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tropas, de donde tomó sus disposiciones de ataque mientras recibia órdenes ulteriores del gobierno.

Libre Barcelona de los que llamaba sus enemigos, comenzó å ser teatro de desórden, de confusion y de anarquía. La junta de que hemos hablado, fué reemplazada por otra compuesta de gentes que inspirasen mas confianza. A la exaltacion de los ánimos que habia sido el resorte principal del terrible conflicto contra las tropas del gobierno, habian sucedido el temnor, la ansiedad, la desconfianza y la justa aprension del triste desenlace probable de aquel drama. El capitan general se hallaba con sus tropas en Monjuich, de donde podia reducir á Barcelona it. un monton de ruinas y escombros. Los barceloneses en su insurreccion, no habian pensado sin duda en aquel punto que los amenazaba de ruina, á permanecer en manos de sus enemigos.

Llegaron las noticias de la insurreccion de Barcelona á Maadrid, cuando acababan de instalarse las Córtes que estaban convocadas el 14 de noviembre, con objeto de examinar y votar los presupuestos correspondientes al año siguiente de 1843. Se abrieron las Córtes por inedio de un decreto. El Congreso nombró presidente al Sr. Olózaga; el Sr. Gomez Becerra, fué puesto por el gobierno al frente del Senado.

Lo primero que hicieron los cuerpos legisladores en vista de la situacion de Barcelona fué votar un mensage al Regente, ofreciendo su cooperacion y los esfuerzos quc fuesen necesarios para apaciguar aquellas torbulencias. El Regente recibió esta manifestacion del Senado y del Congreso, con muestras vivas de agradecimiento.

Tomó el gobierno la resolucion de que saliese en persona el gefe del Estado en direccion a Cataluña, para contribuir con su presencia á restituir la tranquilidad á Barcelo:ia. Para desembarazar el gobierno de loda atencion que no suese esle asunto tan vital, se determinó suspender las tareas de las Córles. Tuvo esto cfecto por medio de un decreto espedido el 21 del mismo mes de noviembre; paso que irritó sobre manera, á los que hacian oposicion en el seno del Congreso.

Salió efectivamenle el Regente tomando el camino de Bar

celona, á cuyas inmediaciones llegó dentro de muy pocos dias. Continuaba mientras tanto en aquella ciudad el desorden, la confusion

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el alboroto. Con la ocupacion del fuerte de Monjuih por las tropas del gobierno, andaban naturalmente inquietos, desasosegados y hasta aterrados aquellos habitantes. Varias veces trataron de entrar en negociaciones con el general; mas este imponia condiciones con las que no querian los de dentro conve. nir, fiados tal vez en que nunca llegaria el primero á usar los medios esterminadores que tenia en su mano..

Con la llegada del Regente, se renovaron las negociaciones. El desarme y la entrega de las armas por parte de los milicianos nacionales, y el castigo de los principales delincuentes, fueron los términos que se propusieron por parte del gobierno. Se negaron Jos barceloneses á unas condiciones que les parecieron duras, у humilladoras en estremo. Interpusieron en su favor al obispo de aquella ciudad y otras personas respetables; mas el Regento se mostró inflexible en sus resoluciones.

Como esta cuestion de los asuntos de Barcelona fué un punto de tanta acusacion, de lanta invectiva contra el gobierno del Regente, no la agitaremos en el dia. Despojada de todo espíritu de partido y animosidad está reducida á términos muy simples.

La ciudad de Barcelona se hallaba en completa insurreccion contra el gobierno que existia. (1) Sus 'autoridades habian sido destituidas: las tropas que la guarnecian, precisadas á dejar aquel recinto. Una junta habia tomado en su mano las riendas del gobierno de los insurrectos. Como consecuencia de este estado de cosas, se hallaba sitiada esta ciudad por las mismas tropas que hubian sido espelidas de sus muros. Unos y otros estaban, pues, en el estado de pugna y guerra abierla.

Segun las leyes de esta , no habia términos hábiles para una capitulacion entre los de afuera y los de dentro, mas que estos desarmasen á las tropas que habian sido instrumento de su rosistencia. De otro modo al volver las tropas del general al recin

(1) Uno de los puntos de una proclama que esparcieron, fué «abajo Espartero y su gubierno.»

to de la plaza, se podrian renovar la misma hostilidad, la misma guerra, la misma efusion de sangre entre unos y otros.

El desarme de la milicia nacional de Barcelona, parecia pues un punto imprescindible. El gobierno se negó á otras condiciones; los barceloneses no creyeron tal vez que se apelaria al recurso de disparar contra ellos los cañones y bombas de Monjuih; mas llegó el caso por desgracia, en vista de una obstinacion que todas las reglas de la prudencia disuadian.

