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UN FILÓSOFO JURISCONSULTO DEL RENACIMIENTO.

LEIBNITZ.

( 1646-1716)

La infancia de los pueblos está señalada por un distintivo indefectible; por su carácter meramente religioso, en el cual se encuentran envueltos con nolable confusion, todos los elementos sociales; carácter que al perpeluarse ha producido en Oriente, estos vastos estados inmóviles en sus instituciones y para los que en vano pasa la corriente civilizadora de los siglos. Nuestro Occidenle al recobrarse de la cruenta invasion, que habia echado sobre sus territorios las incullas muchedumbres del Norte, comenzó una infancia laboriosa, desarrollada solo a la sombra del Cristianismo, rico en la fecunda sávia del bien y de la verdad. La ciencia teológica debió pues imperar por salvadora necesidad; empero hallábase escrito entre los preceplos de la sublime doctrina del mártir del Gólgota, dad al César lo que sea del César y á Dios lo que de Dios sea; y léjos de impedir el Cristianismo el desarrollo de las mas preciosas conquistas de la humanidad, compatibles con el mismo, encontramos la perfeccion indefinida de todas las ciencias. Asi es que cuando empezó á brillar la aurora del renacimiento, vemos sucesivamente aparecer la filosofía y la ciencia del derecho. Tras los padres de la Iglesia, vino el escolasticismo, y al comenzar el siglo xii sonó a su vez la hora de la restauracion del derecho romano, olvidado, no perdido en la general conflagracion y desquiciamiento.

Italia, cuna y pátria de aquel derecho, debia iniciar este renacimiento científico. La organizacion especial de las ciudades Lombardas, la libertad de sus Comunes, su actividad y prosperidad comercial, que hacian necesarias nuevas reglas de conducta , así en el orden privado como en el político, las llamaba á ser las primeras regeneradoras de la ciencia del derecho. Y desde principio del siglo xii en que se descubrieron los manuscritos Justinianeos en Rávena, hasta la escuela histórica de Haubolt, Savigni y Niebuhr , que ha puesto en evidencia verda deros tesoros del derecho romano, se suceden eminentes filósofos y jurisconsultos de todas naciones, que con los productos de su inteligencia, impulsan la ciencia legal á un grado de envidiable adelantamiento.

En dicho siglo xi , Inerio funda en Italia la escuela de los glosadores y con ella comienza la enseñanza del derecho. En el xil, Acursio, profesor de Bolonia , sintetiza las obras de los glosadores , y en su Glossa ordinaria condensa todas las interprelaciones de los textos hechos por aquellos; en el mismo siglo, en España, Jácome ó Jacobo Ruiz, por encargo do Alfonso X, forma el compendio lilulado Flores de las leyes, que debe preceder inmediatamente al Código de las Siete Partidas. En el xiv, Bártolo empezó a escribir sus comentarios á la Instilula y á parle del Código y del Digesto, siguiendo sus huellas su discípulo Baldo, mientras que entre nosotros dejaba preclaro renombre Alonso Diaz de Montalvo en tiempo de los Reyes Católicos. El siglo xv es de verdadera transicion, y el cultivo de la ciencia del derecho se halla caracterizado mas por los trabajos literarios y filosóficos de Angel Policiano, que por los escritos del acreditado jurisconsulto Paulo de Castro. Sigue el siglo xvi, en cuyo principio se distingue noiablemente el ilaliano Andrés Alciato, precediendo a la escuela francesa de Cujas, Doneau y Bodin,

Llegamos por fin al siglo XVII, en que tanto brilló el filósofo jurisconsulto á cuyo esclarecido renombre dedicamos estas líneas. Conjunlamenle con él, si bien de menos mérito , florecieron otros jurisconsultos, á los cuales se ha asignado un respetado lugar en la Ciencia. Permítasenos , pues, detenernos un momento y reseñar, aun que brevemente, las principales doctrinas de estos; de esa manera tendremos, por decirlo así, el marco del gran cuadro de la ciencia del derecho en el siglo XVII, cuyo fondo ocupa por enlero Leibnitz.

