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tativo y monárquico, los ministros son los solos responsables de cuantos actos emanan del poder, es principio fundamental de esta clase de gobiernos. Mas si el Rey, persona inviolable é irresponsable, es hombre de capacidad y alcanza dotes de estadista, se exigirá de él que nunca emita ideas, planes, pensamientos en materia de gobierno? ¿Se quiere que cuando esté con sus ministros , nada diga, nada proponga, que anonade en aquellos momentos su razon, que se reduzca á una máquina, quc oiga, calle y ceda á cuanto le digan sus ministros ? Tanto valiera establecer por máxima fundamental, que el Rey en las monarquías constitucionales debe ser estúpido. ¿Cuál es el derecho, el deber de los ministros? Repeler, rechazar cuantas ideas emanen del poder iresponsable, que no estén en armonía con sus máximas ó reglas de gobierno; insistir por otra parte en que el Rey admita las que le propongan, quedando en libertad de dejar su puesto cuando llegue el caso de una invencible discordancia. El ministerio Lopez, propuso al Regente la separacion de algunos empleados con cuya conducta ó principios no estaba muy conforme. Accedió el gefe del Estado á parte de estas exigencias. Mas cuando llegaron á proponer igual medida con respecto á dos altos funcionarios, con quienes estaba en relaciones antiguas de amistad y anteriores á su elevacion al cargo de Regente, opuso este viva resistencia. Contra dichas personas no habia formulado cargos la opinion: hombres de aquel gobierno, desempeñaban sus deberes públicos sin dar motivo á queja. El Regente hizo ver que no habiendo ningun cargo contra ellos, no parecia regular proceder á una medida que parecia vejatoria; mas los ministros insistieron. El Regente por su parte, á quien no se ocultaban, pues eran demasiado públicos los tiros de que era blanco su persona, creyó ver un aje ofensivo á su dignidad en aquella peticion, que tenia á sus ojos carác. ter de infundada. En este estado de resistencia mútua, los ministros pidieron su separacion y la obtuvieron.

Llamó el Regente en aquel mismo dia 19 para darle el encargo de formar un nuevo ministerio al presidente que era entonces del Senado D. Alvaro Gomez Becerra, quien fue investido

del cargo de presidente del consejo de ministros con la cartera de Gracia y Justicia. En aquella situacion y no teniendo todavía formado ministerio, ofició á los presidentes de ambos cuerpos colegisladores haciéndoles saber su nombramiento, rogándoles tuviesen á bien disponer que se alzase la sesion de aquel dia (19) y que no la hubiese en los dias siguientes, que fuesen nocesarios para la organizacion del nue to ministerio.

El vice-presidente del Senado levantó la sesion, inmediata mente que el oficio fué leido en público. El del Congreso no luvo á bien hacer lo mismo por las razones que indicó el dia siguiente, y de que daremos cuenta en brevísimas palabras. Este oficio no fué leido, pues, hasta en la sesion del 20.

Claro es y evidente que despues de la del 19 en el Congreso, era ya incompatible su existencia con la del nuevo ministerio. Los resentimientos eran vivos y completamente mútuos; las agitaciones de los ánimos, habian llegado al mas alto punto que podian desear los enemigos de aquella situacion política.

Fué el inmediato dia 20, el designado por el ministerio para suspender las Córtes. El público lo sabia: y por lo mismo fué estraordinaria la afluencia de gente en las galerias, en el vestículo, en la plaza misma del Congreso. Todo el mundo estaba preparado á presenciar alguna escena tormentosa:

El nuevo presidente del consejo se presentó en el salon del Congreso, acompañado del ministro de la Guerra el general D. Isidoro de Hoyos. Inmediatamente que este tomó asiento, se oyeron las voces de «fuera, fuera; aquí hay un hombre que no debe estar en este sitio. El decreto del nombramiento de este general no habia sido leido todavia en el seno del Congreso, hallándose sobre la mesa para cuando llegara la hora del despacho. El general se salió del salon en el momento, aguardando para volver á entrar que dichos decretos se leyesen.

Por el tenor de ellos se nombraban ministros, de Hacienda, á D. Juan Alvarez y Mendizabal; de Gobernacion, á D. Pedro Gomez de Laserna; de Guerra, al ya indicado ; de Marina, con la interinidad del ministerio de Estado, á D. Olegario de los Cuetos.

El nuevo presidente del consejo , pidió en seguida la palabra para leer el decreto de la suspension; mas antes de llevarlo á efecto mandó el del Congreso que se leyese el oficio que habia recibido el dia anterior, y esplicó los motivos de no haber dado cuenta de él en la sesion correspondiente. Dijo que se le habia llamado fuera del salon para entregársele, y que no habiendo creido que ni aun de oficio debia contestar a la comunicacion, habia respondido confidencialmente diciendo á la respetable persona que le firmaba, que no constándole de modo alguno que hubiese nuevos ministros, no habiéndose pasado los oficios comunicando sus nombramientos al Congreso, y mucho mas mientras las personas que entonces lo eran estaban todavia ocupando aquellos asientos, no podia él de modo alguno, reconocer á ninguna olra persona como tal. Y que habia añadido, que aunque supiese él esto mismo y aunque reconociese como presidente del consejo de ministros al señor que firmaba la comunicacion, no estaba en sus facultades de ningun modo alzar la sesion, como se le decia, vi suspenderlas por algunos dias, porque si el nuevo consejo de ministros creia conveniente hacerlo, tenia medios en la Constitucion que podria y sabria aplicar, si asi lo estimaba oportuno.

