

El dia 5 de junio, notificada que le fué la sentencia, el de Egmont escribió al Rey la siguiente carla:

«Señor: esta mañana be entendido la sentencia que V. M. ha sido servido de hacer pronunciar contra mí, y aunque jamás mi intencion fué de tratar ni hacer cosas contra la persona y el servicio de V. M. ni contra nuestra verdadera, antigua y católica religion, todavía yo tomo en paciencia la que place á mi buen Dios de enviarme; y si durante estas alteraciones he aconsejado ó permitido que se hiciese alguna cosa que parezca diferente, ha sido siempre con una verdadera y buena intencion al servicio de Dios y de V. M. y por

la ne

cesidad del tiempo, y así ruego á V. M. me lo perdone y quiera tener piedad de mi pobre mujer, hijos y criados, acordándose de mis servicios pasados y con esta confianza me voy a encomendar á la misericordia de Dios.

» De Bruselas, muy cerca de la muerte, hoy 5 de junio de 1568. » De V. M. muy humilde y leal vasallo y servidor.

» Lamor 1 d'Egmont.» Entregó esta carta al obispo de Iprés con quien se confesó y lo mismo hizo despues el de Horn.

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En la plaza del Sablon de Bruselas, cubierta trda de paños negros, se habia levantado el cadalso; rodeabales el tercio del capitan Julian Romero; al medio dia fueron llevados los dos presos, acompañados del obispo de Iprés.

Egmont habló un poco con o prelado, se quitó su sombrero y su sobrevesta de damasco, se arrodilló y oró delante de Crucifija, se cubrió el rostro con un velo y entregó la cabeza al verdugo.

Lo mismo ejecutó inmediatamente el de llomn, y las dos cabezas clavadas en dos escarpias de hierro, estuvieron expuestas por espacio de algunas horas al público.

Indignacion y rabia, mas todavía que dolor y llanto, excitaron estas ejecuciones en los flamencos. Hlubo algunos que atropellando por todo, empaparon sus puñals en la sangre de Egmont y los guardaron como una preciosa reliquia; otros locaban la caja de plomo que habia de guardar sus restos; no pocos juraban venganza: maldecian muchos el nombre del de Alba, y protestaban que pronto envolverian á Flandes nuevos tumultos; difundióse por el pueblo la voz de que en tierra de Lovaina habia llovido sangre, y sacaban de aquí los mas fatídicos pronósticos; el embajador francés escribió al rey Carlos IX que habia visto derribadas las dos cabezas

que

babian hecho extremecer dos veces la Francia, y el terror mezclado con la ira se apoderó de todos los ánimos de los flamencos.

VIII.

De haberse ejecutado estas sentencias daba parte y conocimien

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