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los mismos Archiduques era el embajador, no porque dejase su corazon de ser español, sino porque en su mente estaban ligados hasta el punto de confundirse los intereses de su pátria con los de religion y del imperio, de tal suerte que

fuera de esta alianza no divisaba la rectitud de su conciencia sino perdicion y ruina, aun cuando creyera que Austria y Baviera solian ajustar su conducta á su propia voluntad y conveniencia, olvidando la de España. Decia más, y son palabras suyas textuales las que cópio: decia que «para obrar así ambos gobiernos era principal fundamento saber que en caso de guerra el de Madrid no podia dejar de asistirlos y que esta persuasion los endurecia y habia de endurecer siempre » pero añadia luego que «no habia forma humana de quitarles esta persuasion, como no fuera queriéndolos perder, lo cual no convenia á la conciencia ni á la honra.» Con cargo de Embajador se hallaba el Marqués de Bruselas, cuando recibió de Roma el Capelo con la apelacion de Cardenal de la Cueva, siendo de notar que en una misma promocion ascendieron a la dignidad de Príncipes de la Iglesia el personaje de quien hablo y el Obispo de Luçon á quien la historia conoce con el nombre de Cardenal de Richelieu, y que con ideas más mundanas y muy diferentes en punto á alianzas por guiarle miras temporales, fué el mayor enemigo de cuantos tuvo la casa de Austria. Pero el de la Cueva, aunque nunca hasta entonces habia pertenecido al estado eclesiástico, pues que dijo siendo Embajador su primera misa, entendia de muy diversá manera los deberes políticos que su nueva dignidad le imponia. Por lo demás, era este Cardenal persona de probado teson, de suma rectitud y muy práctico en el manejo de los hombres

de los negocios. Por su gran importancia y por la parte que tuvieron en sucesos que he de referir despues, no he podido menos de hablar de estos personajes, y por la brevedad me limitaré á mencionar á otros que componian aquella córle y á cuyo cargo corrian los ejércitos y negociaciones, como eran entre los españoles don Gonzalo de Córdoba, hermano del Duque de Sesa, á quien no poco

daba
que

hacer el cumplir con las obligaciones de nombre tan afamado; D. Luis de Velasco, Conde de Salazar; el Veedor General, D. C. de Benavente y Benavides, el Secretario Pedro de San Juan, y entre los naturales de aquellas provincias, el Conde de Bucquoy, veterano de nuestras guerras de Flandes, y despues aun mas famoso por sus victorias de Bohemia, el Conde Enrique de Berg como General, y como Magistrados y negociadores el Canciller Pequius y el Secretario Fernando de Boischot. Centro

у alma de aquella corte era la Infanta Doña Isabel Clara Eugenia, hija predilecta de Felipe II. A pesar de la madurez de los años, conservaba aquella señora restos de su celebrada balleza que templaba la majestad de su porte, ayudándose para ello con la dulzura de su carácter en el cual se concertaban las mas opuestas perfecciones. Sin renunciar a las que son propias de su sexo, descubria ánimo varonil en las vicisitudes de la guerra y en los cuidados y afanes del Gobierno. Antes y aun despues de enviudar para nada estorbaba en su palacio la sincera austeridad de su vida religiosa á las apacibles y alegres costumbres, asi del pueblo como la de los señores flamencos. Con blandura era el lema de su administracion maternal, y sin embargo, manejaba con mano firme las riendas de aquel turbulento Estado. De la altura conveniente no permitia que su decoro deca yese un sólo punto, y sin embargo, asistia á los ejercicios populares con los mas humildes y concurria á tomar parle en el tiro de ballesta tan apreciado por los flamencos. De los aciertos de su Gobierno pueden correr diversas opiniones; pero

de cuantos escritores herigieron la historia en tribunal supremo para juzgar á Felipe II, ninguno recuerdo que para las virtudes de la hija tuviese palabras que no fueran de alabanza y respeto. De igual suerte que se asemejaba la Infanta Isabel á otras ilustres Princesas de la misma estirpe, no desdecia tampoco del de otros Príncipes de la casa de Austria el carácter del Archiduque Alberto, tanto en sus cualidades como en sus defectos. Formadoy educado á su imágen y semejanza por Felipe II, que le preferia á sus demás sobrinos, supoluego en Bruselas templar el rigor que aquellos pueblos hubiesen tildado de adusto, y aunque extremado en su devocion, se conservó á igual distancia de la laxitud de su padre Maximi liano II, sospechoso á los ojos de la ortodoxia, tanto como de las ideas que en Madrid reinaban y aun de las doctrinas que aplicaba su primo Fernando de Gratz, á la gobernacion del Imperio.