En primer término descuella el canciller Bacon; en la filosofía del derecho, es el sucesor de Bodin; la estension de conocimienlos, la imaginacion y un discernimiento esquisito parecen caracterizar á aquel filosofo jurisconsullo , el cual presenla aquella feliz alianza entre la teoría y la práctica , lan frecuente en los siglos xvi y xvii y que desapareció en el xvii. Se lamenta de que la teoría de las leyes haya sido abandonada unas veces á los jurisconsultos que no sabian meditar, y otras á los filósofos que ignoraban los hechos. Bacon ha escrito el conocido tralado sobre la Justicia universal. La ley, es para él un pacto de los hombres aterrados ante la' inminencia del peligro, sin que sepa fijarnos la raiz de donde arranca esta convencion. Bacon ha tratado la jurisprudencia bajo los puntos de vista politico y práctico. Uno de los defectos que mas se le ha echado en cara en sus obras, es el haber desconocido la naturaleza metafísica del derecho. Bacon, ni una sola vez emplea la palabra jus como representando el derecho en su naturaleza y sustancia; para este filósofo no es otra cosa el jus que la coleccion de leyes posilivas. Con razon, pues, puede decirse, que apesar del título de su obra, no ba tratado de la justicia universal; empero, como escelente práctico , jurisconsulto y político, supo abarcar los hechos esteriores , la jurisdiccion , las leyes positivas, el modo de interpretarlas, y el arle de clasificarlas é introducir en ellas el método.

Es contemporánco de Leibnitz y Bacon, Selden, que vivió sucesivamente bajo los reinados de Jacobo y Cárlos I y el protectorado de Cromwuel , y que mas tarde debia ser llamado por su contrincante Grocio, la gloria de la gran Brelaña. Hugo Grocio acababa de escribir un tratado sobre la libertad de los mares, Mare liberum, en el cual reclamaba para Holanda, la libre navegacion hacia las Indias Orientales; Selden opuso una refutacion lilulada de Mare Clausum que mereció la aprobacion del Almirantazgo y le hizo aclamar por sus conciudadanos, como su primer jurisconsulto. La ciencia del derecho le debe vários libros prácticos y eruditos; los primeros relacionados con la jurisprudencia inglesa , y los segundos acerca del derecho de los hebreos. IIé aquí el epígrafe de sus principales obras: De Jure naturali et gentium juxta disciplinam Ilebræorum y el de Succesionibus in bona defuncti ad leges Hebræorum. (1)

Sin embargo, ninguno de estos jurisconsultos habian echado los verdaderos cimientos de la filosofia del derecho. Ni Bodin y Bacon habian vislumbrado siquiera los principios rudimentarios del derecho natural; asi es que el solo titulo de la obra de Selden De jure naturali, constituia ya por sí solo un adelanto. Grocio era quien debia avanzar un gran paso, sentando y resolviendo tan importante punto de la ciencia del derecho, si bien defectuosamente. ¿Quién era Hugo Grocio? Holandés de nacimiento y coetáneo de Leibnitz , merece el nombre de ilustrado jurisconsulto romanista , cuyo derecho conocia profundamente ; una de sus prircipales obras acerca de tan importante ciencia, fué su Florum sparsio ai jus Justinianeum. Al ocuparse del derecho propiamenle dicho , lo divide en natural y voluntario ó positivo : el primero lo define dictatum rectæ rationis, indicans aclui alicui ex ejus convenientia aut desconvenientia cum ipsa natura rationali ac sosiali inesse moralem lurpitudinem, aut necessitatem moralem. Segun Grocio, el natural puede probarse á priori y á posteriori y el voluntario que toma su origen de la

(1) Se consideran tambien como dignos de mencion los tratados siguientes: ade successione in pontificatum Hebræorum;, «De Synedrus et præfecturis juridicis veterum flóbræorum,» y su tratado a ad fleta , o que es un prefacio de la historia del derecho romano en Inglaterra,

voluntad de un ser inteligente, se divide en divino y humano, y este último se fracciona en civil y de gentes.

