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riori han podido advertirse desde que Cervantes, que debió de conocerle, lo declaró aragonés en varios pasajes del Quijote.

Sobre el finjido Avellaneda , cuyo lenguage se ha examinado muy poco, nos permitiremos una ligera digresion por lo

que

tie. ne de interesante á nuestro objeto.

Cervantes publicó en 1605, y despues en 1603, las cuatro partes de D. Quijote, que despues él quiso que se llamaran una sola y primera parte, á la cual dió cima con el encantamiento del héroe manchego, el cual, razonablemante maltratado por el cabrero y los disciplinantes, fue restituido con aquella industria á su aldea, en donde el autor le dejó tan finado, como que habló de lo poco que la tradicion conservaba acerca de sas posteriores aventuras en Zaragoza y concluyó con los versos que à su muerte se escribieron, pero dejando, no obstante, al lector con esperanza de la tercera salida de D. Quijote. Al cabo de algunos años, y cuando ya Cervantes, tenia adelantada su inmortal novela', hasta el capítulo LIX, que es en donde empieza a ocuparse de Avellaneda, publicó este en Tarragona el año 1614 una continuacion que Lesage tradujo al cabo de un siglo, en 1704, y que despues se ha reimpreso en 1732, en 1805 y por Rivadeneira en nuestros dias, habiendo merecido a todos en general fuertes dicterios, pero habiendo sido calificada por Montiano como superior a la del mismo Cervantes Saavedra.

Bueno es que este contestára, en el suyo delicadísimo, al torpe prólogo de Avellaneda; bueno es que continuára sa Quijote con la decencia y el donaire que tantas veces hubieron de faltar á su competidor; bueno es que pusiera la inimitable segunda parte suya muy por encima (que lo está mucho en efecto), de la del atrevido ingenio tordesillesco; bueno es que le hiciera las repetidas y chispeantes alusiones que se leen en varios lagares, que le motejara por haber abandonado como ingrata á Dulcinea del Toboso, que le deseara quemado y hecho polvos por impertinente, y aun que trajera hacia el fin de la historia á D. Alonso Tarfe, grandísimo amigo del otro D. Quijote, para que se sacará testimonio por ante un alcalde y un escribano sobre la autenticidad del verdadero hidalgo de la Mancha; pero no anduvo tan cuerdo el gran Cervantes en aquel juego de pelotear los diablos ante Altisidora con el libro de Avellaneda, en inquietarse porque este llamara á Sancho comilon, ni en privar à Zaragoza del honor que en recibir a D. Quijote le habia dado ya la tradicion (en el último capítulo de la primera parte); ni en iener por cosas dignas de reprehension... que el lenguaje es

ni

aragonés, porque tal vez escribe sin articulos... y que yerra y se desvia de la verdad en lo mas principal de la historia, porque aqui dice que la muger de S. Panza mi escudero se llama Mari-Gutierrez, y no se llama tal sino Teresa Panza (cap. 59).

Dejando esto último como menos importante, si bien prueba una vez mas la distraccion con que Cervantes escribia, cuando no recordó aquellas sus palabras del cap. VII, aunque lloviese diez reinos sobre la tierra, ninguno asentaria bien sobre la cabeza de Mari-Gutierrez; vengamos á lo del lenguage aragonés.

Que el autor tuviera esa patria no es para nosotros dudoso desde que Cervantes, que le habria muy bien conocido , nos lo aseguró varias veces, ya no con aire de sospecha, sino con toda la resolucion de quien hablaba sobre seguro: que el tal aragonés fuera inquisidor está punto menos que resuelto, si, como creemos, se ha interpretado bien una frase de Cervantes : que fuera ademas religioso de la orden de Predicadores se tiene hoy por muy probable, aunque mas lo dudara Clemencin, fundado en los cuadros y expresiones lúbrieas é indecentes del segundo D. Quijote, pero desconociendo la mayor procacidad con que, respecto á nuestros tiempos, en aquellos dorados se escribia: que fuera, en fin, el inquisidor general fr. Luis de Aliaga, ó el do minico Joaquin Blanco de Paz con quien se enemisto Cervantes en Argel, ó un autor de comedias criticadas en la primera parte del Quijote, como afirma resueltamente D. Vicente de los Rios, es una cuestion literaria que permanece todavia sub judice, aun que en favor de la primera opinion ha aducido tan buenas conjeturas el laborioso y perspicaz escritor D. Cayetano Rosell, que casi hay que rendirse a su opinion, no porque el episodio de los Felices amantes revele un tan gran conocimiento de los conventos de religiosas que no lo pudiera tener quien no los hubiera menudamente visitado, sino por las analogias de estilo entre el Quijote de Avellaneda y la Venganza de la lengua española de Aliaga, y por la coincidencia de haber denostado á Aliaga el Conde de Villamediana en una décima satírica, con el nombre de Sancho Panza, mientras se designaba con el mismo á Avellaneda en un vejamen de Zaragoza; no siendo por otra parte muy descaminada, aunque desde luego gratuita, la sospecha que ha expuesto Rossell de que, conocido Aliaga en la corte con el nombre de Sancho Panza, tomara Cervantes ese apodo para popularizarlo en su simple escudero, de que resultara la venganza literaria del supuesto Avellaneda.

Para nosotros es todo ello indiferente sino la patria de este

autor, y ese es por otra parte el único dato averiguado; pero lo difícil de concebir es cómo encontró Cervantes digno de reprehension el lenguage aragonés, que solo conoció porque tal vez escribe sin articulos. Lo ligero y ténue de esta indicacion, que luego declararemos ser tambien poco justa, prueba á lo menos la ninguna diferencia que habia entre el lenguage aragonés y el castellano; y aunque nuestro Diccionario, en que hemos llegado à reunir un número bastante considerable de voces, parece que está probando lo contrario, convéngase en que el lenguaje no es en sí desemejante y que el de los escritores es absolutamente comun cuando no idéntico.