No llevaremos adelante este relato, tal es nuestro disgusto de trazar cuadros lúgubres. Se dispararon en efecto los caño. nes: se lanzaron bombas, y aunque los daños de estos terribles proyectiles es mas relativo á cosas que a personas, causaron todo el efecto que era de temer, y que eran sin duda los primeros á lamentar los mismos que se veian precisados á recurrir á cspediente lan tremendo.

No podian ser de dura estos horrores: á los dos dias de tan terrible prueba, abrió Barcelona sus puertas á las armas del gobierno. ¿Sobre que cabezas caia aquella sangre derramada? ¿Quiénes eran los autores verdaderos de aquella gran calamidad, sin ejemplo en nuestra historia?

Su tribunal dará este fallo cuando llegue á escribirsc sin espíritu de pasion ni de partido. Ella dirá que no fueron los repu. blicanos solos los que originaron esta combustion en Barcelona; que todos los partidos enemigos de aquella situacion, suministraron los materiales de este grande incendio.

De todos modos, fué este asunto de Barcelona uno de los mas desgraciados que podian ocurrir bajo el gobierno del Regente. Todos sus enemigos pusieron los gritos en el cielo, contra un acto que llamaron de fcrocidad y barbarie á boca llena. Una ciu• dad populosa como la de Barcelona bonibardeada por el mismo gobierno, ofreció teina de invectivas y censuras hasta á los mas indiferentes. Muy pocos comprendieron bien esta cuestion. &Y cómo en aquel choque y efervescencia de pasiones, se podian pesar con la calma de la imparcialidad las circunstancias críticas que rodeaban al gobierno? Sin el desarme de la Milicia Nacional ¿se podia admitir á buenos términos una ciudad, que de otra ma

nera tenia siempre en sus manos los medios de perpetrar otra sublebacion cuando lo creyese convenienle?

Sosegada ó pacificada Barcelona, si se puede dar esta espresion al eslado de resentimiento en que quedaron los ánimos de aquellos habitautes desarmados, tomó el Regente la vuella de Madrid sin haber entrado en ella, y nada mas que esto pinta la verdadera situacion en que se ballaban unos y otros. A últimos de diciem re se restituyó á Madrid, donde su recibimiento no podia tener el carácter de sincera cordialidad y vivísimo entusiasmo que habia distinguido semejante paso en mil diversas ocasiones. El horizonte se oscurecia mas y mas: la enemistad de sus adversarios tomaba cada dia nuevo carácler de encarnizamiento no disimulado. Las cosas, babian llegado á un término en que los hombres previsores vaticinabau colisiones de mas gravedad, quizá una castástrofe á que ya casi se tocaba.

Las Córtes estaban suspendidas. ¿Podian los ministros conlar ya con una mayoria segura, sobre todo en el Congreso? Si el estado de sitio de Barcelona del año anterior habia sido objelo de pugna lan terrible por parte de la oposicion, &qué debia suceder ahora despues de un bombardeo? Entre la retirada de los ministros y una disolucion, no habia medio racional alguno. El gobierno se decidió por lo primero. En 3 de enero de 1843 se espidió el decreto de la disolucion del Congreso de los diputados, convocando nuevas Córtes para el 3 del abril próximo.

Fué esto una falta en aquellas circunstancias. Con tanta agitacion en los partidos enemigos del gobierno, no podia este contar racionalmente con Córtes mas favorables, á menos de forzar las elecciones, infringiendo las leyes en términos que ni aun estaban á su alcance, creando nuevos ódios y dando pretesto á quo se levantasen mas gritos de reprobacion y de censura. En materia de disoluciones tenemos el principio fijo de que

casi siempre son funestas, y sobre todo inúliles. En aquel estado de cosas, lal vez un ministerio sacado de las filas de la oposicion, compuesto de los hombres que tenian en ella mas influencia, bubiese neutralizado ó paralizado muchas animosidades.

Mas no sucedió así. Continuaron los ministros luchando con

obstáculos, ya superiores á sus fuerzas. Se hicieron las eleccio. nes bajo impresiones todas fatales al gobierno entonces existente. Fueron relectos todos los diputados de la antigua oposicion; quizá esta recibió refuerzos. Todos los partidos enemigos de la administracion, se combinaron para suscitarle nuevos embarazos. Muchas fueron las fracciones, y variados los programas que unos y otros adoptaron. Para que nada dejase de estar representado en esta reunion de diputados, se sentó en los bancos del Congreso al Infante D. Francisco.

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