El origen de la propiedad, del cual se ocupó detenidamente Grocio, en el libro titulado: Quid bellum quid jus, lo espone de la siguiente manera: en un principio, dice, todo era comun, pero como semejante comunion no podia ser durable, pactaron los hombres que cada uno comenzara á poscer por sí. Del origen, pasa á examinar enseguida la adquisicion primitiva y derivativa, y con ellas las teorías de la prescripcion y de la usucapion. Tres dice que son los modos de adquirir un derecho sobre las personas: la generacion, el consentimiento y el delito. Grocio fué a la vez jurisconsulto, teólogo, filósofo é historiador; los que han estudiado sus obras ó leido en acreditadas autoridades la enumeracion de sus méritos, no pueden vacilar en calificarlo de talento superior ; así lo juzgaba Leibnitz al escribir á Tomás Burnet, (2) que aquel jurisconsulto era un hombre de capacidad é instruido, apesar de que no fuese, segun su opinion, suficiente filósofo, para discurrir con entera exactitud sobre algunas materias. El mejor timbre que á nuestro entender adquirió Grocio, fué al tratar de la penalidad; adopla, completándola, la hermosa teoría de Platon, que deriva el derecho de penar de la necesidad de espiacion del culpable y del escarmiento de los demás, y considera el castigo principalmente como purificacion moral; añadiendo que la sociedad reporta una gran suma de bienes por la justa aplicacion de las penas. Anticipándose á su siglo, si bien no pide en absoluto la abolicion de la pena de muerte, suplica á los monarcas cristianos que la supriman en muchos casos y la sustituyan por los trabajos en las obras públicas; y en fin, como coronamiento, no puede menos de apreciarse en su real valor, lo que dice acerca de la proporcion de los castigos, y sus consejos de que en cuanto sea posible no se castigue con mucha severidad.

Mientras que jurisconsultos de todas naciones habian mas o menos sobresalido en la obra regeneradora del derecho , Alemania permanecia muda, apesar del significativo hecho de dedicarse parle de su juventud al asíduo estudio del derecho romano en las celebradas Universidades italianas. No puede negarse que habian ocupado las sillas de las cátedras, profesores distinguidísimos que conocian á fondo la legislacion del Pueblo Rey; pero ninguno le imprimió un sello especial y progresivo que les hiciera dignos de ser colocados al lado de los que hemos hecho particular mencion. Puffendorf apareció en primer lugar si bien su reputacion ha sido muy contestada y hasta juzgado con sobrada severidad. En su tratado del Derecho de la naturaleza y de gentes y en su introduccion a la Historia general y política de Europa , pone en reliere una laboriosidad nunca interrumpida y si bien distinguió netamente y separó el derecho natural, de la teologia no hizo mas que fijar lo que lo habia sido ya con anterioridad por el mismo Grocio. Empero Leibnitz al ocuparse de Puffendorf y de sus obras, no puede menos de decir, que en estas no se encuentra una nocion aproximada del derecho natural.

Queda ya hecho en esbozo la rápida enumeracion de las principales doctrinas de los contemporáneos de Leibnitz ; mucho se habia adelantado, pero debia aun avanzar sensiblemente el derecho en la parte filosófica en el mismo siglo xvir y esta gloria estaba reservada al eminente teólogo, jurisconsulto y filósofo á quien dedicamos estas lineas.

Dos extremos de su vida comprende principalmente en Leibnitz el estudio de la ciencia del derecho; los primeros pasos de su mocedad y los ócios de su edad avanzada; extremos brillantes que se confunden por decirlo así y que patentizan como los genios se anticipan muchas veces á los años. A los quince entró en la carrera académica y dirigido por el profesor Tomasi se dedicó al estudio de la filosofía y de las malemáticas; no habia aun cumplido los veinte, cuando solicilando dispensa de edad, se presentó ante la Universidad de Leipzig, para obtener la