No era ciertamente inútil en Bruselas al lado de los Archiduques la presencia de los personajes que antes he mencionado, porque de allí, aun mas que de Vadrid, habia de ser de donde recibieran direccion é impulso las campañas, como habia sucedido antes de que se ajustase la tregua, y de la misma suerte no podia aquella corte dejar de ser el centro de las negociaciones, pues que ni el rápido curso de las primeras ni las fases diversas de estas últimas daban tiempo á que los correos, cuyos viajes eran lentos, trajesen á España noticia de los sucesos y volvieran á llevar noticia de las resoluciones, que solian ser tardas é imtempestivas. De cuyas circunstancias provenia que la delegacion de facultades, á que antes la confianza señalara amplios límites, hubiesellegado á ser casi omnimoda por efecto de la necesidad, y de tal suerte, que en vista de las correspondencias y documentos acerca de los negocios mas graves del centro de Europa casi ocurrian dudas para resolver donde residia el Gobierno Supremo de la Monarquía, á no ser por la frecuente necesidad de auxilios y provisiones que la guerra requeria, que los ejércitos devoraban, y que habian de proporcionar en medio de mil penurias y escaseces los Ministros del Rey de España. Del desembarazo con que solian obrar los Archiduques en los casos mas graves suministra buen ejemplo lo que ocurrió en 1609 al tiempo en que fueron ajustadas las treguas cuyo plazo aun corria en la época á que me refiero, siendo sabido que antes que tuviese noticia ni menos diera su aprobacion al Rey de España ya habia comenzado la suspension de armas; así como es indudable que al ajustar aquel tratado, si bien fué el fundamento principal hallarse por una y otra parte las fuerzas cansadas y los tesoros exhaus tos al cabo de 40 años de contienda, en cuanto á ciertas condiciones y pactos harto dudosos y oscuros, mas bien se tuvo presente el reposo

de

que estaban necesitadas aquellas provincias de Flandes que el interés universal de toda la Mo-narquía, cuyo comercio y vastas posesiones ultramarinas quedaron entregadas fuera de ciertas latitudes a la depredacion de las escuadras holandesas y hubieron de continuar soportando los rigores de la guerra.

Estaban á punto de terminar los 12 años de estas treguas, y no era posible que antes de resolversi convendria romperlas ó renovarlas dejase de ser oida la voz del Castellano de Cambray, tan práctico en materias de milicia, tan enterado de los nogocios de aquellas provincias como celoso y diligente en el servicio del Estado. En Abril de 1620 envió al Rey un papel ó Memoria que

abrazaba dos puntos diferentes; si se debia prolongar la suspension de armas, ó en caso contrario, cómo contendria abrir la campaña. Acerca del primero de la opinion Coloma, que por cierto no podia ser mas atinada ni expresada en lérminos mas claros у

lạcó TOMO II.-NÚM, II.

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nicos, se redujo á decir que se habia de adoptar «entre una buena paz y una buena guerra.» Buena paz habia de ser la que extendiera sus beneficios á los dominios del Rey en su extension vaslísima sin dejar asidero á encuentros y novedades de una ni de otra parte. Tres eran las concesiones que en semejante caso se habia de exigir que hiciesen las que todavía llamaba Coloma islas rebeldes:

que renunciaran á su mal fundada libertad, que se retirasen del trato y comercio con las Indias, y que le abriesen á nuestros bajeles por el rio Escalda, dejando desembarazada la navegacion hasta Amberes; si almenos se salia con las dos últimas serian tolerables; si con la postrera solo «disculpables en alguna manera á los que gustan sobradamente de palmas;» pero con las condiciones de las pasadas las declaraba « indignas de la grandeza del Rey y ofensivas para la conservacion de los demás reinos y provincias.» Bien debió conocer quien asi discurria cuan dificil era que al cabo de 40 años de guerra y 12 de tregua renunciasen á su independencia los holandeses; y asi es que sin mostrar en esta parte sobrado teson, advierte «que hay menos inconveniente en dar uno á su contrario lo que á él se tiene bien o mal adquirido, que en poner lo que queda en conocido peligro.» Lo que le parecia intolerable era que en los 12 años de la tregua unos vasallos rebeldes no solo se hubieran salido con inquietar las costas de las islas occidentales, y mas aun de las orientales sino con poner en balanza el dominio y posesion de ellas con el mismo desenfado que si las poseyeran los gentiles y no las hubieran ántes ganado los portugueses á costa de su sangre y trabajo.

Y en cuanto al punto de la navegacion de Escalda (que por cierto ha sido litigio renovado en presencia de la generacion actual), señalaba elocuentemente los daños que se habian seguido á Amberes, que de lugar muy pequeño como era 200 años antes, llegó a ser el mas opulento y noble de Europa ; pero luego con quedar cerrada su navegacion, de tal manera habia usurpado su prosperidad Amsterdam, pueblo apenas conocido al empezar las guerras, que ya no era inferior esta última ciudad ni á Génova en riqueza, ni á Lisboa en concurso de todo género de mercancías, ni á Venecia en la fortaleza del sitio. Por si no llegara el caso de ajustar paces convenientes, pasaba el autor del discurso á explicar cómo se habian de emprender campañas venturosas, y para este fin designaba la fuerza, composicion y situacion que convendria dar a tres ejércitos que eran en su concepto indispensables, con particularidades y explicaciones importantes que por falta de espacio me veo obligado á omitir. Ocurríasele para sus proyectos un reparo muy natural, y era el del dinero que habia necesidad de juntar para semejante empresa; pero despues de responder que era imposible comprar barata la total firmeza y seguridad de la Monarquía, añadió otra consideracion

muy

notable: «Si vemos, decia, que los reinos y provincias que V. M. tiene en Italia se han desentrañado para acudir a las cosas de Alemania, cuánto más no se debe esperar de ellos para otras propias de la Monarquía como las de Flandes y aun las de las Indias de Oriente y de Occidente.» Abrevio y termino la cita de este importante documento, pero no puedo menos de añadir que su estilo es notable por la claridad, conviccion

у el tono de urbanidad y elegancia que nunca sufre el eclipse menor ni en las cartas del mismo autor, ya políticas y oficiales, ya familiares y amistosas, ni en sus obras impresas, ni en otras que hubieran merecido serlo como este disque otros varios papeles, informes, memorias у

consultes acerca de los mas graves negocios del Estado que en su tiempo fueron de carácter secreto y hoy pudieran y aun deberian prestar nueva claridad a la historia.

Antes de que terminasen las treguas de Holanda comenzó la guerra de Ale

curso de

ablo y

la

mania con ocasion de haber querido coronarse Rey de Bohemia el Príncipe Palatino del Rhin, por cuyos estados entró el Marqués de Espínola con un ejército español en el mes de Setiembre de 1620, mientras lanlo que otro diverso gobernado por el de Bucquoy iba en busca del usurpador hasta arrojarle de Praga. Con el primero de estos ejércitos entró por el Palatinado D. Carlos á cuyo cargo despues de haber atravesado el ejército dos veces el famoso rio, corrió el apoderarse de Kreutznach, lugar que habia de ser centro de las operaciones y cuartel del ejército de Espínola. Con esta invasion del Palatinado, á no ser que se quiera contar desde la rebelion de Bohemia, comenzó la guerra que con tanto daño de Europa y muy en particular de la Monarquía española, se habia de prolongar por espacio de los 30 años que le dieron nombre. Valia росо determinar cuales fueran condiciones honrosas