Como he visto, señores, asi fué la conclusion, que igual comunicacion se ha leido en el otro cuerpo legislador, y yo no soy mas que la persona encargada de dirigir las discusiones, he creido de mi deber dar lectura á lo que el Congreso ha oido y sin cerrarme de mi conducta, esperando que merecerá la aprobacion de los señores diputados.

No era dificil de preveer que el presidente obtendria esta aprobacion del modo mas completo. Se la dieron el Sr. Olózaga y cuantos diputados tomaron la palabra. Los discursos fueron vivos, los ánimos habian llegado á un estado de irritacion, que solo comprenden los que saben lo que son pasiones políticas, batallas campales en un parlamento. Hubo acusaciones, hubo anuncios fatales, palabras proféticas, lamentos sentidos sobre lo critico de aquellas circunstancias. Tomaron las galerias parte con voces y palmadas en aquella reyerta, y el presidente se vió muy apurado para calmar algun tanto aquclla tempestad, que

sin quererlo, había él mismo suscitado. En fin, á fuerza de campanillazos y de llamar al órden hubo algunos momentos de tranquilidad, que aprovechó el presidente del Congreso para leer el referido decreto, lo que hizo con la mayor calma y serenidad, sin dar indicios de que se habia turbado en lo mas mínimo.

El decreto estaba concebido en estos términos : «Como Regente del reino durante la menor edad de S. M. la Reina Doña Isabel II, en su real nombre, y usando de la prerogativa contenida en el artículo 26 de la Constitucion, he venido en suspender las sesiones de las Córtes hasta el 27 del corriente mes. Tendréislo entendido y lo comunicareis aquien corresponde.—Dado en Madrid á 19 de mayo de 1843.»

Con este se levantó la sesion, mas no cesaron el ruido, el tumulto y las vociferaciones de las gentes de la galeria, de los corredores, del patio, de la plaza. No cesaron de acosar condenuestos á los dos ministros, que con alguna dificultad pudieron recobrar su coche. Todavia los siguieron un gran trecho de la calle, у aun hubo vias de hecho ; mas algunas pedradas que les lanzaron, no hicieron daño á sus personas.

Asi terminó sin mas azares aquella mañana tormentosa. Los nuevos ininistros no dieron indicios de arredrarse. Con fecha del 26 se espidió el decreto de disolucion de las Córtes: ya entonces habia estallado de un modo material la tempestad política, cuyos mugidos se oian por los aires. Hacia tres dias

que

el estandarte de la insurreccion se habia alzado en Málaga , ejemplo que sin duda iba á ser imitado en otras mas provincias.

Con estrema repugnancia vamos á recorrer rápidamente lo que sigue:

No referiremos uno á uno, los sucesos que en las páginas de la historia quedarán consignados algun dia. Para comprender mejor los pronunciamientos, pues asi se llaman en estilo moderno, de 1843, no será fuera de propósito que los comparemos con los que tuvieron lugar en el curso de este siglo.

No hablaremos del de 1808, que ni en unanimidad, ni en grandeza ni solemnidad, se puede comparar con ningun otro. Era la nacion entera cuyas clases, cuyos individuos, cada uno

á su modo y por diferentes motivos, se pronunciaron todos contra un yugo estranjero en defensa de su independencia. ¡Pensamiento entonces único!

En el año de 1820, hubo otro pronunciamiento, si no de toda la nacion, á lo menos de los que querian el restablecimiento de la Constitucion de 1812, destruida en 1814. Este pensamiento estaba escrito en todas as banderas, del modo mas terminante y positivo.

El de 1835 habia sido solo, en oposicion á los ministros que entonces gobernaban. Habiendo cambiado de manos el poder, se disipó por sí mismo, sin ulteriores resultados.

El de 1836 tuvo por objeto positivo la sustitucion del Estatuto Real por la Constitucion de 1812, y produjo realmente di. cho efecto.

No hay que hablar de los que se debieron al de 1840, que despues del de 1808, fué el mas popular, el que tuvo quizá mas número de votos.

En todos estos movimientos hubo un pensamiento claro, positivo, resultado de la homogeneidad de los principios de sus promotores, en lugar de que los de 1843 llevaron el sello de la diversidad de miras de los causantes, en que entraban carlistas, moderados, republicanos y simples progresistas, hombres puros de setiembre. Unos pusieron el valor personal: otros el dinero y las influencias; estos, la habilidad de su pluma; aquellos la mágia y perspectiva de altas y poderosas protecciones.

¿Eran esclusivos, eran incompatibles los principios políticos de estas diversas banderías? Sin disputa. ¿Eran amalgamables? No se puede fundir lo que mútuamente se escluye y se rechaza. Vencido el enemigo comun, tenian, pues, que volver á combatir entre sí, ó quedar vencidos sin batalla por el aliado que mas fuerte se mostrase.

Los carlistas, los moderados, los republicanos, eran enemigus del Regente y aspiraban sin duda á su caida. Los progresistas que entraron en la coalicion, no dijeron que hacian guerra al Regente y si á los malos ministros que rodeaban su persona, y contrariaban las id eas envueltas en el pronunciamiento de setiembre.

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