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borla de doctor en leyes; rechazadas sus pretensiones, obtuvo completa reparacion del claustro de Altorf, que no solo le concedió el grado por el indisputable mérito que contrajo en el desarrollo de la tesis que llevaba el epígrafe de Casibus perplexis in jure, sino que le ofreció el título de catedrático supernumerario de aquella facultad. No aceptó sin embargo, prefiriendo dirigirse á Nuremberg, donde se hallaban reunidos en animadas discusiones, una sociedad de químicos y otras varias eminencias científicas, haciendo tentativas en busca de la piedra filosofal, verdadera preocupacion de aquel siglo y otros anteriores. Un solo deseo germioaba en la juvenil mente de Leibnitz; ser admitido en el seno de aquella asociacion ; así es que escribió solicitando ser uno de sus indivíduos y tuvo su carta tan feliz éxito, que se accedió por unanimidad á su demanda, logrando al poco tiempo ser nombrado secretario(1). Afortunadamente para las ciencias y especialmente para la del derecho, trabó en aquel entonces conocimiento en Nuremberg, con el baron de Boineburgo, canciller del elector de Maguncia, Juan Felipe Schonborn; hombre aquel, que apreciaba sinceramente las ciencias y las letras, el cual admirado del raro mérito de Leibnitz, le instó para que estudiara particularmente la historia y la jurisprudencia, manifestando al mismo tiempo vivos deseos de que fijase su domicilio en Francfort, y prometiéndole que le conseguiria un empleo en la corte de su soberano. Siguió Leibnitz sus consejos y en esta época (1667) dió principio a su carrera científica con la publicacion de un método para aprender y enseñar la jurisprudencia, que fue seguido un año despues de un plan de codificacion del derecho romano; mas adelante tendremos ocasion de ocuparnos de estos notables ensayos.

Al mismo tiempo entregábase al estudio de la metafísica, geometría, matemáticas y mecánica; empero no nos hemos trazado la tarea, por grata que ella fuera, de hablar circunstanciadamente de los trabajos del hombre eminente de que nos ocupamos y que nos alejarian de la idea que ha inspirado este artículo; (2) solo detenemos la pluma algun tanto, ante los hechos culminantes de la vida de Leibnitz, que pueden contribuir a conocerle, caracterizándole. Una de las prendas que mas distinguieron á esto filósofo juriscoirsulto, fue la lealtad y profundo agradecimiento que siempre conservó hácia sus encumbrados protectores y á cuyo servicio consagró mas de una vez su talento. El baron de Boineburgo le insló á que compusiera un opúsculo en favor del principe de Neuburgo que solicitaba el trono vacante de Polonia; el príncipe no fue electo rey, pero la obra hizo gran sensacion en Alemania, siendo entonces nombrado consejero de la Cámara de revision de la Chancilleria. Apesar de las materiales ocupaciones de este destino, continuó sin descanso en el estudio de las ciencias exactas, y en particular de las matemáticas. Al ejemplo de los ilustres filósofos griegos y romanos, encontramos en Leibnitz, una verdadera sed de viajes, ávido siempre de ensanchar la esfera de sus conocimientos. Deseaba visitar sobre todo Paris y ponerse en comunicacion con las inteligencias de aquella ciudad y falto de recursos propios le facilitó la ejecucion de su deseo, su constante protector proponiéndole que acompañara á su hijo. Llegado que hubo á la capital de Francia, pronto estuvo en contacto con las eminencias de la misma, siendo al poco tiempo admitido en la Academia de Ciencias, llegando esla asociacion á significarle que le tendria en clase de pensionado, si queria observar la religion Católica, no lamentemos que orgullosamente rechazara á tal precio aquella pension; lameniemos sí, que al renunciarla, no se hubiese declarado al Catolicismo. Habiendo fallecido su bionhechor Boineburgo en 1673 y no dele

(1) Dicon algunos de sus biógrafos que con el fin de ser admitido , compuso precipitadamente la carta, copiando las frases mas oscuras que halló en las obras cabalisticas de los alquimistas mas célebres. El mismo Leibnitz no la enlendia, i pero que importa si tuvo éxito!

