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que han dado origen á patéticos dramas de que están llenas las

á historias. Sin duda la exageracion es inevitable en estas cosas sobre todo cuando se presentan a la imaginacion rodeados de tinieblas у misterio. Por esta razon nos contentaremos con citar lo

que

sobre tan triste y vergonzoso asunto dice un escritor católico que en su obra, llena de erudicion, no cesa de hacer ostentacion de sus católicos sentimientos:

«Debo advertir, dice D. Adolfo de Castro en la pág. 295 de su Historia de los protestantes, que los inquisidores, acostumbraban sacrificar en aras de la lascivia la honestidad de las matronas

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vírgenes reclusas en las cárceles secretas, como sospechosas en el delito de heregía.

» Las infelices amedrentadas con la horrible suerte que les preparaban en los autos de fé los inquisidores, cedian á sus querellas amorosas, ó mejor diré lascivas. El espanto persuadido de los ruegos, de la esperanza de salvacion y quizá del convencimiento de la violencia, rasgaba el velo de la virtud ó de la virginidad, y hacia que ambas huyesen de los calabozos á donde las habian arrastrado la lujuria y la desdicha.

»A mas de eso, malhechores, exclamaba Miguel de Montserrate judío español del siglo xvii, ¿cómo no teneis vergüenza ni honra? que despues de aber gozado las mujeres y doncellus que entran en vuestro poder, despues de aberlas gozado, las entregays al fuego. ¡Oh impios, peores que los viejos de Susana!

»Así los inquisidores convertian en lupanares, ó mas bien en serrallos las mazmorras del Santo Oficio.

» La lascivia satisfecha, no dudaba luego en lanzar á las hogueras á las matronas y doncellas, cuya honra han mancillado sirviéndose del terror y de la violencia.

У »Cipriano de Valera, en el Tratado de los Papas, confirma la opinion de Montserrate acerca de la inicua lujuria de los del Santo Oficio. «Hubo inquisidor (refiere) que por gracia y donayre dijo de otro compañero que no se contentaba con aporrear el pulpo, sino con comerlo; porque habiendo hecho azotar una hermosa moza, que estaba presa por judía, durmió despues con ella y luego la quemó.»

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XI.

Además de los ya referidos, la inquisicion de España persiguió y quemó á muchos otros protestantes en Sevilla, Valladolid, Toledo, Logroño, Zaragoza y algunas otras ciudades; llegando á tal punto la ferocidad de ciertos católicos en la persecucion contra los protestantes, que en 1581 hubo un caballero en Valladolid que delató á la Inquisicion a dos hijas suyas porque profesaban las doctrinas de Lutero.

Fueron presas por el Santo Oficio y encerradas en los calabozos, donde entre aquel padre malvado y los fanáticos frailes trataron de reducirlas á volver al catolicismo; pero todo fué en vano, todos aquellos esfuerzos se estrellaron contra la firmeza de las dos jóvenes. Viendo cuan poco adelantaba con sus consejos, el bárbaro padre instigó á los jueces para que condenaran á sus bijas, y en esecto, fueron sentenciadas á muerte.

Temiéramos no ser creidos si continuáramos la narracion de este desbordamiento de ferocidad, dejemos la palabra al autorizado señor Castro:

«Este (el padre) ufano con el castigo de su sangre, mancillada en las opiniones de Lutero, y arrastrado por una frenética demencia, tomó el camino de cierto bosque que le pertenecia para desgajar en él las ramas de los árboles mayores y dividir el tronco de los menos robustos con el fin de que sirviesen de leña en las hogueras que iban á devorar los cuerpos de sus hijas.

» Este bárbaro, digno de haber nacido entre caribes, volvió á Valladolid con los despojos que habia sacado de su bosque y los presentó a los jueces del Santo Oficio. Estos loaron la grandeza de ánimo de aquel monstruo de ferocidad y fanatismo, y lo pusieron por ejemplo á los nobles y al vulgo, para que su accion hallase imitadores en acrecentamiento y servicio de la fé que imaginaba de

y fender por medio de las llamas. »Aun no satisfecho el caballero con haber cortado la leña que

habia de abrasar el cuerpo de sus hijas. quiso, incitado por las alabanzas de sus amigos, asi eclesiásticos como seglares, asombrar aun mas á Valladolid convirtiéndose en matador de su propia carne y sangre. »Despues de ser enemigo de sí, arrastrando á las mazmorras del

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Santo Oficio á sus hijas y trayendo los maderos para formar las hogueras, solicitó de los inquisidores el permiso de quemar por su mano en auto público de fé la leña destinada a reducir á cenizas á las tristes doncellas, infelices en tener tales jueces y mas infelices todavía en haber conocido á un padre, hombre en las formas, caballero en los dichos, tigre en los sentimientos, ostra en el raciocinio y verdugo en las obras.

»Los inquisidores que en el hecho de este bárbaro veian un modelo de esclavos, recibieron benévolamente su demanda, y para exaltacion de la fé, publicaron con el son de atabales y trompetas así la solicitud del caballero como el permiso del Santo Oficio.

» Las dos desdichadas doncellas murieron en Valladolid el año de 1581. El nombre de su padre ha quedado oculto entre las sombras del olvido. Allí lo acompañará eternamente la execracion de los buenos.»

Los protestantes españoles que pudieron huir de esta sañuda persecucion, refugiáronse en paises extraños; pero no todos fueron bastante dichosos para hallar la tranquilidad que anhelaban, como vamos a ver en el siguiente capítulo.

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