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del ministro de

á sus cuarteles, quedando para custodiar el real alcázar las dos compañías de costuinbre. Habian tambien los ministros entregado sus renuncias el dia 4, Julio de 1822. y no habiendo sido admitidas, el de la Guerra habia insistido en llamar tropas de las provincias, y principalınente de Castilla la Vieja, donde mandaba el general Espinosa, para obligar á deponer las armas á la guardia real: negóse el rey á rubricar la orden, é irritado con la firmeza del ministro le exoneró de su cargo en la noche del 6. Los demas Exoneracion ininistros, el secretario del Consejo de Estado, pues la Guerra, sus individuos, dejando firmada en blanco la consulta para que se habian reunido, retiráronse á tiempo adivinando lo que se trazaba, y el gefe político San Martin, que habia ido á conferenciar con el ministro de la Gobernacion, cansados del largo é infructuoso trabajo de aquel dia quisieron retirar. se á sus casas; mas cerradas las puertas de palacio, se les intimó la orden de no salir del alcázar con mas visos de arresto que de otra cosa, porque Fernando insistia siempre en el plan de Vinuesa, en la parte que le era posible llevarlo á ciina. Condenados a las tribulaciones de aquella funesta noche, apuraron hasta las heces la copa de la amargura, y vieron desplomarse el pedestal de la monarquía sin poder arrimar las manos para sostenerlo.

Algunos milicianos habian recibido, ya oscurecido el dia, un anónimo que

trazaba exactamente el proyecto de los guardias inarcando los puntos de ataque, y aunque recaía sobre anteriores sospechas fue leido sin fé. A inedia noche los cuatro batallones que estaban en el Pardo pronunciaron su marcha con rumbo a la corte, y despues de detenerse y dar un rodeo, penetraron antes de amanecer por el portillo del Conde-Duque con el objeto de sorprender la villa y desarıar la inilicia. Alli divididos en tres columnas, encaminose la primera

Anónimo.

al parque de artillería, la segunda á la Puerta del

Sol, y la tercera á la Plaza de la Constitucion: Entrnda y a- marchaban silenciosos y resueltos: pocos poseían el de losguardias, secreto del gobierno que se intentaba establecer:

su grito era como en los dias anteriores el de viva el rey absoluto. La primera columna antes de llegar al parque tropezó en la calle de la Luna con una patrulla del batallon sagrado, mandada por el ex-guardia don Agustin Miró, y á los primeros tiros, disparados al azar, dispersóse y retrocedió desbandada dejando varios prisioneros, y entre ellos el teniente don Luis Mon, que ofreció por su libertad seis onzas de oro y un reloj al paisano que le prendió, el cual despreció con altivez la oferta. La segunda cohorte pisó sin estorbo la Puerta del Sol, donde se posesionó; mas sin poder apoderarse de la Casa de Correos, porque los soldados que alli habia atrancaron la puerta á falta de cerradura con una gran piedra que sus robustos brazos arrancaron de la escalera.

El encuentro de la primera columna habia ser. vido de despertador á las tropas liberales: todos corrieron al puesto señalado, y el oficial de artillería que mandaba las piezas colocadas en la Plaza Mayor saltó de un balcon para no perder momento. El general Morillo, que permanecia en el parque, recibió el aviso de la entrada de los guardias por diferentes paisanos, á quienes mandó arrestar creyendo que todo era mentira. Mas apenas se cercioró de la verdad del hecho desnudó el sable atónito de tanta falsia, y determinado á perecer coinbatiendo contra los defensores del despotismo. Su actividad le duplicó los inedios de resistencia: envió gefes y refuerzos á los sitios amenazados: en todas partes brilló su prevision, y á su pericia y arrojo se debió en parte la victoria.

Llegó á la Plaza de la Constitucion la tercera

Rota de los mismos.

columna agresora: en aquellos inomentos mandaba el recinto hasta la llegada del general Ballesteros el brigadier don Juan Palarea, y defendíalo la milicia cívica con dos piezas de artillería. Los sublevados acometieron á sus contrarios por tres puntos distintos, esto es, por las calles de la Amargura, de Boteros y del Infierno, y en el primer ímpetu penetraron hasta el lintel de la Plaza. Los granaderos de premio, y aquellos gastadores que habian encanecido en tantos combates, atacaron espantosa mente á los inespertos madrideños: un guardia, notable por la blancura de sus luengas barbas, logró tocar la boca inisma de los cañones, y hubo un minuto en que la victoria vaciló á quién coronaria con su lauro. Los denodados milicianos acribillaban con sus fuegos á los acometedores, y algunas compañías los rechazaron á la bayoneta: retrocedieron pues des. pavoridos los enemigos al ver tanta sangre fria en unos ciudadanos cuya fuga habian juzgado tan pronta como su presencia. Conocido el engaño, la ilusion apagada, cuando dudaban si volverian á la acometida, supieron la rota de la primera falange, y se replegaron hacia la Puerta del Sol al abrigo de la segunda, quedando sembradas de cadáveres las calles que habian servido de campo de batalla. En su retirada los acaudilló el despues general Fernandez de Córdoba, que obró prodigiosos estremos de valor para ordenar sus derramadas filas y restituir el aliento y la serenidad á los ánimos abatidos.