para paz,

ni el mejor sistema para

la

guerra, ni tampoco podian ser de gran fruto las operaciones preliminares de ella si no se contaba con los recursos necesarios para su prosecucion y buen término, como lo habia advertido Coloma, aunque es aviso que pueden omitir imprudentemente los que no son tan prácticos consejeros. Para que propusiese y recomendara el despacho de las indispensables provisiones, acordaron los Archiduques fuese á Madrid 1). Carlos, conociendo que asunto tan árduo en las circunstancias del Gobierno de España no podia correr á cargo de persona de

mayor celo. Bien era menester, en efecto, que empleara su autoridad y reputacion, y no estaban de más las espuelas de su elocuencia para impedir que con la acostumbrada lentitud se relardasen las resoluciones y se malograsen las empresas, y por si se dormia su celo no dejaban de estimularle desde Bruselas con cartas incesantes el Marqués de Espinola, el de Bedmar, el Veedor general D. Cristóbal de Benavente y Benavides, y hasta el mismo Archiduque.

(Se concluirá.)

B R E V E S A P U N T E S

SOBRE LAS BIBLIOTECAS DE SAN LORENZO DEL ESCORIAL.

En el número correspondiente al mes de Agoslo, describimos á grandes rasgos la Biblioteca principal del Monasterio de San Lorenzo (Escorial), no queriendo hacerlo de los tesoros literarios que en ella se encierran por creer necesario dar a esta parte mas estension en razon de ser mas importante que la ya descrita.

Entre las joyas literarias que se custodian en esla Biblioteca se halla un cuaderno que se conoce con el nombre de Códice áureo á causa de conlener los cuatro evangelios, los Prefacios y Epístolas de San Gerónimo y los Canones de Eusebio Cesariense escrito con letras de oro. Su tamaño es de 3 cuartas de alto por mas de 1 y medio de ancho y tres pulgadas de grueso próximamente; se halla encuadernado en tafilete encarnado sobre tablas, siendo sus cantos de bronce dorado y sus broches de argentino metal. Contiene 168 hojas de pergamino sumamente fino. La letra es clara y de un lamaño regular y la tinta empleada en ella conserva el mismo tono y brillo que si se acabara de escribir: en cuanto a las letras de oro están sobrepuestas al pergamino, formando relieve y no como generalmente se encuentran escritas en otros libros con oro desleido á manera de tinta, el valor del oro empleado en ellas se puede calcular en mas de 5000 reales. Es de notar que apesar del tiempo transcurrido no ha desaparecido ni el mas pequeño rasgo y aun cuando se arrugue el pergamino no por eso saltan las letras de oro.

En la primera de sus hojas vemos al emperador Conrado y á su mujer la emperatriz Gisela postrados en presencia del Salvador que se halla sobre un trono de nubes y de ángeles en aptitud de dar su bendicion, y en la segunda hoja están el Emperador Enrique y la Emperatriz Doña Inés su esposa, delante de Maria Santísima: ambas hojas tienen leyendas en verso al rededor y tambien en cuatro círculos que hay en cada una. Estos versos dicen lo siguiente:

EN LA HOJA DE LA VÍRGEN. Da veniam merear

Me tibi comendo Cujus sum muncre Cesar:

Prescencia doba ferendo Pectore cum mundo Regina

Patrem cum Matre Precamina fundo

Quim junclam Plis. amore Æternæ pacis

Ut sis adiutrix Et propter gaudia lucis,

Et in omni tempore fautrix Ante tui vultum

O Regina Poli Mea defleo crimina multum.

Me regem spernere noli.

EN LA HOJA DEL SALVADOR.

EN LOS Círculos.

Joánes qui signalur per Aquilam

Justicia virtus eximia et alla Lucas qui signatur per Vilulum

Temperancia inter Agnum et Leonem medi Marcus qui signatur per Leonem

Prudencia doctrix disciplinæ Dei Malheus qui signatur per Hominem.

Fortitudo contra vitia bellatrix invicta. Además del lujo desplegado en estas dos primeras hojas encontramos en las siguientes los retratos de los Pontífices desde S. Pedro, hasta Leon 1, formando un total de 48 papas, y últi

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