(2) Las obras de Leibnitz, tanto de Historia, como de Política, Jurisprudencia, Economía, Teología, Filosofía, Filosofia-pura, Polémica filosófica, Física, Mecánica, Medicina, Fisiologia, Filologia y su Correspondencia; han sido publicadas segun los documentos originales acompañados de notas y de una introduccion por el Conde de Careil.-Paris, 1859.

niéndole ya nada en Paris satisfizo su deseo de pasar á Inglaterra, donde fue acogido con marcadas muestras de distincion; inmediatamente se relacionó con Boyle, de Oldembourg y otros hombres célebres que disputaban á la Francia la palma en varias ciencias. Cual si le acompañara la fatalidad, allí supo la muerte de su otro protector el Elector de Maguncia y como este acontecimiento variaba su manera de existir, decidióse á escribir al duque de Brunswick, para hacerle presente la situacion crítica en que se hallaba. Este príncipe, que siempre le habia manifestado particular aprecio, acogió con placer el poder atraerle á sí y le ofreció el empleo de consejero, asegurándole por el momento una pension, y dejándole en libertad para permanecer mas tiempo en el extranjero; visitó otra vez á Paris donde resfdió quince meses, trasladándose luego al lado de su nuevo protector. No tenia aun veinte y ocho años y ya habia adquirido la general y merecida fama á que le bizo acreedor en su siglo la universalidad de su saber. Poco tiempo despues de su instalacion en llannover, dió a luz Leibnilz su tratado acerca del derecho de soberania y de embajada, y emprendió inmediatamente la publicacion del acta eruditorum. Fallecido el duque de Brunswick en 1679, su sucesor continuó teniéndole en grande estima y le confirió el encargo de escribir la bistoria de su casa; y Leibnitz queriendo corresponder dignamente á este honroso encargo, recorrió durante tres años Alemania é Italia, haciendo toda clase de investigaciones. A su vuelta utilizó el gran acopio de materiales recogidos para dedicarse al estudio del derecho nalural y público; al propio liempo que en su ensayo litulado Protegæa exponia ideas sumamente originales sobre la ciencia geológica y que no sin provechosa curiosidad pueden leer los que á ella se dediquen y que nosotros solo indicamos, para dar una nueva muestra de las distintas fases con que aparecia el talento de Leibnitz. En 1692 intervino este, en la célebre negociacion para la reunion de protestantes y católicos y sus correspondencias con Pellison y el ilustre prelado de Meaux, Bossuet; especialmente con este último, son una patente muestra de sus grandes conocimientos teológicos y al mismo tiempo de una acrisolada buena fe, que no han podido menos de reconocerle hasta sus contendientes. Verdadero ecléctico, tenia excelentes condiciones para el éxito de aquella negociacion; todo podia esperarse del que se complacia en repetir que cada uno debe hacer por su parte el mayor esfuerzo posible sin herir la conciencia y ofender á Dios, para tener con los demás verdadera condescendencia. Desgraciadamente no se logró el resultado apetecido, y la reunion de Iglesias que ocupó tan grandes hombres en el siglo xvii, que ha sido el escándalo de algunos filósofos y provocado la sonrisa de los escépticos del xvii, ha quedado sumido en el mayor olvido y total indiferencia. Un hombre ilustre, el vizconde de Chalvaubriand, con elocuentes frases l'ecuerda en sus Memorias póstumas (1) la visita que hizo al pontifice Leon XII; lamentaba el autor del Genio del Cristianismo el que se hubieran interrumpido los esfuerzos para volver á una unidad de Comunion y en que tan brillante parte tuvieron Bossuet y Leibnitz, y diz que el venerable anciano contestó: «si en efecto lo que decis es grande, magnífico, pero debo aguardar el momento fijado por la Providencia.» Esperemos pues en el porvenir. Empero no se crea que aquellas negociaciones fueron infrucutuosas, afirmarlo así, es un grave error y si la reunion no prosperó, en cambio fueron de suma imporlancia los resultados obtenidos. Y no hacemos alusion al proselilismo ardiente que arrancaba diez y siete principes á la reforma, sino a la confirmacion misma de una ley moral puesta en relieve por el propio Leibnitz; esto es que cuánto mas difícil y elevada es la resolucion de un problema, mas fecundos son los ensayos de la solucion que se desea; así segun el ejemplo puesto por él mismo, las pesquisas en busca de las tres quimeras (tria magna inania), la piedra

(1) Mémories D'Outre-Tombe ; tome cinquieme, pag. 50.–Paris.-Legrand-Troisell, éditeurs.

TOMO II, NÚM. 111.

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