Empuñaban entonces las armas de la libertad los generales Alava, Copons, Riego, el conde de Oñate, el duque del Parque y otros ciento. Ballesteros sin pérdida de un instante quiso lanzarse con las dos piezas que habia traido del parque de artillería contra los rebeldes de la Puerta del Sol, acometiéndolos por la calle Mayor mientras Palarea lo verificaba por la derecha. El fuego certero de me.

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T. II.

tralla y el entusiasmado arrojo de la milicia madrideña desconcertaron al punto las haces de la guardia, que emprendieron el cainino de palacio para acogerse a su fortaleza. En el desconcertado delirio de esta noche habíaseles señalado aquel refugio en caso de derrota para desde alli custodiar al inonarca, que trasladado con ellos á una provincia fronteriza declararia disuelto el pacto social; y si por el contrario la fortuna ayudaba los esfuerzos de los guardias, como creían, montaria el prín. cipe á caballo y recorreria su corte inflamando con su presencia los pechos de la inuchedumbre pa. ra que aunada á los soldados le apellidase soberano absoluto. Con este fin veíanse enjaezados ricamente en las reales caballerizas algunos bridones, sobresaliendo el destinado para el príncipe, que llevaba los mismos costosos arreos que el dia en que S. M. salió al encuentro de su augusta esposa. Pero Fernando al saber el descalabro de los suyos, y que Ballesteros victorioso en la Puerta del Sol se acercaba al alcázar por la calle Mayor, se horrorizó; porque como dice Chateaubriand, "un tirano tími do acelera la catástrofe, y tiembla cuando llega; cae de la intrepidez de su cabeza á la cobardía de

su corazon: monarcas hay que se sientan en el so(Ap.lib. 10. lio para hacerle despreciable." (*) El miedo del mim. 5.)

rey habia contribuido poderosamente á la ruina de su guardia; porque nunca quiso que los dos batallones que guarnecian su morada destacasen parte de sus fuerzas para auxiliar á los cuatro que peleaban en la villa; de suerte que descansaban sobre las armas mientras la milicia ponia en vergonzosa fuga á sus compañeros. Verdad es que S. M. habia einpleado la noche en firinar las listas de proscripcion que le presentaron sus fascinados consejeros; que destinó al cadalso á Riego, Ballesteros, Palarea y demas gefes que hubiesen capitaneado á los milicianos, y que la sentencia debia ejecutarse aquella tarde. Para tan útil tarea necesaria era una fuerte guarnicion, porque al brillo de las bayonetas rubrican los despotas con unas seguridad la muerte de los ciudadanos.

El cañon tronaba en la Puerta del Sol; los guardias arremolinados y en desorden se acogian al edificio real, y una bala de fusil penetrando por una ventana habia introducido el terror. El príncipe no se acordó de sus anteriores propósitos, ni de la felicidad pública, ni del decoro de la corona castellana: el amor á la vida obstruyó sus facultades, y envió un parlamento á Ballesteros que

subia

por aquel lado, encargándole "que cesase el fuego, pues su existencia corria inininente peligro.” El general respondió: "Diga usted al rey que mande rendir las armas inmediatamente a los facciosos que le cercan, pues de lo contrario las bayonetas de los libres penetrarán persiguiéndolos hasta su real cámara.” No obstante tan áspera respụesta ordenó Ballesteros que cesasen las hostilidades, y envió el parlamento acompañado de un ayudante suyo al general Morillo.

La diputacion permanente de las Cortes, que en los dias anteriores se habia resistido á declarar á S. M. comprendido en el artículo 187 de la Constitucion, que prescribia nombrar una regencia en el caso de imposibilidad fisica ó moral del monarca, creyó desde el principio del ataque que no podia dilatar mas tiempo la declaracion del caso previsto. El oficio estaba estendido y firmado: faltaba solo proceder al nombramiento de los regentes; y para ocurrir en el entre tanto a las urgencias y peligros de la patria, formóse una especie de junta suprema compuesta de dos individuos de la diputacion permanente, dos de la de provincia, dos consejeros de Estado, dos generales y otros

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