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en fin mostrarse despótico, á pretesto de darse los aires de fuerte y justiciero. Mientras tanto crecia el mal: cada vez se oscurecia mas la atmósfera política, y llegó el caso de que por instantes se aguardase el estallido de la borrasca que desde algunos meses estaba amenazando. Hasta el gobierno mismo deseaba este lance crítico, prefiriendo los azares de una guerra abierta, á los peligros de la fébril escitacion que tantas noticias imprimia en los ánimos.

El momento llegó en fin; á principios de octubre se pudo creer naturalmente la repeticion de un pronunciamiento parecicido al de 1.° de setiembre del año anterior, mas las circunstancias eran diferentes. La masa nacional no estaba animada de sentimientos hostiles al gobierno. No habia descontento público, ni motivo alguno de sospechar de que se condugese de una manera contraria a las profesiones de su fé política. Eran individuos, parcialidades, pandillas, las que se removian y aspiraban á trastornos, como lo manifestaron evidentemente los mis. mos acontecimientos. El gobierno contaba con los grandes ele. mentos que tenia en su favor; y aunque justamente alarmado con tantos indicios de hostilidad, aguardaba tranquilo que empezasen.

Hasta entonces se creia ó afectaba creer que las revoluciones ó pronunciamientos, como dieron en llamarse, eran peculiares del partido progresista, y consecuencia natural de sus principios ó doctrinas. Como argumento fuerle contra estos, citaban los acontecimientos del año 35, del 36 y del 40. De propensos á disturbios y alborotos, eran acusados los hombres del progreso por sus antagonistas. Los acontecimientos que vamos á recorrer con rapidez, demuestran que todos los partidos, de cualquier color que sean, que todas las personas caidas y que desean levantarse recurren á las revoluciones, cuando no encuentran otros medios hábiles de enderezar, los que consideran como agravios. Revolucionarios habian sido los carlistas: re vlucionarios á veces los progresislas : revolucionarios esta vez fueron los puros moderados, pues muy pocos hombres de otro color. entraron en sus planes, es decir, en los consejos de

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los que activamente produgeron los disturbios. Moderados fueron los que en Madrid, en Paris y otras partes, promovian esta nueva lucha; moderados los gefes que se arrojaron personalmente al campo del combate. Y como sucede en todos casos de esta clase, los resultados iban á decidir quiénes en esta lid eran los legi. timos, quienes los rebeldes. Porque tal es la lógica comun y vulgar, que falla en estos juicios.

Rompió la nube en Pamplona, de cuya ciudadela se apoderaron los alzados; se estendió á Vitoria y Bilbao, y á otras poblaciones de las provincias Vascongadas. Mas el movimiento no fué popular, no sue de masas. Algunos generales y gefes pudieron seducir á varios cuerpos. Por lo demas, las diputaciones provinciales, la parte sana de la poblacion, no tomó en el la me nor parte. San Sebastian se mantuvo firme en su lealtad al go bierno del Regente.

En este movimiento, solo tomó parte un cuerpo entero mano dado por sus gefes naturales. Fueron algunos trozos de regio mientos, los que siguieron la voz de los comprometidos. Lo mismo su cedió en todos los puntos donde se alzó la bandera insurreccional, en Bilbao, como en Vitoria, como en Pamplona, donde los insurrectos tenian reducida su dominacion á la sola ciudadela. Las chispas del alzamiento, se sintieron asimismo en Estella y en Puente la Reina. Amagos hubo y muy sérios de ella en la Rioja alavesa, y aun estuvo amenazado el punto de Logroño, mas los gefes militares y autoridades civiles acudieron pronto, y sofocaron aquel movimiento en un principio.

Tambien prendió la chispa en Aragon, y como á las puertas de la misma Zaragoza.

La noticia de esta insurreccion llegó á Madrid con la celeridad del rayo, y causó en amigos y enemigos la profunda impresion que debe presumirse. El gobierno ya preparado á movimientos de esta especie, redobló sus precauciones, y se aplicó á tomar cuantos recursos aconsejaba una estricta vigilancia. Tenia mil motivos de creer que el alzamiento en las provincias tendria eco en la misma capital, donde estaba el foco de los movimientos insurreccionales, la junta que la dirigia y los

principales gefes y oficiales que se habian comprometido á secundarla.

Varios de ellos recibieron órdenes de salir de Madrid; mas no la obedecieron, eludiendo por medio de la ocultacion las pesquisas de la autoridad; ¡tan confiados estaban de que muy pronto iba a dejar de existir aquel gobierno! Todos se movieron con ardor y se apresuraron á dar en la capital Gl golpe decisivo. El plan era vasto, los elementos con que contaban, numerosos. Los puntos estaban distribuidos de antemano, y designados los gefes que de ellos debian apoderarse. Mas como sucede ordinariamente en estos casos, unos se arredraron, otros faltaron á sus puestos, otros se separaron de antemano de una empresa á que se habian comprometido por ligereza, por no parecer inconsecuentes á sus opiniones, ó porque la creian tal vez irrealizable.

Mientras tanto, el gobierno hacia separaciones de gefes y oficiales, que en los cuerpos de la guarnicion pasaban por desafectos, y habian dado motivos de pasar por sospechosos. La noche del 6 al 7 fueron separados cerca de ciento, entre gefes y oficiales de los regimientos de la Guardia Real de infantería; sin embargo estas precauciones no bastaron, ni el gobierno mismo presumia que con ellas se pararia el golpe proyectado. El momento del combate se acercaba. El gobierno solo ignoraba el parage, y la hora de romperse las hostilidades.