Hemos leido con algun cuidado la obra de Avellaneda (cuyo lenguage han convenido, aun sus impugnadores, en que es muy de alabar), y deseando que nos suministrase alguna materia á nuestro Vocabulario, ya que no la hemos obtenido de otros escritores positivamente aragoneses pero siempre escritores en muy buen castellano; no ha podido logrársenos el deseo sino en un reducidísimo número de voces y locuciones. Las únicas palabras que hemos sorprendido son sorriar, repapo, malvasia, repostona, mala-gana y buen-recado, de cuyas cuatro primeras (quizá nó todas aragonesas) ya hemos dado cuenta en nuestro Diccionario, habiendo de decir de las otras que la una se halla en el capítulo XXXI en aquel pasaje «a quien, por aguardar que conva» leciese de una mala gana que le habia sobrevenido en Zaragoza, »no quiso dejar D. Carlos,” y la otra en el XXXV «Mal se puede » cerrar, replicó D. Carlos, carta sin firma, y asi decid de qué osuerte soleis firmar. ¡Buen recado se tiene! respondió Sancho: >> sepa que no es Mari-Gutierrez amiga de tantas retóricas." Tambien leemos en los capítulos XXVI y XXIX cechemos pelillos en la mar y con esto tan amigos como de antes..... dése pues por las entrañas de Dios por vencido, como mi amo le suplica, y tan amigo como de antes;" en el XXVII «la primera cosa que hizo en despertar,” locucion que Rossell corrije con las de al despertar ó en despertando; y en el XVII y otros muchos (porque esta es en el manera de decir muy de su gusto) cá la que llegó (cuando llegó) delante della , se hincó de rodillas."

No anotamos zorrinloquios por circunloquios porque, en boca de Sancho Panza, no puede ser eso sino un barbarismo dispuesto graciosamente y de proposito; ni hendo cruel penitencia por haciendo, porque nos parece del mismo carácter, aunque hay pueblos en Aragon que dicen vinon por vinieron, tuvon por tuvieron

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etc.; mas respecto de omisiones, todo lo que hemos hallado ha sido haberse callado por dos veces la preposicion de , lo cual se verifica en aquellas locuciones de los cap. XVII y XIX «cerca (de) los muros de una ciudad de las buenas de España... pero llegando á pasar por delante (de) su monasterio," las cuales son á uso latino y de uso catalan; y haberse suprimido otras tantas el artículo en el capítulo VII en donde dice «ello es verdad que no todas (las) veces nos salian las aventuras como nosotros queriamos... y con esto hacia toda (la) resistencia que podia para soltarse,” á cuyas dos frases no es lícito agregar aquella otra «a falta de colcha no es mala (la) manta.)

He ahi pues á que proporciones queda reducido el reparo de Cervantes, aun mas diminuto para el que recuerde aquel pasage de P. de Mejia en su coLOQUIO DEL PORFIADO «por que en invierno no es menester fresco, y en verano no lo bay todas

veces.)

PÁGINA 68.

Algunas mas palabras de las que se citan en la Introduccion se han omitido en el Vocabulario; unas porque, si bien se encuentran en documentos aragoneses, se hallan tambien en otros castellanos de la edad media, escritos en el mal latin de aquellos tiempos; otras porque no tienen para nosotros un valor conocido. Sean ejemplo alyala ó aliala, esto es, «præstatio quæ pro investidura et laudemiis fundi alicujus recens comparati datur, scilicet duo morabatini et septem denarii, cuyo pago solia expresarse en las escrituras con la frase aliala paccata; apacon cuya voz hemos oido sin que conozcamos á punto fijo su significado; brunias que hemos trasladado a la páj. 7 en un documento citado por Briz Martinez; cazeno, que puede ser roble ó encína, pero que no hemos visto en ningun Diccionario, aunque Briz en el citado documento lo escribe , como en latin, de esa manera y sin explicacion alguna; macano, que se encuentra en el mismo caso y que, escrito con cedilla, pudiera ser manzano, leyéndose por lo demás en un documento lusitano citado por Ducange «unam copam deauratam in Maçanis et circa bibitorium et circa pedem;» marcizacion, que se nos ha comúnicado como palabra alguna vez leida, pero que nosotros no hemos alcanzado á conocer en ningun documento ni podido por consiguiente interpretarla; mazarecchos, que hemos visto usado en escrituras aragonesas sin entenderlo, aunque de persona doc

lisima sabemos que significaba Jen la edad media luna especie de copa traida de Egipto.

PÁGINA 73.

Entre los autores de nota que han dudado acerca de la autenticidad de los poemas atribuidos á D. Alfonso el Sabio, á lo menos en el estado en que han llegado hasta nosotros, se encuentra el no sospechoso crítico D. L. F. de Moratin.

IBIDEM.

A propósito del verbo caler, nos parece oportuno añadir á los escritores que decimos haberlo usado el may insigne autor del Libro de Patronio, el cual dice en su cuento İVi «ruégovos que me consejedes lo que vieredes que me cale mas de facer.)

PÁGINA 96.

Que la Celestina no es de Juan de Mena, de quien en efecto no lo parece, lo prueba, entre otros, N. Antonio.

PÁGINA 99.

Entre los nombres cuyo diminutivo único es el en ico podemos citar á abanico, que procede de abano voz anticuada, y que es el único usual, como todos saben, por mas que la Academia conserve todavía abanillo y se lea en Lope y otros,

á cuyas flores servia
de abanillo el manso viento

(El Promio del bien hablar, III. 2.)

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