Sonó esta al anochecer del 7 de octubre. Las combinaciones en que confiaban los insurrectos, les faltaron en aquel mismo instante. Los gefes no acudieron todos á sus puestos. En lugar de ser un movimiento general, principió y terminó por una insurreccion parcial que tuvo lugar en solo dos cuarteles. Los regimientos que estaban dentro, se prounciaron a la voz de los generales que vinieron á buscarlos y arengarlos en aquel momento crílico; la mayor parte de esas tropas salieron, en efecto, de sus cuarteles, y siguieron la voz de los que los habian arengado; pero muchos se arredraron, y retrocedieron. Los coroneles que nada sabian de las ocurrencias, acudieron á sus puestos é hicieron entrar en su deber á la mayor parte de ellos. Los cuerpos de la Guardia Real de infantería con quienes se contaba, na

da hicieron en virtud de la separacion de que hemos hablado. Los gefes de la insurreccion que quisieron penetrar en su cuartel, se vieron en la precision de retirarse.

Los insurrectos, los que se habían declarado en contra del gobierno, quedaron reducidos á 500 ó 600 hombres, que guiados, de los que se habian puesto a su cabeza, se dirigieron á Palacio.

Era el plan apoderare principalmente del real Alcázar y de las personas reales, golpe de audacia que acabaria de arredrar á la capital, por varios puntos atacada. En caso de que no se declarase la victoria a su favor, les quedaria el recurso de llevarse á las personas reales á las provincias, que suponian completamente pronunciadas.

Las tropas indicadas corrieron, pues, á Palacio, en cuyo recinto penetraron arrollando cuantos obstáculos se les ponian por delante. Apoderados del patio y las partes bajas, tomaron la escalera con precipitacion, en busca de las personas reales. Mas encontraron una resistencia conque no podian contar, en vista de la poca fuerza que guarnecia el interior de las habi. taciones. Un puñado de alaharderos en número de 18, mandados por un oficial, detuvieron el torrente de aquella gente armada que intentaba penetrar en las mansiones régias. Las intimaciones que les hicieron de rendirse, fueron respondidas con nuevos esfuerzos de la mas heróica y obstinada resistencia. Fue bastante aquella obstinacion para que persido el primer golpe, la noticia de aquel atentado cundiese por los alrededores del Palacio y por toda la poblacion, inutilizando de este modo una intentona, que solo de la rapidez de la ejecucion, debia esperar un feliz éxito.

A los primeros síntomas del alboroto acudió apresurado á Palacio D. Agustin de Argüelles, en compañía del intendente de la casa: mas fueron detenidos á la entrada, y consignados como prisioneros en las Gaballerizas. Habiendo conseguido fugarse en medio de la confusion, se dirigieron á casa del Regente.

Mientras tanto cundia la alarma en Madrid, y puso en espectacion á su númeroso vecindario. Inmediatamente que se supo la ocurrencia de los dos cuarteles, se tocó la generala; los cuerpos de la guarnicion, los de la Milicia Nacional, corrieron

en árbitra de los destinos de toda una provincia, y usurpó las funciones de los poderes del Estado, cuando el gobierno velaba mas que nunca por el desagravio de las leyes. Consentimiento de desaprobacion, se han sabido por la España entera estos sucesos. El Regente faltaria á lo que debe á la nacion, lo que debe a la justicia, si quedasen impunes acciones violadoras de las leyes; si los principales instigadores y perpetradores, quedasen animados para abandonarse á nuevos desenfrenos.

El general Vanhalen se presentó en efecto delante de Barcelona; mas por el pronto se le rehuso la entrada. Se temia que fuese preciso apelar á la medida de un asedio, cuyas consecuencias hubiesen sido tan fatales. Mas no se llegó á tal estremidad, pues no todos los habitantes de Barcelona estaban animados del espíritu insurreccional que fascinaba á los mas acalorados. Conocieron los mas sensatos que aquel alzamiento o declaracion habia sido inútil, sin motivo alguno que le paliase ó justificase: que era imposible que un gobierno como el que entonces se hallaba al frente de los negocios públicos, diese mas pruebas de su adhesion é intenciones de conservar á toda costa las instituciones liberales ; que no era prudente, ni justo cuando toda la nacion estaba alborozada por haber salido de un peligro, aguase este contento general la sola ciudad de Barcelona. Sobre su conduce ta, en efecto, se habian hecho manifestaciones públicas en varios puntos de la monarquía," principalmente en Madrid, donde la Milicia Nacional se dirigió con quejas sentidas al Regente.

Los barceloneses parecieron, en efecto, deseosos de venir á buenos términos con el gefe supremo del Estado. Al general Vanhalen se le abrieron las puertas de la ciudad, sin que fuese necesario acudir á medios de violencia. Ya dentro de sus muros, tomó el mando supremo, al que estaba autorizado por el estado de sitio, y dictó las providencias que le parecieron conducentes para el completo restablecimiento del orden y tranquilidad pública. La obra de destruccion de la ciudadela, quedó del todo suspendida.

Ya veremos la influencia que tuvo este suceso en otros males mas graves todavia. Por ahora nos contentaremos con decir, TOMO IV.

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